Alfonso Vázquez Alonso

 

Antología

 

 

LAS LLAVES LUMINOSAS

LA HOZ LACADA

EL YUNQUE DE CRISTAL

 

 

LAS LLAVES LUMINOSAS

 

En las orillas hablo de un ajado silencio.

Tiéndeme tu mano, Soledad, desde el corazón azul profundo

del Reino del Origen, desde el jardín secreto

y siempre vivo del que se nutre la memoria.

Señálame a los dioses de tan antiguo tiempo,

de tan lejano amor. Haz que en mí renazcan

el júbilo del sol de mediodía,

la paz de las praderas bajo el cielo,

el oscuro presentimiento de la mar hacia el Norte,

la melancolía indecible

de los vientos cansados en la tarde sin voz.

En un país de maravillas (¡mi pequeño país!)

donde todo crecimiento y toda naturaleza

eran la luz de lo sobrenatural.

Dime, hermana mía, única diosa presente conmigo

sobre el polvo desde antaño,

¿tras todo este camino llegaré algún día,

como el viejo viajero bajo un viejo arco iris,

al umbral de la mañana renacida en Infancia,

al nuevamente amado País de lo Perdido?

 

 

 

LOS COLORES

 

De qué modo increíble muta el oro

estival de la mies en oro-otoño;

la luz que fue esplendor anuncia ya las nieves del invierno.

Nubes como dibujos de encerado en la remota Escuela.

Naturaleza misma resigna sus intentos.

Camino que del oro hacia la nieve vuelves

inverso en lo sagrado por el fuego del hombre.

Así van de la ruta los colores: negro y albo y oro y rojo,

y oro y albo y negro.

Dolor de la sustancia, la Creación oye el grito

del Dolor que no otra sustancia halla en él mismo.

 

 

 

Querida amiga: blanca eres, rosa blanca en el hogar;

en este mar de así las cosas ser o las cosas estar.

Tímidamente braceas, a mí te vienes o de mí te vas;

el barco que canta mío, el que llora barco mío

sin rumbo en quererte mar.

Dulcemente te despojas de tus ropas

en el silencio de las alcobas, que antes de ti

olían a madres descuartizadas, a jirones de su piel

del hacha colgantes del caminante.

Yo me recuesto en los caminos, tortuosos pero leves,

infinitos y simples, del pensamiento.

Tu pelo aspira a llegar a tus labios para besarte

(negro para te besar).

Pequeña y suave eres como el sueño de las palmeras.

 

 

 

SOLEDAD

 

Que no son para mí las alegrías,

la compañía y el oro de esta tierra.

A veces tras el viento un eco vago

del rincón más profundo del olvido

como un bello navío a la mar ahora triste;

a veces un destello de muertas azucenas

en un mayo ya eterno; mas la sangre

de mi ser permanece y quedamente avanza,

solitaria,

sin música ni beso ni ganancia.

Saberlo en soledad y dar el paso

que año tras año pende hacia la muerte,

y la lluvia sin límite me oprime.

La claridad que resta en esta tarde

es insituable ya entre las del día.

De la frente del campanario cayó la pena y fuese

con el viento.

 

 

 

Entorno mi ventana en la noche que llega.

Tan blanco y fantasmal ha sido el día que eternos

había ya creído la blancura, el vacío y el insomnio.

¿Qué hay entre nosotros, azul crepuscular, pájaro grato,

silencio que recuerda?

Eterno es aún el día insomne en mi interior.

 

 

 

ADIÓS

 

Las aves pasan, doble fila de duelo,

sobre el sentir primero de la Patria.

Tú las miras pasar, oh Laura, amada mía

desde el árbol en flor que fue tu tumba,

y emblema de mi no saber vivir tiempos futuros

(este tiempo de adulto como de tales técnicas y fechas).

y el otro santo rostro que hay en vos, Beatriz,

se embelesa de reflejos en la tarde de nieve y sangre del Principio.

