Juan Ignacio González


 

Los nombres de la herida


 

 


«Amar es un lugar.

Perdura en lo más hondo, es de donde venimos.

Y también el lugar donde queda la vida».

Joan Margarit

 

 

UNE HISTOIRE DE SABLE

 

«Por Dios ¿quién se enamora en un jardín

donde no hay rosas ni azahares?»

 

Hafsa Bint Handum

 

Por si algún día encontraras desnudos estos versos

y la piedad propicia que les dieras cobijo,

advierto que su arena invade las estancias

y hará que habite en ti

el rumor de las olas con que fueron escritos,

la última pleamar del cuerpo del esclavo,

lacerado de noches,

que fuera el amanuense de todos sus deseos.

 

Abrirán cada página

de aquel viejo cuaderno de las profecías

y cada amanecer,

el pájaro que anuncia las horas del olvido

caerá rendido en ti.

En ti se quedarán la sal y el astrolabio,

y contar los sonidos de la palabra herida

será el oficio entonces de todos tus desvelos.

 

No sabrán donde hallarme, 

quien amó tanto que después del diluvio

puso a secar al sol las pieles de los otros

se habrá marchado lejos.

 

Quizás me reconozcan

en las huellas que dejen mis pasos por  sus playas.

No volverán a verme,

me iré como se parte, con las ruinas del alba,

tal como quedó escrito

en la página última del libro de las horas:

«El tiempo ha decretado la esperanza

y yo, fiel escudero,

                                    me he puesto a su servicio».

 

 

CANCIÓN PARA LA NOCHE ÚLTIMA

 

«¿en dónde está la herida y dónde los testigos?»

Abu I-Fadl  Quarim

 

Si fuera suficiente con las lágrimas,

bastarían estos ríos que nos crecen

a medida que el miedo se aproxima.

 

Si la espada temblara

cada vez que la sangre tiñera los poemas,

sería suficiente la pasión desmedida

y la luna sería 

la luz que me anunciara el final de la guerra.

 

Si la mirada hiriera 

como hiere la noche los sueños no cumplidos,

todo me lo dirían tus ojos suplicantes.

 

¿Pero dónde la herida y dónde los testigos?

 

 

NOCTURNO POR EL PUERTO

 

Habrá que declarar que todo lo vivido

no cabe en las sentinas del recuerdo,

que algún deseo fue un levísimo sueño

que huyo de nuestro lado

como las bailarinas, de puntillas,

en noches de tabernas.

 

Que de aquellas derrotas quedaron estos versos

en cuyo favor baste

saber que se escribieron al socaire del alma,

atados al noray de los puertos del miedo

cuando las singladuras tocaron a su fin

y el corsario entregó su noche a los incendios,

a beber sin mesura,

buscando islas de paz donde habitó la dicha

en la piel de la espera.

 

Y el único tesoro, quizás, fuera la luz,

la hermosa llamarada de unos ojos

que eclipsaron la luna en largas travesías 

por las rutas del norte.

 

Por ellos fui capaz de abandonar la espada

y apurar así el alba en los labios del viento.

 

 

UNA CASA EN USHUAIA

 

La primera memoria no deja muchos datos,

acaso algún apunte en el cuaderno

vencido por los años,

los demonios que moran

por los cuadros ajados de la estancia.

 

La vida hubiera sido 

un sendero amarillo sin tus ojos,

una dársena fría 

donde en los estuarios el horror

no hallara su reposo.

 

Pero fue en estas tierras

donde la cordillera humilla su estatura

para entregarse al mar,

donde encontré el refugio de los años de ausencia.

 

Esta casa en Ushuaia al pie de los neveros,

donde acaso algún día

merecerá la pena morir bajo otro cielo.

 

Y en ella estabas tú

acunando en el patio el frío de la noche.

 

Y en ella quiero entonces

que el tiempo nos encuentre en los nudos de un árbol,

y ser enredadera 

                                y no ser ya más nada.

 

 

YO NO QUIERO TENER UNA VEJEZ TRANQUILA

 

Tengo que reescribir el libro de las horas

porque no quedan muchas.

No quedan muchas horas para hacer

que los sueños se cumplan

y sé que inevitablemente vendrán a contraluz

los últimos destellos de tu risa,

la insondable

presencia de las tardes sin tu boca.

 

La soledad son cuervos que graznan ateridos,

el peligroso juego del andamio,

las úlceras del día,

                                   la cadencia

del paso que se aquieta tras la puerta,

las cartas del cartero de Neruda

que aguardan sin respuesta en el buzón

vacío de la aurora.

 

Por los cotos vedados de la dicha

aún alcanzo a prender en tus pupilas

la luz iridiscente

que anuncia los remansos de tu piel en invierno.

Después, 

                  no quedará ya nada.

 

Y sé que hay que incendiar del nuevo el mundo

como el abecedario incendia la escritura,

que amar urgentemente es necesario,

que hay que prender las garras sobre el lomo

que anuncia la insondable cordura de los locos,

 

y agitarse, 

                    como se agita el corazón de madrugada

cuando no hay  esperanza.

 

Y no quiero tener una vejez tranquila.

 

 

MEMORIAS DE UN CAMPESINO POLACO

 

Treblinka 1942

 

 

Puede que la barbarie haya ocurrido.

 

Sucede que alguien muere

y deja de sembrar campos de rosas,

que unas manos cautivas

hurgan en los resquicios de la duda,

que alguien pasa detrás de la alambrada

con el gesto aterido

y en el pecho se agolpan

trenes que se detienen en mitad de la noche

en la estación vacía.

 

Por los campos de girasoles ciegos

la luciérnaga alumbra los crímenes del día.

 

«Cantó el ave tres veces,

tres veces aulló el hombre su dolor

mientras la tierra,

lentamente adensaba las cenizas del odio

y contemplé el arado abrir surcos de llanto

que hoy me llaman de antiguo

por los largos abismos del recuerdo».

 

Solo un anciano levantó los ojos:

 

«Todos nosotros sabemos lo que ocurre

¿y no decimos nada?

La hora del silencio

también nos compromete y hace cómplices».

 

 

LA MURALLA Y LA LIRA

 

Para Coral Espiniella

 

 

Alguna vez se enciende la luz tras las derrotas

y pueden contemplarse los campos arrasados,

otro mar y otro tiempo donde dejó la espera

jirones de tristeza,

o ver cómo el invierno prepara sus incendios

para las pocas gotas de la dicha.

 

Y he aquí que una niña

siembra amapolas por  las tierras yermas,

amansa con sus dedos las pieles ateridas,

recoge tu dolor para el dolor ajeno

y el sollozo,

                       ese arrullo

que escapa por las grietas de la vida,

se aquieta en el paisaje de sus ojos.

 

Y son como el preludio de toda la esperanza

y con ellos pespuntas nuevas cartografías

—la clara geometría del tiempo por venir—

 

Te salvan de haber sido otra cosa que sueño,

contigo y junto a ti escrutan la mañana

y ahuyentan el espanto.

 

Y aunque estas no sean horas

de llamar a la puerta del corazón,

estás, como Lord Byron, feliz y satisfecho

tomando un vaso de agua

a las seis en punto de la madrugada.

 

 

LA MIRADA DEL HÉROE

 

«He observado que usted siempre duerme

con una luz encendida»

R. Craft a Igor Stravinski

 

Otras cosas diré de los tiempos que aguardan:

habrán de ser salvajes

                                          como las tempestades

que arrecian de costado frente al mar de la vida,

en la distancia mágica

que medie entre la niebla y las tinieblas.

 

Serán  vientos del sur —habrá calima—

y traerán a tu orilla las arenas del día,

el dolor de los cuerpos humillados

de los recolectores de azafrán de Thera,

el barro de las uñas

de los niños de adobe de Ceilán,

las corroídas manos

del teñidor de sedas de Damasco,

las pieles laceradas

de las tristes muchachas de Kabul.

 

Acudirá a tu boca la sed de los vencidos

y harán  falta tus ojos que, como luminarias,

alumbren el camino del agua de los pozos

cegados de Eritrea.

 

Entonces,

                   solo entonces,

todo estará  ya en paz y habrás vencido,

y entrará, poco a poco, en tu jardín la sombra.

 

 

UNA VENTANA AL SUR

 

Para que fuera posible la casa,

antes fue la madera

y el ramaje frondoso donde, a veces,

los pájaros construyen su linaje,

y, claro está,

                       la lluvia

que anegó los paisajes del bosque de la infancia,

la sierra de metal del maderero

y el ebanista que amansó los nudos

sobre el febril tablero la vida.

