TERESA DOMINGO CATALÀ

 

 

La nieve, los ángeles

 

 

Al meu tiet, Salvador Català Barba. 

 

Acuérdate de que en brevísimo tiempo tú y esotro moriréis;

y poco luego, ni aun de vuestro nombre quedará memoria.

                       MARCO AURELIO. Meditaciones.   

 

 

 

¿Adónde se van? ¿Quién las guarda, dónde?

Las noches.

                              ANA BECCIU   Ronda de noche

 

 

LA ESCALERA

 

Me conmueven las horas de la noche,

el vibrante rotar de sus aletas,

el singular acento de sus párpados.

 

Como un niño, rescatan la inocencia

transgredida entre soledad y nieve,

la libertad del mundo de los sueños.

 

¿O esclavos son los sueños, la memoria

que nos dirige atrás sin pasaporte,

y nos revela a cámara encendida

la terrible verdad de la mañana?

 

De Jacob la escalera permanece

abierta a las ventanas de los ángeles,

que bajan al dosel de los infiernos

para entrever el mito del azogue.

 

 

EL GLACIAR

 

Crepita el glaciar del cielo,

se anuda al pecho liso de la luz

como una caracola incandescente.

 

El glaciar alisa los cráteres malditos

y se enfrenta al poder de la masacre

como un halcón de pico congelado

y unas pequeñas alas de amuleto.

 

Sortea las pavesas de la tarde

con una pulsación estéril, vaga

por los contornos de los cantos míseros

que dan la bienvenida a la tiniebla.

 

Se detiene con las anginas toscas

de ese cielo que al despuntar el día

desangra amaneceres como un lápiz.

 

Y sueña al derretirse con la nieve,

enraizada en el espacio cósmico,

por quien renacerá en la noche nueva.

 

 

LA MADRE

 

La hendidura polar se reencarna

en difusos remansos laterales.

 

Los ciervos comen cólera bendita,

venganza de una diosa inconsistente.

 

Porque es ella la voz de las tinieblas

que perfuma el cantar de sus quereres.

 

Es ella el cuerpo anclado en la ternura

de unas manos acariciando el pan.

 

Si todos somos hijos de la noche,

envueltos en martillos y brocales,

viviremos en días sucesivos

amamantando nuestra propia leche.

 

 

LOS CAIMANES

 

El día es el eclipse de la noche.

 

Como un sarcófago

que se abre para recoger a un muerto,

respira la mañana antropomorfa.

 

Como un luto, reviven las ventiscas

insoladas, sollozan los escombros,

se atreven a llorar los papagayos.

 

En la tierra baldía se desnuda

el pavor, la terrible calavera

disfrazada de sol, un azar puro.

 

Qué comen los caimanes, qué luz comen

para poder dormir cuando amanece.

 

Aletargados, piensan en el aire,

conjuran, para eliminar el día,

con el sueño avivado por la pústula.

 

Caerán los jazmines en sus bocas

como nudos y pergaminos tristes

que sólo flor darán en sus estómagos.

 

 

LA NOCHE

 

Tus ojos son el luto incandescente

que se derrama al envolver las manos

con la cera caída de los cirios,

la mirada de estrellas expectantes.

 

Como un barco velero y silencioso

que rodea al vaivén del aire el istmo

yacente de la península inmóvil,

con sus crespones negros desplegados

al roce de las nieves y los vientos,

así transita la oscuridad tardía.

 

Como si fuera llama, un fuego oscuro,

que consumiera todos los reproches,

esas pequeñas guerras cotidianas

de pan y sal, lechugas y pimientos,

incinera su mismo vientre inmóvil

en cada amanecer, en cada casa

que acoge sus sueños lujuriosos.

 

Mas vienen la mañana y los relojes,

con la luz traicionera del deshielo,

para usurpar la absenta de las flores.

 

 

ES

 

Amanece la noche con su piel,

en la orilla cercana del regreso,

donde crecen libélulas oscuras

con aromas de chocolate amargo.

