Ricardo Dávila Díaz Flores  

 

 

 

 Poemas (selección) 

 

 


 

 

ÍNDICE  

 

 I- PACTO DE AMOR Y SANGRE (1999)

II- RENACIMIENTO (2000)

III-POEMAS PARA AURORA (2002)

IV- BALADAS MADRILEÑAS / LO QUE DEJÓ LA YEGUA DE LA NOCHE (2003)

 


 I- PACTO DE AMOR Y SANGRE

 

 

 

 

Duda

 

 

¿Cuantos insomnios me hacen falta para

    derrumbar el muro de la duda?

¿Cuántas sombras? ¿Cuántas luchas?

Hoy tengo que saber -antes que despiertes-

si la mañana es la que alumbra,

o si eres tú la que alumbra la mañana.

 

 

Te pareces al silencio

 

Hay algo en ti que se parece al silencio,

a pesar de tantas cosas que me dices.

Hay algo en ti, y no es belleza.

Hay algo.

 

Me gusta estar solo para estar contigo.

Logras que escuche la luz, mire al sonido.

Me gusta verte para platicar

aunque afuera los árboles lo sepan todo.

 

Pero no te amo,

si te amara

tendría que robar por ti, matar por ti,

quitarle a la noche su brillo.

Yo deseo regresar lo robado,

resucitar lo muerto,

dejar a la noche en paz cuando estoy contigo.

 

Me gusta cuando me sorprendes por la espalda,

cuando ríes y me arrojas el cielo.

Cuando tus ojos, navajas de ternura, me cortan

    los talones.

 

Me gusta que te enojes y me exijas un poema.

No soy poeta -te digo-

soy plagiario de la noche

ladrón de las palabras que llevas escondidas.

Entonces en mi alma te recuestas y me haces

    cerrar los ojos.

 

Yo sé,

podría llevar una guitarra a tu balcón,

invadir de flores tu mirada,

gritarte y recordarte lo que ya sabes.

Pero ya ves,

no soy de esa madera.

Mas bien deseo mirarte,

mirarte y no cansarme nunca,

porque hay algo en ti que se parece el silencio.

 

 

Nuevo horario

 

A la madrugada en punto, antes de que despiertes, escribiré cuatro libros de poesía.

Al quince a las sol, besaré tu boca, tu cuello y ejerceré mis versos en tu cuerpo.

De ahí hasta las mediodía, nos esconderemos del tiempo.

A las viento y tarde, bailaremos en el cielo, plantaremos un árbol, visitaremos al abuelo.

A las sol y media, declararemos victoria frente a la televisión y el dinero.

A las sombra de la tarde, nos fugaremos entre risas y juegos.

Entre las sol y el ocaso, tomaremos nuestras manos, conversaremos con los perros, fumaremos un cigarro y preguntaremos cosas.

A la luna exacta, bajo un cielo tupido de besos callados, mis manos, espejos de tu cuerpo, recogerán la lluvia que resbala por las mejillas del aire, tus mejillas; hablarán de caricias hasta que sea la madrugada en punto y retorne yo a mis versos.

Así rodarán los días a partir de mañana. Te lo digo desde ahora, para que mandes al carajo los relojes.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

II- RENACIMIENTO 

 

 

 

 

Aclaración científica

 

Antes que los astronautas, los poetas llegaron a la luna.

 

 

 

No busques atrás de mí

 

No busques atrás de mis hombros,

no hay nada, sólo yo,

el que te habla.

No busques,

soy el mismo que siempre ha sido,

el que soy.

El que te mira a los ojos es el verdadero yo.

No busques,

aquí estoy.

No hay navajas escondidas en mis dedos,

no hay veneno en mi voz.

Confía,

no hay sombras detrás de mi;

mírame a los ojos,

soy yo,

el de siempre, el mismo,

el que te mira a los ojos,

mintiéndote.

 

 

Estos versos que ya se van

 

"... Desde tu corazón me dice adiós un niño.