¡Oh, cuánto, cuánto amor aún en ti duerme, corazón,

probablemente destinado a tus cuatro puertas cerrar,

y tus alcobas cuatro, en el día de a la tierra retornar!

Con ironía se miran simétricos dibujos en cien partes del alma,

mas la verdad desemboca, de pronto, en el corazón de Pilar

desde la balaustrada del gran edificio sobre el monte,

dando lugar a las heladas, los vientos y las lluvias

en el mísero papel de este morir.

 

 

Con sus superficiales siete ojos

el fuego ve incendiarse mis entrañas.

El búho de los bosques del país es y era ajeno.

El corazón de Beatriz duerme aún bajo mi palabra,

en los senderos de oro de la noche escolar,

en el tridimensional tránsito de lo real hacia sí mismo

en un único y eterno sueño de amor. ¡Fidelidad, Fidelidad!

El resto del mundo,

Beatriz, amada mía, luego de tú y yo,

apenas era ya comestible. Con tus rubios cabellos,

bajo el cayado de santidad de tu padre,

te despediste de la casa-escuela del solitario

aquella noche última, con linternas de bolsillo en todas las manos

 y grafías azules de tinta artesanal en todas la memorias.

 

El águila se ceba en tus cabellos de oro;

en noche tan hundida en el pasado,

el lobo masca de tu corazón; la serpiente sortea tus dos muslos.

Gime el noble León verde de discordia;

y en el matraz que nos contuvo hace ahora frío,

un frío no de vida ni de muerte, prima materia

del advenir de la verdad.

Tus ojos se han perdido por geografías azules

de mutismo y de sueño; me miran desde la esencia

de la nube, del agua, de la entidad substancial primera,

emanación e imagen, proyección desposada la de su Belleza.

Azules, y solo visibles en el plano de tus pestañas

(más atrás son misterio), tienen en sí

la música final, muerte del corazón

en la melancolía del adiós.

Tu sombra ha hecho morir toda la Física del mundo

en el enigma de la contemplación y de la luz;

toda la óptica en sí no es más que la imaginación

cifrada de tu furtivo mirar de ti al amado.

Toda tu piel sueña por tus ojos.

Todo el fuego del monte tras la paterna casa

es sólo la ignición de la medida

de tu movimiento más lento en la aurora de la actividad.

Porque las horas caen de pronto

desde el océano de la lentitud,

y la furia de los Titanes canta al tiempo perdido

y sin amor, y breve es la caricia del primer día de primavera,

y largo el caminar.

 

 

TRAKL

 

Y aún un recuerdo a mi hermano, el dulce destrozado Trakl,

encargado de farmacia. Porque este oro final del día de soledad

antes ha caído sobre su frente. Porque su corazón

echó raíces como canas en sus cabellos de los veinte años.

Porque sus pasos en las aceras judías no hundieron el pavimento

que los monstruos de la solidez ficticia soportaba.

¡Pudiera yo haber y dar una sangre de doncellas

bellas, amables al crepúsculo, que reanimara

sus venas bermejas y sus miembros de hierro!

Pero el ciervo muerto en la linde del bosque

sigue manando sangre para la purpúrea y redonda fuente.

Y, hermanos de la siembra, los amantes reposan

en el rosado banco.

 

Cuando se nutren de acero de campana los cuervos de la altura,

y la huérfana camina por la desventura de los extensos campos,

arropada tan sólo del espermático afán

de la inmensidad celeste.

¡Tan fácil es amar sobre la sabiduría sombría de los muertos!

Azul cae sobre la densidad un no sé qué de irreal.

Sobre lo corpóreo tiembla un hálito de sueño.

(Nerval, hermano mío, tampoco mueres en mi frente tú.)

(Tumba sobre tumba se acumula el sueño de los hermanos  muertos.)

 

El solitario arroja lejos su corazón

que se convierte en amada en la linde del bosque.

Lento es el paso del que ordena las horas con las horas.

De pronto reconoce el olvidado

que su recuerdo de la muerte es anticipado al, llamémoslo, hecho.