 

La noche se desnuda con el día,

olvidado el gabán de las estrellas

tras el vil torbellino de murciélagos.   

 

Es el beso cautivo de la sierva

que quebrantó con furia sus cordones

como un toro obligado a renacer.

 

Es el parto continuo de la sangre.

 

 

 

Atraviesas el cierzo y la desdicha

de un ulular hambriento y desangrado

que emerge al despuntar la madrugada.

 

Amanecen los pechos florecidos

por el ámbar, la luz de las farolas,

que reflejan los cuencos y canastos.

 

Están vacíos, cual daga sin sangre,

mordidos por dolor en sus extremos,

cuadrados por el ángel de la furia.

 

Todo es cálido alrededor del caos,

un fuego castrador y permanente,

un verano, con dientes por destino.

 

Dónde estará la nieve salvadora,

el frío baile de los tallos vírgenes,

el trovador alivio del invierno.

 

 

LOS OJOS DE LA NOCHE

 

A veces cae el velo de la noche

y nos muestra su faz incuestionable,

sus pozos, su espiral, el latido último

de un palpitar de fuegos pavorosos.

 

A veces somos noche sin disfraz,

cuerpo oscuro que clama el sacrificio,

y es ella quien pronuncia nuestro nombre

desleído en las gotas del lenguaje.

 

A veces somos carne de penumbra,

soliloquio enterrado por la nieve

que afirma el devenir de los espectros

a la senda más íntima del alma.

 

A veces ella duerme en la sinuosa

cavidad de un islote mercenario,

y así se prostituye en pesadillas

que muestran el temor a los herejes.

 

A veces se despierta en la ventisca

con un insomnio pleno de sentido,

y está en su corazón el mandamiento

que nos lleva a la más leve esperanza.

Y siempre nos conduce por los lares

curvos de sus espaldas pudorosas,

y en su brea está el nido del saber

que acontece mirándola a los ojos.

 

 

LAS FLORES

 

Florecemos, aupados por la lumbre,

con la inocencia de agua que respira

el anónimo olor de los claveles.

 

Nos embrujan las plantas y los pájaros,

el desuello,  las flores invernales,

como una cantinela abovedada

que resurge del polvo de los días.

 

La noche es una estrella sin raíces

que ampara el canto triste de las horas

en las que se suceden ansia y espejo.

 

Es la naturaleza de la noche

escuchar el silencio de los búhos,

atesorar el llanto del murciélago.

 

 

LOS PECES

 

Es la oscuridad

asentada por los resquicios

de la sombra,

con esos peces

que siembran

pan de pétalos noctámbulos.

 

Los peces rodean el istmo

de las manos candentes.

 

Extrañan la ausencia de los cuerpos.

 

 

VERDAD

 

Acalla ya la voz de los traidores,

que nunca más musiten en tu seno

grandes palabras con que armar la historia.

 

Redúcelos a polvo, a destino,

a ceniza intangible y dislocada,

a sombra entre tinieblas permanentes.

 

Tuya es la poderosa senda inmóvil

que se ancla en la verdad más primigenia,

desnuda de motivos y arrebatos.

 

Tañerán tus campanas milenarias

con el fuego de las mismas estrellas

que borrará los pasos de sus nombres.

 

No hay más verdad que tú, la noche oscura,

que aprende a bendecir la madrugada

con acopio de piel y de deseo.

 

 

PÉRDIDA

 

Llora el sol el camino hacia la noche

con sus párpados huidizos,

cerrando los ojos ante el día

que ambiciona el salitre del mar

y perpetuarse ciegamente

ante la noche.

 

El día queda devastado.

 

Imponente, el mástil nocturno se avecina,

con el caudal de las rosas oscuras

que transpiran el olor aciago

de los besos de una luz inmóvil.

 

Estudia la rotunda circunferencia

de una esfera inviolable y pura,

que abriga el cielo con un resplandor

de horas transidas de desvelo.

