JORDI  DOCE

 

Antología (1990-2002)

 


 

Primeros poemas

Diálogo en la sombra

Bestiario del nómada

Lección de permanencia

Otras lunas

Una tienda hecha del día

 


 

 

 

De Primeros poemas (1990-1993)

 

 

 

REENCUENTRO

 

 

Ojalá que la noche sea esto únicamente:

la pesada respiración del mar

como un animal torpe y hechizado,

un pañuelo de cuentas negras bajo tu frente,

la dulce sensación de estar a la deriva

contigo, de espaldas a la ciudad,

turbados por el pulso de un amor

que es siempre recomienzo.

 

Así me rindo a la evidencia:

lentamente, el reclamo de las aguas

con que el silencio nos acoge,

sencillo, hospitalario, se desplaza

para dar paso al frágil territorio del tacto

y remediar con él la insuficiencia

con que la soledad y la separación

nos obsequiaron tantos días.

Apenas hay sorpresa en nuestros ojos,

en nuestras bocas poco acostumbradas

al amor. Sólo tú, reencontrado,

recién llegado cuerpo,

podías franquear tan sin esfuerzo

la distancia que lleva a mis sentidos,

podías recibir la plenitud

que en este corazón cansado

dibuja la pasión, el instante más dulce.

 

 

 

BLUE HOTEL

 

 

Al hilo de la siesta las callejas se adensan

en un silencio impenetrable; es entonces

cuando, en este verano solícito, la luz

ensaya su apariencia más palpable

y gravita tenaz sobre el asfalto,

confirma las virtudes del sosiego.

Crecen en esta hora extrañas formas

de la belleza: el fardo demudado del aire,

la quietud de metal de las ramas, la terca

grisalla de estos muros que la hierba puntea.

Miro el conjunto con desgana

desde el abrigo fiel de nuestro cuarto

y me miro igualmente a su través:

apenas una sombra en el cristal,

un súbito estremecimiento,

este molino en la cabeza

que me recuerda el tiempo transcurrido.

Tendida entre las sábanas, casi desnuda,

te desperezas vacilante,

con gestos tan fingidos que tú misma sonríes.

Tomo conciencia entonces de mi cuerpo

y me aguija esta rara semejanza

con las cosas que ahora nos rodean:

así las calles o mi cuerpo, tanto da,

la gris materia inerte

a manos de la luz o de tus manos,

lo que espera a vivir, y a vivir con violencia,

en el seguro pálpito que envuelve y enardece.

 

 

 

CANCIÓN DE TORMENTA

 

 

Escucha el ulular del viento contra el muro;

la hiedra, las acacias baten la piedra sin descanso

y dividen el tiempo como tiernas cuchillas.

Yo te he visto en los intervalos: la luz

a rachas alumbraba tu rostro en la tormenta.

Eras tú y no eras: pues en la oscuridad

yo te llamaba y tú me respondías,

y también era tuya esa negrura,

tuya como el eco absurdo del viento.

 

 

 

HERIDA

 

 

El tacto y llama de aquel

instante, hoja de nieve

entre mis dedos,

corte y quemadura sobre

 

la piel. Transcurren los días

y esta herida no cierra. A menudo

vuelve el frío o imagino que vuelve,

y una voz nace al contacto.

 

 

 

SYLVIA PLATH

(McLean Hospital, 1953)

 

 

Puedo sentir el mar, o un fondo de campanas.

El ruido de gaviotas me reconforta, alivia

mis ataques. De vez en cuando una enfermera

 

ajusta la almohada o despliega las sábanas

hasta que siento un peso en mi barbilla

y no hay frío. Los gritos que escucho en la distancia

 

son eco y droga. Me visitan madres, parientes,

pero me canso pronto y ellos dudan. Los días

sisean como ancianas y un instinto de sol

 

agita las cortinas: es agrio como el alma,

y desmedido, y turbio. Hay una hoja al pairo

en mis venas, y cada noche se abre camino

 

hasta el nudo preciso de mi piel. Y si atiendo

siento el rumor del agua y de una quilla

partiendo el espinazo de la lengua.  

