Manuel Jurado López

 

 

   

 

Siete poemas

   

   


 

 

 

 

 

VEAMOS,

planteemos la cuestión en su punto medio.

Estar en Europa, en Centroeuropa, es como estar subido

en un caballo de cerveza con los ojos de Rhin

y un látigo de carbón contra las nubes.

Para otros, quizás menos propicios al razonamiento,

estar en este bosque de melenas es como andar sobre

la memoria de los bárbaros, como acostarse

con Atila y seguir siendo Virgo lnconsolata.

Pero no seamos imprudentes, no desprestigiemos

al rubio roncador que mece su coleta de godo y se echa

a dormir sobre una piel de vaca suiza,

con un despertador colgado del cielo de la boca,

por si vienen

los ejércitos enemigos.

Estar en Europa es danzar al son que toca el viejo

fusilero de Schafhausen, que disparó su arma solitaria

cuando los alemanes dejaron toneladas de ruinas

en su ciudad por un equívoco injustificable;

pero también puede ser acompañar a la joven dama

del Werther a la presentación en el Parlamento

de una nueva ley contra los refugiados.

Aun así, no os creáis ni la mitad

de lo que os cuenten los ginebrinos sobre su resistenoia

contra Napoleón, ni la cuarta parte

de lo que los austríacos os digan sobre la bizarría

del emperador Francisco José;

ni siquiera un poco de lo que los amigos de Zuinglio

os quieran relatar de sus virtudes, y menos aún creáis

a los emigrantes turcos que dejaron Anatolia

sumida en su tristeza de viuda.

Aquí existe sólo la verdad de los números, la fría

mano de las recaudaciones que hiela hasta el sexo

de las vírgenes y el aliento de sus amadores. 

 

(de Manuscritos de Berlín, 1993)

 

 

 

SPINOZA

 

DICEN QUE A SPINOZA LO QUE LE PERDIÓ

fue su origen de sefardí de Hispania,

su tufo a geometría y lente de visionario,

su desnudez de espíritu.

Incluso se comenta que por cien florines

quisieron sellarle la inocencia

como quien ciega un pozo de agua en el desierto.

Alguno habrá que os lea pasajes de su ética

con la misma soberbia de un príncipe

que monta a caballo

sobre la espalda de los bufones

o sobre los muslos de las muchachas.

Otros preferirán, como los muchachos,

aguardar a que se consuman las llamas

de los candelabros

para encontrarse a solas con su cuerpo.

Dicen que a Spinoza lo que le perdió

fue su nombre de castellano

en un país de herejes;

su constancia de óptico miope, su ética

líneas paralelas y ángulos adyacentes.

Algunos, para condenarlo, ya estarían dispuestos

a jurar que lo han visto en el puerto de Amberes

visitando a las damas de la concupiscencia.

 

(de Manuscritos de Berlín, 1993)

 

 

 

BOULEVARD DES PHILOSOPHES

 

¡QUÉ MANERA DE DILAPIDAR EL TIEMPO!, SIEMPRE ENCERRADOS

en la palabra, sosteniendo un edificio de ruinas

y equívocos. No soportáis el olvido y alzáis la voz,

irreverentes, cáusticos, en medio de las aulas

o en los mercadillos de la gloria. Truenos sois

que resonáis en el desierto o ante los ridículos

tenderetes de los maestros callejeros.

Andáis tras el trágico elixir de la sabiduría

y no sabéis que la Vita Vulgaris es un arte difícil

de practicar.

Unas veces ebrios y otras sobrios, vais siempre

urdiendo la trampa de la razón con hilos de niebla

y fuego. Camináis sobre el filo de la navaja,

entre el suicidio y la lucidez, entre el volcán

la lengua de hielo. Hombres, después de todo,

vulgares transeúntes de eso que aún no habéis

podido definir: la vida.

 

(de Poemas de Ginebra, 1993)

 

 

 

Abolida la flor del terciopelo,

suave la huella de su cuerpo breve,

de plata tibia -paloma en vuelo-,

voluble, esquiva, vaporosa y leve

 

huye la amada. Parte hacia una herida

de vegetal ternura, hacia una muerte

 más dulce que los mostos. Con la huida

intenta dislocar su antigua suerte.

 

Desamparado queda el aposento:

arca, cofre, joyero y relicario

huérfanos son de su presencia.

Lento pasa el aire su lengua de sudario.

 

La túnica, las joyas, las sandalias,

el lazo, los ungüentos, la tristura

del búcaro olvidado de las dalias

memoria sólo son de su hermosura.

 

(de El viento y las cenizas , 2002)

 

 

 

CANTO DÉCIMOQUINTO

 

¿Qué hace un ángel con alas

de dos años, de manos de la muerte,

por medio de una calle

negra, con lazos y coronas?

¿Qué hace Amir Ayyad

—corazón que nunca tuvo pájaros

ni beso de libélula-—

con la Hoja de Ruta equivocada

plegada entre sus manos?

