Ricardo Labra

 

Tus piernas

 

Ilustración de Pep Carrió

 

 

 

 

T

 

us piernas parecen las alas

de una mariposa.

 

A veces se estremecen como si quisieran

desprenderse de la luz

 

que las sorprende en la lámina

de la tarde.

 

 

T

us piernas tienen el rubor

de la mañana.

 

Hacia ellas vuelan deslumbrados

los deseos de la noche.

 

 

T

us piernas unen dos distancias

insalvables.

 

A un solo paso

el infierno y el paraíso.

 

 

T

us piernas tienen el sonido

del fuego

cuando llegan

 

y de la lluvia cuando se van.

 

 

T

us piernas cruzan la luna

de dos horizontes.

 

La sombra hechiza su misterio.

 

 

T

us piernas se asoman,

largas y torneadas,

por la corta falda

que anuncia el verano.

 

La estación del sofoco.

 

 

T

us piernas son un peligro

para el orden público.

Congregan las miradas a su paso,

 

con los consiguientes atascos

púbicos.

 

 

T

us piernas no son un templo

 

y, en cambio, ante ellas oran

los adoradores de Venus.

 

 

T

us piernas escriben

su destino.

 

En cada paso que dan

busco mi nombre.

 

 

T

us piernas no soportan las medias

tintas.

 

                    Puede que por ello,

así de desnudas, estén llenas

de enigmas y misterio.

 

 

T

us piernas nada saben

de los espejismos

que crean.

 

Cada caminante ve en ellas

una ciudad diferente.

 

 

T

us piernas están hechas para cabalgar

sobre el viento.

En ningún lugar hallarán reposo.

 

Pobre del ingenuo que sueñe

con retenerlas.

 

T

us piernas son dos verdades

que interrogan

 

y sacan los colores a la costumbre.

 

 

T

us piernas nunca se convertirán

en el nudoso tronco de un árbol,

como una Dafne cualquiera.

 

El fuego está condenado a la ceniza

y a la arena.

 

 

T

us piernas buscan la plenitud.

Por eso huyen de cada instante

agotado

 

y dejan el rastro de su quemadura.

 

 

T

us piernas son un espejo

 

que también sueña

con duplicarse.

 

 

T

us piernas juegan a las adivinanzas.

 

¿Qué se esconde detrás de los ojos

que logran inquietarlas?

 

 

T

us piernas fueron requeridas

para probar un zapato viudo.

 

Pero tus pies no tenían la huella

de una cenicienta.

 

Desde entonces más de un príncipe sueña

con poder rescribir su historia.

 

 

T

us piernas avanzan quedamente,

muy despacio.

 

Aún no me explico por qué deslumbran

como relámpagos.

 

 

T

us piernas arrugan el abrigo

de invierno.

 

                            Se insinúan

por sus pliegues dolorosos.

 

Así protestan por el largo asedio

del frío.

 

 

T

us piernas son un río

 

en el que nadie acaricia dos veces

la misma orilla.

 

 

T

us piernas emiten señales luminosas

en medio de la noche.

 

Aunque resulta inalcanzable

para la mayoría de los náufragos

 

la tierra que prometen.

 

 

T

us piernas están en permanente peligro.

Ariadna es mujer envidiosa

 

y además hace tiempo que desea

congraciarse con el Minotauro.

 

 

T

us piernas me ha dicho un médico forense

no dejan de ser una necesaria relación

de huesos

y músculos envueltos por la piel

como un paquete de regalo.

 

Qué visión tan lamentable de un prodigio.

 

La misma que sobre la poesía tienen

algunos críticos literarios.

 

 

T

us piernas también miden el paso

del tiempo.

 

Saben que el final del camino no admite

exceso de equipaje.

Apenas un rastro de arena, un perfume…

 

ya sin memoria.

 

 

T

us piernas alimentan el viejo mito

del retorno.

 

¿Quién no soñó con volver

a ser un niño

                    o Tarzán

—el hombre simple y bueno—

en medio de la naturaleza?

 

 

T

us piernas son muy sofisticadas

con medias de seda y tacones estrechos.

 

Siempre tuvieron andares de reina.

Y, de vez en cuando, les gusta enseñar

su corona.

 

 

T

us piernas se despiertan como si nada

hubiera sucedido.

 

Levantan el vuelo de las sábanas

sin sobresaltos, casi sin hacer ruido,

 

de regreso a su laguna.

 

 

T

us piernas en la sombra

de la alcoba,

son las más diestras.

 

Las que imprimen velocidad al centauro.

 

 

T

us piernas cortan como tijeras

lo que consideran innecesario.

 

No nacieron para las cadenas,

tampoco para los naufragios.

 

 

T

us piernas fueron a explorar

nuevos territorios.