 

La noche vence

en el aquilatado rumor sombrío

de los pasos gigantes de la urbe,

donde dormimos sin mirar atrás

ensueños de penumbra dilatada.  

 

 

EL DOLOR

 

La cera viva de retales sabios

aviva, con el poso de las piedras,

las naves acerosas del ayer.

 

Insemina en la llama de la vela

el último perdón insobornable.

 

Acrecienta el único dolor

que verá su reverso circundado.

 

Atrapa cien mil huellas boreales

que insisten en vivir abigarradas.

 

Sentencia la venida del cordero

con la voz de una noche escandalosa.

 

Coagula el esplendor sombrío

de las hojas cautivas en las alas.

 

Apresa el litoral de la península

con la nieve que borda tempestades.

 

Aniquila el clamor que resucita,

de hinojos, las rodillas golpeadas.   

 

 

DE NOCHE

 

Bramaba la ola del cielo,

caía sobre los bordes de las losas

como una pequeña lluvia

que despertara con el rumor del agua.

 

La muerte sucedía de noche

como un piélago lleno de amor,

con las cucarachas escarbando

la madera de los ataúdes,

hinchados por la humedad del aire.

 

Golosos, los gusanos se apresuraban

a terminar con las flores mojadas.

 

De las rendijas

surgía un canto hiriente,

una caricia de huesos,

la esperanza muda de los cadáveres

que respiraban luz

con pulmones de arcilla.

 

Era de noche,

la llama de los amantes vibraba con los muertos.

 

 

LA LLUVIA DE LA NOCHE

 

La voz oscura prende soledades,

aísla el sueño,

perturba a los insomnes.

 

La lluvia, la palabra de la noche,

también roza el día con su aliento

de fuerza estremecida por las nubes

que lavan el círculo polar

con las ablaciones de la nieve.

 

El agua, perdida, se confunde,

se alía con la niebla derrotada,

goza del estertor de los rosales

que no pueden soportar

el firme aullido de las sombras.

 

El agua se inmiscuye entre los setos

para averiguar la blasfemia de sus gotas,

y el rictus amargo de una espera

que pide ser oída en la catarsis

de esa misma agua derramada.

 

La noche dice, canta sus pesares,

alivia su dolor, su desconsuelo

con frascos de alquitrán, fosas comunes,

donde reposa la osamenta de un pasado

preso en los avatares del murmullo.

 

La noche se desprende de su piel,

minada por el paso de la lluvia

que desciende a la losa de la tierra.

 

 

CICLO

 

La felicidad viene por la noche

y acurruca su llanto entre las sábanas,

su agonía perenne y verdadera.

 

Los garfios de las rosas se declaran.

La muchedumbre aspira a la tiniebla.

Los huesos de la fe son dispersados.

 

Clama el fuego del alba por su vida,

solloza su inocencia quebrantada,

el sino pluviforme de los ángeles.

 

Y son las nubes llantos de los días,

la ruptura de un cielo encadenado

a resurgir al alba y a la noche.

 

 

LLOVÍA DE NOCHE

 

Tiemblan las ramas tenebrosas de los ángeles

de una noche intensa, 

resguardada en los nidos, con las tórtolas,

cambiante de su sino y su ventura.

 

Las flamígeras alas del edén están partidas,

quebradas en mil puntos llameantes,

sembrando de ceniza el paraíso

con el polvo de golondrinas muertas.

 

La noche sacude su escudo y miente,

odia la faz derruida de los templos,

se ensaña contra el trinar de las estrellas.

 

Levantado el altar incrédulo,

se encrespa al roce de sus olas,

se estremece su cuerpo por la lluvia.

 

Llovía de noche, con la copa nítida

de la nieve, con la conjura de los nardos

y las rosas, sus tallos dulces, sus pétalos

envueltos en el mecer acuoso del océano,

la hierba desnuda del sabor de la esmeralda.

 

Llovía de noche, y colgaban cangrejos y culebras

como si fueran tempestades mágicas,

santuarios heredados, primigenios,

amplia gama de oscuridad primera.

