Juan José Vélez Otero

 

Antología

 

Panorama desde el ático

Ese tren que nos lleva

Juegos de misantropía

El álbum de la memoria

La soledad del nómada

El sonido de la rueca

 

                          

De Panorama desde el ático

 

V

  

Si he venido a colmar de enredaderas

la nieve de tu talle es porque tengo

cansado el corazón de tantos siglos

en busca del incendio de la aurora.

  

Hoy vengo del desorden y a la nada

retornaré con labios florecidos,

al yugo de la noche, a las quimeras

del sueño y al olvido complaciente.

 

Yo seguiré asomado a mis balcones

rodeado de astrolabios y de estrellas,

de inciertos firmamentos y de mirtos

dormidos sobre viejos ataifores.

 

 

X

 

Volver la vista atrás sabe a saliva

de pan y aceite denso en los tunales,

en los cañaverales donde el silbo

de abejas retornantes desbordaba

los aires de la tarde inacabable.

Volver la vista atrás sabe a alhucema

y a la jacarandá de azules sombras

que altiva desde el parque soportaba

bullicios transparentes de canicas.

Volver la vista atrás, hacia las trenzas

de blancos lazos y sangrientas flores,

hacia los senos rosas e incipientes

de la vecina tímida, olorosa.

!Qué aromas de geranios y claveles

me cierran las pestañas!. Y en el alma

¿qué buscan los nevados azahares?.

Volver la vista atrás.

                                Insecto anclado

en los balcones altos de la alcoba. 

 

 

XIV

 

Qué solos los columpios de la plaza

mecidos por el viento. Y la llovizna.

E1 tiempo inexorable en los tejados

que cala como orvallo en la memoria.

Tan sólo los columpios en la lluvia,

tan sólo la quietud, la imperturbable

fachada ante los ojos. Y el olvido.

Ni pájaros, ni luz, ni flores blancas,

ni cintas del color de la amapola.

Tan solos los columpios de la plaza

sin niños, sin ensueño, sin pasado.

La lluvia en la fachada inescrutable

sin luz, sin piedra blanca, sin rumores

azules, sin ufanas cantinelas.

La lluvia de cobalto ante los ojos,

la lluvia de este octubre que no cesa.

Detrás de los visillos hay siluetas

de humanas soledades compartidas. 

 

 

XVI

 

Ya sabes. Es tan bello este ostracismo,

tenderme junto a ti, sentir tus dedos

rodarme por la piel en esta alcoba

caliente y apartada del vacío...

Lo sabes cuando beso, cuando hiero

tu boca con torrentes de amapolas,

lo sabes cuando busco tu saliva

y toco tus pezones como almendras.

La carne hecha canela, el aire entero

dehesas de ambarinas deliciosas.

Lo sabes que me huelen tus cabellos

cual huelen las higueras en septiembre,

cual huelen los geranios en los patios

y el aire de las huertas tras la lluvia.

Es bello estar tendido, acostumbrado

al musgo de las ingles delicadas,

que sólo el tragaluz sea blanca orilla

del mundo que ahí afuera nos pretende.

 

 

XXIV

 

Va glauco declinando del invierno

el día con su lluvia en los alambres

de pájaros vacíos y de abejas.

Las flores de papel y los retratos

callados en las sombras de los muebles

y el ocre cenicero sepultando

los restos de horas áridas y huidas.

Licores en las copas de la tarde

hoy tienen el sabor del estramonio,

y hay flores de alcanfor en los jarrones

y sueños en espejos empolvados

que acaban duplicando la tristeza.

Monótona es la luz en los cristales,

monótona en la piel de la verdina,

monótona en la cal del campanario

y en las desnudas varas de las viñas.

La triste bordadora de las sombras,

sentada al bastidor, hace sudarios

con hilos arrancados al silencio.

     

 

                    

De Ese tren que nos lleva

 

 1

 

 No tardes. Si no vienes la tarde es una hoguera

de gélido cansancio, de lluvia sin sentido.

No tardes, que los peces del mar se desorientan,

se van las avefrías camino del otoño.

 

No tardes. Los jazmines despiertan de la siesta

y vuelven a dormirse callados por la ausencia.

No tardes, que las calles no encienden sus farolas,

ni empiezan en los cines los sueños inventados.

  

No tardes, que te espero sentado en la reliquia

cansada de mi alma antigua como el vino.

No tardes, no me abras las páginas pintadas

de olvidos y resacas, de nieve en los espejos.

 

 

6

 

DABAS BESOS DE PLUMA y de mora agridulce,

dabas besos mojados de verano caliente,

de naranja partida, de silencio y granada.