 

Si alguien desea saber por dónde andan

esta noche,

que pregunte a la otra cara de la luna.

 

 

T

us piernas entran en la oficina.

 

Los empleados inclinan la cabeza

con indisimulado respeto,

 

para contemplarlas con más detalle.

 

 

T

us piernas más que adornos

llevan puestos los cepos de Diana.

 

Con calculada precisión enseñan los ligueros

que besan sus líneas más secretas,

 

de los que cuelgan los ojos desgarrados

y ornamentales

de más de un pájaro.

 

 

T

us piernas recuerdan que la vida

es corta

 

y demasiado larga su belleza.

 

 

T

us piernas desnudas incitan

a desnudarlas de nuevo.

 

Quién pudiera alcanzar su desnudez

última

 

para vestirlas de nuevo

y comenzar a desnudarlas.

 

 

T

us piernas han recorrido la mitad

de su belleza.

 

Que el tiempo no se detenga,

porque la eternidad es este instante.

 

 

T

us piernas cruzan el bosque.

 

El lobo feroz llora de impotencia.

 

 

T

us piernas no precisan un espejo

mágico.

 

Les basta la unanimidad de los videntes.

 

 

T

us piernas son de diosa.

Y ya se sabe lo que pasa

con las piernas de las diosas,

 

que bajo sus mármoles fríos arde

el fuego de las bacanales.

 

 

T

us piernas inventan un argumento

cada día.

 

Aunque el sol se ponga

por el mismo horizonte.

 

 

T

us piernas por mi vida.

 

Ya sé que resulta anticuada

esta propuesta.

 

Pero, ¿quién no desea habitar en el paraíso?

 

 

T

us piernas están de compras

por los grandes almacenes.

 

Se mueven con rapidez por las secciones,

flexionan sus rodillas, elevan sus talones

 

y arrastran el peso

de la tarde.

 

 

T

us piernas no tienen dueño

y sí muchos perros que les ladren.

 

Tú misma desconoces el lugar

adonde han de llevarte.

 

 

T

us piernas en el otoño

parece que también se deshojan.

 

Qué dulce la savia

del olvido.

 

 

T

us piernas son el pecado,

la tentación de cada día.

 

Los renglones torcidos

que todo lo enderezan.

 

 

T

us piernas barajan la suerte

marcada

de los afortunados.

 

En esa partida el azar

apenas decide.

 

 

T

us piernas centran el punto

de mira.

 

En vano un locutor de televisión

anuncia el cese de hostilidades.

 

 

T

us piernas impregnadas en aceite

con el dorsal de la indiferencia.

 

Largo va a ser el maratón

de la noche.

 

 

T

us piernas danzan sobre la pradera

de un bar.

 

Enmudecen los tambores,

fascinados.

 

 

T

us piernas duermen bajo el sol

del verano.

 

Que nadie las despierte,

para que mi sueño no se desvele.

 

 

T

us piernas en el jardín.

 

Lejos queda el otoño.

 

 

T

us piernas a veces amanecen tristes

como dos gatas melancólicas.

 

La luz del día se parece entonces

a un roedor insaciable.

 

 

T

us piernas, aunque inmaculadas,

son de este mundo.

 

Por eso inquietan tanto a los santurrones

y a los arcángeles,

 

que ante su contemplación padecen

más de un rigor místico.

 

 

T

us piernas se ponen en marcha.

 

Como una perrita faldera

la luna las sigue.

 

 

T

us piernas son felices descalzas,

sin ataduras,

 

ni huellas permanentes.

 

 

T

us piernas vibran en el arco

de la playa.

 

Qué héroe no soñó con unas flechas

tan audaces.

 

 

T

us piernas no cuentan historias,

ni se defienden de las miradas de la gente.

 

La belleza suele ser así

de silenciosa.

 

 

T

us piernas se mueven como las hojas

de un libro abierto.

 

Quién pudiera descifrar los signos

de sus deseos.

 

 

T

us piernas provocan el vértigo

o un dulce sosiego.

 

Abismo y remanso

en la misma orilla.

 

 

T

us piernas huyen irremediablemente.

 

Los segundos acompasan sus pasos.

 

 

T

us piernas pueden ser trágicas.

 

Conocen demasiado bien la trama

de la comedia.

 

 

T

us piernas puntuales recorren

la esfera del día

 

y revelan la hora con más precisión

que un informe sociológico.

 

 

T

us piernas niegan las profecías.

Son la insurrección de la carne

que resucita a los muertos

 

que las miran.

 

 

T

us piernas caminan descalzas

por la playa,

descalzando la arena

 

que no puede atarles los cordones

de sus zapatos.

 

 

T

us piernas detestan el tacto

frío.

 

Las manos de manual con fe

de erratas y otros roedores.

 

 

T

us piernas quiebran cualquier simetría.

