Santiago Montobbio

 

 

Selección de poemas

 


 

De Hospìtal de Inocentes

De Tierras

Otros poemas

 


 

 

 

De Hospital de Inocentes

 

 

 

EX LIBRIS

 

 

No es bueno apretar el alma, por ver si sale tinta.

El papel sigue siendo el asesino –el asesino de ti-

y quizá es mejor que la sombra y que sus dagas

por antiguas voces descalzas vayan. Por antiguas voces,

muy lejos del número y sus cárceles, entre nieblas

olvidadas. Pero también pienso que con todo esto

tal vez puedas hacer algún día un cuadernillo;

que con todo esto –rojos, nieblas y niños

que se dicen adiós por las esquinas- quizá sí puedas

reunir unos ilegibles pedazos de diario

para con paciencia zurcirlos, tarde adentro,

hasta que torpemente formen un libro hecho de frío.

Y quizá sobre sus grises tapas de lluvia

puedas tú poner también mi nombre antiguo

y, justo debajo, las sabidas fechas

de mi nacimiento y muerte. Y entonces

mi nombre pequeño allí, mi nombre –pobre-

que no sé ya si da pena o si da risa

así grabado en unas tapas

ante las que puedas abrazar las evaporadas siluetas

de unos tristes fantasmas sentimentales que no soy

pero que los viejos papeles tercamente dicen que sí fui.

 

 

CINCO O PARECIDAS TRETAS

 

 

Igual que las fotografías, los abrazos o recuerdos,

el sexo es poco más que un miedo, uno más

entre los tantísimos trucos

que trabajosamente acunamos, para seguir viviendo.

Un cansancio necesario, una sabida pero inconfesada treta

que nos permita sentarnos en un bar

hasta que sin quemar se consuman las colillas de la lluvia

y abrazar después en ellas aquellos anticuados fantasmas

que fueron nuestros o que, simplemente,

a nuestro vacío nombre respondieron.

Un cansancio, una azucarada daga, cinco o parecidas tretas

y total para poder decir este pecho es mío,

en sábanas así ha de palpitar el mundo,

o risibles cosas de este estilo;

para engañarnos aún y hacer ver que somos nuestros,

que somos en la desgarrada soledad de alguien,

que no me abandones, amor, que cuánto nos queremos

y sino mira cómo conservamos adolescentes trucos

con los que aún fingimos creer

estar haciendo feliz al otro.

 

 

HOSPITAL DE INOCENTES

 

 

El papel en blanco jamás es sólo el papel en blanco:

hablar de eso es hablar fácil, mas no el decir –y es cierto-

que la página en la soledad más profunda consumida

es la vida sin versos o llena de los poemas que nadie,

de los que eres tú, ha de poder escribir nunca.

Porque puede quedarme un amor, una sombra y un olvido,

y más que eso ha de quedarme un modo

de hacerme daño, hasta el fin y en la noche

un modo de afilar la puntería

para arruinarme y perseguirme

a través de la agotadora y muy extraña cacería

en que soy arma, a la vez presa.

 

 

PARA UNA TEOLOGÍA DEL INSOMNIO

 

 

Minuciosamente sueño a Dios durante el día

para por la noche poder creer que me perdona.

 

Desde la culpa de no ser feliz, de no haberlo sido,

desencuaderno mis ojos huecos y de sobras sé

que no dormir es un rastro del infierno.

 

 

LA TINTA DE ESTE PAPEL ES LA TINTA ÚLTIMA

 

 

Porque vivir no basta al hombre, porque la cárcel

injusta de los días hace que se pudra

la pequeña carne de los sueños

o porque no me quedan calles ya que guarden

alguna risa dentro, o algún nombre,

sobre mi mesita de noche tengo preparado

el final cianuro silencioso. Pues sé que el dolor

cabe en un vaso, aunque no cuándo apurarlo;

será, quizá, la semana que viene, de aquí dos días,

o más pronto acaso. Ante cualquier balcón,

desde cualquier minuto. Cuando los ojos

no soporten más sus látigos y tarde sea

cuando adivinéis el modo en que la sombra

es lobo y me devora.

                                   Pero aunque

no haya dicho adiós a nadie, aunque

para todo ahora sea tarde

sí hubiera querido que cuando leyerais esto

ninguno de vosotros fuera necio y pensara

que aún es un poema. Porque esto no es un poema,

esto ni siquiera es un testamento,

yo nada tengo y nada dejo y así

esto quizá no es más que una memoria o un anuncio

de aquello para lo que ya no hay viento.

 

 

AHORA TU OFICIO VAN A SER LOS MALEFICIOS

O DE LAS CLÍNICAS INGENUIDADES DEL POETA

 

 

Cansado, con las inútiles estrellas de la tierra sólo lleno

y cansado como únicamente puede estarlo

quien ha tenido en cada momento que soportar la vida

como si fuera de otro

busca en un joven pasado tal vez inexistente

las señas y caminos

con los que edificar desde esta noche

unos proyectos más ligeros de prisiones

y que un recobrado aire sin edad te traiga entonces

nombres, historias y retratos que juren que tuviste

y que se dispongan por fin a silbarte entre la arena:

has de ser el escritor y el cielo, esta no es tu vida,

jamás lo ha sido y como ahora

tu oficio van a ser los maleficios

has de volver a ser de nuevo el poeta extraño

que por su olvido busque las comisuras del cielo,

sobre muerte palabra y risas tú, sobre tiempo

y muerte un pájaro triste de violines magos,

miradas en clave ya tú sobre la muerte.