 

Dabas besos pacientes de saliva infinita

y la noche temblaba toda llena de alas

en los labios desnudos de tu boca sin prisas.

 

Yo besaba tus besos aterido en la noche

y un relámpago azul traspasaba mi lengua

tan descalza en las ascuas de tu lengua encendida.

 

Y me olía a duraznos madurando en el sueño

de tu aliento: racimo convertido en palabra.

 

Y sonaban campanas en tu risa de niña.

 

Y crujían las uvas, y crujían las algas

de tus años tempranos, del fulgor de mis días.

 

 

11

  

SALDRÉ AL AMANECER buscándote en los pétalos

mojados de la tierra. Tal vez entre las sombras

primeras yo te halle lloviéndote en los pechos

la luz y las pavesas desnudas de la aurora.

 

Sabré que habita en ti la miel de los racimos,

que agosto vive ya prendido de tu sexo,

oculto en el secreto salado de tus muslos.

 

Tal vez  recogeré los frutos de las vides

rondándote la lengua con labios temulentos

y borraré palabras antiguas de abandono

copiando un palimpsesto con letras de tu boca.

 

 

14

  

                                            ...yo voy muerto, por la luz

                                            agria de las calles

                                                                 (J.R. Jiménez)

 

 

ES DÍA DE DIFUNTOS, exequias de noviembre,

me anudo la corbata y asisto al funeral

del hombre sumergido en tumbas de ladrillos,

del hombre sepultado que asiste a la agonía.

 

Cuerpos a la deriva por pasillos de insomnio

he visto esta mañana, por las dunas de asfalto

y jardines de hierro; ataúdes de carne

en esquinas heladas. Muertos en las aceras,

todavía calientes, respirando lo hueco.

Muertos en los negocios que producen el oro

que requiere Caronte. 

 

                                      Hoy he visto rebaños

de difuntos al paso que les marca el entierro,

sin dolor ni recelo; el espanto es de vivos

y los muertos no sienten, sólo habitan la nada.

 

Es día de difuntos, día exangüe de niebla,

cementerio de vivos, columbario de ideas,

es un día cualquiera, como tantos, vacío,

sólo lleno de muertos,  sólo lleno de muertos.

 

Muertos, trenes de muertos disidentes de vida,

empañados del vaho que les ciega el cerebro.

 

¿La esperanza está viva? Quién nos pone los trenes

sin cabinas ni vías, sin ventanas al viento.

 

Oh, necrópolis vanas, apestáis al vacío

de las tumbas sin cuerpos. Quién nos pone los trenes...

Olvidad la esperanza, que también dios ha muerto.

 

 

 

19

  

A VECES EL MAR TIENE un extraño sosiego

que las aves imitan, una incierta conciencia

de la vida que pasa inútilmente bella,

hermosamente vana, calladamente quieta.

Es el mudo deseo de ser hoja en la brisa

lo que emulan las aves. A veces el mar tiene

una cierta tristeza que las aves imitan,

el rotundo vacío de un poniente sin ecos

de veranos antiguos. Es la blanca nostalgia

de la infancia sin prisas lo que emulan las aves.

A veces el mar tiene las ventanas abiertas

y el batir de visillos que las aves imitan,

un aroma de fruta otoñal y madura

en el cesto dormido. Es el lento destino

en espejos de agua lo que emulan las aves.

A veces el mar tiene reflejos de mis alas.

 

 

 

22

  

PONME VINO EN LOS LABIOS. Ya no tengo otro afán

que el olvido y la dicha de los líquenes blancos.

 

El sereno silencio me ha marcado en estigma

con letargo de dioses y crisálidas negras.

 

Ponme vino en los labios con los tuyos. ( La copa

no me importa que sea del color de tu carne

ni del tibio cristal de tus muslos desnudos ).

 

Dame vino en la llave poderosa que abra

las entradas al mar del constante abandono.

 

Ponme vino despacio a la orilla del sueño

de tal forma que olvide tantos trenes perdidos.

 

 

 

                    

De Juegos de misantropía

 

 

Qué más quisiera.

Es difícil escribir, en estos tiempos,

de las magnolias blancas,

de los crepúsculos de otoño,

de labios de grosella,

manos de seda

y cuellos de muchachas de Giorgione.

 

Yo qué más quisiera

que hablar de ojos o de estrellas

o de cabellos al viento,

de las zarzamoras de la infancia,

de los huecos vacíos del alma.

 

Qué más quisiera que escribirte un soneto

y enviártelo en telegrama

aunque en ello se me fuera

el jornal del día.

