José Antonio Llamas Fernández

 

 

 

Quian Long:

 

Versos de bambú

 

 

 

 

            

Poética:

El silencio es una forma de suicidio. Huir hacia el pasado es la salida. Valor y dignidad, ¿Independecia? También, si es que ella fuera posible. La literatura, y en concreto la poesía, ya solo sirve para camuflarse en el paisaje. Para entrever lo que de aceptable pueda quedar, lo que los demás no necesitan.

La poesía no es un espejo, sino una herida. Una herida que todos llevan, pero que solo sufren algunos.

Nos acusan de estar fuera de lugar y yo me digo ¿Fuera de qué lugar? ¿Es qué hay lugar para otra cosa?

Lo que no podemos, los poetas, es obligar a los demás a aceptar nuestra locura. Cada cual que siga hacia donde le parezca que se va a encontrar más tarde con la muerte. Con la muerte real y con la otra, que comienza en la aceptación de que ya no es posible la utopía.

Y sí lo es. La prueba la tenemos en que todo continúa igual que cuando Homero, igual que cuando Virgilio, igual que cuando Quevedo, igual que cuando Vallejo, igual que cuando…

Desde aquí, desde este bosque de abedules que rodean mi silencio de ternura.

 Cármenes (León), marzo de 2007

 


 

 

 

 

El primer emperador de China, Quin Shi Huang-di, constructor de la gran muralla, se hizo enterrar custodiado por un inmenso ejército de soldados de terracota. Ahora se ha descubierto, muy cerca de allí, en un pozo, una biblioteca de más de 36.000 páginas de bambú, en la que se narran las extremas condiciones en las que vivió su pueblo, bajo su mandato.

 

 

 

 

 

 

 

1. Me llamo Quian Long

 

Me llamo Quian Long, y soy emperador de China

 

Recluido en un apartado cuarto,

que llaman “de las tres rarezas”

de la Ciudad Prohibida,

perfecciono mi caligrafía

 

Nadie perturba mi retiro,

y así puedo entregarme a la dulzura

de mis propios pensamientos;

y ahorrarme los suplicios

de rubricar las condenas  

que mis chambelanes me presentan cada día

 

Hasta que no alcance la perfección,

no debo signar condena alguna

 

Para conseguirla, practico

los esmerados y armoniosos caracteres

de complicado trazo

de la escritura china

 

De esa forma, he logrado aplazar la muerte

de mi quinta esposa, una preciosa muchacha

llegada desde las cataratas del Yang Tsé

procesada por haber intentado darme un beso en la mejilla

 

Recluido en este cuarto de Las Tres Rarezas

pulo mi alma para hacerme digno

de que ella llegue a perdonarme un día

 

Y si ese día fuera hoy,

y se lo pido a los dioses mis ancestros,

me sentiría el más feliz de los hombres

pues, desde mi ventana,

estoy viendo los almendros florecidos

 

Me llamo Quian Long;

dicen que soy un dios,

y soy Emperador de China;

pero me niego a ser un asesino

 

 

2. Lanzas

 

Lanzas que la noche afila,

puntas que los deseos

embadurnan de veneno,

heridas en el costado

que supuran abandono

y alrededor de las cuales

pululan libélulas azules

 

Navajas de neón que brillan

en los estertores de la noche,

solos de saxofón que se conjuran

para derruir el tiempo y sus añosos muros

 

Cláxones que revientan el silencio

de la noche que se va por las alcantarillas

 

Indigentes sueños, cubos, y detritus

vómitos, grafittis,

albas que se inundan de penurias

y encogen los corazones de los que se levantan

confundidos

 

Heridas que la vida inflinge

a aquellos a quienes un día

les prometió  la dicha

 

Disculpas que se clavan

en los córneas cristalinas

de quienes, extasiados, miran

tratando de ver la estela

de un camino

 

Lanzas, arrojadas, desde la oscuridad,

contra los desnudos de cristal

de la inocencia

 

Palabras como cuchillos

que la noche afila

 

 

3. Mecen tus ojos

 

Mecen tus ojos su dolor en la hora sexta

y en algún lugar del mundo,

en las álgidas calderas atizadas por la ruina,

lentamente cuecen los venenos y  las iras

 

Como una madre que regresa de los cañaverales

sorteando las serpientes

tras los gritos de su hijo

y ahora mece la cuna ya vacía;

así, caída la mirada,

buscas  tu dolor perdido

 

Mecen tus manos su temblor

mientras en algún lugar dormitan

tus antiguos sueños perseguidos

 

Como una vela por el mar

estrangulada en el zarpazo de los vientos

como maromas azotadas por los látigos podridos

de un vendaval que sopla dando aullidos

así, caída el alma en un turbión de espejos crudos,

buscas tu corazón, en la penumbra

 

Vientos contrarios zarandean la hermosura

de vivir en libertad, como los días

 

La tormenta, que no acaba de llegar,

pero que anuncian las campanas del acantilado

ha comenzado  a devastar toda tu vida

 

Como voraces marejadas de salitre

mecen tus ojos su dolor en el exilio


 

4. Qué extraños estos latidos

 

Qué extraños estos latidos de la tarde

que recuerdan los ladridos

de un ayer empecinado en delatarnos

con sus  asechanzas de indigencia

y cobardía

 

Será que sin saberlo nadie,

en nuestro jardín ha entrado la desdicha

 

¿Será que, sin quererlo nadie,

te has encontrado, al fin,

contigo mismo?