 

 

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS

 

 

Haber escrito tan en la sombra como para que quieta sangre sea

la que duerma una obra; haber escrito la sombra o haberla sido,

desde sus clausuradas ventanas haber dicho adiós las mismas veces

que huérfana es la tierra, vanamente haber hincado

en el papel silencios

que resultaron al fin

no ser llaves maestras

y que después de haber conseguido

soportar así la vida –procesiones de fracasos

en las telarañas de la tinta- ya muerto

te publique algún poemas

una desconocida revista de provincias

y que entonces alguien los encuentre cualquier cosa,

que alguien los encuentre –es un ejemplo- francamente divertidos.

 

 

HISTORIA VERDADERA

 

 

Bajé del sueño, del sol y el miedo.

Bajé y seguí bajando. No había nada.

Deseé volver. Pero en el descenso

había olvidado cómo a la infancia

del primer verso trepar de nuevo.

Y así (niños y niñas) me quedé solo,

de ninguna parte rey y en mi noche

por nadie abandonado. Y esta sola

historia verdadera es el poeta.

 

 

LOS IMPROBABLES TIEMPOS

 

 

La cálida o porosa tinta de mis sueños

afónicos pájaros da a un torso

sobre el fino papel vegetal de la memoria

y esos pájaros pueden igual ser lunas tardías

que el oculto alfabeto con que unas piernas

sin un solo respiro reelaboran nuevo el mundo.

Y mientras reconstruyo de tu amor estos instantes mínimos

sé que soy legión de vivos, que desiertos

y ciudades se hacen nada

si camino poblado por tus rostros

y sé que puedo abrazar en cualquier momento

el exacto gesto con que lanzaba yo al vacío un cigarrillo

para dejar que cambiaras los discos dulces de mis ojos

y que puedo cuando quiera acompañarme repitiendo

el modo en que convertías las esquinas

en absolutos azules sin demonios.

 

Y saber que hasta tal punto

era vivir entonces estas cosas

que podíamos sin especial esfuerzo

creer que el alba

no era del todo mentirosa.

 

Pero los improbables tiempos de las almas

un día se disecan.

                              Ya sólo guardo sombras.

 

 

LA CALIGRAFÍA DEL AMOR

 

 

La caligrafía del amor está hecha de mariposas y de sangre,

mientras se redondea una o masculla un lobo, en el palito de la t un tonto jazmín suspira,

y asimismo hay que decir que la caligrafía del amor se parece a la de la vida

porque es bastante más que extraña, que la caligrafía y el amor

son peores que la tristeza y que la lluvia, mucho peores, sí,

y que ningún destino es tan horrible y tan hermoso

como el de quienes se envían sueños de pechos y cinturas

aprisionados bajo sellos de diecisiete o sesenta y pico pesetas

-eso depende de la urgencia, también del sitio-

y que en los abortados celofanes del adiós y sus distancias

con gran terquedad fingen creer que para cosas como éstas

aún resulta mínimamente útil el correo.

 

Desde luego: la caligrafía del amor está hecha de mariposas y de sangre,

mientras se redondea una o sí que más de una vez masculla un lobo, etcétera.

Pero no me habléis de eso, de eso no me digáis nada, por favor,

nada de nada. Porque en tiempos como ése yo llegué a estar muerto

varias veces en un día, y por otra parte muy bien sé

que no existe mayor ruina

que la de saberse condenado al extrañísimo oficio

del ir sin ningún eco levantando

innumerables actas de cómo

tu propia vida te fracasa.

 

 

SÓLO UN NOMBRE PODRÍA LLEVAR LA DEDICATORIA

 

 

Supongo que por ser casi lo único que estaba abierto los domingos

en el acuario municipal que están estos días derribando

habíamos pasado no sé qué desmesurado número de tardes,

y recuerdo cómo sólo llegar nos dirigíamos

a saludar a tío Alfonso convertido en un besugo,

aquel besugo afable, exacto a él y que creíamos

que a la fuerza tenía ya que conocernos.

 

El tiempo del que hablo era entonces tan extraño

que aún no se habían inventado

esas modernas variantes del los parkings

que creo que se llaman guarderías, y si me esforzara

podría de mañanas y tardes trazar una prolija geografía

-la catedral y los paseos, la feria de belenes y de libros,

jardines cerca de las autopistas o autos de choque

o museos infinitos: calles, rosas y cuadros

probablemente más hermosos pero también

un poquitín más aburridos que el besugo-.

Pero no me interesa y entonces no me esfuerzo.

Porque más que eso son los pequeños y diarios infiernos

que salpican lo que se dice una vida de familia,

ese modo de estar siempre un cazador oculto y fiero en casa

y los insoportable ritos de la estupidez y de la histeria

de los que muy pronto tuve que aprender

a huir íntimamente, para seguir viviendo,

lo que siempre recuerdo y lo que me hace pensar siempre

que puede no haber modo más titánico de ganarse a pulso el cielo

ni oficio más gravoso que el buen oficio de ser madre

y pensar también que cuando pienso eso mejor es que me calle

sino quiero acabar enhebrando una con otra las cursilerías

y más que nada estar convencido de que si algún día consiguiera

cifrar en un cuadro, en media página o en cualquier otra

imposible forma del tiempo o de la música

alguna sombra de mi despedazada vida

sólo un nombre podría llevar la dedicatoria.

