Manuel  Reina

(Puente Genil, 1856 – 1905)

 

 

 

 

          Ilustre poeta pontanés, considerado precursor directo del Modernismo, cuya obra es pieza clave para la historia de la literatura andaluza y nacional. Es uno de los grandes innovadores del lenguaje poético de fin de siglo XIX.

         Nació en Puente Genil (Córdoba) en una época progresista de floreciente ambiente económico, social y cultural para la ciudad, que sin duda sirvió para influirle en sus inquietudes intelectuales. Lector afanoso, alimentado en su formación por la Universidad Libre de Córdoba, y posteriormente por la de Sevilla, Granada y Madrid, donde finalizó sus estudios de Derecho. Fue también un político marcado por La Restauración. Sus mayores frustraciones y desengaños vinieron de mano de la política, a la que no renunció a pesar de todo.

         Hablar de Manuel Reina, es recordar 30 años de síntesis histórica. Por dos veces llegó a ser Diputado de las Cortes como representante de las filas liberales. Formó parte de las revistas más importantes e influyentes de la época: Blanco y Negro, Pepita Jiménez, Ilustración española y americana, La Época, La América, El Córdoba, y sobre todo La Diana, revista política y literaria fundada por él en Madrid, en cuyas páginas escribieron las plumas más brillantes de la época. Mantuvo contactos con una enorme pléyade de poetas, políticos y escritores coetáneos: Fernández Bremón, José Salvador de Salvador, Gaspar Nuñez de Arce, Ortega y Munilla, Echegaray, Clarín, Nombela, Valera, Pereda, Pérez Galdós, Castelar, Cánovas del Castillo, Tamayo y Baus, Alcalá Galiano, Ferrari, Salvador Rueda, Sagasta, Sánchez Guerra, Blanco-Belmonte, etc. En los periodos de retiro, que realizaba en su palacete de Campo Real, fue visitado por políticos (José Sánchez Guerra) y escritores, como Manuel Machado, que en uno de sus poemas habla de Puente Genil como de un pueblo celeste.

         Los gestos de generosidad son obra constante en Reina, nunca cobró cantidad alguna por sus colaboraciones, que, por otra parte, se disputaban las más significativas ediciones de España y América. Hombre querido dentro y fuera de nuestras fronteras, como así lo demuestran las continuas alocuciones de Villaespesa, Benito Pérez Galdós, Juan Ramón Jiménez, Manuel Machado, el poeta nicaragüense Santiago Argüello o el mejicano Salvador Díaz Mirón, reconociéndole como el Maestro Reina. Merece reseñar sin embargo la controversia existente en su relación con Rubén Darío, ya que éste siempre defendió su paternidad sobre el Modernismo, cuando la realidad es que el resto de los poetas consideraron a Reina como el precursor de dicho movimiento.

         Sus libros de poesía publicados son: Andantes y Allegros, Cromos y acuarelas, La vida inquieta, La canción de las estrellas, Poemas paganos, Rayo de sol y otras composiciones, El jardín de los poetas y Robles de la selva sagrada, además de su obra dramática El dedal de plata (estrenada, el 25 de Mayo de 1883, en el Teatro Español de Madrid). No se conservan íntegros los textos de al menos otras dos obras de teatro y, recientemente, ha sido hallada una edición de César y Pompeyo, una obra teatral escrita cuando el poeta contaba 17 años y de la que no se tenían noticias.

                       

  

Introducción

 

Hijo soy de mi siglo,

y no puedo olvidar que por el triunfo,
de la conciencia humana,

desde mis años juveniles lucho.

Núñez de Arce

Soy poeta: yo siento en mi cerebro
hervir la inspiración, vibrar la idea;
siento irradiar en mi exaltada mente
imágenes brillantes como estrellas,
El fuego abrasador de los volcanes
en mi gigante corazón flamea;
escalo el cielo, bajo a los abismos,
rujo en el mar, cabalgo en la tormenta.

Soy poeta: mi espíritu se escapa
de la mezquina cárcel de la tierra,
y sobre otros espacios y otros mundos
tiende sus alas de águila altanera.
Bebe la luz en la mansión del rayo;
"atraviesa las órbitas etéreas",
y el penetrante arpón de sus pupilas
recorre el panorama de la esfera.

Soy poeta: al rumor de las naciones
las cuerdas de mi cítara se templan.
lloro en el negro mundo de las tumbas,
río en la bacanal, trueno en la guerra.
El amor y la patria son mi vida;
el corazón humano, mi poema;
mi religión, la caridad y el arte;
la libertad sublime mi bandera.