 

Son la atracción de los contrarios.

 

 

T

us piernas dos caminos

o una luna partida.

 

La promesa del hallazgo

o del encuentro.

 

 

T

us piernas se burlan del principio

de autoridad.

 

Conocen demasiados finales

que lo niegan.

 

 

T

us piernas suben la escalera

repicando

en la campana de su falda.

 

Llamando a la oración de los sentidos.

 

 

T

us piernas esta noche.

 

¿Quién puede envidiar la realidad

de otro sueño?

 

 

T

us piernas en el infierno.

 

La tentación de los ángeles.

 

 

T

us piernas conocen demasiado bien

la pobreza,

 

por mucho que sus árboles

se vistan de reales académicos.

 

 

T

us piernas están llenas de metáforas,

 

como versos infinitos.

 

 

T

us piernas ponen a prueba

la lucidez.

 

Heracles jamás pudo conquistarlas

por la fuerza.

 

 

T

us piernas son la viga

del ojo ajeno,

 

que sólo ve la paja

de sus muslos bellos.

 

 

T

us piernas tendidas en la hierba.

 

Los árboles de sombra, las flores,

la fuente de agua fresca

que rumorosamente corre…

 

Aparece el locus amoenus

donde ellas se detienen.

 

 

T

us piernas no ven por delante

el mundo.

 

Se conforman con caminar a su lado,

paso a paso con su montera.

 

 

T

us piernas pueden conceder la inmortalidad

de una noche.

 

Nada podrá hacer el gusano,

ni el viento

 

que dispersará su arena.

 

 

T

us piernas tejen un tapiz

prodigioso,

 

para que el pobre Ulises pueda,

al menos, consolarse los ojos.

 

 

T

us piernas son una visión

del mundo.

 

La realidad también puede ser

hermosamente intensa.

 

 

T

us piernas alimentan los monólogos

interiores,

 

dando pábulo al condenado

que a duras penas sobrevive.

 

 

T

us piernas tienen el rumor

del agua que corre

por la imaginación y el recuerdo.

 

Así calman, piadosas, la sed del sediento.

 

 

T

us piernas bajo la parra sombreada

de su falda,

proclaman la primavera.

 

El fruto inagotable de la dicha.

 

 

T

us piernas son el mejor

deseo.

 

A su lado la tierra es leve.

 

 

T

us piernas en la edad

de lo posible.

 

Bajo su sombra todo florece.

 

 

T

us piernas se llevan la luz

de la tarde.

 

Inquieto y famélico,

un viento frío

olisquea los rincones.

 

La noche nace huérfana.

 

 

T

us piernas me han enseñado

la ciudad

de la alegría.

 

Ésta tan triste

que ahora recorro

con el paso cambiado.

 

 

T

us piernas ponen mi corazón

en un puño.

 

El mismo que desea abrir sus dedos

—o mejor sus alas—

para liberar su latido.

 

Y yo sé muy bien por dónde.

 

 

T

us piernas vienen de ida

y van de vuelta.

 

La luna ilumina su mediodía

y el sol las sombras

de su plenilunio.

 

 

T

us piernas esperan el verde guiño

del semáforo.

 

Pasan vertiginosos los coches,

ciegos en su sentido.

 

 

T

us piernas doblan la esquina

de la calle.

 

Una nueva página comienza.

 

 

T

us piernas se sumergen

en el mar.

 

Brillan las olas

iluminadas.

 

 

T

us piernas señalan el rumbo

de la aventura.

 

Tienen el mapa de la isla

del tesoro.

 

 

T

us piernas también encierran

más de una contradicción.

 

En algunas ocasiones afirman

lo que niegan.

 

 

T

us piernas sobre el diván.

 

La negación del psicoanálisis.

 

 

T

us piernas se parecen tanto

que me equivocan,

cuando se cruzan en mi mirada.

 

Y nunca sé si es la derecha

la que se adelanta juguetona

bajo la piel del zapato,

o es la izquierda la que no pierde pie

sobre la tierra que pisa.

 

A veces me pregunto si tienen deseos

gemelos.

 

 

T

us piernas aman la verdad

de las manos

que buscan la verdad

 

y se afanan por encontrarla.

 

 

T

us piernas proyectan su sombra

por la luz del mediodía.

 

Mis manos van en su busca,

asombradas.

 

 

T

us piernas parecen las alas

de una mariposa.

 

Entre los dedos dejan el color

inolvidable de su ausencia.

 

 

Esta edición electrónica del libro Tus piernas,

de Ricardo Labra, realizada a partir de la

impresa (Elche, «Diarios  de Helena»,

2002) e ilustrada con la imagen

de cubierta de Pep Carrió, ha

sido colgada en la Red  a los

 veintiséis días andados

del mes de diciembre

del año  dos

mil

dos

.