 

 

EL DÍA MENOS PENSADO

 

 

Sabes que no soy amigo de juramentos ni promesas

pero sí me has oído decir con insistencia

que el día menos pensado voy a procurar

olvidarme la inocencia y la ternura

sobre el mostrador de cualquier casa de empeño.

Pero jamás conseguí inquietarte, o así lo sospecho.

Porque sabes que soy terco y mucho más

en lo que concierne a mis defectos.

Entre esos dos aún sigo viviendo.

 

 

EN EL ORDEN QUE PREFIERA

 

 

A veces empiezan bien mis sueños, y entonces

pueden llegar a ser playas de África

o improbables pasajes de avión hacia el deseo.

A veces empiezan bien mis sueños, a veces me recuerdan

lugares que no he visto y en los que fuimos tan felices,

lugares anónimos, antiguas cartas, aventuradas huidas

y si hay suerte pueden llegar a ser incluso

unas cuerdas vocales que afinan su voz

entre unas piernas.

                                Porque a veces empiezan bien mis sueños.

Pero otras se despistan, por lo común se cansan y así

suelen acabar teniendo el mismo rostro

que la casa Batlló, pues ociosos y torpes se recuestan

en demasiados bares, en demasiadas tardes,

estúpidamente llenos de Rambla Cataluña y Paseo de Gracia,

hasta batiendo palmas los benditos

mientras ni pueden evitar que de las gabardinas

del fracaso y del alcohol les crezcan

abatidos pájaros

que vagamente me recuerdan

a la hirsuta soledad

de la que no he conseguido salir nunca.

 

Quizá en esta tierra el hombre sólo puede amarse y detestarse,

amarse y detestarse, sucesivamente, en el orden que prefiera.

Pero esta materia da apenas para un cuento,

y además cero que ya Borges –un fastidio-

escribió mejor de todo esto.

 

 

CATÁLOGO DE ANTIGÜEDADES

 

 

Besitos y mordisquitos en las orejitas era lo que escribíamos

al final de unas postales no tan obscenas como horteras,

también en los hociquitos y Viva el Mejillón Peludo

cuando las enviábamos a niñas adorablemente estúpidas

y Gola Pola Amapola qué tal las misiones en Angola

o de mayor yo también quiero ser cura

si iban dirigidas al gris colegio horrible,

besitos y mordisquitos o cabramozabigote!

en la época de la continuada borrachera

que un estómago medio buzón medio prodigio

aún digería, besitos, mordisquitos y no sé por qué

ahora también recuerdo ininterrumpidos veranos

y sobre todo a Javier borracho, cayéndose y cantando

a las seis de la madrugada en la Plaza Artós,

Javier parando a un repartidor para enseñarle

cómo en el infantil cuaderno de dibujo

que alguien había ideado regalarle a Ana

el elefante coloreado de amarillo

quedaba superlativamente cojonudo y fíjese usted,

no me he salido para nada de los bordes, ¿verdad

que a la señorita ha de encantarle?: besitos, cervezas,

mordisquitos, noches, desiertos o Javier o la Plaza Artós

en la cara del pobre hombre: inconcebibles cosas así

son las que me vuelven y las que tengo que anotar

para cuando tenga tiempo o ganas de escribir

en falso verso un inservible catálogo

de antigüedades. Y en los márgenes del papel

no puedo olvidarme de apuntar que ya muy al principio

de una adolescencia extremada me acostumbré

a coleccionar en los descosidos bolsillos de mis ojos

huidizas madrugadas, a coleccionar o robar al tiempo

pequeñas muertes, azúcar de piernas, adioses,

pañuelos y lunas, pozos, cuchillos, ternuras

y que esa temprana afición por las cosas que no sirven para nada

sin duda tuvo la primera y quizá más grave culpa

de que acabara aceptando complacido, y sin más,

el convertir en una completa inutilidad mi propia vida,

muy irresponsablemente sonriendo ante los infinitos

lo que hay que ver, un chico de sus posibilidades,

mira que deja el Derecho para perder el tiempo

escribiendo versitos, lo peor es que así

es como acaban comunistas y ya es lástima

que mi particular ejército de abuelas

resignadamente recitaba.

 

 

PRAGA

 

 

Yo nunca he estado en Praga, pero le sueño jardines,

escaparates llenos de temblorosos misterios y también

que los tranvías se alejan justo con la extraña forma

que cursi como soy siempre me ha hecho

llorar por los falsos recuerdos.

Si llega la noche populoso soy y la atravieso

o me pierdo en una fiesta y no entiendo

por qué estoy ante las ventanas

que se esconden en las anónimas piernas

preguntándome con insistencia cómo fue

que le crecieron a nuestro amor tantos nenúfares

y a la vez dándome por fin perfecta cuenta

de que la soledad siempre ha sido una flor seca

que alguien se dejó olvidada en un ojal.

Y es que aunque yo nunca he estado en Praga

le sueño –ya lo ves- jardines, tranvías,

baile y despedida y cosas parecidas;

y sueño también que con tan frágil materia

un día hago un poema, que tú lo lees

y que con cualquier motivo me traes –sorpresa-

dos billetes de tren para el sitio

que me ha dado por llamar de esta manera

y que entonces yo tengo que aunar

afecto y paciencia para decirte aquello

de no despertéis al amor con vuestros pasos,

aquello que no sé ahora quién lo ha escrito

pero sí que dice distinto según el ánimo o el día

y que quizá simplemente es -¿lo entiendes

ya, estúpida mía?- aquello mismo.