¿Qué calle pisa, descalzo y suave,

con un sabor de boca a hierba seca,

como un ángel sin arpa

que entona una canción nunca aprendida?

Lleva heridos los pies

por restos de cristales

y de piedras preciosas

que las hondas de David

disparan como salmos.

¿Qué hace allí aprendiendo

una lengua de pólvora y desierto?

¿Qué hacen esos ángeles

adolescentes de Gaza

y Cisjordania con la piedra

en la mano; qué surco,

veneno o primavera

enarbolan; qué nombre gritan

si en sus labios la sangre es una estrella

en forma de granada?

No hay ley de pura geometría

o física magnética o sura,

fatwa o desencanto

que ponga luz de mora en las mejillas

de esos ángeles impunes

que nunca llegarán al reino de los Cielos.

¿De qué nubes cayeron como copos

de almendra o milagro o denuncia?

¿Acaso los rabinos no leen entre líneas

los libros de la Torah?

Si Dios se decidiera a publicar

los viejos manuscritos

de sus Diez Mandamientos

en letras bastardillas...

Aún queda esa esperanza

prendida de alfileres.

 

(de Oratorio en Gaza, 2005)

 

 

 

PARTISANOS DE "STELLA ROSSA ".

29 DE SETTEMBRE DE 1944

 

HECHO y deshecho, el hombre es la palabra

que marcha hacia el silencio.

Los hombres llevan una larga historia

 junto al fusil de asalto.

Il figlio é giá piú forte

del padre. Son hombres oscuros,

niños prodigiosos, soldados,

hijos de casi nadie,

de casi nada dueños.

La muerte es de los otros,

la muerte es poseer

la eterna soledad que da el silencio,

cruzar al lado

distinto del espejo,

naturaleza muda

con camisas manchadas

de consignas y pólvora.

Duemilia civili

y una nube de lágrimas y sangre.

Hecha y deshecha, la mujer

es la palabra que recoge al hombre

y lo guarda en el cofre de su muerte.

Dorina, Marta, Giuseppina,

Pia Tondi, Amelia Ventura,

Vittorina Lazarini, Fernanda

Migliori, Lea, Antonia...

Duemilia civili!

Hombres, mujeres, niños:

la pólvora indefensa.

No hay muerte transitoria,

la muerte es para siempre,

para siempre el silencio,

la mirada de tierra

y la palabra ausente.

Perdida la batalla,

la paz es una trampa

para tan blanco olvido.

Duemilia civili!

 

            (de La luz es una espada, 2005)

 

 

 

CON LAS ALAS DE PLATA

 

NADIE recorre impune lejanos territorios,

paraísos perdidos, otro cielo, otro mar,

otros vientos y lluvias sin que se contamine

con el aire viciado de aromas, oraciones

y confusas palabras. El viajero desnuda

sus ojos de paisajes y primeras pasiones

y se viste de arena, de luz de monasterios,

del humo de tabernas o grasa de pescado

en puertos miserables o viejos arrabales.

El silencio le crece por dentro como un ave

con las alas de plata; y estar consigo, a solas,

es como entrar, oculto, en éxtasis derviche.

El viajero no quiere parecerse a los santos,

delgados como juncos, que van en procesiones

a templos desolados para hacer penitencia

y regresar tan limpio como el agua de nieve:

distinto, transparente, con cartas aún no escritas

y plegarias infectas de saliva y murmullos.

El viajero no sabe que el regreso es su meta,

la razón inicial de sus pasos primeros;

rotulación del tiempo, memoria del espacio.

            

(de El invitado incómodo, 2005)

 

 

      

Manuel Jurado López (Sevilla, 1942)  poeta, narrador, crítico literario y traductor. Ha dictado conferencias en universidades suizas, alemanas y españolas. Ha si- do coordinador de la Antología General de la Poesía Andaluza. Su obra, tanto poética como narrativa, ha sido distinguida con destacados premios literarios (Ciudad de Irún, Tiflos, Esquío, Rafael Morales, Navarra, Laurea Mela, Ciutat de Palma, Premio Literario Jaén, Fray Luis de León, Huero Vallejo, Miguel Hernández-Comunidad Valenciana, Premio Ciudad de Palma Rubén Darío...). Desde hace unos años también se ocupa en la literatura infantil y juvenil. Sus poemas y relatos han sido traducidos al francés, alemán, italiano y árabe. Con La luz es una espada ha obtenido el Premio Internacional «Miguel Hernández» de 2005.

De su obra poética destacan: País de Invierno, Música y nieve, El cantor de boleros, Poemas de Ginebra, Manuscritos de Berlín, La ciudadela, Tango del amor extranjero, Viajero en el desierto, Descripciones y olvidos, Oratorio de Gaza y La luz es una espada.

Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al alemán, italiano, árabe y francés.

Manuel Jurado agradece cualquier comentario a sus poemas:

 

juralopez42@msn.com