 

Qué extrañas estas preguntas de la tarde

que no respetan la placidez de los instantes

en los que, al fin, la vida te sonríe

y duermes en la desolación

como otrora en los jergones del maizal

de la memoria

 

Será que, sin saberlo nadie,

en tu jardín ha entrado la desidia

 

¿Te habrás encontrado, al fin, con tu destino?

 

Qué extraños estos mugidos de animales

galopando por de sabana y los pajonales

de un ayer sin horizontes ni castigos

 

Qué extraños estos aullidos

de un corazón empecinado en destruirse

 

¿No era este, acaso, el jardín de las delicias?

 

 

5. Para reír de nuevo

 

A la memoria de Giordano Bruno

 

Para reír de nuevo, sería necesario

urdir alguna trampa, armarse de valor,

y no aceptar que hemos perdido

el último baluarte, la última trinchera

 

Corriendo por estas playas de  arenales de oro

nuestros pies  borran las huellas

que también son cómplices

 

Las olas siguen jugando a perseguirse,

pero nosotros estamos solos

 

El rojo sol, distante, como un anciano solitario,

medita nuestro abandono

mientras, imparable, se dirige hacia su propio precipicio

sin importarle  la implacable llegada de la noche

 

Para morir de nuevo, sería necesario

armarse de la solemnidad de los vencidos

avanzando hacia  las hogueras levantadas

en las plazas de un ayer que todavía

abrasa la memoria

 

Correr hasta la linde del camino

de la historia para arrancar todas las ramas

de los árboles que  ardieron

 

 

Para reír de nuevo sería necesario regresar,

una por una, hasta lo más profundo

de todas y cada una de las noches,

incluida en la que tu ardiste

 

 

6. Tiempos de amor

 

A la memoria de Dante, Petrarca, y tantos otros

 

En tiempos del amor se edificaron los palacios

se levantaron túmulos, columnas, arcos

y cenotafios

se diseñaron parques y jardines

para vencer la resistencia de los flores a morir

sin dejar rastro

 

En tiempos del amor se escribieron versos

se redactaron crónicas, estelas, lemas

y contratos

para vencer la inconsistencia de los días

más felices y su ansias de morir

como los otros

 

Nadie podía imaginar entonces

que los tiempos del amor

también pasaban, sin remedio ni cordura

 

Que los dedos que escribían

y a la vez se estaban deshaciendo

como humo, no eran solo aquellos dedos

que escribían, sino pasión en polvo

que se desvanecía

 

Porque el tiempo del amor y el del olvido,

conviviendo en este mundo, como fieras,

se van hiriendo sin cesar

y de su herida se alimenta nuestra impiedad

como una hiena sin sonrisa

 

En tiempos del amor se edificaron  muros

almenados, se levantaron torres con ventanas

y celosías, para encerrar detrás de ellas,

ojos, bocas, manos,

y sonrisas

que los  hombres creyeron únicos

y que no eran sino el sustrato

donde plantar la incertidumbre de la vida

 

En tiempos del amor se edificó la cobardía.

 

 

7. Te volverás mendigo

 

Buscarás en los espejos del pasado

los ojos que te abandonaron

y que, entonces, eran tuyos

 

Pero no verás la herida,

la llaga, en aquellos ojos

que volvieron contra ti su espada

 

No era suyo el desamor

que a ti te quitó la vida;

otra espada  atravesó los ojos

que  te habían malherido

 

Buscarás  aquel instante del pasado

en el que se desmoronó la torre

derribada por los vientos

 

Pero no volverás a erguirla,

no era este aquel espejo

en el que viste tus heridas

 

Y no era aquel el instante

en el que fuiste un mendigo

buscando en el estercolero

los fragmentos de tu herida

 

 

8. Lo que del otoño queda

 

Lo que de los guerreros queda después de la batalla,

en la desolación del paso de los astros,

no es un recuerdo, sino una herida,

no es la muerte o la victoria

sino el vacío

 

Ganen o pierdan, sus ojos, con lo que han visto,

no envejecerán como los robles envejecen

galopando hacia el olvido

 

Lo que del otoño queda después de tantas hojas amarillas

en la confluencia del invierno que lo acecha

no es un moribundo bosque, sino una inmensa lávana

de fuego al rojo blanco

para forjar el frío

 

Ganemos o perdamos, del tiempo, en la batalla,

cuando llegue la nieve solo veremos ese velo de nácar

cubriendo las horas amarillas

 

Nunca, en ninguna guerra, tendrán importancia alguna

ni el desmesurado arrojo del que combate,

ni el desmayado llanto de quien sucumbe.

Toda la luz de las estrellas que alumbran las derrotas,

 puesta en fila, nos acusa

 

Solo la luz del otoño curará nuestras heridas

 

Tarde o temprano, vencedores y vencidos,

verán declinar el día,  regresarán a  casa,

y allí se darán cuenta de que hace frío

 

Lo que del otoño queda, no son sino pormenores,

rastros

de estrellas ya extinguidas

 

 

9. Tanta gloria

 

¡Tanta gloria como alcanzó la primavera!