 

Y fue preciso entonces

que el amor levantara las paredes

a prueba de los golpes de la infamia,

los muros del cercado de la dicha

donde nació la vida 

en el vientre sereno de la tarde

y una ventana al sur donde la espera

de los ojos de un niño,

que escrutaba el cristal de la memoria, 

vio regresar los pasos de los suyos.

 

 

LOS NOMBRES DE LA HERIDA

 

No hay nada más amable que la herida

cuando dibuja en ti todas las horas

del paso lento de las latitudes.

 

Puedes llamarla azul

                                       y se despiertan

crisálidas de otoño en sus orillas

y la luz del silencio se abre paso

por los desfiladeros de la ausencia,

en la rodilla rota del niño que, descalzo,

jugaba en las orillas de una playa en el sur.

 

Luego fue marchitándose contigo

y se llamó dolor

                              y tal vez frío

y fue en ella cauterio aquel beso de madre

que atemperó el dolor tras la sangría,

apósito que el tiempo fue adhiriendo

al borde mismo de su labio abierto.

 

Y si fue en otro tiempo compañera,

hoy es la cicatriz que nos recuerda

que hubo otro invierno de dolor y dicha.

 

 

LA IMPOSTURA

 

«Vivo en un archipiélago de bruma.

Mi oficio: separar la luz del humo»

José Daniel García

 

De todos los que tuve ninguno fue mi nombre.

Cuando me hicieron tierra yo luché por no serlo,

mi dolor se hizo rastro en el camino

y barro tras la lluvia, 

para seguir los pasos de los seres que amé.

 

Sin querer descubrí que también era rama

y rama me pusieron. 

 

Terco y audaz crecí por entre las derrotas,

después fui solo hoja caída en un otoño

donde el sol buriló los espejos del miedo,

las zozobras del día

y me condujo a ser quien nunca he sido,

a ser solo silencio en medio del silencio.

 

Más tarde fui  la luz al pairo de tus ojos

y broté entre los muros, aterido de frío,

por esta madriguera donde nacen los sueños.

 

Desde entonces sostengo que quiero ser un árbol

o mejor la raíz de un árbol milenario

—como aquel que construye una nueva memoria—

que guarde en su corteza los puntos cardinales,

los mil cuerpos del viento,

                                                  los frutos del deseo

y una pequeña flor que les dispute

el aire limpio a las azaleas.

 

 

LA MUJER OLVIDADA

 

Queda prohibido hablar de un tiempo de cerezas,

del reino de la luz y de la sombra.

No hay más que un norte umbrío, en nuestros ojos

nunca fue primavera, mis amigas

no fueron a la escuela.

 

Trazamos este surco del camino del agua,

fuimos esclavas, putas,

abnegadas muchachas al capricho del amo.

 

Ningún dios escuchó nuestras plegarias,

mudos fueron los tiempos de la dicha

y de hinojos plantamos la semilla,

recogimos el té, la lluvia, el aire,

la flor del azafrán del sueño cercenado.

 

Dimos luz a la muerte

que arraciman las barcas en negras travesías, 

amamantamos hijos en los pechos resecos,

aquietamos su llanto con nuestro propio llanto.

 

¿Sobre qué paz queréis vencer ahora?

¿qué látigo no hirió lo suficiente

nuestra piel lacerada?

¿quién tiene fe en el hombre si su mano

alimentó la hoguera de los siglos

donde se consumió nuestra esperanza?

 

Sólo nosotras solas

y un canto de tristeza que aflora en nuestros labios.

 

 

NUEVO TRATADO DEL ARTE DE LA GUERRA

 

«Lo supremo en el arte de la guerra

consiste en someter al enemigo sin darle batalla»

Sun Tzu

 

I.             APROXIMACIONES DE LA GUERRA.

 

Es posible que tenga varias definiciones

para esto que le ocurre.

Sin embargo, en nosotros, es tanta la costumbre

que no sé si llamarlo ni siquiera incidente,

conflicto, simple roce,…

tal vez, lo que le sucede, es su falta de práctica

de vivir con lo puesto (y llegar a perderlo).

 

 

II.           LA DIRECCIÓN DE LA GUERRA.

 

No importa que se empeñe en trasladar al norte

las líneas de este frente,

advierto que en nosotros impera la costumbre

de dormitar al sol a ciertas horas

ignorando en qué lado se arracima

el musgo de los árboles   

 

 

III.        LA ESTRATEGIA OFENSIVA.

 

Pruebe usted con el ruido, ya hace tiempo,

que no hay ni una palabra que nos mueva

por muy soez que puede parecerle.

 

 

IV.        DISPOSICIONES.

 

No tenemos ninguna,

salvo que usted disponga de crímenes perfectos

que cursen sin dolor y en poco tiempo.

 

 

V.          ENERGÍA.

 

Si procede del vino aún habrá tregua,

podemos indicarle una posada

en medio del camino.

El agua también sirve, pero menos,

quedará usted muy digno si aprovecha

los torrentes del campo de batalla

para darse unas friegas

antes de que le impongan las medallas.

(Disculpe nuestra ausencia en dichos actos)

 

 

VI.        PUNTOS DÉBILES Y PUNTOS FUERTES.

 

Pongamos que los hay

y que importan un bledo

 

 

VII.     MANIOBRA.

 

Inútil distraernos con argucias

propias de tiempos de legiones sórdidas

que acatan la orden ciega de morir con honor

por exiguas soldadas y para gloria ajena.

Un guerrero que huye

siempre es un combatiente para futuras luchas. 

 

 

VIII.    LAS NUEVE VARIABLES.

 

De las nueve variables de una guerra

sólo volver a casa es la que importa.

 

 

IX.         MARCHAS.

 

Presumo agotadoras incursiones

en el terreno hostil del enemigo,

algún himno marcial fiel a los pasos

del cortejo triunfal y los discursos   

de aquél que no ha salido de Palacio

y pasará a la historia de estas ruinas.

 

 

X.           EL TERRENO.

 

Preñado de naranjos y cerezos,

lejos del lodazal en que se empeñan

se asemejen los campos de batalla. 

 

 

XI.         LAS NUEVE CLASES DE TERRENO.

 

Darán para un cultivo extraordinario,

abonados de cuerpos mutilados,

llenos de arroyos rojos como lirios,

alfombrados de piras funerarias.

 

 

XII.      ATAQUE DE FUEGO.

 

Nos bastará una hoguera, no es preciso

que incendie el mediodía, tenga en cuenta

que la llama calcina y no son horas.

 

 

XIII.     SOBRE EL USO DE ESPÍAS.

 

No envíe usted a la lluvia, se lo advierto,

es demasiado explícita su ausencia entre nosotros.

 

 

LAS POETAS

 

 

Lo dejan todo escrito por si acaso

vinieran a buscarlas

tipos de barba rala y rostro frío

por el crimen sagrado de su oficio.

 

Llegan y hablan de amor lo necesario.

Cuando vuelven las nubes

                                                  amenazan

con ponerse al servicio de la causa

del triste exilio de las olvidadas.

 

Son como los viajeros, cada noche

relatan ante el fuego sus desdichas.

De vez en cuando,

                                   el agua,

produce una incisión en su coraza

y por ella se cuelan las palabras,

se acercan a la lumbre,

                                          las pronuncian

con la solemnidad de los adioses.

 

Vienen de la otra orilla de los sueños

y dejan en ofrenda las cenizas

que guardan en el cuenco de los días.

 

Iluminan la costa por si llegas

en noches de tormentas y aguaceros

y te tienden la mano si agonizas

y te dan otra vida si es preciso

y te entregan la suya si la pides.

 

Darían lo que fuera

                                     —estoy seguro—

por no verte llorar en primavera.

 

 

UN EPITAFIO PARA AQUELLOS QUE SEPARÓ LA GUERRA

 

«Buscábamos la paz

y hallamos en sus ojos las púas del acero»

 

(Reescritura sobre unos versos de Sidney Keyes)

 

 

I

 

«Aquí te traigo, amor,

trenes llenos de ausencias

por los largos caminos de hierro del olvido.

 

Un norte umbrío,

                                el hilo del dolor

atado a la cometa

que ha surcado mis noches ateridas.

 

Bajo los puentes se ocultaban los niños

huyendo del invierno  

                                        y las hogueras

alimentaban llantos y caricias

con que acunar los sueños y mecer el espanto.

 

Yo crucé por delante de sus ojos

y no supe mirar sus corazones.