 

Estuve haciendo cuentas

y no me cuadraban los adjetivos

ni los acentos obligados;

quedaba antigua la referencia al beso.

 

Qué más quisiera, amor,

que regalarte un sueño,

que regalarte un pétalo.

 

 

 

Este espejo del cuarto de baño

me conoce como yo mismo,

casi me habla.

Por las mañanas me saluda

con sus pecas blancas de jabón

y salpicaduras de crema dental.

Por la noche aparta la vista

por no ver la cara mustia y cansada,

la de poros violentos y ojos de pescado.

Este espejo del cuarto de baño

conoce mis secretos íntimos

y mi verdad oculta:

la ansiedad precisa de los fracasos

de los días y las noches,

cotidianos, repetidos,

sin solución aparente.

A este espejo

hace tiempo que se le pudrió

la lámpara,

pero me observa y saluda

desde la sombra sorda,

desde la eterna nada

que florece en el silencio.

 

 

 

En mi cocina vive una cucaracha roja.

 

Cuando llego por las noches

me recibe huyendo,

y yo, por costumbre ebrio,

me siento en la silla de formica beige

y le hablo dulcemente

con voz de algodón

y alcohol de tabernas.

 

Pero ella, paciente e irrespetuosa,

espera a que se apague la luz

para salir de nuevo,

alevosa y nocturnal,

a hurgar en mis cacharros,

obviándome,

despreciando mi ternura.

 

Hoy he llegado a pensar

que somos incompatibles

y que no hay ya lugar

para los dos

en esta casa.

 

 

 

Bésame la boca

con tu boca de rosas,

con tu boca de mirtos,

con tu boca de cáscara de naranja mandarina.

Bésame la boca

y ahuyenta mi tristeza de lata en la basura.

Llévame al garaje,

el día es frío y ando a tres pistones.

Bésame.

Famélico de labios me ato a la camilla

y fumo del recuerdo.

Bésame la boca,

píntate los labios de carmín oscuro

y bésame la boca

con tu boca de cáscara de naranja mandarina.

 

 

 

El corazón

le trazaba los pasos

de zapatos viejos y noches apagadas.

El corazón, testarudo, repetía

su historia de amor

o soledad de cometa.

 

Era historia o drama,

encanto o sueño,

delicado júbilo.

 

Su médico

no había de entender el secreto dulce

de ese vicio compulsivo,

un cigarrillo tras otro,

las bocanadas nerviosas,

las succiones inquietas

por repetir la dicha,

oh, la soledad colmada,

la bella debilidad

que el corazón anhela.

 

Un cigarrillo tras otro,

el compulsivo deseo

de bajar al bar y pisar contento,

arrogante y tierno,

extender la mano,

sonriente, casi ebrio.

 

Su soledad huía al escuchar la voz,

la voz sin rostro que ahuyentaba al frío:

-”Su tabaco, gracias.”

 

 

                    

De El álbum de la memoria

 

 

Las uvas, claro ámbar de septiembre,

son gotas de cristal tostado y oro,

son lámparas de sol y de rocío

que penden del silencio: luz y polvo.

 

Son signos que el estío en su agonía

ofrece hasta la tierra desde el hondo,

oscuro corazón de las raíces

en dócil parto lento y armonioso.

 

La dulce voz de sombra en los lagares

ya canta la presencia del otoño.

 

 

 

 

Me gusta como huele la tarde en los plumieres,

la luz que desde el atrio se asoma a las ventanas

y baña los pupitres, los mapas, los cuadernos,

los libros de hojas gruesas y pastas ya gastadas

por años casi eternos; son libros del hermano

que ya pasó de clase y estudia la pisada

historia de este pueblo. Me afligen esas letras,

de hielo y leche, escritas en la pizarra amarga:

son símbolos cansados de niños silenciosos,

tan tristes como el Cristo que cuelga sobre el mapa.

Me gustan los colores, las líneas de los ríos,

los montes, los países que viven en el atlas.

Me angustia lo del tiempo, lo eterno, irretornable,

y el miedo que no entiendo por qué me aprieta el alma.

 

  

 

 

Aquellos días viven en un álbum

que huele a chocolate y pegamento,

a estampas de otros mares y a almanaques

que andan de puntillas por el tiempo.

 

Aquella tarde, alcoba del otoño,

tenía una penumbra de colegios

y un silencio de mosca solitaria

y un pulso de campanas en el viento.

 

Un nido de cuartillas en la mesa:

la vez primera que doliera un verso.

 

La tarde era un cristal. Sentí un poema

caer como una hoja sobre el sueño.