Y yo le digo adiós".

Pablo Neruda.

 

Sus labios eran como la espalda de la     

     muerte,

y su cuerpo

era fogata viva para mis manos de leña.

Ella nunca lo supo,

pero su espalda era mi luz,

y en sus piernas yo renunciaba a todo    

     cobardemente.

Ah, cuántas veces morimos ella y yo;

los cuerpos como dos tumbas,

 y en ellas los besos, las olas, los suspiros.

Qué ternura sus ojos cerrados,

qué ternura sus ojos tranquilos.

 

Aún la recuerdo cuando cae la lluvia, cuando

     pasa el viento, cuando llevo prisa.

 

Nosotros, los que rompimos tormentas con

     las manos,

los que clavamos promesas en el aire,

los que siempre, malditamente siempre,

caíamos jurando sobre nuestras almas, tropezando con la misma huella,

ya no estamos vivos.

 

Ah, estos versos que ya se van.

 

La recuerdo aunque no la recuerde,

y sus labios eran la espalda de la muerte.

 

Afuera ladra un perro, y los grillos hacen su

     canto,

y si presto atención, un tren se despide.

 

Yo atravesaba sombras para recuperarla,

juntaba los escombros para reconstruirlo

     todo;

hoy sólo me quedo mirando al tiempo.

 

En estos versos van los días en que     

     creímos poderlo todo;

va su cabellera;

va el agua en la que tantas veces arroje mi

     corazón para que no tocara  la  piedra,

el agua que erosionó la piedra.

 

Ya no recuerdo su voz. Ya no la recuerdo.

 

En medio de esta noche,

no puedo negar que una espina de nieve teje

     miedo en mis venas

y que un escalofrío sube hasta mi voz.

 

Porque ahora sí,

estos versos se van,

y yo

les digo adiós.

 

 

Siempre estamos solos

 

"Yo quiero llorar a veces furiosamente

por no sé qué, por algo,

porque no es posible poseerte, poseer nada,

dejar de estar solo."

Jaime Sabines.

 

El amor es perdernos;

estar solos,

solos sin nosotros mismos;

es robarnos al otro

y protegernos la espalda para que no nos

     hagan lo mismo.

 

El amor es ser huésped en otro,

servir de refugio a otro,

es invasión de privacía;

por eso la culpa, la vergüenza,

el regocijo propio.

 

El amor es callar,

es la palabra que grita el mudo en el oído del

     sordo,

el paisaje que miran los ciegos,

es la sombra que alumbra las sombras,

la piedra empujando al viento,

la fogata encendida en la corriente del río.

 

El amor es el sentido, no el sexto, ni el

     séptimo, es el sentido;

el único, el más confuso, el más vivo.

 

El amor teje alas que se estrellan en los

     techos y se van,

se van volando rotas.

 

Es nada, el amor es nada, ni siquiera

     eso. Es nada.

 

El amor no completa, quita;

por eso la búsqueda insaciable,

la que no encuentra,

por eso la necesidad, los celos, la rabia.

El amor es estarse acabando el uno al otro como se acaba el mar,

por eso los besos contra la pared,

por eso el llanto sin sal, sin agua,

ese llanto seco que golpea en la garganta.

 

El amor es buscarnos donde nos   

     abandonamos: en el otro. Por eso    

     huimos, corremos,

 nos vamos como ciegos en medio de un

     desierto de gritos.

El amor es soledad. Ante todo es soledad,

porque estamos sin nosotros mismos;

es soledad poblada por voces ajenas,

por secretos que no nos pertenecen.

 

¡Recoger ternura hasta que se nos

     doblan las manos, eso es el amor!

¡No existe el amor,

por eso creemos en él!

 

No hay nada detrás del amor,

por eso es inútil cavar con caricias en su

     cuerpo.