 

Llovía de noche, y era la misma noche lluvia

de amores inocentes, de manos mojadas

al cortar laurel, espliego y madreselva.

 

Llovía de noche, y el acento de los cisnes

se callaba, como el punto que adorna el labio.

 

Llovía de noche, y la noche era regreso.

 

 

RACIMOS DE CIELO    

 

La noche llora racimos de cielo

en su pliegue, de su sangre,

en el vértice mismo de su manto

con llamas negras como lágrimas.

 

La noche besa en incierto paso

al tiempo que surge entre la niebla.

 

Recóndita, la voz oscura

se asoma al precipicio.

Camina en círculos,

abrasando el nivel del agua.

Crea líquenes

al respirar su mismo aire.

 

Su piel es la fiebre que asola las luciérnagas,

el latido manso

de un árbol que cimbrea tempestades,

el matorral confuso de las horas.

 

Inclemente,

se arroja al disturbio de las voces,

palpa los pechos cenagosos del ayer,

irrumpe con el gatillo de la nada.

 

Y duerme,

perdido el miedo a la tiniebla,

en la pureza de sus días.

 

 

SOMBRAS

 

La noche es movimiento de penumbras

luchando para ser eternas, río

de manos en los cuerpos que divaga

sobre el influjo de la sangre dulce.

 

Silenciosos, los ángeles nos aman

como aman los caimanes, con la furia

de un sexo desmedido, con lujuria.

 

La noche es la simiente de los pasos

que aniquilan las luces de los lechos,

y son los cuerpos sombras de esa noche

que dominan la oscuridad tardía.

 

Silenciosos, los ángeles nos aman

como aman los caballos, con ardor,

reclamando sus alas el perdón.

 

La piel anhela el roce de las sombras

que se desprenden ávidas, ventiscas

de amores sofocados, tenues nieblas

imposibles de aprehender, limosnas.

 

Los ángeles nos odian por la carne,

ésa que envuelta en noche se proclama

en la ofrenda del cuerpo que se ama.

 

 

LAS HORAS OSCURAS

 

¿Cómo podrás volver a ser quién eres?

 

Si la noche te coge de la mano,

te lleva más allá de las estrellas,

junto al país donde los niños lloran.

 

¿Qué le explicarás a tu incierto amante?

 

Cuando la bruma envuelva tu sagrario

y tus pechos estén áridos de alas,

y hacia el norte no veas ningún trance:

 

¿Qué aprenderás de las horas oscuras?

 

 

SACRIFICIO

 

Hermanadas la furia y la blasfemia

en el sino mortal del sacrificio,

se derrite el incienso de los tallos

con un rito de ancestros y pulgares. 

 

El umbral del dolor, que galvaniza

el recuerdo de un Dios inmóvil, roto

por las balas, la noche, la memoria,

acude a cizañar las madreselvas.

 

Caídos de las torres de los salmos

en una vieja letanía amarga,

vienen a incinerar la madrugada.

 

Clama el amor la melodía impune,

el canto de las horas desteñidas

que irrumpen en la lacra de los días.

 

¿Desearán los huesos descarnados

el sigiloso don de los amantes

que confunden las horas con los labios?

 

Llegará el madrigal de las sospechas

al campo del honor y los relojes

cimbreando el dolor de las estrellas.

 

 

NIÑA

 

Elevados los gemidos al secreto

en la fragua abisal, abigarrada,  

del insomnio que desvela

a los árboles enraizados en el mar

que a los sueños pertenece.

 

Dime, noche,

por qué te ocultas en el fluir

de los ovarios de la oscuridad, 

siempre madre de caballos

que se desvían amaneciendo

penumbras y amapolas.

 

Como un cisne negro

enredas tus alas en el enigma

vertical de los lirios mórbidos

que te apresan en sus pétalos líquidos

como nenúfares ardiendo

en un océano en llamas.