¿Por qué se ha ido?

 

Estos prados rodeados de castaños,

este ardor, este rocío, esta neblina,

que ahora pacen como pacen los rebaños

y mascan el abandono de las nutricias horas

¡Como si nunca hubiera habido aquí un invierno

que arrasara nuestros ojos!

¡Como si nunca nos hubiéramos perdido!

 

Sofocado por idénticas preguntas,

se levantará el verano

y tendrá el mismo derecho a festejar

con sus espigas todo el ardor

del tiempo hecho abundancia

o tal vez melancolía

 

¡Tanta gloria como alcanzaron estos prados!

¿Por qué se ha ido?

 

Estas horas rodeadas de castaños,

este amor, este albedrío, y estas flores

que se levantan preguntándose qué ha sido

de la nieve, y de los vendavales,

y qué de de aquellos pájaros desnudos

¡Como si nunca hubiera habido aquí una mano

que cortara las espigas!

¡Como si nadie hubiese sucumbido!

 

Sofocados con idénticos fulgores

como el tiempo que nos huye

¡Tanta gloria como alcanzara nuestra vida!

¿Por qué se ha ido?

 

¡Como si nada, nunca, nos hubiera destruido!

 

 

10. Ya veremos a ver

 

Ya veremos a ver si crece el río,

y no buscamos las disculpas

para apartarnos de la lucha;

ahora que en el reparto de las tierras,

a este lado del poder

salimos favorecidos.

 

Por de pronto, ya no hay nadie

dedicado a reparar los puentes;

y los pueblos, al otro lado,

aun esperan ayuda,

que  llamamos solidaridad

y que es justicia

 

Ya veremos a ver si no tratarnos

de salvarnos a nosotros mismos

so pretexto de que la riada

ha inundado nuestras viñas

y, en el huerto, el calabazo

se ha perdido

 

Por de pronto ya  fallamos

si decimos que  es de día

cuando  es de noche para otros;

e insinuamos  alguna culpa,

pues riadas como estas

siempre hubo

 

Ya veremos si no tratamos el problema,

con recetas

que rebajen los efectos de la ofensa

y, al ruido de las soflamas,

nos decimos que las culpas

y las causas de sus males,

fueron suyas

 

Ya veremos a ver si regresamos

a los campos de batallan

ahora que por fin

ha comenzado la lucha

 

 

 11. Nuestra vida

 

Nuestro día es un invento de los dioses;

ellos fingen la luz,

que nosotros nunca vimos

 

Nuestro día es una trampa de la noche;

ella es quien cambia,

quien camina

 

Nosotros nuca salimos

de la densa oscuridad

en la que los dioses juegan

escondidos

 

Esta llama, que llamamos vida,

y es tan solo desamparo;

esto que llamamos hoy,

y que es ya nunca;

esto que parece ayer,

y que se esfuma;

no son sino figuraciones

inducidas en nosotros

por los dioses

 

No soñamos, sueñan ellos;

no vivimos, ellos viven;

nuestros dioses no creyeron en nosotros;

solo somos su lenguaje,

su sustento

 

Nos usan para  crearse;

en esa noche sideral en la que viven,

y, en  medio del  inmenso caos,

no tiene otro aliciente

que jugar con nuestras vidas

 

Estas que llamamos flores

son sus sombras;

estos que llamamos astros,

sus escorias;

estos que llamamos ríos,

son sus llantos;

y esto que llamamos vida,

es su risa

 

 

12. Fatiga de los jardines

 

Sobre la piel desnuda de la tarde

se estremece  la presencia de los pájaros

picoteando las hojas muertas

y las orugas deslizándose a lo alto

de los troncos

 

Pero, el confuso encanto de las rosas,

abocabas a morir en su fragancia,

pone un tinte de razón en las palabras

con las que los hombres convocamos

la belleza de un instante, prematura

 

Es una razón de peso que se engarza

en la cerrazón de los sentidos

como una gema diminuta

en la diadema que corona a una muchacha

cuyos cabellos licua el sol

en el crisol de aquellas manos enguantadas

de la aurora

 

Sobre la piel que cubre la mirada

del viajero solitario

se arruga el atardecer que ya no espera

otra ocasión para ser gloria,

ni otra resurrección que la que viven las palomas

 

Es un jardín, no hay duda,

en medio de un luciente paraíso;

pero nadie lo visita

 

Tan solo el rastro

en la vereda que la luz alfombra

del anciano jardinero

inmerso en las profundidades de la vida

que ahora baila en la penumbra

 

Sobre la piel desnuda del cansancio

se estremece la mirada de la tarde

 

¿Por qué huir de los jardines?