Todo fue inútil, ninguno sobrevive.

 

Te dejo pues el pétalo,

                                         la sombra

de Antígona en silencio con sus hombros desnudos,

los campos yermos del amanecer.

 

Sólo te tuve a ti, y tú estás lejos»   

 

 

II

 

«Yo te dejo la lluvia

enredada a tus pies como cauterio.

 

Un sur nihilista,

el vino del dolor y de la ira.

 

Tantos años de muerte junto al Escamandro,

por la sombra de Helena.

Todas las cicatrices en los muros de Troya,

la inútil muerte de Áyax o de Paris,

por una túnica vacía.

 

Te dejo las crecidas del mar,

                                                     los laberintos,

las heridas abiertas

sobre el pecho-refugio de los náufragos

y un puerto de arribada donde la espera duele.

 

Ni violetas, ni adelfas,

                                          la espuma de los días

y un cuaderno vencido

donde dejar escrito el epitafio.

 

Oh, sí al menos pudiéramos amarnos

toda esta larga noche que presagio».

 

 

LE PECHEUR D´ETOILES

 

Si fuera necesario rescatar una tarde

tal vez nos quede invicta

aquella sobre el mármol de una vieja mesilla

llena de lapiceros de colores

gastados por el uso junto a un estuche roto,

la alquimia del puchero y los platos de barro,

mientras madre trasiega en la cocina

el milagro diario de la exigua soldada.

 

Un sol se me dibuja por el pliego arrugado

de aquél papel de estraza junto al fuego.

 

Parece que una casa se asomara a lo lejos,

las formas de un camino donde ladran los perros,

las grietas del tejado y las teselas blancas,

las esquirlas azules de una nube insondable,

un padre que regresa con las manos vencidas

y deja los aperos en los recibidores

y una vieja chaqueta colgada  tras la puerta.

 

Hoy crece la maleza por los muros de adobe

y el vendaval barrió los pasos por la estancia.

 

Merecería la pena regresar al origen

y hacerlo en primavera,

pero avanza la noche con su manto de estrellas

y es ya el último tren

                                       y no hay billetes.

 

 

LA SOMBRA LUMINOSA

 

A Juan Garay

 

 

Sostengo   que no hay nubes más densas que tus ojos,

plegarias más amargas que la ausencia de ti,

que todo lo rodea un halo de tristeza

cada vez que te nombro y no apareces.

 

Y si tú no te apareces en los sueños

procede hablar de amor más allá de la ley

y encender con tu luz insurrecciones.

 

No está lejos la costa ni lejos el naufragio

donde el mar nos arrastra deportados de ti

como en los palmerales de Ceilán.

 

Y al final todo es esto:

los vapores que encallan en los bajos del río,

los sauces que recuerdan la orilla del Danubio,

la flor de adormidera que decora la noche

igual que en los jardines del palacio de Estío

en la ciudad Celeste.

 

Y bajo a las orillas a recoger el agua

como los arcaduces recogen la esperanza

para adensar el mar con la sal de las lágrimas

en los salvoconductos de la noche,

en el cristal fractal de la memoria

de la cartografía de los poetas.

 

Puso el invierno precio a la derrota

y empieza a dibujarse su contorno sin ti.

 

 

LA GARE D´AUSTERLITZ (1962)

 

«Allí quedará ella con sus extraños frutos

para que un niño ciego pueda encontrar mis pasos»

César Dávila Andrade

 

 

Durante mucho tiempo no pronuncié su nombre,

lo grabé en la memoria

como graban las aves migratorias su ruta,

como aprenden los niños el canto de los pájaros.

 

Una ciudad antigua

escribe por los frisos de los muros su historia.

 

Aquí las puertas guardan el poso de la ausencia,

personajes de esquina con una vida rota

esperan hace un siglo en las salas vacías.

Hay un reloj que marca las horas a tu paso

y un ruido de fogón en las locomotoras

regresa  por los viejos hangares de la duda,

los mozos de estación arrastran equipajes.

El uniforme gris de los gendarmes

exige pasaportes, pone color al aire

y hay un olor a óxido

en las viejas columnas de estas escalinatas.

 

Llegas temprano, al alba,

                                               vienes de un norte umbrío

y todos los adioses caben en estas cartas

gastadas por los años.

 

Ya hemos estado aquí:

Madre saca del bolso un pan sagrado,

reparte entre sus hijos las migas del silencio

y abre el cofre del beso como una luminaria

—la niñez son los pasos por este viejo andén

asido de su mano—

 

Quedan cinco minutos para este tren que tiene

miles de ventanillas para las despedidas.

 

Es verdad que fue ayer

–la esquirla de un ayer que se hizo eterno—

pero ya nada importa

si todo lo que amas va contigo

en el compartimento de un vagón de tercera.

 

Yo soy un niño ciego sentado en tu maleta.

 

 

MADRES DE MAYO

 

Como quien baila un tango doliente hacia las tres

y gira haciendo surcos en torno de una plaza,

igual que en la gramola se disputan los ángeles

los cantos de la infancia, vienes del arrabal

corajuda y preciosa con tu pañuelo blanco

atado a la memoria, a buscarme en la luz

de la desesperanza.

                                     Nunca dejes de hacerlo.

 

Yo sé que hay lindos sueños que nos arrebataron,

que ya no hay luz porteña que ilumine tus días,

ni calles donde hallarme, ni el farol encendido 

en el zaguán del patio espera mi regreso.

 

Sigue buscando madre

y para si algún día perdieras la esperanza,

recuerda que hoy es jueves

                                                  y los jueves hay ronda.

 

 

LA OTRA VERDAD

 

«En mi jardín pastan los héroes».

Heberto Padilla

 

 

Quizás este poema nunca debió escribirse

porque no habla de amor

                                               ni tiende puentes

hacia islas donde aguardan, agraviados de olvido,

los náufragos de todas las derrotas,

ni levanta inventarios de los tiempos de dicha,

ni describe las tardes aciagas sin tus ojos.

 

No esperes encontrar la cuerda en el noray

donde la lluvia, a veces,

                                             negó la singladura

y fue el puerto refugio de la espera.

 

En él la muerte nunca será una fantasía.

 

Sólo describe al hombre que cultiva las sombras

con el secreto afán de que, algún día,

broten del tallo seco los sueños no cumplidos

y en ti se hagan cigarra

                                           y luz

                                                     y vida.

 

Igual que en los jardines del poeta

por esta soledad, también, pastan los héroes.

 

 

UNA PALABRA MÁS

 

Una palabra más,

que deje en ti un paisaje, hermoso y desolado,

como el fin de una guerra,

las islas de coral de los deseos

y una noche que cierre sus postigos al miedo

y se encadene a un nombre de muchacha.

 

Una palabra más,

triste como una tumba en tierras extranjeras

donde ya nadie acude a depositar flores,

que anuncie los regresos de una tormenta blanca.

Un ópalo de amor que nos dibuje

la dicha en una tarde de aguaceros.

 

Una palabra más,

que sea como un barco que te lleve

a una ciudad sin nombre

en los fondeaderos del recuerdo,

por valles donde nunca anidaron los sueños

—yo estuve allí, fue infierno todo el año—

Un camino de antorchas que ilumine los rostros,

que borre los espacios de la sombra

y busque hallar cauterio a todas la derrotas.

 

Una palabra más,

que permita poner luz a la herida.

 

 

EN TIERRAS COMO ESTAS

 

Yo vengo de otras tierras, de lugares extraños

donde las cataratas del dolor

vierten su sed de siglos sobre la piel de un niño.

 

Otros mares he visto donde las tempestades

del odio se alimentan y el hacha fratricida

acecha como un lobo hambriento en la espesura.

    

Vengo huyendo del lodo en que se ahogan los justos,

de la pared proscrita  de los fusilamientos,

de las fosas abiertas frente a las libertades.

 

Aquí traigo, escondidas, estas pocas palabras

que logré cosechar y rescatar del frío.

 

He llegado hasta ti, no me preguntes cómo.

 

Abro la mano, extiendo las cenizas,

muestro las cicatrices que laceran mi piel

y escruto tu mirada en busca de clemencia.

 

Sólo sé que este sol es cauterio a mi herida,

que he logrado secarme al calor de tu hoguera,

que dejo de temblar cada vez  que te nombro.

 

Y en tierras como estas

quiero hallar mi consuelo y germinar mi estirpe

—lejos del frío y lejos de la noche—

sobre tu vientre dulce de mujer.