La mariposa (amarilla) añade hojas con sus alas

al árbol que vela en el otoño.

 

En el aire interior de la pequeña casa

no hay cobijo que escape a ser alcoba.

Lenta desciende la música por las letras del nombre de la amada.

Cuando el dorado otoño extiende su sombra.

Bajo la apariencia de realidad, de oscura densidad

del sueño del convaleciente, el solitario reafirma

su convencimiento sentimental en la verdad y la belleza

del universo del amor, y sale y desea y alcanza

la rubia muchacha en el eco del agua y de la luz.

Torpes mueren los pájaros oscuros en el último de los días.

 

 

 

LAS ABEJAS

 

Las abejas blancas de los días de nieve del antaño.

Vitrinas y blancura de mis aposentos.

Los días y las estaciones pasan fuera.

En mi soledad caen los cuchillos de la memoria.

Haber de morir.

 

 

 

Y la lluvia; la lluvia de la heredad del Norte.

La lluvia que santifica las verdes colinas

en que descansa acaso el Grial.

La lluvia que clasifica los animales,

y los sume en el sueño del arca de Noé.

La lluvia por la que el mundo se recoge

a la entrada de la caverna del misterio.

La lluvia que canta

a lo más muerto de lo anciano

sobre la piedra insomne de los umbrales,

mientras su hermana la oscuridad

lleva al mundo de la mano

ante el ángel del Origen,

el ángel de la altura y la caída.

 

 

 

De pronto en la memoria, al fondo del espejo,

al fondo del reloj,

en la verde cuadratura del tiempo

sobre mis colinas,

con el segundero de las aves haciendo venir

la cascada del cielo a mis pulmones,

he aquí la tarde antigua

en que mi corazón labró en ocaso

la figura del ángel de la nostalgia,

el paso de la divinidad

sobre los rosas apriscos consagrados,

el ropaje pardo y amplio de la olvidada soledad.

He aquí la tarde en que una gran corriente mítica

hilaba la distancia entre el cielo y la tierra,

sobre los jardines inundados

de durmientes blancas doncellas.

La tarde del mundo caído,

la tarde como un gran vacío en el ojo del Creador.

 

 

 

El mundo frío en la noche con sus grillos de hielo.

Las demasiadas posibilidades para pensar cualquier cosa.

Este planeta en la noche; esta intemperie en la intemperie.

El calor del pecado, sin embargo; el rojo

color caliente del pecado, sin embargo.

El dorado dolor cálido de la memoria.

Nuestra juventud sin amada, únicamente llena

de la obsesión por la incógnita del ser.

El abatimiento ahora

por la relatividad del pensamiento.

La necesidad de tener ahora el amor

que debiéramos haber tenido en la juventud

y los grillos funerarios, la monotonía funeraria

de esta noche en que anoto, añoro, lamento,

la lejanísima juventud.

Esta noche se sepulta a sí misma

como en un cráneo vacío, inmenso, negro.

 

 

 

HERMANA

 

Querida hermana, el tiempo es largo en la distancia.

La noche es larga y el corazón cansado.

Sobre las fuentes de los jardines de antaño

tiembla el silencio de mi recuerdo.

La flor del otoño despertando

dio al mundo el nombre de la soledad.

La vida es como el canto de un pájaro ciego

en la cornisa más alta

frente a la inmensidad del mar.

En el regazo de lágrimas de la lejanía

yace el latir de la sustancia toda.

Hermana, la vida es

como el eco de un ángel en el dichoso Origen

cuando llega a los montes el olvido y la pena.

Hermana, la vida es larga en el silencio frío

cuando llueve muy lento en el jardín de antaño,

y, mohosa, la piedra es aún silencio

bajo el llorar del agua.

 

 

 

¡Ah la dulzura de besar en los labios

uno de esos rostros que son como la esencia

palpitante y femenina del silencio!

El viejo otoño baja,

baja la senda del azul del sueño.

Paso a paso al recuerdo va la tarde,

cansada de ser ella, persiguiendo.