No hay nada,

sólo queda la mecedora del recuerdo y el

     olvido,

los ojos abiertos de la viudez,

un insomnio,

un alma tuerta,

un corazón cojo,

y la búsqueda final por nuestra soledad,

la otra, la que perdimos,

la que ofrecimos por amor al otro,

la que regalamos,

hasta que vuelve acompañada de ese llanto

     caudaloso,

de agua, de sal, de hielo, de cascada libre;

ese llanto que se hace en los que están   

     acompañados de sí mismos,

sin amor, sin el otro,

¡solos!

 

 

Un lejano doblar o repicar de una campana

 

 

Nacimos entre polvo y cenizas.

Aprendimos a llorar el mismo día.

No sé tu nombre, nunca te he visto;

sin embargo me miras,

me miras desde el fondo de mi corazón en

     que guardas tus semillas.

Sabes mi nombre,

desde los balcones de mi alma lo gritas.

Andas por mi pensamiento,

habitas mis entrañas,

andas a tientas, buscas mi voz,

hasta que quedas en las hojas, latiendo.

Tu voz acude como nube lenta todas las

     noches;

me creces por dentro como un árbol de luz

y riegas hojas de fuego sobre mis manos,

¡otoño de lumbre, eterno!

 

¿Nacimos el mismo día?

Sumerjo mi frente en ríos de preguntas,

emerge repleta de lunas y estrellas, pero no

      encuentro respuesta;

resbalo por mis lagrimas hasta el vientre de

     mi madre y no sé nada;

resbalo para recordarte a mi lado en ese día

     en que morí al mundo y no veo nada.

No sé si existías en aquel momento,

o si me buscaste hasta después:

En los jardines, en las montañas,

en el techo de mi casa cuando miraba al cielo

     en las tardes y noches;

cuando las niñas llevaban ojos de horizonte y

     en todas me perdía,

 y de todas me enamoraba.

 

Entraste lenta por mi mente, casi inmóvil

     como el aire.

Hiciste una fogata en mi alma,

te convertiste en leño para mantenerla

     encendida,

fuiste viento que sopló hasta convertirme en

     fuego entero.

 

Siempre juntos, desde el final hasta el    

     principio;

desde la tierra seca hasta el húmedo cielo;

en todos los amores y en todos los corajes.

 

Me enseñaste que no hay tiempo,

sólo lágrimas y risas;

sólo el tañer de una campana que dobla o

     repica al final de la jornada.

 

Al principio, tímida, tierna,

no hablabas. Ahora,

tu voz de soledad inquieta cautiva mi alma a

     todas horas;

tu voz, tu voz de soledad... sola, despoblada, desierta;

tu voz de aguijón, de espuma,

de historia dormida, memoria arrinconada, testamento abandonado.

 

Te conocí antes de saber que los jardines se

     compran,

que los amigos se contratan,

que el amor desaparece en la mañana.

Por eso no me separo de ti,

¡qué haría sin ti! Brazo invisible, corazón

     donado, doble de mi alma, sueño gemelo,

destino mío, ¡a mi estás destinada!

 

Todo lo has elaborado tú,

todo lo has levantado tú.

 

Polvo y cenizas, no somos carne;

sólo polvo y cenizas abismadas

intentando retornar al fuego,

que no saben  donde ir, pero conocen, reconocen el camino.

¿Adónde vamos? No lo sabemos, no   

     importa. Ah, nunca habremos de llegar,

quedaremos tendidos en la mitad de una idea;

yo muerto, tú llena de vida

sobreviviendo mi existencia finita;

Yo me iré. Tú permaneces.

 

Me explicaste que el tiempo no existe, ni el

     amor eterno;

sólo sol y luna,

sólo una campana que al final de la vida

repicará victoria o doblará a muerte.

 

Todos se van cuando la noche acaba;

todos han de marcharse, menos tú,

que con la piel de mi destino estás  

     encariñada.

 

Ah, lo sabes todo, ah, lo tienes todo.

Maestra, amiga, imagen, esposa que acaricia

     mi ansia cada noche,

¿Dónde están tus manos?