 

 

TODOS LOS DÍAS ESTÁN LLENOS DE DIOSES

 

«…sale a la calle, el más majestuoso de los hombres,

el dios cojo, el dios obrero»

Yannis Ritsos

 

«Oh, los 36 hombres buenos del Talmud»

 

 

Para los días pequeños

con su pequeño corazón de nube,

con su angostura de nube y corazón.

 

Para el eco

de  una voz que repite sus verdades

en la pared proscrita de las calles del miedo.

 

Ello hablan de ti, dicen «ahora»

y el cuerpo es solamente la tierra solitaria

en el rincón que habitas,

mientras tejen tus sueños e hilvanan madrugadas.

 

Hay quienes, de entre ellos,

arrasados los ojos y rotas las orillas,

ahorman las miradas que te acunan

y en ellas apareces

y por ellas incendias los paisajes del mundo.

 

A veces, sólo un gesto los delata

en esas avenidas de inviernos y neblinas

y, a veces, sólo queda

el chirrido del gozne de su ausencia.

Y cuando alguna noche

imaginas, en sueños, el amor,

más allá de las fábulas de un niño,

ellos ponen en orden el reloj de la vida,

retrasan sus agujas

para ver como el tiempo se enmaraña en tus días.

 

La hiedra, que amanece y asciende por tu almohada,

el olor del café, la lluvia afuera,

no es más que la esperanza, la de ellos y la tuya.

 

Su única razón para estar vivos.

 

 

ARGUMENTARIO

 

Si hubiera que escribir una historia de amor,

propongo un río negro y en la orilla

una casa encalada en la ladera

del último refugio de la dicha.

 

Un padre que silente mañanea

su ruido amortiguado en la cocina,

el beso breve de la despedida,

las manos que te arropan si hace frío, 

el barcal de los sueños, 

                                           la cocina

donde caldea la leña

el agua de la fuente del Caliru.

 

Madre tiende la ropa al sol de invierno

y yo atrapo los sueños

que llegan desde el valle, 

                                                pronto el día

dibuja el escenario de los cuentos

y pone luz a todas las derrotas.

 

 

DE SENECTUTE

 

«Concédeme el olvido si vas a darme años»

Antonio Manilla

 

 

Quiero que me acompañes sin mentiras 

por el último llanto

y cuando te lo pida, me mires a los ojos.

 

Los surcos sobre el rostro 

no son más que el testigo de los años febriles 

plegada como un junco al amor de los míos.

 

Querer como he querido después de tanta historia,

es ya el único oficio doliente que me resta.

 

¿No lo sabes? la dicha es un espejo,

un huésped importuno que llega a altas horas.

 

Ya no tengo la edad de los consejos,

pero, por si te sirve, escucha este silencio,

tal vez te diga algo de los años de bruma

o te lo diga todo del olvido.

 

 

SKYLINES

 

Nacieron para ser la luz del mundo

a mayor gloria de los elegidos,

para grabar a fuego 

el delgado hilo rojo del poder

y acercar a los dioses 

la efímera virtud de los nuevos profetas

y disputarle a cielo toda gloria.

 

Sobre sus azoteas se arracimaba el sol,

como un equilibrista 

en la postal del tiempo de la dicha. 

Entre sus cristaleras se ovillaban los hombres

como esclavos febriles de los mercaderes.

 

Hoy no son más que el último refugio

que anticipa los pasos del suicida.

 

 

EXTRAÑO PARECIDO

 

Para Marta  Vega Platas

 

«Buenas noches padre»

 

 

Se parece a la noche 

cuando aquieta los sueños de la infancia,

al hombre que portaba las nubes a su espalda

para regar con ellas los tapiales 

llenos de crisantemos amarillos.

 

A aquel que hacía que nieve y tierra se fundieran

y se sentaba luego 

al pie de las colinas de Balmori

a ver crecer los tallos de abrazo

y apagaba su sed con los murmullos

de los recitativos de sus hijas 

con la tabla del cinco.

 

Al que levantó el barco de la dicha 

en las noches de luz del astillero, 

y corrigió la puntas del cometa,

el trazo de la cola de la Osa Mayor, 

para que todo el viento de la historia

girará en torno tuyo.

 

Qué extraño parecido encuentras hoy

sobre ese rastro azul que se dibuja 

en el sol de sus pasos

por estas madrugadas de las grúas silentes.

 

 

LOS POEMAS SON CASAS OCUPADAS

 

Los poemas son casas ocupadas

por inquilinos turbios (nunca pagan la renta).

Ponen las lavadoras a deshora,

cuelgan con impudicia su vida en los tendales,

tienen perdido el patio de basuras,

riegan las plantas con alcohol barato,

se pasean desnudos por las habitaciones

con la ventana abierta,

                                           montan fiestas

en el rellano de las escaleras,

el portero (sospecho que es su cómplice)

si no puede vencerlos se apunta a las verbenas.

 

Realquilan los trasteros a gente indeseable,

no te saludan en los ascensores,

no dejan ni una luz en los portales,

mientras que en los buzones se arraciman las cartas

con las que hacen hogueras en invierno.

 

Hay tipos muy extraños entre ellos,

el del tercero izquierda, por ejemplo,

no sale de su casa desde el setenta y seis

dicen que tiene deudas de juego,

                                                             que lo buscan

por un lio de faldas, detrás de los visillos

se pueden ver las muescas que marca en las paredes

cada mañana  a la que sobrevive.

 

Las casas en que habitan los poemas

son lugares poco recomendables,

 

la gente bien del barrio

evita pasear por sus aceras.

 

A veces hay redadas

(guardan  el «material» en los desvanes),

pero hay cándidos niños, resabiados,

que simulan jugar en los portones

y «dan el agua» si la pasma ronda.

 

 

UN JARDÍN EN INVIERNO

 

Balada para Enol

 

«Nada sabe de amor quien vuelve vivo»

Antonio Sánchez Zamarreño

 

 

Vienes a devolverme una patria perdida,

cual si fueras el último

                                           de los héroes griegos.

Rompes los sellos lacrados por los siglos

y recorres mil veces, si es preciso,

las dunas que te acercan a mi cuerpo.

 

Y, al cabo, eres hermoso

como lo es el dolor de las ausencias,

como cuando cruzamos, cogidos de la mano,

todas las avenidas del miedo  de la infancia.

 

Y te instalas aquí, aquí en mi pecho

y te quedas conmigo

a pastorear  al hombre de las nieves,

a dar luz a los sueños con canciones de cuna

a jugar con los duendes de la noche.

 

La calma es siempre un río donde se baña un niño. 

 

 

ELLA EN SILENCIO

 

La lengua en la que escribes

procede del rosal de la memoria,

como una contradanza

es hija de los cuentos, 

                                         la niñez,

no sería la misma sin la música

del verso que te acuna,

sin la pasión solemne

de aquel adusto profesor de geografía

que te enseñaba a hollar en diccionarios

las palabras que nacen en los mapas.

 

La lengua en la que escribes

aguarda en sus torrentes

una esperanza nueva cada otoño,

la soledad silente de las cosas,

el mar que se abre en ella cada noche,

capaz de describir los territorios

donde la ausencia esconde su tristeza

y algunas madrugadas,

puebla las hojas muertas de los libros.

 

 

LOS NIÑOS PERDIDOS DE LÍDICE

 

Para Jonathan Alwars,  que me enseñó el camino de Lídice

 

 

¿Qué podemos hacer frente al delirio?

¿Caminar por las sombras buscando la esperanza,

los cuadernos bañados de lágrimas y ausencias,

el país de la nieve y de la bruma,

                                                           las pisadas del frío?

 

¿Qué decir de la muerte si tiene ojos de niño?

Cuando los niños mueren,

                                                mueren todas las cosas,

el agua y los colores se oscurecen

y se agolpa en el pecho y en la herida

la terrible cadencia del columpio vacío,

el tintero de sangre del pupitre vacío,

el secante de lágrimas de las cuencas vacías.

 

Si mañana florecen el limón y la espiga

y brotan por el mundo los rosales de Lídice,

¿a quién entregaremos el dibujo y la espada?

¿quién pondrá risas sobre el alfabeto?

¿quién va a acallar los gritos de la casa?

¿quién va a dejar dormirse los tambores del bosque?

¿quién llevará juguetes a la tumba aterida?

 

Nacerá de los cuerpos gaseados

y vendrá de la brasa y de la ira.

 

¿Por qué cuando murieron

                                                la poesía no murió con ellos?