 

 

13. Nítido, intenso

 

Nítido, intenso, el corazón de los magnolios

no recuerda que fue ayer cuando  taláronle

sus  ramas

y corrió la sangre

 

La tijera del podador se abalanzó sobre una parte

de su vida, y,  sin mediar palabra,

cercenó sus mejores días

y los brotes más insignes

 

La disculpa, innecesaria,

fue su curva hacia el jardín de al lado

aquel que un día habitara una muchacha

de mirar de fuego

 

 

La propiedad,

al menos en estos casos de belleza tan flagrante,

no debiera ser un robo (protestó el magnolio)

 

Nítido, intenso, el corazón del hombre

se abre paso en las desdichas,

se hace fuerte en sus heridas,

y en la creencia de que la disculpa,

cualquier disculpa,

nunca es justa y necesaria

 

Nítido, intenso, el corazón de árbol

abatido

de los sueños

 

 

14. Para llegar a la fuente

 

A mi madonna Laura

 

Para llegar a la fuente

en la que manan tus cabellos

recorriera todo el mundo

 

Para perseguir el rastro de tus ojos

que regresan cada amanecer

de las profundidades de los bosques

 

Para conseguir que, al palpitar el día,

cerca de mí, tus manos,

aprendieran a labrar este barbecho de mis labios

entreabiertos

 

Y los pájaros se alzasen en su vuelo

 

Para todo eso es para lo que quiero

¿como decirlo, amor?

estar dispuesto a despreciarlo todo,

todo menos esa estrella

que me guía hasta tu pelo

 

Para llegar a la fuente,

a la  fuente de los naranjos

en la que manan las crisálidas azules

es para lo que cruzo, sin desmayo,

los desiertos

 

Para perseguir el rastro de las alas

extendidas en el aire

como gritos de gaviotas

 

Para eso es para lo que pido

¿cómo decirlo, amor?

que tus besos me estremezcan todavía

como copos golpeándome en los ojos

 

 

15. La voz del tiempo

 

La voz del tiempo solo canta en la penumbra

 

En uno de los parterres de los jardines de Babilonia

crió una vez un pájaro de fuego, de la estirpe de los dioses,

cuyo cantar causaba el soplo de la muerte

 

La voz del tiempo solo canta en el silencio

 

En una de las orgías del rey Nabucodonosor

cuando las bailarinas recogían sus caireles

hubo noches, infectadas de perfumes,

en las que los asistentes se bañaban

en las desnudas aguas de los dos ríos del Paraíso

 

Y se cuenta que la  noche,

también desnuda  de cintura para arriba,

desgranaba su cantar profundo

a solas, en una orilla

 

La voz del tiempo solo canta en la espesura

 

En uno de los desfiles del rey invicto Darío

los ancianos legionarios exigieron

que los jóvenes cautivos se contonearan,

como bayaderas,

y en el sopor de las tiendas de toldos de camello

imitaban los gemidos de las odaliscas

 

Pero, esa noche,

una virgen que pisaba una serpiente

vino a enturbiar los sueños asesinos

 

La voz del tiempo solo canta en las preguntas

 

En una de sus batallas, Artajerjes, el insigne,

viera un ángel que llevaba entre sus manos una copa

y, mientras los músicos, beodos, aporreaban los tambores

el rey se quedo dormido para siempre

en un charco de sangre milagrosa

 

Cuando esto ocurre,

recuas de besos harapientos,

acuden amarrados a las varas de los carros

y son clavados en sus pechos por los sayones

para que no vuelvan a cantar ya nunca

 

La voz del tiempo solo canta en la derrota

 

 

16. Desolación (I)

 

Te nombro, amor,

pero, al hacerlo, esparzo tus cenizas

 

Te llamo,

pero, al llamarte, quiebro este sosiego

de las manos en arrullo

 

No te maldigo, amor,

pero, sin ti,  me falta todo el cielo

 

Vivo en la desolación constante del rocío

 

 

17. Desolación (II)

 

Nunca supe tu nombre verdadero.

 

Aquel por el que atendías

no era sino falaz reminiscencia

de otra insinuación, de otro eslabón

de otra cadena de fragancias,

en la que dilucidar la espera

 

Por eso, cuando quisiste huir,

no eras sino la constatación de una esperanza vieja,

la quebradiza sombra de un antiguo árbol

que alguien taló en la infancia

y del que apenas me quedaba su recuerdo

 

Porque, no era a mí

a quien abandonabas,

sino a otro amante que quedó tendido,

como una camisa blanca, en el romero

 

 

18. Desolación (III)

 

Te evoco, amor,

pero, al hacerlo, vuelan las palomas

Así tus manos, por el cielo
 

 

19. Solo dolor

 

Si alguna vez el odio se licua

y no queda en la copa

otro poso que  dolor

 

Si alguna vez, amor, te quitas

los vendajes de la herida

y no aparece ninguna otra cicatriz

que la de mis labios

 

Si alguna vez alguien que pasa a nuestro lado

sin más ni más, nos lleva

hasta el  recóndito escondite

de sus ojos enrojecidos

 

Si alguna vez,

al mismo tiempo que amanece en las ciudades,

conseguimos escuchar, en otros labios, nuestro nombre

 

Si alguna vez, no tiene que ser ahora,

por fin,  nos despojamos de casi todo

y corremos hacia otros brazos, confundidos

 

No nos quedaría otro remedio, entonces,

que aceptar que estamos solos.

Y que siempre lo estuvimos.

 

 

20. El pasado nos aguarda

 

Nunca pierde la memoria su camino,

nunca huye de las alimañas

nunca se hunde

 

Como un perro, persigue el rastro de la desolación.

Por él se guía

 

Como  el sol, en su arrogancia,

se detiene para morir en su propia sombra;

se  recuesta en la ladera de algún monte

y el agua de los manantiales

corre, clara, a su destino.