Soy poeta: yo siento en mi cerebro
hervir la inspiración, vibrar la idea;
siento irradiar en mi exaltada mente
imágenes brillantes: ¡soy poeta!

 

La Perla

Contemplaban tus ojos centelleantes
la palma de cristal, la linfa pura
del surtidor que vierte en la espesura,
su polvo de zafiros y diamantes.
cuando enferma, con pasos vacilantes,
se acercó una mujer, todo tristura,
y te pidió limosna con dulzura
fijando en ti miradas suplicantes.
La perla que en tu mano refulgía
diste a aquella mujer pobre y doliente,
que se alejó, llorando de alegría.
Yo, entonces, conmovido y reverente,
no te besé en los labios cual solía,
¡sino en la noble y luminosa frente!

 

Juventud de Musset

A D. Manuel Cano y Cueto.

I

Mimí Pinsón, la griseta
seductora,
arrulla, dulce y coqueta,
con su risa trinadora,
la juventud del poeta.

Junto a su amada, el cantor
da al olvido
toda amargura y dolor,
al pie de rosal florido
donde mora un ruiseñor.

Y ella, con vivos fulgores
en los ojos,
al vate de sus amores
ofrece sus labios rojos
y una corona de flores.

Y a la luz de astros radiantes
y entre notas argentinas
del ave, estallan triunfantes
las rotas frases divinas
y el beso de los amantes.

II

En tarde resplandeciente
y aromada,
reclina el genio la frente
sobre el cabello esplendente
de su gentil adorada;
cuando, envuelto en áurea bruma,
cruza el cielo
cisne blanco, cual la espuma,
que, herido, pierde en su vuelo,
una ensangrentada pluma.

Con rápida sacudida
se alza el vate,
y ase, el alma conmovida,
la pluma, en sangre teñida
cual lanza tras del combate.

Y arranca de ella el tesoro
de sus más tristes canciones,
bajo cuyas alas de oro
se anegan en dulce lloro
los dolientes corazones.

 

El insecto y la estrella

Mirad aquel insecto
de transparentes alas
en los brillantes pétalos posado
de aquella rosa blanca.

El cielo contemplando
las largas noches pasa,
fija la vista en la hermosura y birlo
de cierta estrella pálida.

¡Amor de un pobre insecto!
¡amor sin esperanza!
la estrella no lo mira, es insensible;
las estrellas no aman.

En la nevada rosa
se ven, por las mañanas,
mil gotas cristalinas que parecen
abrasadoras lágrimas.

 

Andalucía

A José Vignote.


Cielo brillante, fuentes rumorosas,
ojos negros, cantares y verbenas,
altares adornados de azucenas,
rostros tostados, perfumadas rosas.
Bellas noches de amor esplendorosas,
mares de plata y luz, brisas serenas,
rejas de nardos y claveles llenas,
serenatas, mujeres deliciosas.
Cancelas orientales, miradores,
la guitarra y su triste melodía,
vinos dorados, huertas, ruiseñores,
deslumbradora y plácida poesía...
He aquí al pueblo del sol y los amores,
la mañana del mundo: ¡Andalucía!

 

En Mayo

¡Ven al prado de lirios y claveles,
mi bello y dulce bien! El campo llena
de perfumes la atmósfera serena
y el mes de mayo irradia en los vergeles.
¡Ven! Entre los rosales y laureles
flauta invisible melodiosa suena.
¡Ven! Que en la orilla del Genil amena
el amor es panal de ricas mieles.
¡Ven, mi alma! Las auras su frescura
nos ofrecen; las aves su armonía
y recóndito nido la espesura.
¡Mas no, no vengas, adorada mía;
que el inmenso raudal de mi amargura
tu corazón feliz destrozaría.

 

La Diana

  (DE HEINE)


Toca, toca el tambor y pierde el miedo,
abraza a la preciosa cantinera;
este es el gran sentido de los libros,
esta es la ciencia.

¡Que tu tambor al mundo adormecido
de su sueño despierte!

¡Joven, toca con fuerza la diana!
¡Siempre adelante y a tambor batiente!

Esta es de Hegel la profunda ciencia,
este es el gran sentido de los libros.
Yo los he comprendido a maravilla;
soy buen tambor y aprovechado chico.

 

El corazón de una hermosa


PRÓLOGO

Manuel, en una noche del estío,
en el sereno azul clavó los ojos;
encendió un aromático veguero,
y escribió esta novela. Fin del prólogo.