 

 

JORGE FOLCH

(1926-1948)

 

 

Había suficientes parras en tus párpados

para dormir al sol, si así te parecía:

yo sé que sabías eso y también que yo recorro

las mismas calles que cruzaste intentando

convertirlas en múltiple escenario de ti mismo,

las noches que volviste mosaico de ocios o de sueños,

antiguas piezas únicas hechas de alcantarillas dominadas,

de cementerios asaltados, un solo desierto o arco

tensado para extremar, para extremar en lo posible

y hasta el fin la vida. Y yo sé, yo te acompaño

o te conozco sabiendo sobre todo que quisiste

ser hijo de un pretor de Tarragona,

llamarte Creso Libio, nacer de una uva azul

y ser el sátiro y el mago y varios faunos

y que a través de extraños poemas sólo tuyos

conseguiste serlo antes que el agua

a los veintiún años te negara

la vida y las palabras. (No sabes cuántas veces

he repasado tus ojos y tus manos mientras

inútilmente buscaban salir de la cisterna

ni cómo he maldecido el por qué no pensaste

que había llovido quizá demasiado).

Y aunque cuarenta años pasan como nada

cuarenta forma el estúpido espacio

que nos separa –cuarenta de tu alumbramiento

al mío, casi cuarenta de tu muerte a ahora.

Pero mentirá quien diga que no nos hemos conocido.
Porque más allá de las ciudades y la sangre,

de verso en verso alguna vez

se anula el tiempo –o quizá soy yo, que te recuerdo.

 

 

ESE TÁCITO RITO QUE ME HE IMPUESTO

 

 

Si el hombre tuviera tiempo de sobras

es posible que hiciera grandes cosas.

Pero tras su espesa piel el tiempo alienta

una sutil maraña de trampas y estrategias;

tras su espesa piel o en su disperso puzzle

ocasionalmente brinda adoquín de besos

para que torpes como somos

nos demos menos cuenta

de que a través de ajedreces, adioses,

inutilidades, esperas y otros juegos

poco a poco y sin saber

se vaya haciendo teoría confirmada

el que la vida nos aplasta

(y esto me gusta decirlo con un verbo que suena

como un saco de patatas).

 

En el momento en que subo en el ascensor

es una nocturna hora intermedia.

El espejo adivina el alcohol

y parece decir que tengo aire

de guardar alguna historia

perdida por algún lado del abrigo

y también varias posguerras. (Quizá

porque a veces pienso que es probable

que yo hubiera sido más leve o más feliz

en la polvorienta Barcelona de los años cincuenta,

y aunque haya procurado no abusar nunca

mucho de ellas, este tipo de imágenes

siempre me atrajeron con firmeza).

La nostalgia realquilada de mi cara

va a proyectarse ahora en otro espejo,

fiel en cumplir ese tácito rito que me he impuesto

y que consiste en observarme como un actor retirado

mientras fumo y bebo a solas

frente a la pica del lavabo.

Y para poblar esta habitual circunstancia

van a cruzarme desamparadas imágenes

hechas con recalentadas infancias,

recuerdos o posturas que me cansaría escribir

pero que si lo hiciera acabarían entercándose

en intentar explicar por qué nuestro amor merece

un lugar señero en la anónima enciclopedia

de las historias ridículas.

 

Historias que me cansaría escribir,

con las que perdería el tiempo.

 

Porque todo es pasado –no sé si cierto-,

todo es presente –esta tonta mancha de polvo-

y además aquí, en el lavabo de mi cuarto,

sobre este ya como ajeno rostro ajado

y con tonadilla de tango

sospecho o sé que no he perdido la vida

(que eso ya sería algo); que no la he perdido, no,

que estúpidamente sólo la voy perdiendo

y que tampoco me produce un especial descanso

el saber que voy a poder dejar por unas horas

mis canosas miserias en suspenso.

 

 

VIDA SENTIMENTAL

 

 

Demasiados modos de interpretar la lluvia

ofrecen las películas; demasiados modos, demasiados ojos

y del todo excesiva esa facilidad como de postal ridícula

con que a medias entre copa y cigarrillo

los maquillados gestos de una imagen

sopesan, trituran, absorben y administran

distancia de muchacha; excesiva y también ridícula, eso,

más o menos eso es lo que me digo

cuando repaso el manual de adioses de mi vida

y desde él comprendo que es del todo cierto aquello

de que no suicidarme es algo que siempre me dio mucho trabajo,

que no suicidarme –ausencia, clínica y demás patéticos

retratos desbocados- en verdad ha sido para mí

la diaria gran tarea

y que por causa del afónico equipaje

que ha tenido a bien irme imponiendo el tiempo

a estas altura ya sólo podría doctorarme

con una absurda colección de vaguedades que intentara hacer ver

a qué ruinosos extremos puede llevarnos la torpeza

si desde siempre ha dominado

la expresión de los afectos.

 


 

 

 

De Tierras

   

POR LAS CORNISAS DE LA LOCURA VOY

y nada sino yo es el precipicio:

sobre los desvencijados telares de los sueños

no hay polvo ni sombra que pudiéramos

trabajosamente arañar ahora

para encontrar razones

que la vida hicieran fácil,

razones, espejos con nombres o tan sólo

alguna memoria y algún bache.

No hay razones, espejos o siluetas de muchachas

o de nombres. No hay nada aquí, aquí

no hay nadie. Las virutas de unas voces oigo,

de unas oscuras voces que son muchas pero

que sobre un mismo abismo forman una:

el desierto de mis ojos les da nombre.