 

 

 

 

Este tiempo de hojas y amapolas dormidas,

esperando en la sala las cigüeñas lejanas

y las yemas macizas de la parra desnuda

a través de la fría, siempre turbia ventana.

 

Ese frío callado de las aulas oscuras

anhelando vencejos en palmeras y tapias

y un tumulto de alas y libélulas rojas

en la brisa nerviosa que alborota las cañas.

 

Este invierno cansado, de ponientes nubosos,

en la lluvia postrado, tan antiguo en las aguas,

es un musgo paciente, ceniciento y opaco,

encorvado en el tiempo que enmohece a la plata.

 

 

 

Porque tienen las calles esquinas transparentes

y pasan bicicletas con sonidos de siesta,

porque son más enormes las paredes del patio

y hay un ramo de sol reflejado en mi mesa.

 

Porque van las muchachas con las piernas desnudas

y los brazos al sol como estatuas inquietas,

y hay más luz en el aire y más aire en la carne

y más fuego y ardor en la flor de las venas.

 

Porque hace una tregua el vacío en mis ojos

y en mi lengua renace un sabor a planeta.

Porque tiene la tarde otra luz y otro cielo,

porque huelen los parques como en días de fiesta.

 

Porque suena la savia y se encienden las noches

con farolas de voces y cristales de menta.

 

Porque habita en mi cuerpo un tumulto de insectos

y se hunde en el gozo este alma que tiembla.

 

 

 

                    

De La soledad del nómada

 

 

 

 

       LA LUZ DE LA NOSTALGIA

 

Si no fuera de noche

saldría a buscar futuro,

saldría a buscar

desnudo entre los árboles

el antídoto fugaz

contra el desamparo.

 

Si no fuera de noche

todo sería diferente: la inocencia,

el color, la casa, los espejos,

la luz severa de los muelles,

la voz irreductible de la fiebre,

el canto interminable de los grillos.

 

No debiera proclamar con el silencio

el golpe seco y pertinaz

del tiempo que me habita.

La memoria es un pájaro disecado

que mira hacia la nada

en su mutismo,

el veneno tenaz y reiterado,

reiterado

y tenaz de la nostalgia.

 

Sería diferente si no fuera de noche,

mas ya puse en la vasija a fermentar

las horas que se fueron con el sueño

y nos dejaron brindando solos

en el porche

con un vaso apagado de su vino.

 

Sería diferente.

Nunca recordé un presente feliz,

aunque estimo el pasado

en su luz como dichoso.

 

Si no fuera de noche

saldría a quemar las naves

de esta plomiza nostalgia.

 

Me pregunto si los muertos

echan de menos la vida.

 

 

                   RETORNO (Paréntesis)

 

                                          “This used to be my playground”

 

Esta solía ser la calle donde jugabas,

la calle de los murciélagos

surgiendo en tropel de las bodegas

cuando afinaban sus élitros

los primeros grillos de la noche,

la calle donde al sol, por las mañanas,

dormían las lagartijas de las tapias.

 

Solía ser en esta calle

donde ocupabas las tardes

inmensas del verano

entre el navazo y la playa,

donde eran dulces las siestas y sencillas,

largas, debajo de los árboles dorados,

la calle espectadora de los pájaros,

de insectos y de cal; de los visillos.

 

Solía ser la calle donde jugabas,

la calle de las primeras lluvias,

de las oscuras nubes de poniente

y amarillas hojas otoñales.

 

La calle del silencio.

 

Después llegaba el invierno

y podaban las moreras: la luz

donde las ramas, sobre las piedras

desnudas.

 

Cuántas veces, merienda en la mano,

esperabas que tu padre

regresara del trabajo

con los primeros desmayos del crepúsculo.

 

Solía ser la calle donde jugabas,

la de amigos olvidados,

la de amigos ya turbios

por la niebla del cronómetro,

la calle indeleble en la memoria

el paladar y los ojos. La calle

donde vuelves perdido buscando las farolas,

a barrer con la vista las puertas del sueño,

a llorar la distancia con tus ojos vacíos,

a llenar de rumor ese hueco del alma.

 

                   ORFEO

              Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,

                             ¿ha empezado a retoñar?

 

                                                                      T. S. ELIOT

 

En noches de olvido como ésta,

en mi propia fiesta y sin dolor,

discreto en la penumbra de la sala,

oigo canciones viejas y converso

con este borracho, invitado de ceniza,

que me acompaña.

 

Mi casa tiene el calor, en estas noches,

de un cuerpo joven de mujer

entre las sábanas,

y huele al humo de la marihuana

y al aire que tienen las bodegas en septiembre.