Amplio es al fin en el abajo mudo,

en la distancia gris

el largo mar del desengaño.

¡Ah la dulzura en el silencio quedo

de un rostro que es de antaño en la memoria!

 

 

LA HOZ LACADA

 

 

Como sombra te oigo cruzar y respirar

el amado jardín de otras hadas y años.

De tu corazón hacia mis labios en la noche

hay un grito que clama como al ave del fin.

Una bandera yerra al oscuro silencio.

El mar es triste, amada, hoy como ayer.

Las águilas sobre el eco

de una muerte materna nieve cruzan.

Estos eran de antaño y de locura

los campos más arados, un callar.

Hoy en mis ojos ya somos

todo el dolor de la extensión,

todo ese vacío sufriente,

toda esa espera de los tuyos un día,

de los tuyos tras ventanas de vela y de partida, 

—oh, en la triste ventana— ¡oscuras, oscuras!

frente al mar.

Te oigo cruzar el lecho de cien rosas de muerte.

Tú eres para mí como el suspiro de la luna

en las ramas desnudas del arbolillo

mudo y antiguo de este huerto.

Blanco el vestir y pálidos los ojos,

callados hacia el sueño de estas piedras sin eco,

estas columnas, esta vieja y perdida

arquitectura solemne, hacia esta hiedra,

—oh amada, amada, día de lo que iba a ser,

hora tan dulce de lo que nunca fue-.

¿Oyes? El vacío se reclama a sí mismo

desde mis hábitos de sacerdote loco,

de rabino herido, de sangrante hereje,

apenas vivo dador de las esencias.

La ortiga puebla de dolor y de mito

el aire de esta hora y ve:

hay en las alas del espacio aquí en la noche,

en este la Creación de haberse en grito

un llanto por tus ojos.

 

Una quietud horrenda, un pálido ser alguien

 del plumier y la mesa y la pizarra,

oh, como si vivos, un eterno y fiel mirar...

Sí, aquí, aquí fue: las cosas son su risa

de ser en la memoria.

Cuando yo amaba el sol, extraño y muriente,

el hechizo callado de tus rubios cabellos,

tus pasos de Poniente, tu luz hacia las aguas,

sombra cansada, el amor no era aún, no,

sobre los campos nevados de hálito de antaño,

ellos, tal dolor como es hoy, no eran aún.

 

Hay en los campos a tu paso

un dolor sin esperanza,

una cosecha ardiente al fondo del silencio

y la luna vendrá y mirará dormida,

o expectante e inquieta —como otrora tal vez,

como jamás en llanto— el crecer de lo vivo,

estas venas que sangran, los arrozales fríos,

las extensiones mudas, esta nieve de estepa,

este Sur de lo inmenso -tierra, mirada, allá—.

Y acaso como un ave llegada de los mares,

de confines más altos, de mis trágicos días,

tu estar en mi sarcófago detengas esta noche.

Que soy ya solo olvido, vacío, muerte.

Veo a tu memoria perderse por la hiedra,

herirse a tu pasado contra un campo que muge.

¡Oh tus pasos sin alma ni recuerdo!

Posiblemente un día —oh, terrible día-

muy allá en el Origen, nevada ya la tarde,

de dioses bien poblada, riente yo te amé.

Esta noche creerías, esta noche verías,

esta noche en mi muerte tus ojos ya perdidos,

oh esta noche, como noche de allá,

pero tu paso, tu vestir tan callado,

tu paso ya de lamia amante de la sangre,

tu paso tras los siglos, tras campos y cosechas,

sí, mi corazón, como en un pozo de estrellas,

y lobos en lo oscuro, y el bosque, y la llamada,

oh, sí, esta noche en que nada, nadie,

tan sencillamente muerto, yo, antes, el amor.

 

Detente. Como a través de rosas heridas por la lejanía

como a través de un sueño de antaño me sonríes.

Detente. Era aquí tras tus ojos, era aquí tras tus pasos

 el ángel con un grito de poder prometió.