¿Dónde tus besos?

¿Dónde tus alas?

Me pierdo;

no sé si eres mi destino o yo el tuyo;

me pierdo.

Sólo sé que cuando deba regresar,

he de llevar conmigo el polvo y las    

     cenizas,

pero tu habrás de escuchar,

ya hecha cuerpo,

ya hecha alma,

un lejano doblar,

o repicar,

de una campana.

 

 


 

III-POEMAS PARA AURORA 

 

 

 

 

Escuché el temblor de tus uñas 

 

 

Tú eres la que llega siempre a lugares precisos en horas que no existen.

Y yo soy el que acude puntual a esos lugares vacíos.

Por eso nos encontramos, aurora,

bajo el umbral de aquella puerta que no estaba y que nosotros descubrimos.

 

Recuerdo que al mirarte,

un aire lento me borro las grietas de los ojos

y sobre mis ojos llegaron dos ventanas

en las que amaneció de pronto lo que en ti anochecía.

Tú tenías la expresión de la paloma quieta,

el carácter de la efigie que aún no se construye

y dijiste tu nombre en silencio para que nadie lo supiera.

Pero yo escuché el temblor de tus uñas,

el quebrar de los cabellos de tu alma,

el andar tranquilo del viento y el agua en tus raíces.

 

Tus grandes ojos me lo dijeron todo,

como si al mirarme estornudaran secretos, palabras

y todo llegó hasta mí como el origen de una enfermedad curada.

Ya te conocía yo.

Ya te había visto

en algún lugar de esos en los que dejo mis ojos y sigo caminando.

 

Esto no es casualidad.

Alguien sabía de esta fecha.

Baja la mirada, aurora, camina.

Alguien nos está siguiendo.

 

 

Amaneceres de noche

 

 

Tu cuerpo dormido me lo dice todo,

como el mar de aquella tarde que no volví a ver.

 

Y yo te miro como si te mirara un muerto,

como si hoy fuera la noche. La única noche.

Yo no quiero que me descubra el sol aquí,

como siempre,

a la orilla de tu piel,

cansado, tembloroso, colgando de la última nota de tu voz,

cayendo de la última nota de tu voz.

No quiero que sea mañana;

no quiero que sea otro día y otro y otro,

avanzando, rodando,

buscando el camino de uñas

que dejamos atrás

para intentar volver a nuestra piel.

No hay regreso, aurora, todo empuja hacia adelante,

y todo lo que somos pertenece a la duda.

No quiero que amanezca.

No quiero saber si hay algo después de ti;

no quiero saber si detrás de tu cuerpo hay otra vida:

no es cierto, no la hay.

No quiero que amanezca.

Esto es lo mismo que la paz.

Hace un rato,

cuando nuestros ojos eran brazos

y nuestros brazos se hundían hasta las raíces,

me pedías que hablara.

Yo sostenía tu cuello para que supieras.

¿No te basta este silencio de mil voces,

esta palabra envuelta en piel de niño,

este látigo de aire?

Ay, aurora,

si supieras,

si pudiera yo decir esa palabra,

esa nota que me trago, que te doy y que tú cantas;

si pudiera decir tu voz, tu perfume, tu mirada

¿Cuánto dura tu piel en mis manos?

Mis manos: he aquí los espejos de tu cuerpo.

Pero estás dormida.

No quiero despertarte.

Dormida eres lo mismo que un árbol,

más grande, más alta;

caen de tu cuerpo estrellas, hojas de lluvia.

Eres como una gran ventana hacia la luz,

hacia el milagro,

hacia la vida.

Dormida eres como la huella de ti misma

y estás así, silenciosa, como las huellas.

 

Mientras la noche avanza,

te cristalizas más

y estoy seguro que de pronto,

por los rincones de tu piel,

te brotará la luna.

