Waldo Santos García

 

(Castronuevo de los Arcos, Zamora, 1921-2004)  

 

 

 

   

 

Alaciar de la luz estremecida

(selección)

 

 


 

Un trémulo alaciar

sube

mis antiguas raíces

como fijo sueño constante, cálido

y me enerva y me lleva... y me asciende

hasta los ojos, tenue, brumoso,

lento. Sueños.

Hoy la crecida anega

el cubo salinar y hueco,

larga el agua sobrante

me supera con creces,

tal turbión heredado de ese plomizo altivo,

oscuro, amenazante.

Es como si quisiera

romper los viejos diques

tan de tapial y adobes..

Seguramente, me sospecho,

pretende derrumbar mi anatomía

si antes alada, halada hoy.

Libres las alas para el alaciar, tan solo

como instrumento de Libertad ansiada,

                             ¡Quien tuviera!

 

 


 

De la montaña bajan,

de la montaña,

las penas bajan torvas

de la montaña.

 

De la tierra de abajo,

de la del llano,

suben poquito a poco

pena y trabajo.

 

Ay, si pudiera,

en mi cabaña,

enfrentar a las penas

con la esperanza.

 

Pero no puedo,

niño dejado solo,

que tengo clavel de sangre

entre los tojos secos

...que tengo miedo.

 

 


 

La oscura trasparencia

abre dos horizontes

paralelos, miméticos:

el clavel y la rosa.

Mientras, el tulipán

de carne torpemente

con el halago se abre

que renacido y áspero

viene con primaveras

de la mano. Son cinco,

cinco los alados

tocones florecidos de la plaza

en aspiración lenta,

                    verde

de ilusiones mágicas.

          Espejea la luz

tímidos aleteos de no sé qué invisible

conjugación de ásperas,

de radiales futuros, hijos

de nuestros altos sueños, anhelantes.

 

 


 

Bandera blanca

la encina hermosa,

transfigurada en celo,

se volvió rosa.

 

Éxtasis en los ojos

—que cerca el cielo—

que los miró ocultándolos

con siete velos.

 

Nadie sabía

que la Luz de la Aurora

fue mediodía.

 

Es toda verde

la luz radiosa

fulgencias son sus brazos.

Es nuestra rosa.

 

Sacra es la encina,

y hay un halo santero

sobre su cima.

 

 


 

En rojo, estática, la llama

en la distancia.

                    Seis palomas

cruzaron, en relevos altos

sobre el verde y los rosas;

lancé hasta el imposible

las sondas de la Luz

porque esperaba

que el tiempo me trajera

su plenitud: eran las cinco.

Vencido el arco. Seis palomas

buscaron el poniente,

mientras el padre río

fluía lento, apático y sumiso.

 

 


 

Atesorada

en el fanal del Sueño,

en cada nota

de mi soledad, en cada

aleteo alaciante de mis brazos.

Duermes, te brizo

mientras vives de cielo

y emprendes a la grupa

de un invisible potro

el nupcial vuelo abierto

al infinito.

 


 

 

Esta selección de Alaciar de la luz estremecida

de Waldo Santos García, se ha hecho sobre

la  edición  impresa  en Zamora, 1988, de los 

talleres de Gráficas Hermes, y ha sido 

colgada en la Red a los diez 

días andados del mes 

de julio del año

2002

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