 

Nunca pierde la memoria su fragancia;

como la rosa sigue siendo una rosa

hasta en el búcaro

 

Como una madre, sigue el rastro de sus hijos

 

Como perro apaleado por un amo cruel

así aguarda la memoria

así de fiel, así de triste

 

 

21. Luz del otoño

 

Esta es la miel que liba la memoria,

y este es el tronco hueco

por el que discurre el cuajarón de leche;

esta es la cuadra y esta la panera;

este es el cáliz

y esta la dibura que destiló el otoño

 

Esta es la luz que bruñe los vitrales

de las copas de las hayas;

este es el sotobosque en el que crujen las sabandijas

y esta es la flor del viento que murmura

 

La franela de la tarde  cubre mis rodillas;

pero, no me priva del temblor de haber amado

hasta desfallecer, como un suplicio

 

Los montes se balancean sobre el verde graderío

en el que el ganado, pacientemente pace

lo que dejó el verano

 

Absorto en mi soledad,

no comprendo

por qué ladran los mastines

 

¿Quién anda ahí? ¿Qué pasa?

¿Es un reptil entre las zarzas?

¿O es mi dolor que huye?

 

 

22. Cuántas veces desandamos el camino.

 

 

Ninguna  rosa ignora

que fue zarza antes de ser rosa

 

Ni nadie olvidará el momento

de abandonar el paraíso

 

Nunca el hacha retornó sin sangre

a las manos del leñador

 

Y tal vez nunca existió un oasis

que no fuera un espejismo

 

Ningún hombre es tan valiente

como para olvidar su cobardía

 

¡Cuántas veces desandamos los caminos!

 

Rosas que fueron sangre,

inolvidables paraísos,

hachas que manaron muertes,

oasis sin espejismos,

valientes acobardados…

 

¡Cuántas veces un mismo!

 

 

23. Rodéate de silencio

 

Rodéate de silencio, amor,

si quieres recoger las flores

que, en los campos, crecen, libres

 

Líbrate de las ventiscas

que bajan de los neveros

de la larga cordillera

 

Yo llegué allí

como quien vuelve del exilio

y no encuentra sino dientes de león

que al soplo de la brisa se marchitan

 

Aquel era el solar

en el que edificara los desvelos

¡Aquel era el enigma!

 

Rodéate de silencio, amor

si quieres recoger los sueños

que, en los campos, pastan, libres

 

Líbrate de los abrazos

de la larga enredadera

de los silenciosos días

 

Yo llegué allí como quien llega

con el rocío

 

 

24. Quien nada tiene

 

Quien nada tiene, nada espera

 

Quien ignora que fue ayer

cuando, de noche y por la fuerza,

penetraron en la casa de sus padres

para arrancarles su dignidad,

tampoco sabe que fue allí

donde profanaron su propia cuna

 

En aquel infame acantilado

de ternuras

 

Quien nada tiene, nada olvida.

 

Quien ignora que una vez

alguien  anduvo en los hogares

en busca de los que cantaban,

tampoco sabe que eran ellos

quienes levantaban las banderas

de la libertad de las conciencias

 

En aquel hermoso acantilado

de hermosura

 

Quien nada tiene, nada envidia.

 

Quien ignora que hubo gente

que acabara confesando

crímenes que nunca había cometido

y cavando con sus manos

sus propias tumbas

tampoco sabe que el puñal ensangrentado

es el mismo con el que ahora parten el pan

sus hijos, y los hijos de sus hijos

 

En aquel inmenso acantilado

de ternuras

 

Quien nada tiene, nada pide.

 

 

25. Sol del otoño

 

Sol del otoño que, callado,

pasas a mi lado, sin hacer preguntas;

con una mano vas acariciando los racimos,

con la otra distribuyes las caricias

 

Con suavidad esquivas

los guijarros del olvido

 

Deslizas tus pies descalzos

sobre la alfombra de las hojas amarillas

 

Con suavidad me miras

 

Una por una van llegando las palomas

del lejano palomar, del cielo limpio,

para hablarnos  de aquel tiempo

acobardado, del que huimos

 

Con suavidad esquivas

las preguntas

 

Con una mano vas meciendo nuestra cuna

y con la otra hilando la madeja del olvido

 

Sol del otoño que, cansado,

pasas a mi lado  y me convidas,

a tomarte de la mano

como aquel maestro antiguo

 

 

26. Sol del otoño (II)

 

Como el zagal, absorto en los mugidos del rebaño,

miras, sol del otoño, el soto, los abedules blancos

y los vaivenes de los mirlos

 

Tus ojos son los ojos de los pastores,

y tus manos son las manos de las madres


Como los astros que trajinan en sus órbitas azules,

sol del otoño,  recomponiendo el mundo

 

Con suavidad, nos vas ungiendo nuestras llagas,

sol del otoño,  curando nuestras heridas

 

Como el zagal, que se revuelca en el regazo de las hojas

retozas, sol del otoño, sobre el musgo de los robles

y los lienzos de los líquenes

 

Tus ojos son los ojos de la brisa

y tus dedos la dulce flor de la vendimia

 

Como los pámpanos azules que va cortando

un divino podador a quien no vemos

 

Como un fanal, colgado en el dintel de un corral lejano

y orientado hacia la noche

 

Sol del otoño, tus besos son los cabeceos

de los barcos que regresan en la niebla

 

Como un zagal vencido por el sueño

te hundes en el regazo de las hojas

confiado en que nosotros te velemos

 

 

27. Humo

 

El humo en las chimeneas

se revuelve

para despedirme

 

 

28. Allá, al final

 

Allá, al final de la neblina,

veo unas manos azotadas por el viento.

