Juan Ramón Mansilla

 

 

Fugaz

 

 

 

 

 

 

ESCUCHANDO LA NOCHE TRANSFIGURADA DE SCHOENBERG

 

Escasas fueron las noches que me gustaron.

Cada mañana el humo del café caliente

evocaba la bruma de la noche anterior,

restos de demasiadas imágenes,

lejanas como soles pasados,

luces venidas de cosmos extintos.

 

Heridos por el daño con que a solas

inquieta lo que no consumamos

o de ahogados fuegos se elevan fumarolas,

¿qué diremos de la noche si aún gotean

en el alba sus momentos,

y en el nuevo despertar

nos hablan en voz ronca,

con algo más vivo aún que las palabras,

de un rostro, una voz, una piel

y  piden que palpiten

de nuevo por nosotros?

 

Viajeros con una brújula antigua

que el rumbo equivoca, los días

caen heridos como pomas.

Ley de la gravitación de un destino

que mira lentamente al poniente,

como si la figura recostada en el tronco

hubiera de levantar la mano, asir

el fruto, convertir el azar en creencia.

 

Y sin embargo hoy vuelvo a la noche

maldiciendo la experiencia del día,

y esta maldita luz, sobre todo,

que tanta oscuridad deja en las cosas.

De esta mañana sin importancia

desertan las luces como humo

llevado por el gran viento del norte,

girando como un timón

hacia las inexpresables ansias de la noche.

 

Pero el humo es apenas una señal de las cosas.

Y mientras asciende y se inclina

la realidad se fragmenta

como un río que desciende sobre el mapa,

como senderos al comenzar

los alcores, como brazos de estatuas

tallados con la fragilidad del tiempo,

rotos como nieve abolida

en la sucesión congelada del tiempo.

 

Después de todo no existe piedad en la vida.

Apenas unas migajas de compasión

que a menudo llamamos amistad,

ternura, consuelo, cariño. Días

que se cierran como puertas. ¿Podremos

empujarlas y abrirlas? ¿Qué resistirá

al recuerdo en cada uno de nosotros?

Inútiles hipótesis sobre lo irremisible.

 

He parado el reloj y desconectado el teléfono

(en estricta observancia de un verso de Auden),

cerrado la ventana y apagado los focos

bajo la persuasión de esta música

y sus notas dentelleadas como frutos

mordidos en otro lugar y a deshora.

Y ya que no tenemos un destino asignado,

que nadie nunca se preocupó de fijar

nuestro lugar entre estrellas,

baste el roce de una piel,

el susurro de una voz para iluminarlo

todo, aunque sea el destello

de un brillo ilusorio y al albor

se abra como tapón de desagüe.

 

Quizá sólo esté entregado a apegos extraños,

y en mis palabras haya un código oculto,

algo que excede a sí mismo y se extiende

como círculos concéntricos al caer una piedra

sobre las aguas verdosas, o el sonar

de un señuelo que convence a los pájaros

antes de contagiarnos también la feliz

añagaza de sus cantos de viaje.

 

Cruza la calle y el patio, pon la mano

en el pomo, gira la llave. ¿Se ha abierto

otra puerta? ¿Hacia dónde?

¿Ha entrado luz o negrura en el aire?

 

La pregunta es absurda.

Tal vez tú sepas de qué habla este poema,

versos que trazan su deriva

entre la materia y el anhelo;

versos descreídos buscando obtener

permanencia de la brevedad,

un don de lo caído como manzana en la vida.

Versos que ahora, simplemente,

recobran la ternura

de una de las pocas noches que me gustaron.

 

 

AMANECER 

 

Levantarse y oír

correr el agua en la ducha,

el hervor del café.

Subir la persiana

y ver huir dos pájaros.

Salir a la calle

y notar el viento en el rostro.

 

No es diferente lo que hallas

afuera: un vallado, rosales

que rebrotan, una fila

de moreras en la acera contraria.

 

Algo que tú ya conoces,

nada que presagie peligros

ni emboscadas,

aunque pienses si el amor

o la muerte

rondan, hoy,

tras tus pasos.

 

 

PEQUEÑOS CRÍMENES

 

 

Dos arañas en el lavabo:

Dudar un momento.

¿Salvarlas, llevarlas afuera?

El viento, la lluvia, la escarcha.

Las hormigas, los pájaros.