 

 

El mismo nombre

 

Tanto tiempo buscándola y ella estaba aquí,

en mis ojos cerrados,

en la noche sola;

aquí,

detrás de lo visible,

en la edad antigua de la niebla.

La amé ese día por toda la eternidad. 

Yo llevaba un ramo de palabras cuando caminé hacia ella.

-No las pondré en agua -me dijo-, ni he de secarlas para el recuerdo. Se morirán cuando las toque el aire.

 

Nos vestimos con fuego

y levantamos nuestros cuerpos con el viento.

- Te haré un vestido de tierra -le dije-,

con la humedad del mar lo zurciré y con la piel de cielo.

- Aquí no existen las palabras –insistió-.

- ¿Y en dónde sí?-le pregunté-.

- Allá, en la mentira.

La amé ese día, todo el día,

en la niebla, en la nada.

 

Quise hablar,

en verdad deseaba curar mi voz en su alma.

 

- Silencio- me dijo-, en mis ojos están todas las cartas de amor que se han escrito sobre la tierra.

 

La amé ese día,

y era mía como la vida misma,

pero me atreví a preguntarle su nombre.

-¿Eres mío, y no sabes que mi nombre es el tuyo?

¡Despiértate! No me volverás a ver.

 

 

El adiós y sus piedras

 

Aurora,

¿qué sube por tu rostro hasta tus ojos?

¿Qué muerte blanda comienza a agitarse en ellos?

 

¿Por qué miras como un río?

No dejes que sus ondas tiemblen.

No dejes que las piedras lleguen hasta el agua.

No dejes que las luces de sal sequen tu rostro.

 

¿Por qué sigues mirando como un río, aurora?

 

No hagamos esto.

No dejemos que tiemblen nuestros cuerpos

a pesar de nosotros mismos.

Después la vida es dura, y la llamarada de hielo arde.

 

Adiós se dice sólo por costumbre.

 

Adiós.

 

Me llevaré tus alas, aurora,

para poderte amar desde cualquier nube.

 

 

Posdata

 

Se me olvidó decirte que aún tiemblo. 

 

 


 

IV- BALADAS MADRILEÑAS /LO QUE DEJÓ LA YEGUA DE LA NOCHE

 

 

 

Recuerdo del autor

 

Yo terminaba un libro. Una serie de poemas con destino de canción que fueron derivando en verso libre (una de las satisfacciones más grandes que me ha dado esta vocación es la de ver como los libros, en plena etapa de gestación, cambian y cambian, y vuelven a cambiar hasta encontrar su verdadero origen: vestigio antiguo)

A este libro iban sumándose poemas, muchos poemas. Pero varios de ellos comenzaban a decir otras palabras, buscaban un lenguaje distinto al que estaba yo imprimiendo. Había imágenes borrosas como las imágenes de los sueños o las pesadillas; había insomnio, desesperación. Los poemas nuevos rompían tanto con la columna vertebral de aquel libro primero, que un día vi en aquel manojo de hojas, dos libros que ascendían de una misma raíz, pero que terminaban en distinto ramaje. Decidí que las sustancias debían separarse. El deslinde derivó en dos libros: Por un lado estaba ese libro de canciones y recuerdos que terminó llamándose “Baladas Madrileñas” y por otro lado uno invadido de vértigo y angustia: “Lo que dejó la yegua de la noche”. Ambos retratan esa época mía, pero bajo luces distintas. Digamos que uno lo escribí de día y otro lo escribí de noche.

 

Ricardo Dávila Díaz Flores

 

 

  

Balada de la casa II

 

Estábamos tan bien ahí...

el árbol, el agua y nosotros tres.

Comíamos juntos toda la semana,

nos reíamos repartiendo disparates en la mesa.

 

A ellas las vi desde niño...

jugábamos a brincar en las camas y a escuchar detrás de las paredes.

El árbol hacía magias que nosotros descubríamos:

“Ya vimos la moneda, cayó detrás de la cama”.

Y el árbol se caía sobre sus ramas

mientras el agua dejaba su mirada en el paisaje.

