Rosario de Acuña

 

Madrid, 1850 – Gijón, 1923

     

 Fue una escritora que alcanzó prestigio y notoriedad con el estreno de su primer drama, en verso, Rienzi el Tribuno (Madrid, 1876), al que luego seguirían otras piezas cortas y el drama en prosa, El Padre Juan, (Madrid, 1891), que sería prohibido por la autoridad, a causa de su tesis anticlerical.

Desde su juventud publica en las principales revistas y diarios de la capital, poemas, artículos, cuentos, ensayos... que luego serán reproducidos muchas veces en otros medios españoles y americanos.

Es muy notable su capacidad para la crítica social, sobremanera profundiza,  con rigor y a veces con dureza, en las tradiciones usadas como justificación para el inmovilismo.

En muchos aspectos, fue una pionera. Es la primera mujer que interviene, leyendo sus poesías, en el Ateneo de Madrid, en 1884. Rompe las normas de su entorno social madrileño, acomodado y liberal, al adherirse a la publicación librepensadora y filomasónica, Las Dominicales del Librepensamiento; luego, con su ingreso en la Masonería... Pero, sobre todo, con sus intervenciones públicas, discursos, conferencias... y sus artículos valientes sobre los asuntos de máxima actualidad.

Defiende los derechos de la mujer a la educación, a situarse en un plano de igualdad con el hombre, pero con la garantía que se sustenta en una enseñanza moderna, compartida plenamente. Presta atención en sus escritos a reformas como la salud, la higiene, la modernización de las casas... Interviene en asuntos directamente políticos, de los considerados de mal gusto para hablar con las mujeres, incluso dedica un soneto al general Villacampa, condenado por  rebelión.

Pero,  si acaso, en lo que más se diferencia de otros coetáneos suyos, hombres y mujeres, republicanos los más, que hacían del progreso y de la modernización de España, vocación y vida, fue en su estilo.

Marcado por una forma de coherencia que transitaba entre su vida y su obra literaria, que le aportó enemigos poderosos pero también lealtades conmovedoras como la de algunas mujeres escritoras, Ángeles López de Ayala, Regina Lamo... periodistas y escritores como José Nakens, Roberto Castrovido, Antonio Zozaya, José Díaz Fernández, etc.

Una simbiosis en la que gana la partida, unas veces, la biografía: por apasionante y excepcional; otras, su obra, en la forma de algunos artículos vivos y emocionantes, o de textos extraliterarios como su famoso testamento, de 1907, o de algún poema, que permanece sobre el tiempo y el olvido.

 

Como poeta, Rosario de Acuña, destacó por su facilidad para el soneto, publicó numerosos y dejó algunos inéditos. Fue muy admirada por el rigor formal que supo darles y por su maestría para acometer los temas más variados, desde el  asunto sentimental a las cuestiones sociales y políticas.

Evoluciona desde un romanticismo tardío hacia formas realistas e incluso naturalistas, pero a menudo el carácter indagador, la pregunta existencial, de estirpe mística, da a su escritura un  aliento personal único.

Publica varios volúmenes de poesía: 

Ecos del alma (1876); Morirse a tiempo. Ensayo de un pequeño poema imitación de Campoamor (1879) (del que se tiraron cuatro ediciones); Sentir y Pensar (1884).

De su creación posterior sólo sabemos por los poemas publicados en diarios y revistas de su tiempo.

De ellos damos aquí una breve muestra. (Nota de Xosé Bolado: xosebob@terra.es)

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