 

Nada hay espectacular en estas noches,

pero entiendo más intensamente

el secreto animal de la existencia

y encuentro hermoso el paso incomprensible

de los años.

                     No es nada extraño que a veces,

después del abandono de un naufragio,

lleguemos a la costa asidos a un tablero

que despedazamos presto en la derrota

para hacer fuego en la arena

y tendernos junto a él, como una gata,

a dar calor al cansancio.

 

No es necesario que nadie sepa de qué hablo.

Estoy otra vez sobre la tierra,

pisando con la carne viva de mis pies

esta tierra que amo.

 

He visitado el infierno,

y de la mano de nadie.

 

 

 

                   TATUAJE

 

No te esfuerces en huir

ni en buscar horizontes más allá

de las montañas.

 

No juegues a encontrar

el país desconocido,

ni valles nuevos

de paz

entre los montes del alma.

 

La soledad te habrá de hallar

en el cubil más lejano,

en la más fría casa olvidada,

 

pues con la negra máscara

de su rostro

tatuada llevas la piel.

 

 

                ÚLTIMO ASUNTO

 

      Estoy cansado de haber soñado pero no cansado de soñar

 

                                                                      F. PESSOA

                          

Quema las fotos de los álbumes,

si tienes,

y rompe los espejos de la casa.

 

Cierra los armarios con sus llaves

y tíralas al pozo del olvido.

 

Que tus vecinos no vean

la luz en las ventanas,

ni salgan mensajes de duda

con el humo de tu chimenea.

 

Cámbiate a un nuevo lugar y sigue

contemplando a tu vez la diferencia

entre el hombre y su sueño de más vida.

 

Volverás tranquilo y solo

a pasear por las calles extrañas,

pues no te habrá de delatar

tu rostro turbio de actor secundario.

 

Las puertas a escena

pocas veces se abren.

 

Deshazte para siempre del guión

y exhibe en la bandeja tu cabeza sangrante.

 

Lo que pudo ser no ha sido.

 

 

                    

De El sonido de la rueca

 

 

Ahogado en soledad, duela de olvido,
ujier del abandono, día a día
frecuento el lupanar de la poesía.
Y sueño, no descanso, lucho, pido

la luz; viene la sombra, el alarido
nielado, sin cesar la lluvia fría,
la noche viene negra, la agonía
de amar la aurora azul y estar perdido.

Enferma, la razón quiere dejarla,
mas llama a la pasión, tierna rabiza
y muero por morderla y por besarla.

Se escapa por la sangre y descuartiza
con saña el corazón, que por amarla,
la toma por hetaira y por nodriza.

 

 

 

(MIRANDO MI PRIMER RELOJ)

De cuando en cuando vienen los colores
tiñendo los recuerdos; primaveras
pasadas, luminosas, verdaderas,
grávidas de campanas y de flores.

Memorias que son plumas o rumores,
regresan manejando mil esferas
de días transcurridos en quimeras,
de tiempo aprisionado en los tambores.

No queda al mecanismo más que espuma
del mar, que muerto, permanece atado
al fósil del metal y de la bruma.

No queda en el reloj más que pasado,
cristal espectador del tiempo. En suma:
pasado en el presente anquilosado.

 

 

 

Si hoy es puro candor, mañana ocaso
será lo que ayer fue alba temprana,
la tarde justo antes fue mañana
nacido ya el destino en su fracaso.

Si ónice eres hoy, serás payaso
del tiempo y asomado a la ventana
de plata observarás tu cara vana
cansada de viajar paso tras paso.

Te espera en su lugar la hija de Ceres,
narcisos en sus manos, luto viste.
Ayer se hace mañana aunque no quieres.

Un hacha hay que tu espalda no resiste.
Ya nadie te verá como ahora eres
y tú verte querrás como antes fuiste.

 

 

Os miro y viene el humo de la infancia
opaco y amarillo a mi cabeza
expuesta del otoño a la tristeza.
Os miro en esta foto quieta y rancia,

Jacinto, Luis, Manuel, Jesús, fragancia
de tinta y borrador. Con qué presteza
el tiempo, sueño ayer, hoy despereza
su voz de liquen negro en la distancia.

¿Quién pudo aquí amarrar el tiempo al nudo
escueto del papel y la memoria?
Quien pudo sostener el tiempo pudo

parar en luz de ayer la lenta noria
de olvido y soledad, de llanto mudo,
de efímero soñar y vana historia.

 

 

Esta Antología, de 

Juan José Vélez Otero,  ha sido

depositada en la Red a los 

tres días andados 

del mes de octubre

del  año 

dos mil 

seis

.