MIGUEL FLORIÁN

Anastasis 

 

Hans Holbein el Joven_ Cristo muerto

El cuerpo de Cristo muerto en la tumba

                      Hans Holbein el Joven, 1522.

 

Qué nos dice ese cuerpo derribado,

cárdeno, que muere, horizontal,

y se dilata hasta ocupar la sombra.

Qué nos dicen sus pupilas desnudas

cuando se vuelven turbias hacia adentro,

cuando su olor acerbo va colmando

este espacio de vaga inmensidad

y de quietud, de inamovible mundo

y tiempo irrespirable. Y qué las venas

detenidas, sus túneles sedientos

de savia gris, igual que un palpitar

de simas o un gemir subterráneo

de omnipotente polvo. Esas cenizas

que se espesan contra la soledad,

llenas de instantes huecos y de larvas.

Y su mano nos indica la carne,

la irisación de la carne expoliada,

y es un amargo oleaje de raíces

cuando brotan desde su acaso ciego.

Narra la indecisión de las edades,

que no saben colmar qué laberinto,

ocupar qué destino, y es forzoso

precipitarse en uno. Ese cuerpo

nos habla del tiempo que no es carne,

de la materia informe, madre incierta,

que se dispone a ser y desconoce

lo posible. La materia que aguarda,

desde la honda imprecisión, alientos

que la eleven del polvo, y así calmar

su avariciosa urgencia y reunir

el hambre de las sílabas nacientes.

De todo eso este cuerpo nos habla

e, incesante, en su muerte se cierra

y es espacio plomizo demorado

en el musgo, y descree de su muerte,

y no sabe qué existencia ocupar.

Si una madre, si una madre fecunda

lo tomara, tal vez procuraría

otro existir -o enmudecer, y no decir

ya nada: nada, nada. Porque los seres

siempre dicen ocultos en su muerte,

siempre están trasvasando signos, luces,

aunque no haya lengua que los tome.

Ese cuerpo nos dice algo en medio del decir,

algo como entremundo o entrevida,

algo que limita en el umbral del grito,

o en el ápice de la revelación. Algo

a punto de brotar, mundo abierto

que espera, naciendo para siempre

en la inmovilidad de sus palabras.