 

Un día salí para mirar el cielo,

y cuando volví ya habían cambiado.

Pasaban horas frente al espejo,

hablando de cosas que yo no entendía.

 

Después llegaron dos hombres

que venían a conquistarlas.

Ellas llevaban el rostro diferente,

y aquellos jóvenes mostraban rostro de hombres afeitados.

Después las raíces dispersaron su semilla,

y otros fueron agregándose a la casa.

Hubo que volver a ser niño,

porque llegaban a la mesa

nuevas voces de infancia.

Así la casa tuvo un nuevo brillo,

y otra vez hubo risillas que brincaban en las camas.

 

Pero el tiempo, siempre el tiempo...

pasó la vida...

tuvimos que hacer un silencio prolongado,

para entender que no todo es para siempre...

quedamos solos,

abandonados de algo,

alejados de nuestro centro.

El árbol se quedó sin agua,

"muriendo de pie", como dicen.

 

La casa lleva meses callada.

Pero el árbol, lleno de silencios y memorias,

dice que a veces,

sólo a veces,

nos mira en ella,

escuchando detrás de las paredes.

 

 

Balada del despierto

 

Tengo sueño pero nunca duermo.

Te miro.

Duermes a mi lado.

Ronroneas bajito y haces ruidos de ángel.

De pronto despiertas,

tus brazos se abren en un largo bostezo.

Mis manos pasan por tu cuello y tú preguntas.

No hablo, sigo leyendo tu cuello.

Te miro sin cansarme.

Tomas mi mano y desenredas tu silencio con la orilla

de mis dedos.

 

Comienza a hablar tu respiración,

tú lenguaje de gestos y suspiros.

Te mueves como si te acariciara un aire lento.

Te recuestas otra vez y me hundes en tus labios, lentamente.

Te acaricio el rostro como si en él latiera el corazón del mundo,

mientras tus ojos, lentos, guardan la luz dentro de tu alma.

 “No te duermas”, me dices

con una voz que viene desde lejos;

y yo te lo prometo,

te prometo que no voy a dormirme,

y aún cuando caes dormida,

te lo sigo prometiendo.

 

 

Balada del amor pasado

 

Eras como el agua:

No te detenías ante la piedra

y rodeabas jardines y vientos

para llegar a la rama o al canto.

 

Igual que las niñas

jugabas al filo de las ventanas,

peligrosa,

desnuda,

estrella que brinca descalza.

 

Tu alma era tu red

y caíste en ella tantas veces que aprendiste mi nombre.

“He vuelto a caer”, me decías.

 

Eras el pie que tropezaba con la misma huella

y te buscabas en mi piel cada noche

(¿En qué parte de mis latidos entraba tu risa,

en qué lugar de mi voz erraba tu nombre,

a qué hora decidías venir que mis brazos se abrían antes de verte?)

 

Besabas como buscando salidas,

como un ciego que salta de una avioneta y espera.

Después me mirabas con la mirada cerrada

y sólo tú sabes lo que mirabas por dentro.

 

Caías directa a mi tierra

buscando raíces como la lluvia:

llovías entre niebla, caricias y rayos

y te ibas azul, transparente y lejana.

 

Soñabas lo que soñó la poesía

y te dio miedo que se cumplieran las palabras entre tus piernas.

Dijiste que nunca te di nada.

Es verdad,

yo sólo te rodeé con tus brazos,

te rodeé con tu alma,

para que no te pasara nada

mientras te dabas.

 

Eras ritmo, mujer, música.

Yo sólo abrí la puerta,

acerqué la silla

y me senté a escucharte.

 

 

Balada a una morena

 

Morena como tus ojos y tu cabellera.

Tus ojos como tu piel y como tus ojos.

Tus manos pequeñas y finas como tus manos.

Tu cuello se parece a tu cuello.