Estela de la luz frente al olvido,

hay sal en las rodillas de los niños

y sal hay en las trenzas de las niñas

para llevar,

                     del amor al puñal, a la poesía.

 

Si nosotros no fuimos,

¿quién firmó entonces las consignas del crimen?

¿quién no detuvo a tiempo la mano y la ignominia?

 

¿A cuántos Heydrich es preciso matar,

para vengar cada lirio de Lídice?

Qué decir de la muerte si tiene ojos de niño?.

Cuando los niños mueren,

mueren todas las cosas,

el agua y los colores se oscurecen,

y se agolpa en el pecho y en la herida

la terrible cadencia del columpio vacío,

el tintero de sangre del pupitre vacío,

el secante de lágrimas de las cuencas vacías.

 

Si mañana florecen el limón y la espiga,

y brotan por el mundo los rosales de Lidice,

¿a quién entregaremos el dibujo y la espada?

¿quién pondrá risas sobre el alfabeto?

¿quién va a acallar los gritos de la casa?

¿quén va a dejar dormidos los tambores del bosque?

¿quién llevará juguetes a la tumba aterida?

Nacerán de los cuerpos gaseados,

y vendrá de las brasas y la ira.

Qué decir de la muerte si tiene ojos de niño?.

Cuando los niños mueren,

mueren todas las cosas,

el agua y los colores se oscurecen,

y se agolpa en el pecho y en la herida

la terrible cadencia del columpio vacío,

el tintero de sangre del pupitre vacío,

el secante de lágrimas de las cuencas vacías.

 

Si mañana florecen el limón y la espiga,

y brotan por el mundo los rosales de Lidice,

¿a quién entregaremos el dibujo y la espada?

¿quién pondrá risas sobre el alfabeto?

¿quién va a acallar los gritos de la casa?

¿quén va a dejar dormidos los tambores del bosque?

¿quién llevará juguetes a la tumba aterida?

Nacerán de los cuerpos gaseados,

y vendrá de las brasas y la ira....

¿Qué decir de la muerte si tiene ojos de niño?.

Cuando los niños mueren,

mueren todas las cosas,

el agua y los colores se oscurecen,

y se agolpa en el pecho y en la herida

la terrible cadencia del columpio vacío,

el tintero de sangre del pupitre vacío,

el secante de lágrimas de las cuencas vacías.

 

Si mañana florecen el limón y la espiga,

y brotan por el mundo los rosales de Lidice,

¿a quién entregaremos el dibujo y la espada?

¿quién pondrá risas sobre el alfabeto?

¿quién va a acallar los gritos de la casa?

¿quén va a dejar dormidos los tambores del bosque?

¿quién llevará juguetes a la tumba aterida?

Nacerán de los cuerpos gaseados,

y vendrá de las brasas y la ira.

 

¿Por qué cuando murieron,

la poesía no murió con ellos?.

Estela de la luz frente al olvido,

hay sal en las rodillas de los niños,

y sal hay en las trenzas de las niñas,

para llevar

del amor al puñal, a la poesía.

 

Si nosotros no fuimos,

¿quién firmó entonces las consignas del crimen?

¿quién no detuvo a tiempo la mano y la ignominia?

 

¿A cuántos Heydrich es preciso matar,

para vengar cada lirio de Lidice?.

 

Gijón- Madrid (Plaza del Angel) 23 de noviembre de 2012

 

 

LOS GAJES DEL OFICIO

 

Curioso oficio es este que consiste

en recoger, como los arcaduces,

el agua que en los charcos

han dejado unos ojos suplicantes

y verterla de nuevo en el poema.

 

 

ANOTACIONES A PIE DE TIEMPO

 

«Como un ciego que cruza una calle en sueños

y de pronto lo abraza una mujer desnuda»

Hamutal Bar-Yosef

 

No albergó más deseo

que mirar el paisaje que dibujan los ríos

desde la angosta luz de su buhardilla.

Olvidaba las prendas en los árboles,

se bañaba desnudo en los neveros,

no importaba el invierno.

 

Hubo un tiempo, recuerdo,

en que fingía dormir todos los sueños

no fueran a encontrarlo las musas predispuesto,

sediento de licores y muchachas.

 

Dibujó este pequeño medallón rosáceo,

aún no alcanzo a entender qué significa.

Selló la última carta,

dejó escrito un poema para los hijos muertos,

prendió fuego

                            muy cerca de la puerta,

los bomberos,

no hallaron sino esquirlas de un diario

guardado con sigilo en los cajones

y un pequeño rosario cuyas cuentas

semejaban los labios de una herida.

 

 

CUALQUIER OTOÑO TIENE SUS FRACASOS

 

«¿Cuántas veces tendrá que ser noviembre?»

Sara A. Palicio

 

 

Sólo puedo ofrecerte este techo de hojas.

He lavado las prendas del oprobio,

he visto como fluye por los ríos

toda la sangre impura de mi raza.

 

Te guardaré la casa por si vuelves,

el dolor contenido,

                                  algunas moras

que resisten el paso de los días,

un mundo que se llena de pájaros silentes,

los hijos que se van a la ciudad sin nombre

y el fondo de los pozos anegados

—las orillas azules del crepúsculo—

 

Y si todo sucede y no hay regreso,

enséñame las formas del camino 

que pasan por los márgenes del bosque, 

los lirios que se mueren quedamente,

las formas de buscarte en la memoria.

 

Déjame ser otoño, desprenderme

de esta vieja tristeza que se agita

en las salas de espera del silencio.

 

Quiero encontrar los párpados que anuncian

con su claudicación toda la lluvia

o besar el cañón de la pistola

con el borde aterido de los labios.

 

 

SÓLO LA DANZA

 

Se fueron los paisajes de la infancia,

sólo me queda de ellos el recuerdo

que se agita desnudo en las fotos en sepia:

un pequeño archipiélago de brumas

donde una mano de mujer dormía

mi sueño en su regazo,

                                           ese gesto,

de la caricia triste que purifica el llanto,

las voces del maestro por la sala,

recitando a Machado,

los niños que cantaban

las tablas de la edad de nueve en nueve.

 

Sé que al cabo, quizás, de tanta vida,

aún quedaran las rutas que no hicimos

marcadas en los mapas

y una mesa de mármol, siempre en vela,

donde aguardan las hojas suplicantes.

 

Quiero que hagáis con ellas barcazas de papel

para las ensenadas de la vida.

Ellas serán la carpa que levante

en noches de tormenta  la esperanza,

o el pozo que serene la tristeza

con las manchas del miedo en su brocal. 

 

No dejéis ni una flor

en las letras desnudas de las lápidas,

quedan prohibidas las jaculatorias.

 

 

Vended mi biblioteca a cualquier precio,

que sólo sea la danza del olvido

el testigo de cargo del adiós.

Dejad que procesionen las hormigas

hasta sellar las puertas de los labios.

 

 

AHORA

 

Ahora que aún no ha partido el tren a Auschwitz,

ni hay ruido de motores en el Enola Gay.

 

En este mismo instante en que el silencio

anuncia los jirones del Napalm

en la piel lacerada de las niñas.

 

Ahora que la calma precede a la tormenta

y el dolor

                  al delirio.

 

Mientras el general busca su pluma

para firmar el genocidio

y la sentencia del reo no ha sido ejecutada todavía.

 

¿No hay piedad en tus ojos

en esta larga noche de la espera?

 

 

CARTOGRAFÍA

 

Cuando vuelva el monzón,

yo seguiré durmiendo entre paredes frías

muy cerca del zaguán de la muralla.

Tengo la misma edad que este silencio

que rompen cada día

los viejos mercaderes de la plaza.

 

Y si llega el verano antes de tiempo,

buscadme por los mapas del olvido,

cerca de los burdeles de esta ciudad que habito.

 

Ellos fueron refugio de la lluvia

que incesante se abate por los sueños.

Y no olvidéis dejar unas monedas

junto a los viejos pliegos del diario.

 

Con ellos hago nidos para pájaros

y los niños se acercan con asombro

a aprender el oficio de estar vivos.

 

 

LOS PRELUDIOS DEL SUEÑO

 

Seguro que esta noche aparecerán ellos,

¡menudos son los tíos!

Se instalarán en todos los huecos de la casa,

romperán este orden sagrado de los libros

y quemarán algunos

para hacer acampadas junto al fuego.

 

Saben de mi obsesión perpetua por las normas

y las quebrarán todas. 