 

 


 

De Diálogo en la sombra (1993-1996)

 

 

 

PREÁMBULOS DEL POEMA

 

 

Amanece con nieve: nieve reciente, muy fina, como pelusa o polvos de talco. Ya ayer, al regresar de buena tarde a casa, el azul cobalto de un cielo sin estrellas competía con el aura anaranjada de las farolas precaria y prematuramente encendidas. Era un indicio de nieve, o la nieve misma, suspendida sin cuerpo en el aire, lluvia invisible que sólo la luz revela. Ahora descorro las cortinas y la blancura me duele en los ojos. Despierto con este resplandor acerado de un sol lejano, nítido como una hoja de afeitar, y luego, en silencio, con miedo a despertarla, desciendo a la cocina. En el jardín, la tierra húmeda asoma tímidamente entre lo blanco, y también los mínimos brotes que en este final de febrero se atreven a desafiar los últimos bandazos del invierno. No aguantará la nieve: tal vez en el jardín nos espere algún rastro esta noche, pero será la excepción. No hubo viento. Nada nos inquietó mientras dormíamos. Puedo imaginar ahora el rumor inapreciable de la nieve al caer sobre el asfalto como una música de fondo en nuestros sueños. No soñé con nieve, pero todo lo soñado se asienta en ella. Luego, cuando salga a la calle, será ese territorio el que pise, seré yo quien entre como una prolongación furtiva en mi sueño; y quien tome residencia con la primera palabra pensada o escrita sobre la nieve.

 

 

 

SEGUNDO DIÁLOGO EN LA SOMBRA

 

 

En la noche, tu mirada abolida

espía entre juncales de negrura:

no acepta de las sombras

su indiferencia, su aparente

estar ajeno a quien

las mira. Piensa

–como piensa el mirar, absorto

bajo los párpados–

si es nada lo que no ve, o si nada

son sus ojos porque no ven.

 

¿Hay diferencia?

Porque duda o no sabe

sigue buscando, y en la duda

una lumbre modesta se abre paso,

pone su cal

al fondo de los ojos.

 

Quien mira sabe

que algo le está mirando.

 

Porque la noche lo permite,

no buscas en su negrura siluetas

ni bultos para desmentir la nada,

buscas sus ojos que te están buscando

sobre un hilo que entonces se ilumina.

 

 

 

AMANECER CON TEJO

 

 

En sombra, este ramaje

dispone celdas, redecillas,

calladas oquedades

de una penumbra

que la escarcha humedece apenas

con lengua terca y desprendida.

A espaldas de la luz

principiante,

mientras ladran los perros a lo lejos

y el íntimo rumor del aire

aviva los matojos de las lindes,

cuánta noche se anuda aún

en su corteza atenta

como una palabra no dicha,

como una sílaba prohibida

que el alba sólo atina a remedar

con voz y cuerpo largo

de calina.

                        Grávida, la mañana

desciende, se detiene junto al tronco

como enhebrada a su perfil

negro, fijo,

nocturno,

de dueño que reclama

sin prisa a su lebrel.

 

También sin prisa, yo los miro

absorto en la terraza, con palabras

que el silencio propone

como ciñe el ramaje

esa luz que despierta y, breve, se despereza

tras la primera nube fugitiva.

 

 

 

DESPOJOS

 

 

La luz de media tarde entre la hiedra,

la lumbre inextinguible de algún sueño,

el niño que se ahoga de risa en su columpio,

 

el temblor repentino de tus muslos,

el calor que insinúan tus mejillas

al despertarte embriagada de sueño,

 

respirar el vaho gris de la escarcha,

jugar al abandono en estas calles

donde la claridad nos perfila extranjeros,

 

el cielo como un largo balbuceo de azul,

las tormentas de julio, tan veloces,

el aroma dulzón del descampado…

 

Cuánto nos pertenece, sin que importe escribirlo.

