Reinaldo Jiménez

 

 

Trece poemas

 

 

               Del libro Al paso volador de las perdices

 

 

AL – MANISI

Celindos
Yerbaluisa
el pálpito
del aire
el remanso
del río
madreselvas
alondras
las fontanas
aljibes
la brisa
en los naranjos
el coro
de la tarde

Al – Manisi
cierra los ojos

mira.

 

ABU AHMAD BN. HAYYUN

Desterrarme del Sur
jamás podréis.
Aquí habrán de volver
mis ojos incendiados
cuando julio prepare las vides y el aliento
del verano campee en el henar.
A por mieses soleadas
he de volver un día
en que nadie me espere y el olvido
tenga ya preparada la hornacina
repleta con mi ausencia,
piedra tal vez,
prímula dadivosa,
yo sé que el Sur me aguarda.

 

ABU HAFS ´UMAR BN. ´UMAR

Aún siguen en pie los alminares
y el perdurable acanto ciñe las dovelas
y sobre el valle, como entonces, hay
una lumbre de miel en los manzanos.
Es esta la certeza de mi muerte,
la incólume belleza que persiste,
la última verdad o la justicia última.
Sobre estos miradores asumo mi destino
para todos los siglos venideros.
Acaso el tiempo
desleído en los muros fraternales
no quiera concluirnos.

  

IBN SAHL

Bajo un púlpito rojo de granados
mi verde voz salada se deshace.
En el féretro efímero del agua
sombra o vestigio mi palabra dejo
y en el temblor del río, transparencia,
mi huella vaporosa, el humo sólo
consumado y exánime. Remoto,
un albor que me aguarda, otra ribera
y un designio celeste de cereales.
No me voy a morir, tan sólo empiezo
una existencia de agua. No lo olvides.
planta lilas de luz donde ahora lloras
y agita tu alegría entre la grama,
no es la yerbosa muerte quien me espera
sino la luz del mar. El oleaje.

 

IBN LUBBAL

He dejado mi voz en los olivos.
Como corceles mis palabras vuelan
por el alba nocturna de las hojas.
Después de todo se regresa a un tiempo
huero de himnos donde se descifra
el relámpago azul de la hermosura
o la oscura proclama de la muerte.
Dejadme aquí por siempre y a pesar
de los siglos, a solas y abolido
de mármol y cipreses . Y vosotros
sabed, los venideros, que en el sabio
olivar esta voz queda, ya último
y eterno veredicto.

 

HAMDA BINT ZIYAD

En esta tierra calcinada espero
- hace diez siglos ya -
las lluvias generosas y el frescor
de un río que nos brinde
una música helada
y una sombra extensa
donde posar la vida.
Diez siglos hace ya
por huellas desandadas
con una dócil voluntad de piedra,
y apenas el silencio
y sobre todo olvido.
Perdura en esta luz inhabitable
mi muerte milenaria y sucesiva.
Hace diez siglos ya
y todo es espejismo de la sombra.

 

 

 

               Del libro Paisajes sobre el agua

 

PAISAJES SOBRE EL AGUA

Transparencia del mar en la bocana,
el viejo maderamen. Se deshace
la luz sobre los mástiles. Un vaho
de salitre. Contempla
la mañana (es temprano, a lo lejos, muy pronto
arderá el sol sobre las casas blancas)
un hombre que no cree merecer el prodigio
de ese instante. Tiembla,
rompe sus ojos contra el fondo verde
que en otro tiempo creyera impenetrable
y siente hermoso el día y el silencio
es una plenitud que contuviera
en su pecho un fulgor irrepetible.
Se oyen voces lejanas. Mira un hombre
paisajes de su vida sobre el agua.
Vuelan unas gaviotas.
Asciende la mañana.

 

LA HOJA

No soy más que esta hoja
del otoño que cae y en su vuelo me ofrece
su ingrávida belleza que conduce a un abismo
que a mis ojos es sólo.
Reconozco el instante de su errar
en el aire: ese viento invisible que a veces
en silencio la aquieta y en la tarde le otorga
su levedad más pura; o violento dispersa
su indolente temblor.
Ella es ritmo del aire en su no ser
bogando hacia el lugar
que mis miedos abisman y me hacen
aún más triste que ella
y vulnerable.