Demasiados peligros.

Una difícil supervivencia.

Pero entonces, ¿qué hacer entonces?

¿Aplastarlas entre los dedos,

abrir el grifo?

 

¡Claro, abrir el grifo!

 

Bajo el chorro, luchan por salir.

Un esfuerzo. Un último esfuerzo.

Luego, casi al unísono, ovillan

las patas sobre el abdomen.

¿Resignadas? ¿Afirmándose? ¿Muriendo?

Como espirales del agua

desaparecen por el desagüe.

Limpio. Limpio y sencillo.

Pequeños crímenes.

 

 

 

ESTORNUDOS

 

 

Salir al sol, estornudar tres veces.

Que este acto sencillo, tan común,

tan nuestro, repita su mecánica

cada mediodía, casi a las tres,

de este verano que aún, como

nosotros o el verde de la hierba,

o el calor o las rosas,

no se ha cumplido del todo.

Y así, no importa el lugar,

en qué plaza, con qué otra gente,

eso que , bien mirado,

no pasa de ser una alergia,

sea un aviso, el rezo, la llamada

de algo que en el interior

se mueve, agita, se rebela

porque quiere crecer,

porque quiere salir,

porque desea, desea y desea

verdecer con el césped,

abrirse en las rosas,

estallar al calor pleno de julio

en cada julio, en cada enero

y a tu lado.

 

 

NEVADA

 

 

Nieve. Toda la tarde ha nevado.

 

Empezó primero por manchar la verja,

la acera, las ventanas.

Ha cubierto después los rosales,

los peldaños, las macetas.

Una sucesión precisa, matemática casi,

como las migrañas en la tarde:

pulsos en las sienes, dolor, aplastamiento.

Hasta que un calmante lo droga

y quedo inmóvil como un móvil de Calder

antes de que lo agiten unas manos o el viento.

 

Cefalea, nevisca, muerte, ¿por qué se asocian

en un motivo del arte contemporáneo?

¿Por qué si estás, estoy completamente vivo?

 

Pero anochece y sigue nevando. Una nieve

ajena a la de la infancia, cuando

la habitación, el día no quedaban oscuros

y el blanco era el blanco, lento deshacer del tiempo.

No, esta nieve es otra. Nieve que aleja y separa,

oculta los caminos, borra las huellas, ahuyenta

los pájaros. Es el presagio, la contingencia terrible

de que mañana no estés.

 

Nieve. Desde tu ausencia sigue nevando.

 

 

PROPÓSITOS

 

 

Telefonear. Quería telefonear,

escuchar al otro lado su voz

 

quedamente desgranar las palabras,

un faro frente a un mar

inseguro, descubrir

en su tono una rada,

refugio contra la inquietud

o el abandono.

 

Mas, ¿cómo tomar el teléfono, blandirlo

ante sí mismo sin dejar

inerme en el aire

todo, definitivamente todo,

el oro vivo del día?

 

 

PREGUNTAS

 

 

Me pregunto cómo será mi vida junto a ti.

Cómo serán tus zapatillas

de noche o tu pijama,

cómo colocarás la ropa en el armario

o en qué lugar de la mesa preferirás sentarte,

cómo dirás mi nombre en los momentos

dulces o en los amargos,

si dormirás de costado o bocarriba,

cómo será el hueco en la cama al despertar

o tras habernos amado,

si seremos capaces de sumar 

o dispondremos los números para la resta.

Preguntas y preguntas

cuya respuesta no recoge

ningún manual de supervivencia

y que no es tan preciso saber

si día a día las respondes conmigo.

 

 

CANCIÓN DE AÑO NUEVO

 

Puedes entrar. He dejado la puerta

abierta, la luz, la calefacción

encendidas. Hay un poco de vino

en la alacena, el café está reciente

por si me demoro y te vence el sueño.

 

Acaso estés aquí cuando regrese,

arropada en el sofá con mi manta

de viaje, reconfortada, quizá

complacida del mundo en su belleza,

sabiendo que hay una técnica pura

en esta maravilla de estar vivo.

 

Y si no estás, bendito sea el tiempo

en que estuviste. Sólo he de abrir

los postigos para que fluya el agua

llovida en la memoria. La luz, pronto,

dejará en las paredes una sombra

que llamará en sus labios con tu nombre,

contenta de estar en casa de nuevo.