 

 

SOMBRA

 

 

Tras los llantos o el último gesto del sol

nada queda. Nada tras los llantos, los versos,

los retratos. Y una sombra dice que fue ella.

(Las sombras, ya se sabe, no quieren tener la culpa

de ser sombras y por eso buscan amantes, asesinas).

Una sombra dice que fue ella, sin cesar lo dice.

Al mismo sol, al papel mismo, a quien lo escuche.

Pero quizá no fue nadie y quizá fue nada.

Tras los llantos, versos y retratos quizá

fue sólo eso. Un nombre triste que se hizo pequeño.

Un nombre sin padres a quien extravió la vida.

Un nombre solo, no vaya a preocuparse nadie,

si fue la sombra de un nombre, la pobrecita,

la sombra de la nada aquella. Mas si nada fue,

y lugar no tuvo, dice que no quiere últimas patrias,

hechas con epitafios de yeso, la sombra ésta.

La sombra que en cada espejo con mi rostro aún veo,

la pobre y ésta que aborrece los epitafios y el yeso,

la que nada fue y la que nada pide. Nada.

Sólo nada. ¿No lo oís? Dejadla quieta.

 

 

HIRIENTE Y ABSOLUTA

 

 

En la soledad hiriente y absoluta a la que no he conseguido

nunca darle nombres y entre

sus sábanas que tantas veces

recuerdo son del miedo hay

todavía una arrolladora, inexplicable, casi

vergonzosa ternura que creo

que me asalta los ojos y quizá

en ellos me devora. Pero me es difícil su sonido,

por profundo. Nació acaso en mi luz primera

y sé que estará también en mi noche última:

luz y noche, esos polos simples del rincón

estúpido que es mi vida, luz, noche y torsos

sin cuerpo y con ternura

que es quizá recuerdo

de la que por ella tuve y de la que por mí

quizá ella tuvo, este quedo alambre sobre el tono

de una roñosa canción de radio o a través

de los silencios que en los versos se respiran

luz y noche y la enfermedad extraña

que en mis ojos nacen telares sin sonido

y por la que jamás me bastó el mundo

y por la que siempre estuve

como suspenso en vida.

 

 

LOS TRABAJOS QUE ME HA DADO EL DESPEDIRME

 

 

En los ojos y otros muertos lento pesa

el mundo o el cansancio. Y quisiera ya

olvidarlo simple, cegarme fiero y un todo adiós

decir lleno de noches o de ahogadas piedras o mendigos

que no guardasen rabia

hacia los infames engaños

con que en las mañanas del sonido ingenuos

habitable creímos esta vida. Pero del último adiós

hace ahora tiempos tan antiguos

como el de los enterrados amores de las playas

y sé que no puede haber ya piedra o noche

que mis mendigos no hayan con ahínco

infinitamente carcomido. Porque lo que me ha dado más trabajo

siempre ha sido el despedirme. Pero aún así,

desvelado por los derrotados cafés

en que acaba convirtiéndose el ir y venir

de la soledad al miedo, sin saber bien qué

en la nada persiguiendo aún sigo.

 

 

EN TAL TAREA

 

 

Nadie sabe el silencioso peso de la sombra

o siempre hay quien sufre más, quien con todo el dolor

en una estancada agua no sabe qué dios caído

o qué recuerdo logrará disipar

la risa afilada y fría de la noche.

Y nadie sabe el peso ingrato del otoño

o de la sombra, la nada envolvente y espesa nadie sabe

de quien siempre sufre más, a quien un dolor

le asalta y jamás sabe

de dónde vino ni cómo

se le metió tan dentro, perezoso en marcharse,

muy terco, dolor o demonio de mil caras

que cada paso convierte en ciénaga,

carcomido dolor de excomulgables dagas

que te hace en la sombra ser más sombra

y clausurar nombres y ventanas

en las inútiles procesiones de los días

nadie lo sabe, nadie anuncia

cómo se salva o cómo se le engaña.

 

 

MANIFIESTO INICIAL DEL HUMANISTA

 

 

La causa de las palabras, que para nada sirven,

o para vivir tan sólo, es una causa pequeña.

Pero si cada día sabes con mayor certeza

que no sólo repudias las coronas

sino que cada vez te dan más asco;

si en verdad no quieres hacer de tu ya arruinada inteligencia

una prostituta mercenaria que venda sus pechos o su alma

a cualquier hijastro del dinero o si, sencillamente,

poco necesitas y tan sólo te importa soportar

con dignidad la vida y sus tristezas

mejor será que asumas desde ahora

la inevitable condena de la soledad y del fracaso

y que como luminoso o ciego abandono de estrellas

a esa pequeña, muy ridícula causa ya te abraces,

que del todo lo hagas y que en tu habitación vacía

las palabras del fuego sean ceniza, que se asalten

y persigan, que tengan frío, en su noche

a solas, por decir tu nombre.

 

 

HUECOGRABADO

 

 

Igual que no es ningún genio quien sospecha

que la lentitud venenosa de un otoño

tiene por testigo final a cualquier calle

la tinta de este papel también es la tinta última

y en la improbable forma con que consiga

abrazarme a su mentira jamás podrá

ser más cierta la vida. Pues no

porque se repitan hasta la fatiga

dejo de saber que mis poemas no son más

que los retratos de unos penúltimos suicidios,

el puño que si se abre todas las llagas

de la sombra tiene y también el corazón que suspira

por la sigilosa huida que se transfigura en las ventanas.

