HIGINIO DEL VALLE

 

 

Repasando la memoria

 

 

 

 

TEXTOS

de

Francisco Álvarez Velasco

Ángel Fierro

José Antonio Llamas

 _____________________________________

 

 

 

 

 
 

 

Ni hojas ni pájaros.

En las frondas de invierno

sola la luz.

 

 

 

Pasas la mano.

La savia es un arroyo

de vida oculta.

 

 

 

Entre los chopos

el río es un camino

para la muerte.

 

 

 

 

Nadie en el soto.

Solo un perro camina.

Hondo silencio.

 

 

 

El árbol quieto.

Desde la fronda un ave

hacia la luz.

 

 

 

En las arenas

la mar lame las sombras.

Arde la tarde.

 

 

 

La tarde es oro.

Unos labios se buscan.

Callan las olas.

 

 

 

Gentes que andan

entre dos soledades.

Ciudad y campo.

 

 

 

A la ciudad

ha llegado la brisa.

Vida en los rostros.

 

 

El mundo reconquista su sonido fluvial.

 

 

 

Con invisible pie y hoja marchita defiende la corteza del territorio contra el desaliento de las estaciones.

 

 

 

Hunde los ojos en este mundo de árboles y no emprendas viaje.  Lo no vivido no saldrá a tu encuentro ni te amordazará contra el regreso.

 

 

 

 

Y dijo Dios, hágase la luz...  Estaba Higinio atento y la luz quedó hecha.

 

 

 

 

Quizás los pasos vagabundos anudan lajas de piedra y trochas de pastores.

Quizás azul y río son el desorden del regreso.

 

 

 

 Memoria de ojo limpio, el cubierto reposa en círculo rectángulo como entre sombra y agua.

 

 

 

Danza del encuentro.  ¿Bailan o llegan? ¡Regresan sobre lo azul! Una  lameda de espesos árboles soñados sirve de telón, o tal vez de velo protector contra la veloz hondura de los sentimientos. ¿Baila el amor? ¿O bailan los amantes? Solo parecen ciertas sus pisadas, su deslizarse, indiferentes, sobre la realidad cromática de la hierba.

 

 

 

Manos en flor. Gestos que dibujan un adiós desnudo de palomas y de alas. Ellas se van, se alejan, como siempre, con la facilidad del vuelo de sus faldas. Ellas, por el soto, camino siempre de otro río; de una más profunda y áspera corriente que las lleve hacia otro mar, más lejos, más adentro.

 

 

 

 El abrazo. Ven hacia mí, fantasma de mis noches, desolación, diadema, pálpito del día. Déjame abrazar tu despertar tardío, tu rechazo, tu pereza o tu agonía. No me despidas antes de sentir sobre tu desnudez el melodioso tacto de mis dedos de algodón sobre tu vientre.

 

 

 

Tres desnudos. Alguien, en la corriente, tal vez tratando de acercarse hasta la base de la esfinge. Lo que si sabemos es que, en caso de llegar hasta la orilla, se encontrará dos árboles y una mujer, los tres desnudos, imposibles, y que en el regazo de la mujer habrá otro río.

 

 

 

Sol de arena. Mujer y niña, las dos desnudas, siguen la senda del sol de arena, que acecha con un ojo tapado por la nube. Para llegar al mar es necesario sortear las quillas de las barcas. El pedregoso gris de la calígine endurece de pereza y esplendor todo lo dicho.

 

 

 

 Huellas en el sueño. Aquí las huellas de un cuaternario amor, dos cuerpos que el tiempo aborreció y que los labios de las olas han lamido a su placer durante siglos. Hundidos en su pasión, no se percatarían  de que se quedaban solos. Y la noche los borró, hundiéndolos con todo el peso del silencio.

 

 

 

Conversación profunda. Cuerpos que se hablan en la arena. Se dicen que no hay motivo para regresar a la ciudad. Sus dedos callan, pero su deseo grita. Bien a las claras manifiesta estar sediento de mentiras.

 

 

 

Sol en el cabello.  Cae el oro fundido en el perfil, y se demora sobre la palidez del hombro. Tal vez algunas gotas consiguieron alcanzar el praderío de los pechos diluidos. El hombre, en tanto, ya borrado por la luz, se aplica a desmenuzar su propio y enredado rostro.

 

 

 

Separación. Del esplendor del cielo y su distancia hablarán después. Ahora lo que los brazos dicen y señalan es la separación, los límites en los ue el amor murmura. Del mar y sus amenazas sabe la arena. Y lo demás, el mundo, es un simple mentira.

 

 

 

La playa en el espejo. Playa desnuda ante el espejo, maja del mar, piel del salitre. No hay nada más al otro lado del espejo. La dulcedumbre del sol no se percibe por sí misma. No hay abandono mayor. Solo la sombra logrará sacarla del error a esta mujer. Solo la sombra.

 

 

 

El lago azul. Lengua de mar, nube caída, y lago azul. Tres cataclismos que han henchido el verde de preguntas. Verde sería, en todo caso el sueño, la olvidada infancia que camina sobre una arena que comparte la soledad del mar que se nos oculta.

 

 

 

 

 
 

__________

 

N.B.- Francisco Álvarez Velasco ha escrito los haikús;

Ángel Fierro, los siete textos siguientes;

José Antonio Llamas, los once últimos.

 

 

 

Higinio del Valle (heribert@telecable.es),

Francisco Álvarez Velasco (almar@telecable.es),

Ángel Fierro ( angelfierrodelvalle@gmail.com)

 y José Antonio Llamas (jantoniollamasfdez@gmail.com)

agradecen cualquier comentario

__________________

 

 

Repasando la memoria se colgó en la Red

a los diecisiete días andados del mes de octubre

del año dos mil siete.