 

 

UN TREN EN LA NOCHE

 

Hoy viaja mi pensamiento hacia ti

como un tren en la noche.

No dormía, se pasaba las horas

escuchando, disperso como brasa

aventada por todos los caminos

del mundo, con un nombre, un solo nombre

que llevarse a los labios.

A semejanza del viento, volvía

como un tren en la noche,

llamado por los rumores de un eco

cintilante aún entre sombras,

y de nuevo te traía a mi lado

invocando el verano a través del invierno.

Ha sido grato viajar contigo,

rodeado de penumbra y silencio,

salir limpio de tus ojos abiertos

como grandes ventanales al sur,

mirando como una casa encendida.

Y puesto que mi pensamiento viaja,

sea este poema que, ahora lo sé,

comenzó mucho antes de escribirlo,

quien lo lleve hacia ti. Veloz y cálido,

como un tren en la noche.

 

 

CARPE NOCTEM

 

 

Deja en paz el día, no, no lo cojas.

Reniega de la luz que nos falsea,

del tiempo que se desprende la piel

reptando como sierpe contra el tiempo.

 

Sea la claridad de esta mañana

la irradiación oscura de la noche,

que descienda con la llovizna el recuerdo

como el polvo dorado de una sombra.

 

Si todo ha de cumplirse, si fugaz

el soplo de la brisa en el instante,

que el instante nos brinde permanencia.

 

Acaso un dios distinto se conduela

y en el dulce fulgor de la penumbra

otra noche nos dé de contrabando.

 

 

DICIEMBRE

 

 

Este poema es la trágica historia del olvido de un poema.

Brotaron sus palabras como voz que brotaba del sueño.

Bellas estrofas perdidas, inquietantes imágenes

rezumando silencio, borradas como nombres

escritos  una tarde de estío en la arena y que la pleamar se llevó.

 

No hay espacio aquí para el desencanto

(Yo, como ese poema, también soy silencioso)

Tan sólo la reflexión, la terrible constatación

del final de tantos, tantos versos,

y la debilidad con que se asume lo inefable

como un poso de pureza imposible,

semejante a esos días en que el trastorno

nos desvanece y algo interior,

girando donde nada gira, grita ¿dónde estás?

para que algo, igualmente interior, descubra

en la respuesta un umbral que nunca franquearemos,

temerosos de hallar que las palabras son una cortina

de humo, fragmentos volátiles

como vilanos en una tempestad.

 

¿Y si cerrara los ojos?

¿Y si dejara que el vacío llenase esta página

como el agua los huecos de árboles desarraigados?

 

No, no es la palabra escrita sino la ausente

la que perdura. Y esa ausencia tiene una forma,

y esa forma tiene un color, y ese color

tiene, posiblemente, un destino.

 

Ahora es de noche y escribo.

Escribo caído en la trampa de la costumbre

como una ave migratoria que, a ojos

de las otras, es sólo un bicho perdido,

demasiado confuso para volar. Volar, errar

detrás del agua sólo para constatar la sed

y darle un rincón,

el mismo que a la forma que en el lecho

el pensamiento deja de un cuerpo inalcanzable.

 

Sí. Es de noche. Y escribo este poema.

Mañana, pájaro de alas rotas, narrará la historia

de otro poema sin existencia

Lo poseeré mientras surja.

Luego será, seré abandonado.

¿Cómo podría ser de otro modo?

 

 

CONJURO

 

 

Que este poema te proteja de la soledad

y te sirva de refugio, incluso contra mí mismo.

Es mi conjuro, aunque la poesía no valga

para alterar las leyes del sentimiento o la materia.

 

Pero, si durante un solo minuto,

poco más se tarda en leerlo, velase por ti

como una lámpara encendida en la alcoba,

si te diera el calor con que tras un cristal

se mira la nieve en la calle,

 

entonces por fin la poesía tendrá un sentido,

aunque ya sé que a tu edad

no se cree en los fantasmas,

o se cree demasiado.

 

 

ALMENDRAS AMARGAS

 

 

Viento, viento de nuevo en la tarde de octubre.

 

Mirando la calle pensaba en la muerte.

La muerte y él. Dos trazos paralelos

que no habrían de cruzarse

ni en el más improbable infinito.

 

Los fármacos, la fiebre, la tos.

La ventisca, la hojarasca.