Tu cuello en el que quiero dejar, por siempre,

el collar de mi tiempo a destiempo, a tu tiempo;

a tu tiempo que vas trazando con tus piernas,

a tu ritmo, a tu tono.

A tu ritmo que sólo puede parecerse a tu ritmo.

 

Como tu cadera pequeña tu cintura;

tu cintura que quiero levantar para beber tu vida;

tu vida simple y delgada como tus brazos,

como el perfil de tus uñas,

como las líneas de tus pestañas y las de tu mano.

 

Morena.

Morena como tus ojos y tu cabellera

y tu cabellera alegre como tu voz que canta,

que vuela como tus manos y como tu mirada.

Tu mirada que mira como mira tu alma;

tu alma discreta y escondida como tu cuerpo.

 

Tu rostro igual a la luz de tu rostro,

a la luz que gira y rueda como tu risa.

Tu risa idéntica a tu risa,

a tu alegre cabellera y a tu prisa.

 

Tu frente alta como tu espalda.

Tus hombros abismados como tu barbilla;

tu barbilla graciosa y noble como tus pestañas,

tus pestañas parecidas al recuerdo de cuando eras niña.

 

Y tus labios, ah, tus labios,

y el perfume que persigue a  tu perfume,

y la sombra que persigue a tu presencia.

 

Eres un recuerdo tuyo;

un recuerdo parecido a tu ausencia.

Me recuerdas a ti cuando te miro,

sola, simple,

infinita en tu propia belleza.

 

Pausa

 

Llegamos ahora a la palabra más sabia y ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare... que significa para nosotros “la yegua de la noche”

 

JORGE LUIS BORGES

 

 

El reloj cree que son las cuatro de la mañana.

Lo escuchó sin mirarle.

Mis ojos miran la pared de enfrente

como si la pared de enfrente me mirara:

y entre las miradas

un puente lleno de advertencias.

 

 

Hay un viento que no existe,

hay libros de otra casa,

hay una puerta que se abre y se cierra de golpe

igual que el párpado asustado.

 

Algo viene

algo suena,

algo se acerca hasta mi cama;

abro mis ojos pero están cerrados,

muevo mis manos pero no se mueves.

 

Otra vez el golpe de la puerta;

abro mis ojos que ya estaban abiertos,

se cierran otros ojos dentro de mí

¡Pum!

Todavía son las cuatro de la mañana.

 

 

Uno mismo

 

Caen las hojas, caen las piedras...

salgo a caminar para perderte

quiero que te vayas

pero vas conmigo,

cambias de acera cuando yo lo hago

me alcanzas, no te veo

me rebasas;

te persigo

caen las hojas, caen las piedras,

caminas para que me pierda

pero voy contigo

cambio de acera cuando tú lo haces

te alcanzo, te rebaso

sigo caminando para que te pierdas.

 

 

Pasos y horas

 

La calle está sola y yo voy solo

y aunque mis pies están cubiertos, sus pasos suenan solos, descalzos:

ecos de mis huellas, latidos de mi corazón que caen y se libran de mi cuerpo.

 

Mis pasos van,

y yo voy

montado en ellos,

dejándolos atrás, en el ayer,

en el ahora,

en este eterno caminar del tiempo sin tiempo: laberinto sin entrada.

 

En esta calle sola,

¿dónde está la gente,

las ventanas abiertas de música,

el jardín de pasos en el que jugaban mis pasos?

 

Reconozco las grietas,

las palabra del aire, las esquinas;

Yo soñé con esta calle,

yo soñé con este día,

 

Antes de pensar sé lo que voy a pensar

me miro las manos y reconozco el mapa que hay en ellas

... sé hacia donde voy y no quiero...

 

Mis pasos suenan como el segundero de un reloj.

 

 


 

La presente edición electrónica de Poemas (selección)

de Ricardo Dávila Díaz Flores, realizada 

por Portal de Poesía, ha sido 

depositada en la Red a los 

veintiocho días  

andados del mes

de abril del  año 

dos mil 

tres

.