Apurarán el whisky y la ginebra,

mejor por otra parte,

                                       nunca pude

beberla sin estilo y a deshora

como dicen los crápulas que debe

usarse el matarratas.

 

Sacudirán el frío

—conocen mi indolencia con las cartas—

jugándose a los naipes las propinas,

todos son camareros o taxistas,

limpiabotas de aceras o porteros

de tugurios infames y Night Clubs.

 

Nunca supe muy bien cuál fue mi suerte

ni cómo salí vivo de su encuentro,

sólo sé que hace años que me habitan

las terrazas al frío de la noche

y sé que dispondrán su artillería

por las baldosas húmedas del patio.

 

¡Ay!  pobres,  las vecinas,  ¡ qué vergüenza!

tendrán que recoger sus tendederos

antes de que se burlen del tallaje.

 

Se acabarán el pan, la pasta, el vino,

las cajas de estos fármacos  malditos

que curan la ansiedad y los desmanes.

 

Liarán con los prospectos algún vicio

o pedirán papel y algún cigarro,

a voz en grito, por los ventanales.

Usarán como filtros los tampones,

¡habrá bronca, seguro, con la jefa!

 

Luego, cuando claudiquen,

                                                   ya muy tarde,

se les oirá cantar como a los tunos

en las tascas del fondo de la calle.

 

Dejarán el portal hecho una mierda,

se infiltrarán mil veces

por las rendijas mismas de la puerta.

 

Los vecinos vendrán mañana a verme,

correctos como siempre, a sugerirme,

que les deje dormir cuando estén ellos

o que al menos lo anuncie en la escalera

para unirse al reclamo del encuentro

y tendré que explicarles que estos truhanes

vienen de ocupas en los plenilunios,

que pagan el peaje de estar vivos

al fresco anochecer de los otoños.

 

Nunca nadie habrá estado más seguro

que cuando se te cuelan en los sueños.

 

 

SABIA LUZ LA POESÍA

 

«Si uno no muere un poco por los otros

acaba por morirse del todo y no se entera»

Josep María Font-Espina

 

 

Ella viene de lejos,

corre, danza, se agita con voz entrecortada.

Alguien la oyó cruzar por el sendero,

no se quiso morir varada en una playa.

 

Debe haber sido anoche,

lleva un cuchillo amargo clavado junto al pecho

y los labios heridos por una daga blanca.

Trae en las uñas tierra de patrias extranjeras

y con ella construye los regazos

donde acunar la ausencia de los hijos.

 

Ella amansa los miedos

con esa libertad con que lloran los niños,

con sorbitos de ron y soledades

y enseguida amanece la vida entre sus manos.

Alumbra con su llama las cárceles del día,

las celdas de la espera donde habitó el olvido.

 

Llega con sus abrazos.

Tiene, como las flores, ese don

de brotar donde quiere.

 

Te dice: «No estás solo»

y el mundo se agiganta porque tú no estás solo

y vierte sobre ti toda la lluvia.

 

Esa que llaman lágrimas los hombres.

 

 

CASAS DE ACOGIDA

 

«Buenas noches Príncipes de Maine,

Reyes de Nueva Inglaterra»

John Irving

 

 

Tendrás que descubrirlo tú algún día,

las muchachas son de color de miel,

tienen el alma

cubierta de una extensa pradera donde el miedo

se aquietará despacio.

 

¿Tienes frío?

no es más que un gris invierno,

                                                           pasan pronto

las lunas eclipsadas de los sueños.

Encenderé la lumbre antes de irme,

te arroparé de nuevo con abrazos.

 

Te oí llorar anoche, ya lo sabes,

los hombres también lloran, las ausencias

causan dolor.

                          No tienes mucha fiebre.

Algunas veces, te temblarán las manos,

tendrás  que levantarte cada día

con la triste canción de haber crecido

lejos de las derrotas de los tuyos.

 

Ellos, quizás, quién sabe, tal vez sufran

en la infinita paz de los vencidos.  

Quiero verte crecer lejos del fuego,

crecer y que los labios de la herida

cicatricen de nuevo en algún niño

que tenga el mismo rostro que ahora miro.        

 

Mañana, si, mañana,

haremos los deberes de la escuela.

Hoy sólo quiero que recuerdes esto. 

 

 

TRECE ROSAS. (ACRÓSTICO CON UNA HERIDA DENTRO)

 

Altas pasan las nubes, madre, sobre este cielo 

Abierto como un rayo frente a las libertades. 

Búscame en los rincones de la casa encendida

Con el secreto afán de quien nunca se rinde.

 

Debo dejarte escritos estos torpes renglones 

Entre la soledad y los delirios. 

Jura que cuando crezcan mis hermanas pequeñas

Jamás será el olvido una palabra tuya.

 

Las rosas de la espera 

Morirán la mañana en que todo se olvide.

Por eso, si te alcanzan los sueños, mis deseos 

Vendrán de entre la bruma a verte cada noche.

 

Vivirás para verlos brotar en primavera.

 

[Las trece Rosas fusiladas por el régimen franquista en Madrid, el 5 de agosto de 1939:

 Adelina García Casillas, Ana López Gallego, Blanca Brisac Vázquez,

Carmen Barrero Aguado, Dionisia Manzanero Salas, Elena Gil Olaya,

Joaquina López Laffite, Julia Conesa Conesa, Luisa Rodríguez de la Fuente,

Martina Barroso García, Pilar Bueno Ibáñez, Victoria Muñoz García

 y Virtudes González García.]


 

LA CASA AZUL. (FRIDA KAHLO).

 

Yo que seguí los pasos de todas las jaurías

y hurgué por mis entrañas, como buscan los lobos 

el ácido epicentro de la carne,

para dar de comer al hijo muerto.

 

Que llenaba las páginas de todos los cuadernos

con el quebranto amargo del cuerpo dolorido. 

Que transité a deshora

de la cama de noche a la cama de día.

 

Que hice con los dibujos agrias constelaciones

donde cada cometa trazaba extraños signos

en mi boca de arena.

                                       Y en cada cicatriz

edifiqué los templos de la dicha

y albergué las caricias de un amante furtivo

para escapar después a la casa del padre 

herida por los ojos del búho de la noche.

 

Que tuve devoción por la nictalopía

y crucé desde el alba las ciudades en ruinas

sin importar a dónde me llevaran 

las rutas del deseo.

 

Os dejo todo esto:

viejas cartas de amor en la mesa camilla,

los otoños de herrumbre y soledad,

el alcohol por la piel enfebrecida,

las migajas del tiempo de la ausencia,

los frascos con los fármacos, 

                                                     la hierba

que atemperó el dolor del vientre estéril.

 

Colgad sobre los muros las cintas amarillas,

haced con mi tristeza esta sonata negra 

en el claro de luna

y recoged el cesto de los sueños

en esta casa azul donde aún aguardan,

junto a la vieja caja de colores,

los pinceles el día.

 

 

EL CAMARERO DEL TITANIC

 

¿Ansiosa por llegar? ¿va usted muy lejos?

aún le faltan semanas

                                         este viaje

se le hará eterno asida a la baranda

debe pensarlo antes, tendrá frío,

póngase esta chaqueta o acabará aterida,

los caminos del norte tienen eso.

 

Dígame usted ¿a quién tiene en la otra orilla?

¿algún amor acaso? ah sí, los hijos

por ellos, ya se sabe,

uno cruzaría el mundo.

 

Malditas madrugadas, desde el puente,

aún puede verse el muelle, le aconsejo

ponerse a buen recaudo de los vientos,

es terrible y traidor este oleaje.

 

Yo estoy acostumbrado

trabajo en estos barcos, siempre viajo

en la zona de carga  que hay sobre la sentina  

por un jornal menguado.

                                               A los míos,

les escribo, de tarde en tarde, cartas,                                              

los condenados

ya no me reconocen,  tengo miedo

que la vida no alcance para verlos

crecer lejos del mar.

 

Si necesita algo, ya lo sabe,

hay doncellas dispuestas a ayudarla,

me voy a la bodega de equipajes.

 

Que tenga usted buen viaje y no se olvide

de besarlos por todos los que,

                                                       a veces,

lloramos sin consuelo en una playa.

 

 

MANUAL DE SOMBRAS

 

«Que me perdonen una vez más los olvidados»

Miguel Floriano Traseira

 

 

Si venís a buscarme

me hallareis a la orilla de este oasis

cerca del palmeral donde recojo

los dátiles del tiempo.

 

He perpetrado el crimen del oficio,

recoged mis cuadernos, 

                                            soy culpable 

de todos los oprobios.