Tus labios son ya fríos, un eco de los mares

tan lívidos del fin.

Y hete aquí que en tus brazos, extensos por amor,

y hete aquí que en tus almas, enormes de vivir,

un pájaro palpita como en árbol desnudo,

y llama, y es abismo al Norte y al dolor.

Aquí, por fin, estático y supremo el fuego y el amor.

Detente. Hay en tus ropas, blancas y rosadas

un extraño rocío, una extraña humedad, un agua otra,

como de amor acaso, como de muerte acaso,

como de lamia y duende, amarillo y azul,

en la noche, en mis jardines, allá de mi memoria

y de mi amor, como de ti, un día. Detente.

 

Heme aquí que ahora mido un arco de dolor

sobre el vacío, y tal yo soy: yo, así.

Cuando tu risa abría de aromas en la noche

las muy áureas colmenas, y una lepra de incienso

mordía la vieja piedra, muy viva para ti,

y para mí, y el amor,

¿cómo, cómo puede ya entonces perderte

y alejarte, cubrir las flores ciegas

de sangre que aún es hoy?

Así, con tus brazos en cruz, el Norte allá

(de aves y de gris, de mares bien poblado),

con tus brazos en llanto, detente, oye, ve,

despierta, atiende, pues mi alma,

tras el viento y la lluvia, tras años y

recuerda y te convoca.

 

Oye, espera, sola, pálida, silente, mía, atiende:

hace el fuego que puebla la semilla y los astros,

hace millares de días, allá -sí, allá, allá-,

entonces, azules como espejos de mapas

sin memoria tus labios y tu frente,

de mi mano de números y rectas,

de mi mano de sangre y lagunas,

bajo el sol y en las nieves,

por el amor —ya sueño— callada te llevé.

Tan sólo sé y espera, permanece, queda,

he aquí el jardín, los ángeles, la abeja y el Creer.

Hace frío, demasiado frío allá en la patria,

como un cielo o un infierno,

como el allá del fuego y de los vientos,

como el allá de la piedra y de la casa.

Oh, sí, créeme, es preciso, tierra, tanta tierra.

Eras en mí la nieve y la distancia,

una belleza herida del ángel y los días,

un azul sin retorno.

 

Yo no sabía y hubo el fin, allá, entonces,

donde pastan los lobos cien astros por el sueño.

Y es azul y sellada tu senda a mi memoria.

Te has apagado, apagado, —créelo—,

mientras la lluvia crece del arco de tu pecho.

Arde, arde, hierático y azul, nocturno, extraño

junto a mi tumba y para ti, el jardín,

nuestro viejo -por siempre- jardín.

Grité, grité de tan real, mas heme aquí:

mi lápida es un mapa de estrellas que se van.

El jardín aún murmura sobre la piedra ciega,

y con mares del Norte, terribles, en tus ojos

aún pasas y circundas lo cuadrado de mí;

ven, detente, escucha, espera, créeme, duerme

conmigo.

 

 

 

El sol vuelve a los viejos caminos del antaño

ya enterrados, a las sendas que en flor azul y blanca

por la tarde se fueron y la melancolía.

Cierra el viento los ojos de la estatua que sueña.

Un pájaro medita frente a la mar del Norte

tan temida.

En un silencio de inmóviles ventanas entreabiertas

vuela la abeja como al fin de los tiempos

un campo desolado, una sombra en avance;

como un llanto en el eco del gallo más antiguo.

Tan simple: haber sido ya muerta (muerte)

la muy bella esperanza.

Hay un olor en la hierba y en mi alma.

En lo quieto que muere vuelve el sol aún más lento.

El viento cierra un poco con sus alas de tiempo

los tristes ojos pétreos de la melancolía.

 

 

 

Heme de carne aún, aquí, de carne que se aleja.

Hago en vano y en muerte los días de la vida

Pasar y ser dolor. Habito pocas cosas:

comer y respirar, amar o desearlo, ir, crecer, dudar.

