JAVIER GARCÍA CELLINO

 

Seis poemas

 

 

 

 

 

 

Dame la fe en el ojo de los perseguidos, en el fruto maduro de la hoguera, en la mujer enamorada y en los ciegos que guardan coplas en sus bolsillos con la misma confianza con que otros atesoran el estaño dorado de sus sueños.

                                  

 No me des la fe del crédulo por horas, ni las falsas monedas que se agotan en la soga del ahorcado, ni digas que es amor todo lo que reluce debajo de tus párpados.

 

No mires hacia atrás. Camina. No hagas como la mujer de Lot. No te conviertas en estatua, ni busques en el espejo otro cuerpo distinto al tuyo.

           Camina si quieres que la vida te regale una tregua para el amor.   

  

 

 

Erasmo de Rótterdam susurra al oído de los grillos una cosmogonía nueva en el monasterio de Steyn. He aquí el tiempo de las liendres esponjosas, de los bárbaros recelosos de sus imperios, del perejil y la oruga que devoran la hierba del altiplano.

                                    

Heme aquí hoy con el iris de las cebollas, con la pubertad de las musarañas al fondo, con todo cuanto precisas para hacer más atractivo el menú.

 

¿Te quito o te pongo? ¿Te doy media cucharada de brebaje para tus vísceras o te hurto un cuarto de limón para tus caballos?      

                                    

Delante de la mesa hay un plato vacío. Quien se siente antes, obedecerá las reglas del convento. Pero no hay nadie. No han llegado aún los primeros visitantes y ya se escucha afuera el batir del viento. ¿Sales o salgo? ¿Abres la puerta o me cuelo por debajo de la breve paz de tu boca?

  

 

 

Guardo debajo de la estameña el precio de los inviernos. ¿Y tú?, ¿qué ocultas tú debajo de esa frazada oscura? ¿O atesoras sólo el polvo de los caminos, y vas siempre de un lado a otro, como yo, pero no te atreves a beber el aguardiente de la verdad?

                                   

Dime si has bajado alguna vez al rojo sepulcro de la madrugada, si sabes que las flores visitan los hospitales, si tus piernas te sostienen para que no te caigas entre las máquinas azules de la envidia.

 

Pero dímelo pronto. Yo soy el dueño del tiempo, pero no lo soy. Apenas me aguardan los minutos como perros de presa, dispuestos a morderme el cuello. Eres el banquero de mi sangre, el rédito multiplicado por cien mil, la hipoteca que se aloja en el centro de mi esqueleto.   

                                                                               

Y por eso te nombro en este poema, como si quisiera así dar testimonio de tu presencia. Sólo sé que existes porque eres la sombra de mi sombra diaria, el ácaro que se mira en el  espejo y coge mi peine y se echa mi colonia en la cabeza y siempre se parece a mí.                                                                                         

   

Si me preguntan tu nombre, diré que no lo sé.

 

Si me interrogan sobre tu pasado, mantendré el silencio de los justos.   

 

Si me entregan un regalo para ti, te buscaré en el infierno de mis necesidades.           

  

 

 

Quien recuerda sus primeros pasos es ya un anciano.

 

Y a ti, ¿qué te importa ahora la piel estirada del oráculo, la pata de conejo, el misterio del mago iluminado y la huella de sus zapatos solares, si al fin no cantan los gallos en la madrugada?

  

 

 

Un cartílago flotante en el aire, a veces en el mar. Tiene la forma de un fruto seco, que en su obstinación se hace cada vez más duro y calcáreo.

 

El cuchillo y las gacelas resbalan entre la niebla, se hacen más confusos por momentos, pierden su primigenia identidad.

 

Todo lo que se nombra con palabras está escondido detrás de la niebla. Una oruga y un gigante son la misma cosa cuando no se les ve. La proximidad de la niebla crea desazón en los ejércitos, alarma en los asmáticos, sirve para que los pintores cubran el cielo con una sábana de cuarzo, ahuyenta a los animales en celo.

 

Sólo los árboles comprenden la niebla, quizás porque su misma naturaleza no es otra cosa que un pensamiento vegetal lleno de fibras ocultas. 

 

La niebla es una lengua caliente durante el verano, estalacticta y estalagmita cuando llega el frío, versos de Bécquer en la primavera.

 

Pero a veces la niebla concita extrañas voluntades, deja al descubierto fracasos íntimos, se revela como una tejedora del mal. Entonces la urdimbre de la niebla está hecha de bajas pasiones que se desbordan por las venas subterráneas de la ciudad.

 

La niebla que envuelve a los desaparecidos, a los profanadores de tumbas, a los que se aprovechan de la debilidad ajena, es un aire viciado, una pared de aristas duras y sinuosas concavidades, una membrana que se opaca hasta el fondo.  

  

Los murciélagos pertenecen a la niebla, forman parte de ella de un modo natural, igual que los brazos se atan al tronco para siempre. Un murciélago es un jirón de niebla que se desgarra momentáneamente de su raíz y que dura sólo los instantes necesarios para sorprendernos con su relámpago frío.

 

Océano permanente, ni el nadador más experto podría aventurarse entre las aguas de la niebla sin correr el riesgo de quedar convertido para siempre en una estatua de sal.                          

 

 

 

Zahorí que inclinas tu cuerpo hacia la gravedad nocturna de la fiebre, acompáñame a mi cuarto. Allí te mostraré los dientes del león ucraniano, el delirio de las porcelanas y el cuchillo de durazno con el que asesiné a mi caballo.

                                      

Y, por qué no, te regalaré el mercurio de mis horas.

Porque no pretendo abolir imperios, ni teñir la raíz de los besos, soy  apenas un mendigo de ocasión, un limosnero venido a menos; así que acompáñame para que pueda regalarte la soledad de los aljibes, el vómito de los caracoles, la última infamia del escenario.

                                       

Zahorí que procedes del azúcar y del canto verde de la lluvia. Y por eso te quiero.  

 

 


 

 

Javier García Cellino

(La Felguera-Asturias, 1947)

   -Licenciado en Derecho y en Historia del Arte.

  -Secretario del  Ayuntamiento de Caso (Campo de Caso-Asturias) 

 

    Ha publicado los siguientes poemarios:

 

 —1.993: Arquitecturas prohibidas (Editorial  Cuadernos del Bandolero, Gijón).

—1.994: La Ciudad Deshabitada (Editorial  Cuadernos del Bandolero-Gijón).  Premio “Gerardo Diego” de Santander. 

—1.995: Cuaderno para un viajero solitario. (Editorial  Luces y Sombras. Tafalla-Navarra). Premio “Fundación María del Villar Berruezo”, de Tafalla.

 —1.997: Disposición de la materia (Diputación Provincial de Soria).   Premio “Leonor” de Soria.

 —1.999: Oficio de navegación (Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria).   Accésit del Premio “Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria”.                             

—2004: Homéricas (Ediciones Vitruvio-Madrid)

—2004: La vieja música (Editorial Norte- Gijón), en colaboración con Juan Ignacio González.   

—2005: Sonata para un abecedario (colección Juan Ramón Jiménez), Premio Hispanoamericano de poesía, 2005 (A este libro pertenecen los poemas aquí seleccionados).

—2012: Territorio para el fuego, (Ediciones Vitruvio-Madrid)

Forma parte del libro “Trazado en Hierro” —editorial Vitrubio, (Madrid) 2.003— como homenaje a José Hierro.  

 

 

JCELLINO@teleline.es