Que juntos quizá forman un instante solo y tenso

en lo rojo o en la noche, un pobre tiempo fiero

en el que el corazón aprieta y muerde para que después

la vida se descanse y con igual tristeza

retome mi cintura; instantes de derrotas

y de muros, desangelados arañazos o torpes ensayos

que con insistente timidez anuncian despedidas

estos mis ocres versos en silencio sabedores

de que si de la noche salgo no estoy

en ningún sitio

 

 

DONDE QUIZÁ EL AUTOR EXPLICA POR QUÉ

NUNCA QUIERE CELEBRAR SU CUMPLEAÑOS.

 

 

En nada hay más mentira que en los aniversarios,

que en creer que Dios o el tiempo

para el vivir trabajan

y que en las calles aún quedan

minutos para todos.

 

Sólo la derrota puede llegar a tener forma de plaza,

y quizá por eso no hago más que pedir prestado

el miedoso yeso de unos ojos

para romperlo mientras finjo

grabar versos ahogados

en el escondido corazón de las pizarras.

 

 

PARA SUPLIR UN ENVÍO

 

 

Pero si yo fuera aún más torpe

y un torpe poema te enviara

quizá sí conseguiría explicarte

por qué sólo creo en quien fracasa,

en el hombre pequeño que no sabe,

en el triste hombre que es el miedo

y también frío, en aquel que no halla

sino nada y que si su nombre dice –un sol barrido-

se ríe en su vacío. Y es que si yo fuera aún más torpe

y realizara un envío sí que te hablaría del que no odia

y del que teme y también del que cuando repasa

las inútiles sombras de su vida sabe

que la soledad es una mordaza única, que en ella

nunca fue mucho más que despedida y que a pesar

de haber olvidado las ventanas

a través de papeles y otros atentados diminutos

aún recobra y muerde el rostro

de aquel antiguo amor ridículo.

 

 

MEMORIAL PARA MI ÚNICO AGRAVIO

 

 

Haber perdido la vida ya muy pronto,

y en cualquier esquina; haber sentido

cómo escapaba poco a poco

el agua de los ojos,

haber tenido tanto miedo y tanto frío

como para acabar siendo nada más

que miedo y frío. Haber tenido

sombra y garganta seca, haber

tenido o no haber tenido

y no haber sido nunca nada fuera de unos dedos,

no haber, no, no haber conseguido jamás salir

de esta ciudad oscura y siendo sólo

que de la derrota el heredero

únicamente arrepentirme por no haber compuesto,

cuando sobraba el tiempo, un poema que no tuviera

cristal en exceso, un poema sencillo y sin motivo

pero en el cual vaciara el agua su sentido

y que una vez enviado por el invisible correo de los huesos

pudieras para siempre ya tenerlo como olvidado amigo

o azulado perro que te diera

buenas noches con la irreprochable

puntualidad de las ausencias.

 

 

COMO TÚ BIEN DICES

 

 

Como las antes tan respetadas plañideras

han sido prohibidas en los días y en los cuadros

-pues cada vez se hizo más persistente el rumor

de que su oficio hacía cosquillas a los muertos-

quizá sí podría asegurarles que nunca como ahora

estuvo tan en suspenso el mundo. Y como acaso

también es verdad que ya hemos pasado todo

el miedo que nos dijeron

que tendríamos que pasar

y como puede que también sea cierto

que por las rendijas de una tarde

por fin llueva ya otro tiempo

como llueve un duelo o llueve un beso

tímidamente ahora se me ocurre

que tú y yo podríamos jugar

a parchís con el silencio

obligando a nuestro amor

a que hiciera de tablero.

 

Pero no. Es verdad: no estoy seguro,

no me atrevo. ¿Qué quieres?. Como tú

bien dices, alguien puede

estar mirando.

 

 

TIERRAS

 

 

Pues si huérfano estuvo del aire y fue

quien le cercó la noche y no la sangre

y por ser roja cruz el miedo y crepúsculo

espeso ya su arte

ya no guardaba fuerzas

para levantar sobre el papel

aspiraciones de ventana

las tierras del suicida

no han de ser jamás las tierras muertas.

 


 

 

 

Otros poemas

 

 

ESCENA

 

 

Nosotros esperábamos jinetes, jinetes no sabíamos de quién,

jinetes quizá de nadie. Alguien tenía que enviar jinetes,

eso nos dijeron, por eso los esperábamos. En calmar llagas

con vendas de silencio

matábamos el tiempo. Así

esperábamos jinetes. Pero

ya no esperamos. Porque en esto

se nos fue la vida, pueden

reírse, en esta escena.

                                  Todo

era un engaño.

 

 

EL TEÓLOGO DISIDENTE

 

 

No existe la muerte, no ha existido nunca.

Aunque bajo su amenaza haya vivido el hombre,

en su mentira, no existe la muerte, no existe,

y si adivináis tras la luna el exacto rostro

de la ausencia, si con olvido miráis

la pupila oscura de la espera

entenderéis que no existe, que de verdad no existe

y que cómo iba a existir ella y qué nombre

hubiéramos podido darle entonces a esta tierra.

 

 

BIS

 

 

Es la historia de siempre y también

en la que hay más enredaderas: una vez

nos dieron la tierra, pero

como nos dio la sensación de que no era

sino otra forma de engañarnos y hacernos perder

el tiempo entretejiendo

la ilusión de que algún día

íbamos a poder hacer algo con ella

dejamos que se nos muriera.