Quizás hace ya mucho, muy antes de ser nadie

De verme y de pensar,

quizás allá del sol y el cielo haber mirado...

Pero fue acaso un sueño, una noche que acaso

Con lluvia se acercó, probablemente nada

sino sólo querer.

Dejadme, dejadme dormir hoy.

Tanta materia y formas, y haber de comprender,

a fuerza, a fuerza y antes,

de ver, vivir, ir, dudar, crecer,

dejadme dormir hoy, oh sí, bellas, tan bellas

tantas cosas. Hágase todo, que todo fue deseo.

Sin embargo en antaño, muy antes de nacer o haber el sol,

acaso en cierta villa, allá de lo alto hija,

oh nieve, oh noche, oh fuego,

los vientos en afuera, las velas a su fin,

acaso, mas mi alma -dormir, dormir, dormir-

cuaja mi sangre en llanto,

y sólo, ya tan sólo dormir, dormir, dormir.

Azul fue lo perdido la noche del ayer.

La joven sangre fue. Era la vieja villa

somnolienta y amada.

Hace mucho de eso y estoy solo. Llueve.

El grito de lo que no quiere morirse.

El grito de presencia en la instantaneidad de las cosas.

El dragón muerde su muerte bajo tierra.

Estoy solo en lo distante del mito y el Origen.

Pienso en los castañares de la bella colina de Poniente.

Caía el sol de oro tras la colina de los castañares.

Tengo en el alma un sol que tiembla.

Vela sobre el lecho donde la muerte duerme.

 

 

 

La mar despierta y rompe en lejanía

largos, quedos navíos de silencio.

Los desheredados viajan en las oscuras tardes

por túneles de bruma y aves muertas,

por pasillos eternos de otra vaga estación

de lamias y de esfinges maternas escoltados.

Pasa la nube amplia como el grito de un dios,

y en la llanura la flor correspondiente

al corazón y al sol tiembla bajo los vientos

de la lejana costa. He ahí al padre monstruo.

He ahí todo para nunca ni nadie;

una creación dejada, cargada del hastío

que de los sueños resta. Sólo contemplo el aire

en que nada se ha escrito, un dolor en el alma,

una mar que despierta en lo lejano claros

navíos de silencio.

Un rumor de muerte calcinada

crece en el huerto-laberinto.

Aherrojado, allí el sol persigue su nombre en el espejo

y la Infancia se mira en el río de la sangre,

junto al alba sin sueño, y al día, ya lo Santo.

Navíos de silencio.

 

 

 

Henos aquí, oh Reina de los callados labios,

blanca Rosa en mercurio, andrógino planeta,

henos aquí bajo el augurio de tu rosa blanca,

de mi rosa roja, tantas veces la primavera,

tantas veces las nupcias del árbol de la plata,

del árbol ya del oro,

henos aquí en lecho del horno y de la tumba.

Marzo arrecia contra los tallos de la juventud

en el jardín de nuestro amor y nuestra Infancia.

El viento corre al Norte sobre veleros muertos.

He aquí la tumba. Tu corazón late

como habiendo conocido el amor

en una época ya lejana. He aquí las rosas.

 

 

 

Es el mar oscuro y gris del anochecer

en época mala y mal presagio;

de mala estación, de mal país, de torvo tiempo.

Es la mar triste en esta hora

como una casa de abandono, como una casa

abierta hoy en el monte a un recuerdo desesperado

desde la miseria del presente.

Como una prisión en la que todo ha muerto.

Y, sin embargo, habiendo sido vencido

en las batallas todas del alma y sus empeños,

teniendo por verdad la mirada sin vida,

hallándose de más o solamente hallándose

aquí frente a la mar poblada de misterio

en el Origen, sí, va a vivir,

y ni siquiera extraño, en el hogar

del solitario donde aún arde en el alma

la cercanía del mar.

 

Antes, finalmente, quisiera recordaros

la hora fija del ser y su mirada

como de búho a sus propios ojos en el espejo.

Ingentes abanicos de rosales y esperas

crecieron en ayer. Pues quiero recordarte

lo perdido del sueño.