 

 

 

PRINCIPIO DEL PÁRAMO

versión de un poema de Ted Hughes

 

 

Donde no había nada

alguien dispuso un lago amedrentado

 

Donde no había nada

hombros de piedra

se abrieron para sostenerlo

 

De las estrellas vino un viento

descendió al agua olió el temblor

 

Con ojos cerrados, con manos

enlazadas

                        los árboles

se ofrecieron al mundo

 

El brezo se encogió, asustado

 

Nada no hay nada

hasta que una gaviota

 

Rompe

                        escapa

 

De la nada a la nada:

                                    un rasguño en la tela  

 

 


 

De Bestiario del nómada (1995, 2001)

 

 

 

CEBRA FANTASMA

 

 

Con algo de niebla marina y unas cuantas ramas de nogal nace la cebra fantasma: en los ojos espuma fría, y en las entrañas barro deshecho de las marismas. Pasta cerca de las playas, dejando un rastro de humedad. Dada su proverbial timidez, son pocos los que han conseguido verla, y de ellos menos aun sabrían describirla con precisión, pues es frágil y evanescente como el aire. Su esperanza de vida es corta: al poco tiempo entra de nuevo en la niebla que le dio cuerpo y se disuelve en ella, dejando sobre la hierba un haz de leña que los pescadores utilizan para calentarse. De noche, encienden hogueras y se envuelven en mantas, y es entonces cuando, proyectada contra la espiral de humo, se dibuja por un instante la silueta de una cebra, un fantasma inquietante que duda y tiembla –pero es el humo– antes de desvanecerse para siempre en el aire y la noche circundante.

 

 

 

DELFÍN RISUEÑO

 

 

La enigmática sonrisa del delfín, que algunos han creído vislumbre de inteligencia y otros tantos han figurado con pericia en incontables emblemas, no es tal vez sino la sonrisa de quien ha olvidado trayecto y destino y se entrega ligero al puro placer del avance, ignorancia de sí que crece a cada salto en un perpetuo renacer enlazado, presente que ignora lo que fue como el delfín ignora su cola y busca la plena felicidad del más allá, el agua que lo engendra.

 

 

 

PUMA ESTRELLADO

 

 

En noches de oscuridad cerrada, esta variedad de puma salvaje se ilumina como un firmamento de estrellas diminutas, límpidas como alfileres. Su piel es un trozo de cielo, y en ella, como en todos los cielos, es posible leer astros, planetas, cometas, galaxias, la Vía Láctea en todo su esplendor. Mas también, como en todos los cielos, es posible leer a su través, más allá del firmamento, en las regiones inéditas donde el vacío es rey, donde el silencio gobierna entre frío y polvo estéril, donde –intruso en una tierra que desconoce– no hay lugar para el hombre y sus leyes.

 

 

 

TIGRE BLANCO

 

 

Variedad de tigre noctámbulo cuya piel, a lo largo de generaciones, ha palidecido a la luz de la luna. El color resultante, de un blanco fosforescente en noches de claridad, es un aura que infunde terror y parálisis en sus futuras víctimas. En los ejemplares más recientes, las rayas negras que cruzaban su piel acaban por desprenderse, desprovistas del ancla del color. Con ellas construyen jaulas para sus presas, a las que durante noches someten a la acción de la luna, pues temen indigestarse con el exceso de color.

 

 

 

URRACA TEJEDORA

 

 

Cae la tarde y las urracas pueblan el aire con su indescifrable coreografía: una trenza de hilos negros y blancos que vela o resalta la luz, según el dictado de sus alas y el deseo de quien las mira tras la ventana. En esa red que filtra el último resplandor del día brillan unas pocas formas, las que merecen salvarse y que las urracas esconden luego en sus nidos, como joyas baratas o cuentas de vidrio. En esos nidos están nuestras memorias, las palabras que dijimos y nos dijeron, los gestos que resumen nuestro tiempo, en esos nidos que sólo descubriremos cuando sea tarde y nada importen la luz, la noche inminente, lo que fuimos.  

 

 


 

De Lección de permanencia (1996-1999)

 

 

 

DESPUÉS DE LA TORMENTA

 

 

Cuelgan las nubes sobre el día

como una sucia piel curtida

o la panza de un animal

dispuesto para turbios sacrificios

ante los filos de la luz y el frío.

Aún tiemblan los vidrios

con el impacto del pedrisco

y en la aspereza del asfalto

palpita y se deshace

la mínima blancura de los hielos,

como siembra a destiempo

que ni el cuervo siquiera

codiciará.

                        Pasajera furia

que sobrecoge, súbita, deslizas

en el oído un fondo percusor

sobre el que vuelve a florecer la vida,

feraz como el vapor de los jardines,

mientras arriba

las inquietas puntadas de la luz

abren en la grisalla

la imagen espectral

de un asombro para dubitativos.

 

 

 

EL PASEO

 

 

Arrecia en mí la vida con las primeras sombras.