 

Te elevas como un dragón

escupiendo estrellas malabares

por tu boca de helechos y pizarra,

niña que las manos posa

en el acerado vientre de los cuernos

de una luna estéril.

 

Renaces, con el parto de ti misma,

como un acordeón que se despliega,

como una piel que se desnuda

ante una eternidad voluble,

que ni nos ama ni nos odia.

 

LUNA

 

Breves lapsos de tiempo se atesoran

en la estable marea de la vida,

cuando no trunca el río su crecida

hacia esas aguas que lo enamoran.

 

Es una ola el lugar de la partida

donde juegan aquellos que se ignoran,

y con puños la espuma rememoran

como dados que ciernen una herida.

 

Camino del océano va luna,

desprendida la noche de su amante,

iluminando a muerte y a locura.

 

Sin entrañas, sin sangre, sin ventura

y con el porvenir espeluznante

transita en cada mar hacia la cuna.

 

 

LAS HORAS

 

El fiero deslizar de la penumbra

acentúa los rasgos invernales

de los besos que nunca sucedieron.

 

¿Dónde van esos besos que son agua

marchita por el ulular del ángel?

 

¿Dónde rezan los árboles hundidos?

 

Si se apaga el poder de la memoria

a los pies del cordero devastado

¿dónde sollozarán las madreselvas?

 

Recuerdos de la soledad, la angustia,

en un último valle de tinieblas

escindidas del paso de las horas.

 

Catalejos insomnes las estudian

con una servilleta en el espejo.

 

Ansían conquistar la madrugada.

 

 

LA OSCURIDAD

 

La luz amortajada

surge con un soplo de árbol.

 

Vamos a bendecir la oscuridad

con ramos de sayales y murciélagos,

con velas sarmentosas y guitarras

que dobleguen al ángel de la furia.

 

Pero también vendrá a nuestras casas

con un alarido constante y seco,

y devorará los panes,

y beberá el vino que era agua

de nuestros propios labios.

 

 

LOS NOMBRES

 

La lluvia, en alemán, es masculina.

 

Penetra el ángel del manantial,

caen sus racimos de medianoche

con la furia y el clamor del inocente.

 

La vigilia espera, la hora espera

la silenciosa red del condenado,

la soga, el fusil, la guillotina,

por el odio ancestral de los vencidos.

 

El silencio, en alemán, es femenino.

 

Martillea la sangre de los muertos

en una melodía eternizada

por cualquier grillo que plaña a la noche.

 

Si la noche carece de sentido

cuando es la última noche de la vida

porque después vendrá la noche eterna

y seremos noche encerrada en barro

 

la noche, en alemán, es nombre neutro.

 

 

CARIÁTIDES

 

Las cariátides andan sobre piedras

como cisnes que anhelan otros cisnes

en los puertos surgidos de la luna.

  

Las cariátides y Pigmalión

conversan ateridos y distantes

sobre el cruel simulacro de la vida.

 

Mientras, transcurre la hora oscura

con el temblor añadido del invierno,

con la carne manchada por las flores.

 

Las cariátides quieren ser la noche,

esponjarse en sus húmedos lugares,

y brillar como grillos antropófagos.

 

Pigmalión se deslíe y sus palabras

constelan el aire, los madrigales,

y envenenan los besos terroríficos. .

 

¿Cómo no temer el tiempo impío

en que arden las crines ya salvajes

de las estatuas frías como un sol

apagado en la soledad del cosmos?

 

¿Cómo no amar el sortilegio

que cubre de sombras y de escamas

la tiniebla eterna que fluctúa

entre luces novas y saltamontes?

 

Las cariátides tocadas por el verbo

vuelven a ser mármol, a ser cisne

tallado en un litoral de isla.

 

 

VESTIGIOS

 

Malditos los que invocan a la noche

para admirar tan sólo su negrura.

 

No ven la luz de las hojas tenues

que alumbran como pequeños dados

el dormitorio de las estrellas.