Las convulsiones de fuera y las de dentro.

 

Señales de vida tan ciertas

como el viento en la tarde de octubre

y ese olor a almendras amargas en su alcoba

antes y después de su fallecimiento.

 

 

ATARDECER

 

Atardece de nuevo y un día más ciudades diferentes

nos enseñan sucesivos ocasos. Mañana

volveremos a encontrarnos, pero hoy, ¿cómo hablarte

de las horas que vendrán y otra vez no serán nuestras?

 

Está tendido el horizonte y la penumbra se despliega.

Dentro de poco llegará el momento

en que todo se detiene y cada cual,

por su cuenta, cierra los ojos y muerde los labios.

 

Con todo, ¿dejaremos que esto sea algo amargo y terrible,

que el resto pierda su dulzura

como un durazno al caer y pudrirse en el suelo?

 

Asuntos que el atardecer diluye para así llenar su copa

o abrir una segunda luz, un camino, capaz

de orientarnos hacia la irisación de otra mañana.

 

 

STARDUST

 

In sé crede e nel vero chi dispera?

Giuseppe Ungaretti

 

 

Esta es la hora más difícil. La hora en que el celaje

está incubando tu presencia sin que pueda tocarla.

 

A veces, ahora lo sabes, imploro en la distancia

con el título de una balada de Brel.

Y me quisiera ir, clara la noche respirable,

hacia el milagro en ti evocado

sin que el día acabe en aquel temblor.

 

Pienso en Turner: el tren llega o parte,

pero nada, nadie se va.

No muy lejos de aquí tal vez sucede

que un poco de lluvia

vuele y te halle en un café o en la calle.

 

¿Y si es la misma lluvia

que hace poco ha mojado mi rostro?

¿Habrá que creer entonces en el acaso

o es sólo deseo, igual al que acerca

los labios a las ansias del otro?

 

Yo, como tú, también ansío la certeza.

 

Pero algo nos lleva de lo que dura a lo que pasa.

Lo adviertes, lo palpas, lo descubres

en el vello, en la laringe, en el abdomen.

No es tan atroz, tan alarmante 

si crees en ti, como yo creo, y no desesperas,

si sabes que somos sustancia liberada

por explosiones de quásares, polvo

de estrellas, vida

que esplende, que está ahí, que ocurre.

 

 

MAÑANA

 

Mañana. Dormir. Despertar.

La calle, las puertas. Unos peldaños.

Otra puerta más. Y tú.

A contraluz. Mañana.

 

 

VENTANA

 

 

Ha sido hermoso verte en la ventana,

pegada al cristal como quien contempla

un amanecer y recibe el sol

clemente del invierno.

 

He movido los ojos hacia ti

como ahora mismo muevo mis palabras.

Es extraño: tu imagen sale de un lienzo

pintado por tu ausencia..

 

La oscuridad se cierne lentamente

y dentro de poco será ya noche.

Con la fatiga se disolverán

las luces y las cosas.

 

Todo excepto aquello que es inmune

a las sombras y a las llamas,

vivo como tu imagen empañando

el cristal esta mañana y ahora.

 

 

VENTANAS

 

 

Carnales tras las últimas casas, ebrias

a las tres en un bar, errantes

en la marcha de un tren.

Quizá alguien busque un petirrojo

en la enramada, huellas en el barro,

lugares más allá de la distancia.

Alguien con otra forma de mirar,

otro fondo de escena y la misma sospecha

de estar equivocado mientras la noche

cae y se enciende una luz

dejándonos indeciblemente solos.

 

 

SABORES

 

Un helado en el banco de un parque,

un café cada recreo,

un cigarro a todas horas,

la sopa, el filete, la ensalada,

el agrio del ayer,

el ron porque sí,

la soledad porque no.

Sabores amargos,

fríos sabores,

sabores que no saben

a vida.

 

La boquilla y el humo

del cigarro compartido,

el agua, el zumo y el alcohol

que a mi boca trasiegas de la tuya,

tu cuello, tu lengua,

tus pechos y tu ombligo,

tu ano, tu vagina.

Sabores urgentes,

vivos sabores,

sabores inacabados

todavía.

 

 

ADICTO

 

 

Cada día se abre de par en par

igual que una puerta.

Aquel que ya la ha cruzado

clava sus ojos en otros y vuelve

a sentir el milagro y tomar

parte en la vida.