                                             Sin llegar siquiera

a ser un inútil consuelo nos queda

la literatura como forma

de tomarle el pulso a las miserias.

 

 

VUELTA

 

Crepusculaba amenazas y con fingidos jazmines

carne daba a miserias o batallas

por conseguir ponerse nombre

a través de papeles o misterios sepultados:

cinturas con livianas mordeduras de hambre,

martillos, rojos, clavados adioses y ojos

con demasiadas tortugas como para ser fotografiados:

crepusculaba, del cielo precisamente huérfano

nostalgias de sí o de nada

crepusculaba.

 

 

ÚNICA EDAD

 

 

Porque alguien fue un instante hermoso

y de antiguos, nunca escritos libros rescató

palabras parecidas a piedad -o casi tan extrañas-

ante la impasibilidad estéril de los muros

como en un final cualquiera comprendimos

que la única edad del hombre es la que calla.

 

 

¿FÁBULA Y SIGNO?

 

 

Como jamás habíamos pensado que Dios podía ser tan pequeño

como para dudar de su propia existencia

nos sorprendió encontrarlo con los dientes desnudos

en las orillas del frío.

 

Dichosos por saber que lo teníamos dentro,

lo tendimos al sol, como si fuera una fiesta.

 

UNA MUJER

 

 

Una mujer se hace así: sobre las espinas del sueño,

con un poco de luna y como escogida cárcel

donde la luz se amanse. Una mujer se hace así,

y si no debería hacerse de un modo parecido.

 

HISTORIA GRIEGA

 

 

Noche ni con más noche se consuela. Después

que un árbol arrancado probó a con sus

sombras congraciarse ofreciendo a las pequeñas,

diarias muertes caramelos exilio

de nadie se ha hecho el verso:

hasta el estúpido oficio de leerle al tiempo

las líneas crueles de su mano se ha perdido.

 

TODA HISTORIA

 

 

Toda historia es simple y se me olvida.

Quizá me fui a tomar café, quizá la amaba

y me perdí entre jardines de piernas esmaltadas

que fueron juncos trenzados de palabras

y después retama que mi lengua de trapo

había hecho trizas. Quizá fue el amor,

quizá el café, tal vez la noche. El recinto

sin madrugadas, con sangre y lunas rotas,

el recinto, el barranco de dientes oxidados

o el valle de hojas de afeitar dulcísimas

no hería o no existía. Quizá fue el café

o fueron sus piernas, o quizá la amaba.

Toda historia es simple y se me olvida

en las axilas de mi ciudad tristísima.

Sabedlo ya: mis ojos no se acuerdan de qué miran.

 

 

URBE

 

Me han dicho que por aquí vive un poeta

que a fuer de humano ha llegado a celestial, dije.

Y añadí: si cree que es broma, ahora viene lo bueno:

lo digo totalmente en serio. En antiguas hojas

crepitaba el silencio. Completé rompiéndolo:

nombre no tiene, porque vive

precisamente en su busca. !Ah, ese!,

contestó el mesonero. Dicen que se hizo unos andamios

con sonetos celestes, pero la verdad es que nadie

sabe bien dónde para. Probaré si hay suerte, dije.

Y así vi sujetos, telarañas trenzadas por ellos

con sus misterios y cómo entre todos reunían

la leña de los verbos para irse juntos

al fuego del Gran Verbo. Pero no. No

he podido verlo: está ya muy lejos,

y ha llegado a ciudad extraña, una ciudad

fundada por él o sus sueños y donde

yo me pierdo porque en ella las calles

trazan su cara. Algunos sí que tienen

buenas artes poéticas, pensé al saberlo,

y al pensarlo sentí al momento

que a mí me quedaban derrotadas

las noches, sus imbéciles desiertos.

 

 

EL ANARQUISTA DE LAS BENGALAS

 

Yo soy el anarquista de las bengalas,

el anarquista único, el que permanece y pasa:

he tenido nombres en los que dormían las frutas

de los corazones raros. A todas horas trabajo,

y en especial cuando la gente afirma

que no hago nada. Sé lavarme el alma

sobre papel y nada, colocar bombas de relojería

en las ciudades que siento en las espaldas,

buscarle y con olvido las cosquillas a un amor

que prefiguro con distancia y a través de todo eso

seguir estando en todas partes habiéndome

marchado.

                 Porque yo soy

el anarquista de las bengalas. Cada vez

que enciendo una tu corazón

y mi corazón se apagan.

 

 

PÓSTUMO

 

De todos mis amigos

yo tuve la muerte más extraña:

 

con el alma dislocada

fui silencio por la página.

 

 

¿DE PARTE DE QUIÉN?

 

En nombre de Dios abandonamos las señales en el aire.

Nos quedaba el vivir, el vivir sin trabas,

en nombre de nadie. No apostamos por él

(nosotros, jamás apostamos), pero éramos jóvenes

o tenían aún luz las palabras

de unos versos extraños

que el corazón cifraba.

La tarde era una niña a quien abrazábamos

riendo en la mañana falsa, y el alcohol

y su excitante plata, que luego fatiga y araña,

nos hacía andar sin camino, mas fuera de prisa.

Era dulce no tener principio y menos aún destino.

Era dulce estar en el aire, atravesar el tiempo,

ser el vivir que no sabe o sólo nace

cultivando cuerpos que dormían como naranjas buenas

tras los ojos.