 

Vendrá el cierzo que triste deambula

por los orificios de los pozos y murallas,

a derribar el claustro de los cisnes.

 

Se derrumbará el mar de madreselvas

como se quiebra el fuego entre zarzales,

con el ímpetu ciego de la llama,

con el grito constante de la luna.

 

Se arqueará la loba que amamanta

los vestigios de un mundo que se muere

y su leche será bebida lejos,

allá donde la noche siempre es noche.

 

 

LAS MARIPOSAS

 

La noche circuncinda madrugadas

con un afán caníbal, encantado.

 

Es la fiera que arrancará las flores

con la espuma de las nubes y las bestias,

asolando la yema de la lluvia,

en un zigzag de escalofrío y caras

miserables.

 

Caerá su aurora en redes escarlatas,

junto al humo donde arden las estrellas,

y su hambre será multiplicada.

Se encerrará la luna en sus mitades

en un holocausto de la sangre.

 

Voceará la luna sus volcanes

en una fiera niebla inenarrable.

 

Saciará los escombros de los templos

con la sed de cristales irredentos.

 

Vencerá en los túneles inmensos

con sus rayos de nácar y de ajenjo.

 

Las mariposas negras serán noche

que cautive la farsa de las horas. 

 

 

EL NAUFRAGIO

 

Escucha el rumor del hielo,

cómo cierne el alud sobre la noche,

cómo embarca el pesar en las astillas

quebradas por la rotación del aire.

 

Llega el ángel,

y su boca lleva el estigma de la nieve,

el miedo de la escarcha y de la aurora.

 

Expande sus alas

rompiendo el alquitrán de la marea,

como un gran meteoro asesinado.

 

Caen los árboles

y su fruto se quiebra en el descenso

que arrolla el gravitar del agua.

 

Insomnes, los cisnes velan el naufragio.

 

 

ARRANCA puertas, quiebra a los murciélagos,

asola a las ventanas y a los sapos,

llora con el gemir del chotacabras

y destruye la lluvia con sus lágrimas.

 

Cae el negro sin flor de los estanques

como asfalto del cielo, un río amargo,

inundando del istmo a la península

tras seguir el contorno de los cuerpos.

 

Calla y escucha el clamor de la noche,

oye sus pasos prendidos de nieve

pues no hay ángel que escuche tus plegarias.

 

Sé noche en los latidos de la sangre,

que lleva al corazón la senda inmóvil

de la última caricia, del presagio.

 

 

DESHIELO

 

Vendrá el deshielo y se llevará consigo

todo el agua del amanecer que sobra.

Con una jeringuilla de manzana,

inoculará paz a los cadáveres

que sollozan pan con manos de arcilla.

 

 

DORMIR EN TI

 

Dormir en ti, desnuda de abalorios,

amada por la calma de tus horas,

en tus ciénagas, en tus ciegos páramos,

con los ojos de sístole y penumbra

que arrancan alaridos al invierno.

 

Dormir en ti; los pájaros nocturnos

se enamoran de besos y cuarteles

donde reposar del vuelo, del fin

del nido y del estrago, y el helecho

gotea agua, lluvia mensajera.

 

Dormir en ti, en el canchal del río

donde arrasas, en el enigma triste

de los lirios oscuros, en océano

enloquecido por tus manos dulces

que penetra la casa en donde moro.

 

Dormir en ti, tras los acordes blancos

de tu silencio, que adormila búhos

y lechuzas encarnados en piel,

con sueños habitados de un futuro

lleno de soledad y de catástrofe.

 

Dormir en ti, al ángel de los hielos,

en tus pechos de diosa primigenia,

con roces de la rosa ensangrentada

y el murmullo del águila triunfante,

dormir, dormir en ti, sí, para siempre.

 

 

 

La presente edición electrónica de La nieve, los ángeles, 

de Teresa Domingo Català,  ha sido depositada 

en la Red a los diecinueve días 

andados del mes de  

marzo del  año 

dos mil

cinco

.