Mas allá, aún más allá, vuela un azor.

¿Es un azor o es un enigma?

Siempre supe que aquellas manos

eran las mías, saludando.

 

 

29. Trenzando días

 

Trenzando un día y otro día

detrás de ti

fui caminando y caminando

sin saber a donde ibas,

tan despacio

 

 

30. He perdido el andar

 

He perdido el andar, pero recorro el mundo.

Apenas sin mover los ojos,

tan solo por lo que me dices con los tuyos,

deduzco que ha vuelto a salir el sol

sin que los hombres consiguieran impedirlo

 

Como en tropel, suelen pasar las estaciones,

los enredos, las modas, y los amigos.

No me aparto;

solo pretendo ser un punto diminuto en el espacio

 

He perdido el mirar, pero no me oculto.

Apenas sin llegar a erguirme

tan solo por lo que  vislumbro detrás de las cortinas,

deduzco que continúan muriendo de hambre

miles de niños cada día, como antaño

 

Como un corcel, suele pasar, el universo,

los enredos, las modas, y los amigos

No me aparto;

solo la fiebre me libra del infortunio

¡Estoy cansado!

He perdido el vivir,  pero no he muerto todavía

 

 

31. La voz ausente

 

Qué nítida la voz de los ausentes

 

Entre trinos se abre paso en la memoria

como el alba de las rosas a través del alabastro

que atropella la luz y se desboca

 

Qué nítida la voz de la memoria

 

En la lluvia, transparente como el agua

como un vuelo de gaviotas por encima de las nubes

se hace ala en la luz y se transforma

 

Qué nítida la luz de las antorchas

 

Su murmullo, incesante como la aurora,

como el canto de la fuente por debajo de las hojas

se hace parte de la tierra y se hace planta

 

Qué mística la flor de la derrota

¡Tan alada!

 

 

32. Cuando te quise ver

 

Cuando te quise ver

tus ojos se cerraron

 

Se negaron a aceptar

que era el momento de estar solos

 

Como detrás de una cortina

tu mano amada descorría el tiempo

que aún no había florecido

 

y así tu voz, manando de la sombra,

dejó constancia de que el tiempo estaba roto

 

Cuando te quiso hablar

tus labios se cerraron

 

Se negaron a aceptar

que aquel amor no estaba solo

 

Como detrás de una sonrisa

te negaste a comprobar que entre tus manos

aún temblaban otras manos

 

Por eso, como dos desconocidos,

evocamos al verdugo del silencio

 

Como huérfanos de un mismo desamparo

tus ojos y los míos,

ahogados en el mismo lago

 

 

33. Cuando yo duermo

 

Cuando yo duermo, amor, tus ojos,

si es que vienen,

pasan y pasan sobre mí

tan lentamente

que es posible que su sueño sea el mismo

que yo sueño

 

Cuando yo duermo, amor, tus manos,

si es que llegan,

rozan y rozan mi corazón

tan lentamente

que es posible que me estén dando la vida

aunque esté muerto

 

Cuando yo duermo, amor, tus días,

si es que vives,

lamen y lamen mi corazón

tan lentamente

que es posible que se trate de los mismos

que se fueron

 

Bailo en mis noches un danzón incierto

alrededor de las hogueras

por ti encendidas

para que  no me duerma

 

 

34. Tallos de luz

 

Tallos de luz que crecen en los bancales

de esas nubes volcánicas

que huyen y se abrazan a las cumbres

para trepar después hacia la gloria

 

Corceles en los que cabalga

la desolación de esta mañana del otoño,

abandonada al pie de los castaños

que se desnudan

 

Sólida luz de las columnas de alabastro

sujetando frontispicios milagrosos

en los que una mano cinceló el amor apasionado

de los dioses

 

Horas de luz en las que anidan las palomas

 

Graznan y graznan los corazones de los hombres

pretendiendo llamar al día por su nombre,

sin darse cuenta de que el otoño

ya ha hecho mella en la verdad del día

llevándose todo el oro de la tarde

 

Tallos de sol que corren como lágrimas

que bajan de las mejillas de la noche

 

 

35. Con las manos heladas

 

Con los labios del frío

beso el fulgor del día

que desciende por la ladera

del monte

del otro lado del río

que el hielo rompe

 

Sé que yo no estoy aquí;

que estas que estoy mirando

son las ruinas de un ayer

perdidas en ese monte

 

Con las manos del frío

toco el fulgor del día

que se acerca a la cancilla

de mi casa

a este lado del camino

de los pastores

 

Sé que ella se fue;

que estas que estoy oyendo

son palabras sedientas

recogidas en mi memoria

 

Con las manos heladas

finjo saludar al día

que ha llegado a engañarme

con sus ojos

creyendo que eran los tuyos

tan hermosos

 

Con las manos heladas

toco la voz del día

que regresa de los montes

 

 

36. Tiemblo al pensar

 

Tiemblo al pensar que hasta

las rosas lleguen a ser cobardes

 

Al imaginarme que su gracia

y sus colores se pongan al servicio de otro

que no sea el emperador,

en otras manos que no sean las de la aurora

 

Tiemblo al pensar que un día

tú te puedas despertar en otros brazos

 

Voy tejiendo, con mis besos, incansable,

una tela de araña con la que enredar tus ojos

para que no te puedas ir sin desnudarte

 

Todas las rosas son una sola rosa

y todos los días son un solo día

cuando el amor se va meciendo

en su fragancia

 

Pero, tiemblo al pesar

que puedas traicionarme

 

 

¡Todos los amantes son un solo amante!