Al término del día, concluida la tarea,

cuando la luz se inflama, anaranjada,

en muros y parterres,

cuando el limpio negror de la pizarra

finge la transparencia de un espejo

que baña por igual a cuervos y gaviotas,

algo insiste en mi ánimo,

algo que azuza y dicta en mi silencio

con urgencia inequívoca.

Semejante al deseo, aunque desnuda

de su terca ceguera,

esa voz me conmina al desconcierto.

Con la chaqueta puesta,

abstraído testigo de mis pasos,

desciendo la escalera.

La frescura del aire de septiembre

da en mi rostro y aviva

la quietud suburbana

que he aprendido, al fin, a llamar hogar:

setos que encierran mínimos jardines,

visillos cuya tenuidad suaviza

esta fuga infinita de fachadas.

Su nada no es hostil:

más bien, permite ampliar el laberinto

con que la soledad, atenta, nos regala.

La calle es una ayuda,

la escena pertinaz de mi impaciencia.

Sus porches y ventanas

donde nadie se asoma,

donde la luz husmea, tangencial,

ciñendo el revolar de los gorriones,

sirven de guía al círculo vicioso

del pensamiento. Sigo su trayecto:

el destino soy yo, la imposibilidad

de hurtarme a la conciencia que me piensa.

Camino, me contemplo caminar

por esta red de calles en penumbra,

y vuelvo a ser el fruto

de una disociación: el gozo de vivir,

la seca lucidez que me consume.

Arriba, sobre el negro fulgente de las tejas,

el cielo es un añil ultramarino.

Lo descubren mis ojos por azar,

llamados por el grito de los patos.

Inquietos, se diría que escapan de la noche.

O que corren con prisa su telón.

Su rectitud me asombra,

el fiel automatismo del instinto

apuntalando las generaciones:

son, están en su mundo,

nada puede apartarlos del centro en que respiran.

Por contraste, su sinrazón nos niega,

desmiente cuanto somos y aprendemos a ser.

La flor, el animal, son símbolos, no metas:

si crecen sin error, no es por libre albedrío.

Vira la luz a púrpura, de pronto.

Abstraído testigo de mis rondas,

me sorprendo en la orilla del pantano,

junto al puente de hierro y los juncales.

En la plata rugosa de sus aguas

mi rostro no es mi rostro

sino el de alguien, mudo,

que al mirarse me piensa.

Estoy entre dos centros, soy el tránsito

entre el gesto que es y el gesto que percibo.

En ese hueco están mis muchos tiempos,

las posibilidades de una vida,

incluso si vivir es la amargura

que anticipa su término.

Llegado a la raíz del laberinto

–yo mismo–,

no dudo al elegir la voz de los sentidos,

el temblor insidioso que recorre mi sangre.

En la otra orilla, un bastidor de chopos

hurta la luz final del día, y en las aguas

el viento eriza espumas fantasmales,

volutas del otoño que no llega.

Las sombras se apelmazan.

Arrecia en mí la vida y me confirma.

 

 

 

OTROS INVIERNOS

 

 

Huraña luz de enero, aún recuerdo

tu resplandor sin nadie,

el frío del azul en la garganta,

el aliento helador con que el silencio

salía a recibirnos,

la equívoca extensión del alba

camino de la escuela y el desmonte,

entre zanjas y charcos al azar

que contenían otro cielo

hecho de fugas, ráfagas, reflejos,

como un río se esconde bajo tierra

y la cruza o devora,

aguas de claridad tumultuosa,

secretas desazones que atraviesan los años

y bañan, emergidas, otro enero, otro invierno,

mientras vago sin rumbo

por las calles de Sheffield, y descubro,

o creo descubrir,

bajo la tela cárdena del día,

la misma luz, la misma sombra huraña,

como una geometría

de aristas y vacíos que ordenara

el ladrillo locuaz de las fachadas,

el hormigón cubierto de verdín de los muros,

el asfalto de los aparcamientos

donde pasea el niño que fui, que soy aún,

rumbo a no sé qué escuela

de la que nadie nunca me avisara.

 

 

 

CERRO DE SANTA CATALINA

 

 

¿Cómo ignorar, al fin,

los avisos del día,

el genio especular del día

al trazar nuestro fiel retrato

de nada o nadie,

si el frío de esta mar al juntar noche

tiene lugar para nosotros, viene

como mano de sombra al corazón,

atraviesa la destrucción que fuimos,

que nunca hemos dejado de ser?