I.- RETRATO

Era el capitán don Juan
joven bello y decidor;
apuesto, rico y galán,
y por su porte y valor
llamado El gran capitán.
Dorados vinos bebía,
con esplendidez jugaba
y lindos trajes vestía ;
y, calavera, pasaba
el tiempo en perenne orgía.
Como el héroe conocido,
que Espronceda nos pintó,
Don Juan nunca recordó
dinero por él perdido
ni mujer que abandonó .
Era nuestro capitán
en la esgrima gran maestro;
en los salones galán,
y en hacer saltar, muy diestro,
los tapones del champán.
En fin, por su corazón,
por su riqueza, hermosura
y ardiente imaginación,
era Don Juan la figura
de la misma seducción.

II.- EN LA REJA

--¿Te vas, mi corazón, mi amor primero?
--Me marcho ya, querida ;
mas antes, que me des un beso quiero.
--Con él toma mi vida.
--Adiós, adiós, mi gloria, mi alegría.
--¡Ay, Juan! ¿Me olvidarás?
¿Serás infiel a mi cariño, un día?
--Jamás, Rosa, jamás.

III.- ROSA

Rosa, joven divina y vaporosa,
formada del aroma de las flores;
dulce como canción de ruiseñores;
cual noche de esponsales, deliciosa.
Era de honor encantadora marca
su pecho; en su pupila penetrante
fulguraba una página del Dante;
en su faz, un soneto de Petrarca.
Su cuerpo era conjunto primoroso
de estrellas y jazmines. ¿Quién diría
que bajo forma tal palpitaría
un corazón tan grande y poderoso?
Rosa, joven divina y candorosa,
del bello capitán enamorada...
¡Cuán infeliz, vendida y desgraciada
fuiste por el amor... !. ¡Ay pobre Rosa!

 

IV.- EN EL BAILE

En el soberbio palacio
del marqués de la Pradera,
arde el placer, vibra el gozo,
hierve, esta noche, la fiesta.
Ved: es un baile de máscaras
con que los dueños celebran
el próximo casamiento
de su angelical Eugenia.
Nuestro alegre capitán
es el prometido de ésta;
Don Juan, que hoy es objetivo
de los hombres y las bellas.
El salón está poblado
de máscaras pintorescas,
de hermosísimas mujeres
con vestiduras espléndidas.
Torrentes de luz se escapan
de las grandiosas lucernas;
brillan los limpios cristales;
los diamantes centellean;
se iluminan los tapices;
resplandecen las diademas,
y en todo el salón se aspiran
embriagadoras esencias.
El capitán va vestido
a lo Luis Catorce; lleva
un elegante sombrero
con rizada pluma negra,
traje de raso y encaje,
todo bordado de perlas,
y una reluciente espada
a la cintura sujeta.
Eugenia, más seductora
que nunca, viste de Ofelia:
corona de blancas flores
su frente preciosa ostenta,
y su cuerpo la sublime
túnica de nieve, aérea.
Risas , suspiros y voces
despide la concurrencia;
sólo una máscara grave
en un ángulo se observa.
Viste el traje de Pierrot;
gracioso antifaz de seda
cubre su rostro, y extraña
la multitud vocinglera,
que nuestro Pierrot sombrío
1leve una espada en la diestra.
Este ve al capitán solo
y le dice con voz seca:
«Sois un bandido, Don Juan;
y por Dios, que la existencia
he de quitaros.» «Villano,
calla o te arranco la lengua. »
Así Don Juan le replica
y al mismo tiempo le muestra
del palacio suntuoso
la riquísima escalera.

V.- LA MUERTE

Don Juan, como buen soldado,
es gran tirador de espada;
y de una fiera estocada
al Pierrot ha atravesado.
Este exclama: «Feliz soy;
adiós, muero sin dolor.
me arrebataste el honor
ayer, y me matas hoy. »
El capitán con incierta
mano el antifaz le quita,
y, al verle el semblante, grita:
«¡Rosa ! ¡Infeliz! ¡Muerta, muerta! »

 

Cantar

Magnífica es la riqueza;
la libertad, admirable;
la salud, mucho mejor.
y mejor que ésta, mi madre.

 

La catarata y el ruiseñor

I

Desplómase la rauda catarata
envuelta en luz y plata,
rompiendo en mil pedazos su diadema;
al abismo se lanza y precipita,
y ruge, canta, grita,
formando con sus ritmos un poema.