 

 

37. Si no mienten las rosas

 

Ofrenda floral

 

Si no mienten las rosas

mi perfume llegará a tus labios

 

Si no es así, su tú, a pesar de todo

consideras que mis dádivas

se quedan en casi nada

permite al menos que las rosas

permanezcan a tu lado

 

Si no mienten los ojos

aún no me has abandonado

 

Si no es así, su tú, y tus labios rojos,

forman parte del engaño

y al mirarme no me miran y se marchan

deja, al menos, que las rosas

regresen a mis manos

 

Si no sangran las rosas

no muestres ninguna herida

no te quedes a mi lado

 

Si no es así, su tú, si el dulce blanco

de los abedules se ha quebrado,

si se les fue la mano a las palomas,

y en sus cortezas y en sus alas

ya no hay nieve, ni musgo

comprende, al menos, que yo he sido

el primero en ser abandonado

 

Pero las rosas, no;

las rosas, que no sangren

 

 

38. La inocencia

 

Las rosas por ser las rosas

no tiene que disculparse.

 

 

39. De ruiseñor abajo

 

Desde el ruiseñor abajo

todo pájaro

debiera cantar, él solo,

al menos un par de arias

 

 

40. Soledad

 

Todo lo que conseguirás,

amándome,

será aplazar la muerte de un animal herido

 

Bien es verdad

que recibirás por ello las ofrendas

de las musas, tan amables.

 

Y que el animal herido

muera de amor y no de muerte

natural ¡Es un detalle!

 

 

41. Lo volveré a intentar

 

Tan pronto como el sol se de la vuelta

y se abandone

lo volveré a intentar:

volveré a besarte

 

Volveré a buscar

la movediza imagen de tu rostro

en la jofaina

 

Tan pronto como el vaho en los cristales

de tu ventana

deje de velar por ti,

volveré a abrazarte

 

Volveré a borrar

la huella de tus manos

en mi cara

 

Tan pronto como el sol se esconda

y aparezca el dolor,

lo volveré a intentar:

volveré a matarme

 

 

42. Nacimiento

 

Los cañones de Estalingrado,

disparando, fueron mi primera nana

¡Ese fue mi primer llanto!

 

Los soldados que corrían,

aterrados, sobre la nieve

esos fueron mis primeros pasos

 

Las familias que trataban

de sobrevivir en medio de la barbarie

ese fue el primero de los cuentos

que me contaron

 

Desde entonces

siempre al compás del siglo veinte,

de derrota en derrota, paso a paso

 

 

43. Ojos del atardecer

 

A Gutierre de Cetina

 

Ojos del atardecer,

que miran como quien reclina la cabeza

buscando alguna voz en la que apoyarse

y solo encuentra un gran vacío pantanoso,

la reblandecida superficie de un lago helado

a punto de resquebrajarse

 

Objetos que en el atardecer oscilan,

y bailan como baila un espejismo

en lontananza, en medio de las arenas,

más allá de los manglares

en el fragor de los caminos que conducen al ocaso

 

Horas del atardecer

que hierven en los aceites del poniente

en la melaza de las horas diluidas en el agua

grullas en desbandada

que chirrían como guadañas

 

No habrá nada que os haga perdurar,

nadie que os redima de esa suerte que está echada

y que os lleva hasta el tablado de la horca

de la noche, y os emplaza

 

Vientos del atardecer

que soplan como quien aviva un montón de brasas

 

Lenguas del atardecer

que sorben del fondo de las vasijas

los últimos estertores de vino rancio

 

Ojos del atardecer

que miran como quien  comete un crimen,

ya que me miráis así, matadme, al menos.


 

44. Saludo

 

Al maestro Dámaso Alonso

 

Como si, al fin, se diera por vencida,

cayó la mano que inició el saludo

y no encontró quien la abrazara

 

No recordaba ya que la otra mano,

la que había de esperarla,

a pesar de estar prendida de aquel cuerpo

en realidad no era de nadie

 

Como si, al fin, se convenciera

de que había quedado sola en este mundo

para siempre,

se volvió sobre si misma,

y regresó a su estancia

 

Era la misma mano que aquel día

rubricara la paz entre las partes

que se habían despedazado

 

La misma que, al morir los hijos de la ira

les cerró los ojos,

la misma que depositó las únicas coronas

que había en el catafalco

 

Ahora, como si al fin se reconociera

en soledad, recorrió al camino

hacia sus propios ojos

inundados

que no se cerraron, sin embargo.