 

 

 

ÁRBOL

 

 

Abro la puerta, y el olor del agua

al horadar la tierra entra en la sala:

lento vapor que liga el aire y deja

una semilla de alegría

en la piel:

                        pasan las horas,

la lluvia no remite,

la semilla se ha vuelto tallo

y se enrosca en torno a mi cuerpo;

afuera llueve, pero un sol se alza

ante mis ojos, que ya olvidan

el gris vencido de la lluvia:

 

árbol que ofrece luz, no sombra,

bajo sus ramas

sonrío, sin saber por qué sonrío.

 

 

 

IMÁN

 

 

En el cuarto en penumbra, el cerco de la lámpara

arde sobre la página, en los dedos

que aferran el cuaderno, recogidos,

y trazan nuevos signos con serena mudez.

 

La calle es la moldura de otro silencio. Nadie

bajo los sauces, bajo la farola

tibiamente alumbrada, en el frescor

de esta noche de junio, de esta noche en que velas.

 

Deslumbra, más que el foco, el blanco de la página.

Tu mano absorta ha detenido el tiempo.

Y más allá del cuarto está la noche

que imanta cuanto escribes, cuanto vino a escribirte.

 

 

 

EN EL CERRO

 

 

Se enturbia la mirada, y el aire de la tarde

humea como brasa contra un fondo

de velas sopladas y espuma rota.

El mar es la respiración, la espera.

 

Tomadas por el grueso sol de agosto,

las rocas se deslizan hasta el agua.

Un charco se consume entre destellos.

La sal brilla en los flancos chorreantes.

 

Verano, en tu temblor enceguecido

aprendo la constancia del azul.

Bajo el vuelo tenaz de las gaviotas,

soy uno con el tiempo del agua remansada.

 

 

 

JULIO

 

 

Hay algas en la orilla, y un sol crudo, tenaz,

lame las avenidas, abre los descampados,

o se enrosca en los buenos días y los quetales

que puntean, ligeros, como insectos al vuelo

la llegada puntual de los oficinistas.

La rosa de los vientos del día, la candente

veleta del verano inicia su deriva,

se despereza y gira, gran noria bostezante,

agitando sus flecos entre sombras de asombro,

esparciendo en el aire su voz enronquecida,

y una herida de sal se insinúa en la piel

o crece hasta saciar el frescor de la noche,

como tras las pupilas un destello devuelve

otro verano antiguo, fundado en la inocencia,

más allá del recuerdo o su remedo estéril.

 

Julio siembra candiles que la mirada prende.

 

 

 

EN GRANDPONT

 

 

Alto día, en el flujo

despacioso del aire,

en el claro erigido

por el baile de aceros

 

de la luz, en la rama

cuya huraña negrura

fija la piel del agua,

fija la red del tiempo.

 

El puente nos afinca

entre riberas yermas.

Salto petrificado,

revuelan en sus arcos

 

vencejos impacientes,

el negro de los grajos:

hilanderos sin hilo

en el telar del mundo.

 

Bajo el pretil las aguas

discurren obedientes.

Orillan los sentidos,

la tierra del decir,

 

cuando decir no importa,

al pairo en el instante,

desnudos de los nombres

que yerran lo nombrado.

 

Crece el día. Y arriba,

fábula indescifrable,

extrema su dominio

la claridad que somos.

 

 

 

LLAMADA

 

 

¿Quién llama en el silencio de la tarde?

¿Son las horas, tal vez, al deslizarse

sobre tu cuerpo como el agua,

como el agua que anhelas y te anhela

bajo el oscuro nudo de la luz?

¿O es acaso esa luz, que se debate

en el aire inflamado,

en el aire sin pulso ni reflejo que humea?

No, te equivocas.

Es tu cuerpo, el latido de tu cuerpo,

tan cerca de su centro

que la vida lo aturde,

como el arco y la diana

son uno y se confunden

tras la mano de sangre, tras el golpe de sangre

con que el asombro se dispara:

esplendor del suceso

                                    que eres a cada instante.