Volver la vida al riego de la vida,

dejando atrás la noche,

es todo cuanto quise y lo he cumplido.

 

Yo no tuve elección, si acaso puse 

la pasión obsesiva por el orden

que rompo en cada verso

con el tacto febril de las arañas

y esa manera de subvertir las horas

cuando sólo es tristeza lo que anuncian.

 

Recordadlo:

nada será el poema si no nombra, 

uno por uno, a los olvidados,

si no es el mensajero de la dicha

en la baranda gris de los suicidas,

si no llena de luz los tragaluces

de la celda aterida de los nadies, 

si no crepita al fuego 

en la isla de los náufragos, 

                                                  si apenas,

rozara vuestra piel 

camino de la carne, verbo adentro,

a través de la herida de los años.

 

Vuestro será el manual del hechicero

donde escondo el secreto de la pócima 

si los ojos arrecian.

 

 

EL CEREMONIAL DE LOS ADIOSES

 

«La familia es una carta muy de vez en cuando»

Alba González Sanz

 

 

Prosiga usted sin mí, no le hago falta.

El camino se pierde entre las sombras 

y yo ya estoy muy viejo para el cántaro

de sed en los meandros, 

                                             más abajo,

hay un lago de sal, todas las noches

vierten en él los ríos los crímenes del odio

a la hora exacta en la que muere un niño.

Ya no caben más lágrimas.

 

En las orillas han puesto enredaderas, 

disimulan muy bien este paisaje

devastado de luz, 

                                 las esperanzas

son como los otoños, se marchitan

ateridas del frío de la espera.

 

Al final del sendero hay un poblado,

hay viejos que recuerdan el origen,

mujeres que trasiegan el menguado jornal,

en las albercas,

los muchachos aún juegan a ser hombres

y se bañan desnudos,

                                         han tatuado

sobres su piel los signos del olvido,

han bebido el brebaje

que acuna la promesa del regreso

y consultan la brújula y los mapas.

Ojala llegue a tiempo, 

                                          le recuerdo

que las barcas esperan en la costa

para llevarlos lejos 

tras el ceremonial de los adioses.

 

 

LAS TARJETAS POSTALES

 

Mi abuelo, el ferroviario, nos mandaba postales,

las guardo en un cajón contra el olvido.

Aún conservan la tinta desvaída,

los sellos con el rostro del tirano, 

las torpes cicatrices de las letras,

los abrazos rituales 

                                     y esa firma,

escueta y apretada, de quien no fue a la escuela.

 

Han viajado conmigo en los inviernos

en los que nos tocaba hacer mudanza

y fueron el cauterio a la nostalgia

de quien  no vuelve nunca a los lugares

donde anidan los suyos.

 

Hay en ellas paisajes imposibles

para mis pies de niño del exilio,

un sol que se burila en los espejos

de un mar lleno de calma,

casas llenas de luces, 

                                       las praderas 

de una aldea perdida en la memoria

y una calle preciosa que no atino

a saber ubicar en ningún mapa.

 

Algún día, 

acabarán marchitas en el cesto

de los papeles viejos,

vencidas por los años y la bruma 

o en un puesto del Rastro de domingo.

 

Y otras manos habrá que hallen en ellas, 

sobre el sepia raído de sus láminas, 

el hilo del cometa que nos ata 

al eterno dolor de haber vivido.

 

 

LA MUCHACHA DE LA BIBLIOTECA

 

La veo recorrer la última página,

no tiene veinte años, aún no duda

si plegarse al ocaso de los dioses

o habitar el jardín de las delicias.

 

Me gustaría decirle:

que soy quien agoniza en el poema

tras el último verso, que el sendero,

que describe el cuaderno se hizo barro,

roída desmemoria, agua estancada,

en el cieno del día.

 

Que amé la libertad, ciertos crepúsculos,

que anunciaban la noche y sus licencias.

 

No quiero que pregunte,

ya no sé casi nada de la dicha,

soy un cuerpo que cruza la avenida

buscando ese refugio de los árboles

entre la indiferencia y la quietud.

 

Que me lleve consigo, le diría,

no importa a qué rincón,

                                              sé que habrá formas

de cuerpos enlazados en la hierba,

lejos de las paredes de esta celda,

donde hace siglos ya nadie sacude

el pobre canto de las elegías.

 

Y que no deje nunca que la vida

sea más que una opereta de la farsa,

la triste historia del bufón que esconde

todo el dolor del alma tras la risa.

 

Igual que cuando acaba la memoria

debiera disolverse el escenario,

así espero que acabe ella algún día

alimentando de su mano a un niño

en el palco de luz de la esperanza. 

 

Allí me encontrará ciego de dudas.

 

 

DE LA MEMORIA

 

«Y  he aquí que nosotros, aún no salvados, vivos,

golpeamos la sombra, en medio de la noche»

Carlos Bousoño

 

Nada dijo de todos sus desvelos,

se acostumbró al silencio

pespunteando los sueños de los hijos.

 

Procedía, 

de un dolor muy antiguo,

                                                junto al pecho 

tenía las cicatrices de los años de infancia,

de un padre ebrio y putero

y una madre enfermiza y desolada.

 

Siempre tuvo las piernas encogidas

de fregar de rodillas.

                                       Desde los ocho años,

usó cofia y mandil como sirvienta 

en casas bien de una ciudad lejana.

 

Algunas noches,

mi hermano y yo, la oíamos llorar

y luego, al alba,

servía el café con pan del desayuno

y recorría despacio con nosotros 

las calles ateridas, 

                                  los rincones

donde la soledad busca refugio.

 

Nunca supo escribir, no le hizo falta, 

las ausencias, 

no tuvieron cabida en ningún libro.

 

Amó sin condiciones, tuvo suerte

buscando compañero para el viaje.

 

Amamantó la vida

con canciones de siembra y con boleros

—aún resuenan, preciosos, por los patios—

mientras tendía la ropa al sol

en los otoños

                         que ya no verá nunca.

 

Soy la historia de todos sus desvelos,

por eso alumbro puentes 

por rutas que no van a ningún sitio,

construyo soledades con las migas

que me dejó su ausencia,

                                               en la cocina,

aparto las lentejas como, a veces,

lo hacía en su regazo

y mantengo la lumbre por si vuelve.

 

Nunca decir te quiero fue tan cierto

como cuando salía de sus labios.

 

 

LA RUTA DE LA SEDA

 

«Vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo»

Proverbio Tuareg

 

 

Quiero que me despojes de mi vestido blanco.

He cruzado con él los ríos amarillos,

las cúpulas del mar,

                                     los minaretes

desde cuyos balcones se puede oír el cielo,

la estepa interminable, las orillas

donde el junco se pliega entre los ríos.

 

Fui princesa en los bellos harenes de los sueños,

desnuda me bañé junto a las barcas

en puertos donde el alma sólo espera

a que llegue en la noche confidente

la desembocadura de la carne.

 

Fui madre en las entrañas de un imperio

dormido para siempre en la memoria.

Di a luz lejos del fuego de los míos

a solas por las rutas del silencio.

 

Esclava lacerada entre las dunas,

tengo una extraña herida aquí en el pecho.

No olvido los  oasis del desierto

donde el miedo remansa sus latidos

y sigo el paso de las caravanas

como una procesión de luminarias.

 

El camino hasta ti se me hizo eterno,

por eso llevo rotas al albarcas

y conservo este sueño desde niña

que busca su guarida muy cerca de tu cuerpo

para ser algún día luz o ruina.

 

Yo quiero ser aurora en la punta de tus dedos,

ser aurora camino del delirio,

ser aurora o no querer ser nada.

 

Y antes de que el alba nos alcance

—no te des mucha prisa con la seda

con que cubro mi cuerpo hospitalario—

quiero anegar en ti todas las lágrimas.  

 

Como los Tuaregs yo tengo el tiempo,

lo demás es mejor que no lo sepas nunca.

 

 

PROTOCOLO PRINCIPAL PARA UNA MOCIÓN CONTRA EL TIEMPO

 

Para Alejandro

«y desamordazarte y regresarte»

Miguel Hernández

 

Te llevaré muy alto,

por encima del aire y de las nubes,

más allá de las ruinas de  este templo aterido

donde se depositan los sueños cada noche.

 

Haré de ti refugio de arribada,

el puerto de la espera

frente a la muerte oscura de las balsas.

 

Quiero enseñarte el mar por si regresas,

el mar y estas orillas de la costa

y poner voz a todo lo que ocurre

y dejarte en las manos alguna flor marchita

del tiempo interminable de la ausencia.