                    Pero llegó la noche, última, terrible y sin aviso,

para segarnos las miradas y del amor dejar asfalto.

Fueron las ciudades un insomnio y cualquier alma

se hacía pequeña en sus estanques. Adiós y sangre,

adiós continuo los gestos, los verbos y los días.

No teníamos nada: ni cornisas torpes, ni palabras caducas,

sólo ciudad e insomnio, un cartón sin colores

para recortarnos en él y no tener padre.

Entonces mordimos el cartón y miramos al aire.

Qué buscábamos pájaros muertos lo saben:

un olor de mañana sobre una risa afable.

Quizá no debíamos, nosotros, los perdidos.

Pero lo hicimos, e intentamos que una lluvia volviera

sobre las derrotadas estancias, y para vivir nomás,

para vivir sin tener que hacerlo en nombre de nadie.

Hablo en plural para fingir no estar tan solo,

o quizá es que en esta noche ya soy todos.

 

 

CONFESIÓN ÚLTIMA

 

De entre la mentiras una de las que prefiero

es la luna. Antigua o perdida, ni los locos

la creen, y con sus torpes palabras pueden

fabricársele torpes vestiduras. Porque

el poeta -gata falsa- a veces no está

para cielos o pájaros es por los que os hago

una confesión última. De la noche

no hablo. Porque sin engaño o niño

cómo osar decirte

que la noche es mentira.

 

 

LO DIJO EL POLICÍA

 

Las memorias se venden bien, pero su precio oscila.

Depende de si guardan árboles, lagos, travesuras de infancia,

columpios o lunas, algo que se llamó ideales

y también amores, abuelas tiernas, huesos, frutas.

Sí: los sueños ya suben mucho, y sobre todo algunos.

Y para poco gasto tenemos las de algunos que sólo cuentan

tiempos perdidos y que a los sumo fingen

llagas de sombra con rostros de tarde o de tortuga.

Nada es. Pero alcanza a cualquier bolsillo.

Yo ya siempre lo había dicho: las memorias

de los poetas castrados

nunca valdrán un duro.

 

 

EL MENDIGO

 

Al pie de una cuesta olvidada o llovida,

al pie de una ajena infancia acaso, detrás de la tierra

y muchísimos años después de que tuviera nombre todo

olvidado o llovido sólo pide en su entierro el mendigo

que en monedas le sean dadas las limosnas, pocas o muchas.

En monedas. De cobre o de espanto y, a veces, con el sonido

de los abrazos perdidos, en monedas siempre, en monedas raídas.

 

Pues si alguien se olvidó de los relojes

y otra noche aquí aún llega

se las pondrá en los ojos, para no ver,

una por una. Para no ver -noche vacía-,     

para no ver o para recordar saberse

tan muerto como su sonido.

 

DETRÁS DEL CRISTAL

 

Pero se ve, pero se mira e, incluso,

aunque sólo sea sombra, se respira.

Lo sé al compás del silencio y con madre lluvia.

Lo sé y lo sé dormido. Detrás del cristal, de nuevo alcohol

los astillados ojos y siendo otro en un bar gris

o absurdo: ahora es otro nombre de nunca,

ahora te lo regalo, ahora es mentira,

acaso para mí ya no tú sino nadie abraza

y aunque ceniza es cada amor, cada palabra,

aún se ve o se mira, se ve, mira, se mira

y acaso mañana descubra similares castigos

en la infamia de una vida

que incansablemente

me atardece.

 

 

NO ES NINGÚN SECRETO

 

Detrás de cada noche se esconde una amenaza

y ante una amenaza sólo queda el balcón abierto

o sus labios eran juncos que por un momento detenían

el incesante llover de la tristeza

o nuestra historia es tan pequeña y además ya tiene tanto frío

que en su único verso ahogado

resume por entero al mundo

o no debemos olvidarnos de recordar a la mañana

que para que sigamos viviendo es del todo imprescindible

que se refleje alguna vez

en los sueños del estanque.

A veces quizá mejor un “a pesar de todo tú y yo tendremos

una casa sólo que de aire”, y en caso de que tengamos

que volver a casa y que olvidadas mamás

vayan a reñirnos por llegar tan tarde

probablemente será más acertado algo así como “cualquier nombre

que escribamos tendrá forma de ausencia o de ceniza”

y después, con vocación de final, y más simplemente:

“herejías del fuego, sobre una estrella un amor se ha disecado,

no puede ser más triste la menopausia de la espera, la memoria

sin espinas no es de nadie, ahora sí que no han de llegar los barcos”.

Y, ya por último: “dedos de sombra sobre naipes huérfanos”.

 

Sí. Lo diremos así, a la fuerza tendremos nosotros

que vivir así esta tarde, hasta el fin del tiempo.

 

Y si entonces alguien a quien hubiéramos engañado o perdido,

alguien antiguo que volviera como de un olvidado sueño se vuelve

nos preguntara por todo esto, nada más podríamos decirle,

como excusa torpe temblando en manos huecas:

“Señor, tendréis que perdonarnos,

pero no es ningún secreto. Aquí,

en esta inútil tierra que nos dieron,

todos somos poetas (con más o con menos tretas)”.

 

 

 

 

 

La presente edición electrónica de Selección de poemas,

de Santiago Montobbio, realizada por Portal 

de Poesía, ha sido depositada en la

Red a los veintiocho días 

andados del mes 

de enero del 

año dos 

mil tres

.