Llegaron muy pronto las aves del Origen en lo real.

Quedó sólo en ser hierro lo hallado día tras día.

Espacio bien domado. Como puerta cerrada

en la casa del suicidio de los sueños fue el alma.

No recordéis ya más, no preguntéis ya más.

No obedezcáis ya más. Nunca más.

 

 

 

Como estatuas de piedra, como estatuas quedemos

allá en el horizonte en que nada se escribe,

en que nada se explica, en que nadie responde.

Quedémonos como muy leve música barroca,

quedemos como queda el eco de un poema,

la penumbra callada de un Vermeer apacible.

Quedémonos con la vista sellada en lo lejano.

Que los árboles crezcan, y discurran los ríos,

y corra nuestra sangre como materia extraña

sin saber ni sentir, sin comprender ni ver,

quedemos en el tiempo,

conciencia sin objeto, sin acción,

al fin quedemos.

Como la estatua queda

(mirando sin mirada un eterno horizonte)

en sellado silencio quedemos, quede el alma.

 

 

 

Os recuerdo, días de nieve, transido el corazón,

Al fondo del país remoto de la infancia,

con la enfermiza palidez de la melancolía,

y el solitario albor, dios de las ausencias.

Sobre los nubosos y plomizos palacios del horizonte

 frente a frente los ángeles del vacío se miraban,

como si hace siglos y siglos la Creación

 hubiera sido viva

y hoy fuera memoria, piedra, mar silente.

Os recuerdo, oh días de nieve, en que el sonido

de la sangre por el cuerpo de los animales domésticos

era la única y clara cadencia

del cuarto azul de las costureras, el único secreto

del eje y de la vida de la tierra.

 

Mucho he dormido desde entonces,

mucho he dado al sueño

la idea triste e inútil de la vigilia,

la lucidez impotente,

el involuntario continuar, el casi ser.

Heme ahora oh amados días de nieve,

siendo el futuro de lo que fui,

el mañana de lo sido,

la ocasión en que la esperanza y lo esperado

son ya cumplidos, son ausencia.

Llega ahora el pájaro al alféizar

y despierta en mí el llanto de la memoria;

y despertáis, oh amados días de nieves

del allá, del Reino y el País;

(ni silencio es la muerte

del mundo que ahora vivo.)

Id, seguid vuestro camino

por el remoto pretérito,

por el antiguo y alucinado Origen.

 

El horizonte es aún para vosotros

un enclave de ángeles-memoria;

la sangre aún corre en las flores vespertinas,

para vosotros aún las costureras

en la callada alcoba reciben la llamada

del pájaro de las nieves en la tarde

con un vuelco del corazón y un pensamiento de Reinos

de luz y maravilla

en lo extenso indeterminado.

¿Quién, qué corazón alto y extraño

respondería en los parajes desolados

de mi antaño a este requerimiento mío,

a este vacío, a esta necesidad de plenitud,

de vida, de intercambio e Interlocutor en la Creación?

Alguien tras las cortinas del horizonte

espía sobre las antiguas mesetas de mi Reino.

He aquí el hogar humeante.

El gris de la tierra y el blanco de la nieve

sueñan con palacios y doncellas

de más allá del Último Río.

y todo nuestro dolor, y todo nuestro vacío,

son la ausencia del Padre y de la Madre,

héroes y princesas de tras

la alta cortina del horizonte.

Y, mientras se destrona la luz de las alturas

sobre el arbusto final

de las estepas de mi Reino,

yo .vivo hacia el futuro

ese presentimiento de un mundo lleno,

de un Interlocutor Suficiente,

en los acantilados sangrantes de la memoria.

 

 

 

EL YUNQUE DE CRISTAL

 

CUMPLEAÑOS...

 

Tus pies están quebrados como el témpano azul

en los nevados días.

Tu corazón se hunde por tus ojos

en la idea de la fruta silvestre.

Tus brazos parecen alcanzar las aves fugitivas.

y los palacios de otrora.