 

Que quepas en las huellas de mis pasos

que recorren el mundo que no vives

ahítos de buscarte.

Y quiero ser contigo luz y vida

lejos de las tinieblas de los sueños.

 

Y que la voz de un dios en quien no creo

arañe la tristeza del silencio.

 

 

UN PUÑADO DE NUBES

 

«y en una hermosa plaza liberada

me detendré a llorar por los ausentes»

Pablo Milanés

 

 

Ellas pasan despacio y ciegan el instante,

la minúscula espera que asemeja un abismo

donde agoniza el día

                                       y te llevan muy lejos,

como si el tiempo entonces anunciara la muerte.

 

Luego ocurre que todo se parece a sus ojos

y entonces todo brota de nuevo,

                                                           la esperanza,

el caudaloso río de gentes en la plaza.

 

Enseguida te cercan unas manos amigas

y entonces lo descubres,

el amor es el dueño

                                     del tiempo

                                                          de la espera.

 

El paso de las nubes,

su relación secreta con la sombra,

no es más que este preludio donde se anuncia un alba

que tú habrás de vivir con la condena

de ser feliz por todos los ausentes.

 

 

LA PIEL DESHABITADA

 

Se precisa un lugar donde todo sea olvido

y la piedad se ahorme por las paredes frías

de sus estancias tristes. 

                                           

Un  espacio escondido donde habitar la dicha 

sobre una piel desnuda que ya no espera a nadie

para que nada ya sucumba a la esperanza 

y que el amor explique la alquimia de la noche.

 

Sobrevivir al miedo entre el dolor y el frío

que brotan de unos labios que se asoman

a una mañana gris con flores secas

y hacer que nos sacuda, después de este silencio,

el preludio del sueño de todos los amantes

que vuelven a ocupar la piel deshabitada.

 

Y ser como la luna, 

que no esconde su brillo aunque se encuentre sola.

 

 

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

 

He pasado las noches 

en jardines al raso junto a las Tullerías,

soñando con abrir las cartas del destierro 

que no llegaron nunca.

 

He plegado mis sueños al himno de una patria

que me ofreció tu ausencia por toda compañía.

Puedes leer los surcos de mis manos,

ofrezco cada día flores a los viajeros

en la antigua estación del Quai D´orsay

 

Tuve miedo y el miedo

dibujó por mi piel estas arrugas tristes

que son como los mapas de todas las fronteras

que me alejan del Atlas.

 

Sólo quiero que sepas

que he vivido en las calles algunas primaveras

entregando a los pájaros las migas del silencio.

 

Ojalá que algún día puedan leer tus labios

la lluvia que ahora arrecia por mis ojos

y que las pleamares acerquen a tu orilla

todas las esperanzas que los años de frío

me fueron amputando.

 

Mi vida cabe entera 

en estas andrajosas maletas en que porto

todas mis pertenencias:

la almohada de los sueños en los trotuar desnudos,

los nidos que dibujo sobre el papel de estraza,

la gorra en que recaudo las exiguas monedas,

las colillas que alcanzo a recoger del suelo.

 

Ahora me reconfortan los pasos de los niños

que se acercan con miedo a descubrir

si aún ,

              bajo los puentes,

duerme el viejo pied noir que ayer cantaba

las nanas tristes que aprendió en Laghouat 

muy cerca del desierto.

 

 

MALA SANGRE

 

Para Fernando Menéndez  «malasangrista» de pro

 

 

Los poetas tenemos mala sangre,

resistimos muy mal el paso de los años,

nos ahogamos en charcos pequeñísimos,

no sabemos remar contracorriente.

Llevamos las corbatas sin estilo,

meamos a dos manos sobre el crítico

que desguaza con saña nuestros libros.

 

Somos tipos adustos e irritables

con querencia a la barra y a la envidia,

frecuentadores de los parnasillos

llenos de querubines fascinados

por nuestra edad provecta y la querencia

de pagarles las birras hasta el alba.

 

Apenas practicamos sexo alguno

aunque lo disimulen esos versos

que mienten más que hablan de las camas

en que presuntamente amanecemos.

Amamos a destiempo, en asonante,

recitando poemas que, nos consta,

han tenido algún éxito en los clásicos

corrillos de otoñales  que nos cercan.

 

Nos salen sarpullidos con los premios

que merecidamente ganan otros.

Practicamos el arte de robar las metáforas,

lo hacemos sin vergüenza y a deshora.

 

Miramos las estatuas de los vates

creyendo merecerlas algún día,

sabiendo que en sus placas oxidadas

defecarán los canes que, a la postre,

habrán de ser los únicos que aprecien

a tipos con pelajes como el nuestro.

 

Soñamos con Caronte para el viaje

que por fin os libere de nosotros,

aunque somos conscientes que la ruina

en el “Debe y Haber”  de nuestras cuentas

hará que piadosas parroquianas 

corran con los dispendios del entierro

y que no habrá uno sólo de los nuestros

que recuerde ni un triste endecasílabo

de los que pergeñamos cada noche.

 

 

EN CASO DE EMERGENCIA

 

Rómpanse los cordajes, las encuadernaciones.

Sacúdanse las páginas y dejen que se impregne

el suelo de palabras.

 

Presérvense del paso, después, estas estancias,

igual que se preservan los lugares del crimen,

con cintas amarillas.

 

Y recójanse luego con tiento y una a una

y díganse muy alto. 

 

Quien las pronuncie en vano, renuncia a los incendios.

 

 

ÍNDICE

 

·       UNE HISTOIRE DE SABLE

·       CANCIÓN PARA LA NOCHE ÚLTIMA

·       NOCTURNO POR EL PUERTO

·       UNA CASA EN USHUAIA

·       YO NO QUIERO TENER UNA VEJEZ TRANQUILA

·       MEMORIAS DE UN CAMPESINO POLACO

·       LA MURALLA Y LA LIRA

·       LA MIRADA DEL HÉROE

·       UNA VENTANA AL SUR

·       LOS NOMBRES DE LA HERIDA

·       LA IMPOSTURA

·       LA MUJER OLVIDADA

·       NUEVO TRATADO DEL ARTE DE LA GUERRA

·       LAS POETAS

·       UN EPITAFIOPARA AQUELLOS QUE SEPARÓ LA GUERRA

·       LE PECHEUR D´ETOILES

·       LA SOMBRA LUMINOSA

·       LA GARE D´AUSTERLITZ (1962)

·       MADRES DE MAYO

·       LA OTRA VERDAD

·       UNA PALABRA MÁS

·       EN TIERRAS COMO ESTAS

·       TODOS LOS DÍAS ESTÁN LLENOS DE DIOSES

·       ARGUMENTARIO

·       DE SENECTUTE

·       SKYLINES

·       EXTRAÑO PARECIDO

·       LOS POEMAS SON CASAS OCUPADAS

·       UN JARDÍN EN INVIERNO

·       ELLA EN SILENCIO

·       LOS NIÑOS PERDIDOS DE LÍDICE

·       LOS GAJES DEL OFICIO

·       ANOTACIONES A PIE DE TIEMPO

·       CUALQUIER OTOÑO TIENE SUS FRACASOS

·       SÓLO LA DANZA

·       AHORA

·       CARTOGRAFÍA

·       LOS PRELUDIOS DEL SUEÑO

·       SABIA LUZ LA POESIA

·       CASAS DE ACOGIDA

·       TRECE ROSAS. (ACRÓSTICO CON UNA HERIDA DENTRO)

·       LA CASA AZUL. (FRIDA KAHLO)

·       EL CAMARERO DEL TITANIC

·        MANUAL DE SOMBRAS

·       EL CEREMONIAL DE LOS ADIOSES

·       LAS TARJETAS POSTALES

·       LA MUCHACHA DE LA BIBLIOTECA

·       DE LA MEMORIA

·       LA RUTA DE LA SEDA

·       PROTOCOLO PRINCIPAL PARA UNA MOCIÓN CONTRA EL TIEMPO

·       UN PUÑADO DE NUBES

·       LA PIEL DESHABITADA

·       LOS JUEGOS DEL HAMBRE

·       MALA SANGRE

·       EN CASO DE EMERGENCIA

 

 

 

 

 

 

   



 

El libro El nombre de la herida, de Juan Ignacio González,

ha sido incluido en la Biblioteca del Portal de Poesía

y depositad en la Red

a los  ???días andados

del mes de octubre

de dos mil

dieciséis.