Al ver sus vestiduras y cendales
cubiertos de cristales
y de resplandeciente pedrería,
un ruiseñor contémplala extasiado,
y canta entusiasmado
sublime y amorosa melodía.

Y en torno del torrente que flamea
el pájaro aletea;
moja en el agua límpida su pluma,
y por la catarata arrebatado
el pájaro, asfixiado,
en el abismo rueda entre la espuma.

 

II

El vicio es una hirviente catarata
que rauda se desata
y en el oscuro abismo se despeña;
y al mirar su diadema de brillantes,
su luz y sus cambiantes,
el alma, alguna vez, suspira y sueña.

 

La gota de sangre

Sentados en la gótica ventana
estábamos tú y yo, mi antigua amante;
tú, de hermosura y de placer radiante;
yo, absorto en tu belleza soberana.
Al ver tu fresca juventud lozana,
una abeja lasciva y susurrante
clavó su oculto dardo penetrante
en tu seno gentil de nieve y grana.
Viva gota de sangre transparente
sobre tu piel rosada y hechicera .
brilló como un rubí resplandeciente.
Mi ansioso labio en la pequeña herida
estampé con afán... ¡ Nunca lo hiciera,
que aquella gota envenenó mi vida!

 

A media noche

¡Oh! permets, charmante fille,
j'enveloppe mon cou avec tes bras.

                                HAFIZ.


Choca tu dulce boca con la mía,
mujer deslumbradora;
y brotará la ardiente poesía
que mi mente atesora.

Deja, deja que rompa ese lujoso
traje de terciopelo
que oculta, como amante cariñoso,
de tu belleza el cielo,

Quiero una bacanal regia y grandiosa;
que el dios de los amores
en ella cubra tu cabeza hermosa
de perfumadas flores.

Un banquete de dioses, una orgía
tan rica y deslumbrante,
que exceda a la más bella fantasía
del genio más gigante.

Que esté el salón cubierto de brocados,
y telas suntuosas;
la mesa, de manjares delicados
y de divinas rosas.

Y que haya esos licores deliciosos
coronados de llamas,
que engendran en la mente luminosos
y bellos panoramas.

Los generosos vinos espumantes
dejemos al olvido;
¡quiero beber en copa de brillantes
el oro derretido!

Y cuando de estos goces y delicias
esté mi pecho lleno,
expirar entre besos y caricias,
reclinado en tu seno.

 

Baile de Máscaras

El salón, por deliciosas
mujeres, se halla adornado;
parece estuche dorado
lleno de piedras preciosas.
¡Oh brillante diversión!
Notas, perfumes, colores,
gasas, diamantes y flores,
en lujosa confusión!
Los brilladores reflejos
de los ojos de las bellas;
la luz , salpicando estrellas
en los grandiosos espejos;
los tapices, las pinturas,
los elegantes tocados,
las alfombras, los brocados,
las correctas esculturas,
los cojines orientales,
las blondas, la gentileza
de las damas, la riqueza
de mármoles y cristales,
el raso, perlas y tul,
plumas, risas y fragancia,
forman de la hermosa estancia
un mundo de oro y azul.

Allí se ve al caballero
feudal, al cinto la espada,
ostentando la celada
y la cota del guerrero,
prodigando madrigales
a una linda jardinera
de rizada cabellera
y pupilas celestiales.
Allá, un alegre estudiante
baila con una sultana;
aquí, una lista aldeana
se burla de un almirante.
Allí, un grave capuchino
de mirada tenebrosa
y barba blanca y sedosa,
baila, en raudo torbellino,
con una bella gitana
que luce negra mantilla,
y exhibe la pantorrilla
bajo la falda de grana.
Mirad, mirad aquel clown
en brazos de alta señora,
ved aquí, esta labradora
bailar con un infanzón.
Allá, marcha un mosquetero
con una monja del brazo;
mirad, en estrecho lazo,
una reina y un torero.
Allí, un astrónomo gira
bordado el manto de estrellas;
en derredor de las bellas
aquel trovador suspira.
Y se encuentran confundidos
payasos, reyes, gitanos,
griegos, moros y cristianos,
guerreros, frailes, bandidos.
Monjas, magas, bailarinas,
labradoras y princesas,
rusas, gitanas, inglesas,
moras, gallegas y chinas.
Y en medio de ese ruido,
de esta locura y afán,
del espumante champán
se oye el báquico estampido.
Y vestido de escarlata,
y ceñida la tizona,
Mefistófeles entona
la sublime serenata.