¿Quién diría, al verlo, que ese hombre

duerme mal en la noche y quisiera dormirse

como la tierra reseca tras jornadas de lluvia?

Nadie, entre aquellos que van y los que vienen,

percibe que ese hombre es adicto.

Adicto a imaginarte en su vigilia.

Adicto a tu voz y tus silencios.

Adicto a tu cercanía y tu distancia.

Adicto al cuerpo que acercas o rehuyes.

Adicto a tu dulzor y tu amargura.

Adicto a tu boca y tu saliva.

Adicto a tu sabor, adicto a tu aroma.

Adicto a ti y a ser adicto.

Y a querer que su adicción no tenga cura.

 

 

ANALOGÍAS

 

 

Escribo este poema un domingo de abril.

La tarde nublada, voces

de niños en la calle, al otro lado de la verja.

Un árbol se agita con el viento.

Ayer, a estas horas, estaba de viaje.

Aún ahora sigo viajando, yendo

desde estas palabras a otro lugar.

Suena una canción,

leo en un libro de Auden

que las analogías son basura

sobre la que nuestros sentidos basaron la fe.

Si es verdad o no, apenas importa.

He pasado estos días divisando

señales que venían silenciosas

y el recuerdo volvía más reales,

como un fuelle aviva la lumbre

bajo la ceniza que otras llamas han dejado.

Y sé que la analogía es una argucia,

un dilema que a veces seca la garganta,

pero aún así el recuerdo trae

un color que no cambia,

un cuarto hospitalario,

aire nuevo al aire.

También estos deseos invariables

que se van con el tiempo

y quedan.

 

 

CIRUGÍA

 

Recuerdos: la mano que rasuraba su vientre,

la que oponía el éter a su boca,

un rápido sopor, las voces,

los contornos borrándose

Nada después.

Nada. Tres horas que un bisturí

amputó a su vida.

Nada hasta despertar tiritando de frío,

la vía conectada a la vena, alguien

que decía «ya está».

Y el viaje de regreso hasta el cuarto:

el acero del ascensor, un pasadizo interminable,

dibujarse voces y contornos lentamente.

Como otros días la luz en la alcoba,

como tu cuerpo en el lecho,

como las formas, los olores, los recuerdos

de otras, tantas jornadas.

 

 

 

VÉRTIGO

 

Él dijo: sé práctica, nivela la euforia

y la flaqueza, mesura el vértigo

de las cumbres y las simas.

Él, que nunca entendió por qué Sísifo

no se zafó de la piedra.

Que gustaba de largos horizontes

y del clima calmo del invierno.

Imágenes del sosiego y la eternidad.

 

Lo dijo. Y un instante después

habría de venirse abajo, sobre un suelo

movedizo, bajo una luz más ciega.

 

Contuso, vacilante, exhausto,

con una mano aferra las raíces.

Con la otra enciende su mechero.

Y cuanto más le vence el vértigo,

más sujeta la esperanza. ¿Será vana?

 

Nunca se sabe.

 

 

NO ES LO MISMO

 

 

Un sueño: cargas cajas en un coche.

Otro más: peldaños que nos alejan y aproximan.

Un tercero: en algún lugar me abrazas

mientras dices “tranquilo, tranquilo”.

¿Cuál de los tres inicia la secuencia?

Busco interpretarlos. Nada. Nada.

Tengo treinta y nueve años, muchas dudas

y no es lo mismo ir al adiós o al encuentro.

No, no es lo mismo.

Y, como ante un tren que no sé si parte

o regresa, dispongo sólo de un cuerpo

que arrojar a las vías

e interponer a su marcha.

Tranquila, tranquila: es nada más que una metáfora,

y éstas no buscan cumplirse

a diferencia de, a veces, los sueños.

A veces, no siempre.

Y no es lo mismo.

 

 

DESPUÉS

 

Será un día cualquiera, vacío

como la habitación que amanece

vacía, y las cortinas velarán el cielo

limpio del alba.

 

En las calles, otra vez, como hace tiempo,

seremos unos desconocidos.

Unos que la vida juntó en la vida

como a viajeros que comparten vino

y posada antes de proseguir su ruta.

 

Si volvemos a encontrarnos, si de pronto el azar

pespunta sus sedas entre nosotros,

¿cómo mirarte sin pensar que malgastamos

el amor de tanto preocuparnos el amor?