 

 

45. Cicatrices de besos

 

A César Vallejo

 

Cicatrices de besos

desfiguran mi cara

 

Hondas cicatrices,

como cráteres profundos de pavesas

queman mi piel

como un sembrado de centeno

 

Cicatrices de sueños

desfiguran mis noches

 

Hondas cicatrices

como profundos surcos que un arado

dibujara al clarear el alba

como hondonadas de escombros

de una mina abandonada

 

Cicatrices de palabras

desfiguran mis labios

 

Hondas cicatrices

como fósiles pisadas

de antiquísimo amores

que habitaron en los alrededores de mi alma

y que un día se marcharon a morir

un jueves, en París, con aguacero

 

Cicatrices candentes

desfiguran mi alma

 

 

46. Rosa de noviembre

 

 

Aterida, como los pájaros del alba,

rosa de noviembre, sin abrir,

bajo la lluvia

calcinada

 

Blanca y desnuda

despojada de su manto,

también sufre la mañana

 

Mirando tras el cristal

comprendo que no soy nada

 

De no ser así

abriría dos grandes ojos

para exigir que se cumpliera la justicia

y salir garante de que no es quién

noviembre para despojar a la rosa

de su fragancia

 

Lo mismo que yo,

desnuda,

también tiembla la mañana

 

 

47. Ni tú, noviembre

 

A Juan Ramón Jiménez

 

Ni tú, ni yo, noviembre,

debiéramos desnudarnos

 

No es preciso que salgamos en auxilio

de los jardines solitarios,

condenados a morir

con sus flores y sus amantes

 

Mira, si no,  el destartalado espejo

de esos ojos que pasean por la calle

 

Como las bayas rojas del serval

tu corazón y el mío,

como dos mozuelas anhelantes

 

Manos de plata, sucias y enganidas,

vendimiando las manzanas

acarician la cabeza de los canes,

y eso es todo cuanto pueden ofrecer

a esas muchachas

 

Nos reclaman una rosa y, sin saberlo,

nos están reclamando el alma

 

La nieve, en las lejanas cumbres,

canta un cantar feliz de estrofas blancas.

Las carretas de Pueblo Nuevo

ya no pasan.

Ni tú ni yo, noviembre,

deberíamos huir en desbandada

 

Ateridas, como pámpanos quemados,

nuestras manos acarician su condena,

pero  la rosa, en cambio,  rosa al fin,

no acierta a abandonar  tan sola

el jardín abandonado

 

Las muchachas se van,

sus finos labios depositan un beso de cristal,

rojo como las bayas, en el tronco del serbal

que las abraza

 

Ni tú, ni yo,  noviembre,

debiéramos desnudarnos

 

 

48. Abres, amor, tus ojos

 

Desesperanza en Bodón

 

Abres, amor, tus ojos, y noviembre

se enfrenta a ti, y,  llorando,  te pregunta,

por qué le has abandonado

 

Sobre el cristal que cubre todo el río

corre hacia a ti, y, a ciegas, te suplica

que no escuches, sin embargo, sus plegarias

 

Corres, amor, detrás del oro del otoño

aunque sabes que ya es tarde

 

Te dices, amor, que no es posible

que  uno pueda morirse tantas veces

pero no dejas de clavarte los puñales

 

En la más alta ocasión que viera el bosque

abres, amor, tus brazos, y noviembre

se reparte entre tu pecho y el camino

por el que los animales mugen

y  se quema la  hojarasca

 

Tienes cerradas todas las salidas

pero no te busca nadie

 

Solo, en el bosque, tu voluntad te empuja

para que no marches

 

 

49. Los hayedos

 

El faedo de Gete

 

Por el hayedo trepan los mugidos de los alces,

que el cazador persigue sin piedad

y a los que su punto de mira no ha logrado dar alcance

 

Huye, noviembre,  por el píndio frío

y cruza el resbaloso pedregal

de los neveros

 

Yo atizaré este fuego en el que un día

mi amada y yo, llegamos para quedarnos

 

En este áspero lugar en el que juramos

que cualquier vida que pudiéramos vivir

lo haríamos sabiendo que no éramos cobardes

 

Por el hayedo suben los mugidos de la noche

que el cazador aguarda sin piedad

para perforar el pecho de los alces

 

Huye, noviembre, métete en tu casa.

 

 

50. Versos de piedra

 

Versos de bambú

dicté a mi mano

pero ella escribió versos de piedra

 

Palabras de bambú

les puse a las palomas

pero ellas se las llevaron en sus alas

 

Semillas de bambú

planté en el huerto de mi casa

pero nacieron ásperas ahilagas

 

Adoración

le prometí a mi amada,

pero ella me pidió diademas perfumadas

 

Besos de bambú

me prometió  mi alma

pero recibí tan solo cuchilladas

 

¿Qué voy a hacer?

Tal vez es tiempo de que abandone

el cuarto de las Tres Rarezas

y regrese a mi palacio

 

Mi quinta esposa

la de las cataratas del Yang Tshe

acaso logre burlar

la vigilancia de mi Chambelán

y vuelva a darme un beso en la mejilla

 

Palabras de oro

dicté

pero alguien las escribió  de barro

 

 

 

 

 

 

El libro Quian Long. Versos de bambú,

  de  José Antonio Llamas,  ha sido

depositado en la Red a los 

quince días andados 

del mes de marzo

del  año 

dos mil 

siete

.