 

LOS AMANTES

Cómo podrá perderse en el confín
del tiempo este momento,
contra qué oscuridad se romperá
su luz, qué lejanía
lo borrará por siempre y de qué modo.
Ahora estás desnuda y en el cuarto
en penumbra tu cuerpo desbarata las sombras.
Quizá un dios nos contemple
desde su cima umbría que se haga de la luz
que del amor nos roba y en su fe
aguardemos acaso esa limosna amarga
de este instante que huye:
haber sido dichosos en el amor del otro.
Qué esta lumbre de ahora en su ser
permanezca. Qué solamente sea
ofrenda nuestra carne para su eterno fuego
y que esta luz se salve
de su impiedad oscura.

 

ENSEÑANZA

Cuántas veces me salva tu sencilla
enseñanza; ese don
que a los ojos de aquel niño no fuera
sino sólo una forma de descubrir el mundo
y en su amor ha crecido como un himno
luminoso en su noche.
Por que sé que buscabas al horadar la tierra
más allá de la tierra una verdad más honda
y contigo me supe ir haciendo pequeño
bajo el cielo encendido de noviembre.
Todo aquello me salva, padre, en mis horas más tristes:
saberme necesario como el pobre gusano
que horadaba la tierra o sentir que los astros
en su arder no me ignoran y es su luz
una ofrenda para el frío del hombre.

  

EL SUEÑO

A media noche abría las puertas de una casa
y penetraba en una sucesión
de idénticas estancias. Advertía
presencias invisibles y era terrible el miedo.
Más tarde convocaba mi sueño otros fantasmas,
máscaras, voces, sombras detrás de cada puerta.
Yo crucé aquella casa, a solas, muchas noches,
sus estancias siniestras... Y es ahora,
al cabo de los años cuando vuelven,
revelación acaso, los signos de aquel sueño:
entiendo que la casa que con temor cruzaba
era mi propia vida y que aquellos fantasmas
de la niñez son hoy estos que con asombro miran
los muros de mi casa, la tenue luz que pongo
a su menor descuido, la música, las flores
que mitigan mi miedo.

 

LEGADO

Nada puedo ofrecerte que te ayude
a vivir. Ni siquiera estas palabras de ahora
que se irán apagando en su afán contra el tiempo
y que a mí solamente al pronunciarlas salvan
de no estar tan perdido.
Que te acompañe siempre la luz que hay en las cosas
y que sepas en una flor o un ave
resolver la más honda tristeza de tus dudas.
Que no empañen los hombres tu don de la alegría
y el confín más lejano que tus ojos
contemplen sea la inmensa planicie de unas manos
que te amen. Que ese dios al que alces en la noche
tu plegaria te sea humanamente bueno
y en la impiedad del mundo no naufrague
tu amor. Que no te asombres si al ir creciendo te haces
cada vez más pequeño: es el milagro
que no alcanzo a explicarte y te deseo.

 

LA VIDA

Mírala sin tristeza.
Está escrita en el agua y se te otorga
esa dicha final de contemplarla.
Esa imagen que brota de la hondura
es tu imagen, aunque te cueste a veces
reconocerte en ella.
Sé que todo es extraño y sé que al tiempo
de mirarla también se desvanece.
No pongas vano empeño en retenerla.
Fluye, como el mar fluye, y te devuelve
en tu mirada todas las miradas
de aquellos que una vez
te precedieron y que hoy
se resumen en ti.
Otra tarde vendrán,
al transcurrir del tiempo, otros ojos y en ellos,
desde dentro del agua te verás reflejado.
Mírala sin tristeza,
y pon flores que viajen más allá
de la sombra.

 

 

    Nació en Almuñécar (Granada) en 1969. En Granada estudia Magisterio e inicia estudios de Filología. Publica en este periodo algunos de sus primeros poemas en revistas afines a la universidad. En Murcia, donde trabaja como maestro de Audición y Lenguaje, entra en contacto con diversos grupos culturales de la Región, y cofunda el grupo “Espartaria de poesía”, de cuyo Consejo de Redacción actual forma parte.

      Además de su labor como maestro realiza ponencias e imparte cursos para docentes en torno a la creación literaria como recurso en las aulas y participa en actividades relacionadas con los libros y la literatura: talleres de animación a la lectura y la escritura, tertulias, conferencias, presentaciones, recitales, lecturas, etc. 

    Su web personal: http://www.reinaldojimenez.com/paginas/inicial.html

ADULTOS

INFANTIL-JUVENIL

Poesía

  • Poecuentos, Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga. Colección Caracol, Málaga, 2003.
  • Poecuento de navidad, Ed. Ayuntamiento de Lorca, Murcia, 2003.
  • Don Quijote cabalga entre versos, Ed. Everest, Colección Rascacielos, A partir de 8 años. 2005.

Teatro

reinaldo@reinaldojimenez.com