¿Y cómo despedirme e impedir

que, más dentro aún que en las entrañas,

algo se mueva, se inquiete, desgarre

mientras te vas, quién sabe dónde,

calle adelante, tan fuera del tiempo?

 

Después, de nuevo ya todo fundido

en la sombra, despertaré una mañana

en la claridad de un viejo sueño:

un surco blanco atravesará las cortinas

y entibiará el cuarto y mi piel

como ascua lenta.

El recuerdo, después, será la chispa

que antes rutilaba en nuestros ojos

tras el cielo limpio del alba.

 

 

REGALO

 

Un día para extirpar del almanaque. Uno de esos

en que ya levantarse se convierte en una carga

y después todo transcurre como un cólico.

Algo a tachar de la agenda, una cita inoportuna.

Sentado en la cocina, fumo y pienso:

 

¿Y si hubiera muerto años atrás?

 

Durante la infancia, caído del árbol.

Ahogado aquella tarde en el mar.

En el quirófano.

 

Los almendros desnudos de ayer hoy no florecerían

ni un sol vacilante avivará despacio las cosas.

No nos habríamos conocido

ni compartido una charla, un café, un abrazo.

Tampoco ahora fumaría mientras pienso

que ha sido todo un regalo desde entonces.

 

La vida, los almendros y tú.

Cada minuto, cada día. Este día.

 

Un fascinante regalo.

 

 

INVOCACIÓN

 

Queden estas palabras que no sé

si resistirán íntegras al tiempo.

Y con ellas, una visión del mundo

donde el recuerdo, si quiere, descifre

los antiguos mensajes ofrecidos

día a día por la vida.

 

Palabras que hablan con voces diversas,

como si al vaivén de cada momento

personajes distintos concitaran

sueños tornados realidad concreta,

quedamente ofrecida por la vida.

 

Para que cuando sientas esos cantos

de sirenas, sigas libre y consciente,

común a la flor y al pájaro,

del humano sueño en que nos buscamos.

Y halles el quid de lo que somos,

la verdad ofrecida por la vida.

 

 

FUGAZ

 

Y no tendrá dominio la muerte

Dylan Thomas

 

No sé si este poema es el que tú necesitas,

si sus sonidos dicen más que sus silencios.

 

Tómalos como abrigo de lana, como plato caliente.

Si no en ti, en alguna parte de ti habrán de sonar,

aunque yo no sepa guiarlos.

¿Quién puede, con palabras, guiar una voz

cuando el decir y el sonar no son idénticos?

 

Ahora pienso en ti. Es bondadoso este evocar

venido con el frío como el mejor regalo.

¿Pensarás tú en mí? ¿En qué porción

del espacio se unirán los recuerdos?

 

Debe de existir algo sagrado

si este pensar te trae y me lleva.

Un dios manchado con mi misma carne,

respirando con tu mismo aliento.

 

Nada es firme, ya sé, los vientos pasan

trayendo vientos de otras tierras.

También este viento con pájaros

que me estrecha contigo como si tuviera miedo.

 

Miedo a nombrar y romper estos días,

miedo de que te canses y vayas de pronto,

miedo a no saber despedirme

y a carecer de antídoto contra el miedo.

 

Ya he dicho demasiadas veces adiós

y todas esas veces he muerto un poco.

No me digas adiós, quédate siempre,

y no tendrá dominio la muerte.

 

En la hora suprema sabremos por fin

lo que el tiempo ha hecho de nosotros.

 

 

ALGO

 

 

Algo de ti, aun cambiado, queda conmigo.

Viene con el mar, en el idioma extraño

de personas que desconozco

y sin embargo cada día me rodean,

tras el repetido batir de lo vivo

y el deseo de vivirlo.

 

Tal vez también algo de mí quede contigo.

Si es así, como un perro que husmea callejones,

podré seguir el rastro y hallarte al final

de estos días, recibir la luz y el brillo

del mundo que llevas contigo,

o al menos sus pecios de materia encantada

 

 

 

 

 

Esta edición electrónica de Fugaz, de

Juan Ramón Mansilla, realizada 

por Portal de Poesía, ha sido

depositada en la red a los 

cuatro días andados 

del mes de 

agosto del  

año dos 

mil 

tres

.