Este estático reencuentro en el país.

Este vuelo de todo lo alado

en torno al Centro del País.

y un remoto recuerdo allá en tu sangre.

Es un día en la mitad de mi vida

en que tú ya eres lejana.

El pavor de haber perdido la memoria

cayó sobre mi despertar al filo de los 35 años.

Mi corazón temblaba a las puertas

del país.

Mis tiendas plantaré, con fe, ante las

murallas del Lugar.

y las aves y el sol subirán

en los cielos lejanos de tal tierra.

 

¡Qué furor incontenible haber nacido!

¡Qué sombra bajo la inclemencia del misterio!

El sueño de un campo de rosas y cipreses

me acongoja.

Descansar en el sueño

de las 10 esferas, las 6 puntas,

los 12 rayos, los 4 lados, los 3 ángulos,

los infinitos puntos del círculo sagrado,

descansar al fin...

Adiós, furor, jardín, sombra

bajo la inclemencia del misterio.

 

 

 

En tus cabellos hay la muerte de los aleros viejos;

el tiempo es gris y triste; el viento corre

sobre el mar del Norte en una lejanía

de banderas que quiebran.

Tus ojos recuerdan el hielo de inviernos derrotados.

Una caricia sangra en la palma de mi mano.

Permanezcamos aquí, tú la esfinge, yo memoria,

hasta que el día se borre, adentro de la piedra

hacia el origen.

El tiempo es gris y triste. El mar del Norte.

Las banderas se quiebran tras el rostro que sueña.

Tus cabellos de muerte en los aleros viejos,

tus ojos en mi alma. Permanecemos.

 

 

 

 

A EMILY BRONTË

 

 

Emily, Emily, ¿escuchas?

Es el gran día de lluvia,

el gran día de lluvia en la mayor oscuridad.

¿Es preciso vivir en una muy alta alcoba --como la mía-

para oír de tan abajo ascender este ruido

que hace losa de todo pavimento?

Emily, como entonces, en tus días de entonces

en que los brezos beben rocío de sangre.

¿Escucháis, tú y mi pasado,

este hundirse de la tarde de lluvia

hacia el mayor secreto?

Bien sé que fue el viento, el alto mensajero

que demuda a su paso el color de los muebles

y enseres de la alcoba, tu padre grande y compañero,

encendedor de espigas de fuego

en las tierras de tu alma;

pero también la lluvia, Emily, la lluvia también.

Verdad, Belleza y Sueño

tendrás por siempre en el Allá.

 

 

 

LA MEMORIA

 

Sólo en ti la sabiduría, sólo en ti la verdad.

Tu corazón derrama fuego

sobre la tarde en sombra de mi alma.

Al espejo de oro de tus puertas

llamo ahora cuando, como el sol que muere,

oigo el silencio de la tierra.

Todo se ha ido. He perdido el camino

que iba de tus ojos al país de las distancias.

Tu suave cuerpo huidizo duerme lejos.

¿Me has dejado por siempre

en lo presente oscuro?

¿No habrás de visitarme, y dar estancia,

firmeza, y largo nombre a lo esperado?

En ti desnuda el viento

el corazón amante de otros días.

 

Caer, callar, hundirse en lo perdido.

Cosas hay en tu pecho que en ningún otro se hallan.

No puedo llegar sino al borde

del rumor de tu frente.

La serpiente de mi mundo sopla en el barro

indiferencia y falta.

Repetido hasta el hielo

el ser nada por mi alma.

Sólo por ti y antaño fue la voz de lo sido;

olvidó mi deseo, olvidó mi esperanza;

hoy es olvido y vacío

sin ti lo que me resta.

 

 

La presente edición electrónica de la Antología de 

Alfonso Vázquez Alonso, realizada por Portal 

de Poesía a partir de la impresa en papel

(Madrid, Ediciones Gaztambide, 2003),

 ha sido depositada en la Red a los 

veintiséis días andados 

del mes de diciembre

del  año 

dos mil 

tres

.