 

 

 

EN KELMSCOTT MANOR

 

 

Sobre el musgo peinado,

sobre la losa negra

que confirma tus pasos,

mira el tendón del agua,

el relieve fluyente

que tira de la orilla y de los juncos

palidecidos, donde el agua

huye de sí, en el umbral

del remanso, de su negrura

tibiamente limosa. Van

por el río tus ojos, por su piel ocelada,

entre motas de luz

que enmadejan el aire,

y su fluir revela

las formas de la calma, el molinillo

de plegarias del día, el hila que te hila

de la contemplación más pura,

cuando nada se espera,

cuando mirar es sólo

subida a otro mirar, ahora,

en un tiempo anterior a la mirada.

 

 

 

DESPUÉS DE LA LLUVIA

 

 

Variedad de la vida,

en los nudos del aire, en el bullicio

febril de los insectos

que un vencejo devora

bajo el pálido azul de la mañana,

en los setos y frondas

que humedecen, abajo,

el taller de cerámica, el camino de grava

donde pastan los líquenes, los rescoldos del agua,

donde también la edad, como la lluvia,

ha posado su aliento, nublando la materia,

hurtando a la materia

su más secreto pulso,

livianamente,

al hilo de las formas

que la rueda del aire sostiene en limpias órbitas.

 

 

 

EN LA TERRAZA

 

 

Suspenso en el polvillo de la luz,

madura el escenario de la tarde,

su armoniosa maraña

(tejados y jardines, el curso del canal

con árboles al fondo,

el parque abandonado)

que implica al que lo mira

en un mapa de ausencias,

donde ceden las formas

al lento escamoteo de sí mismas.

En la frontera ingrávida

que junta día y noche, lo que existe

juega a la inexistencia,

se aventura, tal vez, en el camino

de su disolución. Es una disciplina,

un trato entre el mirar y lo mirado.

Todo aparenta, entonces,

aligerarse, como si en la sombra

latiera aún la levedad del tránsito,

el vuelo irreversible de la luz.

Al fondo, refulgente, la arboleda

destila una vez más esa humedad

que desdibuja el mundo:

coronando sus copas

vuelan los estorninos, se detiene la brisa,

el cielo es un estuario amoratado

que fluye hacia la noche. Todo calla

bajo la fiel marea de la desposesión.

Y éste que ahora se asoma a la terraza,

llevado de la intriga y el asombro,

sabe que en su interior

vuelve a brotar la luz, indescifrable,

lección de permanencia

que enciende la memoria

al apagar el mundo.

 

 

 

NOCHE DE AGOSTO

 

 

Bajo la tela de la noche

y sus linternas diminutas.

La puerta abierta.

La remetida claridad del cuarto

tras las ventanas.

La humedad en reposo de la tierra.

Y el ruido de unos pasos en la grava

que anuncian tu llegada,

tu saludo abstraído,

tu calor.

 

Imaginé esta escena alguna vez,

antes de conocerte:

hueco en el aire del deseo

que tú ocupaste.

 

¿O fue, tal vez,

que tú la imaginaste para mí,

que me diste tu anhelo antes de hallarnos

para arrimar a su temblor

la común extensión de nuestras vidas?

 

 

 

PAULA

 

 

¿Nacer es la victoria? ¿Victoria sobre qué? Desde la fiel certeza de tu cuerpo, mi pregunta te mira preguntarme. No has vencido a la muerte. La muerte no es la nada anterior a la vida. Lo milagroso es esto: vienes de lo sin nombre, de lo sin existencia. Eras inconcebible. Ahora, concebida, eres el rostro más claro de la existencia.

 

Nosotros te miramos, tú avanzas por tu sueño. ¿En qué instante dejaste de ser nosotros? ¿Dónde la fisura, el deslinde? Quisiéramos hallar en tu piel nuestra piel, en tu rostro dormido los rasgos que proclaman nuestro nombre. Quisiéramos, tal vez, que fueras nuestro espejo, sin saber que tu rostro será, no doble: desafío. O algo más sencillo: certeza que dialoga y nos confirma en el hogar del tiempo.

 

Desde la fiel evidencia de tu cuerpo, la vida nos revive: el árbol es el fruto de sus frutos.

 

¿Quién eres, quién serás? Sin respuesta, fluyes desde tu luz, desde tu sangre: querencia que concibe su querer, latido que se inventa y te inventa cada día. Amarrada a la rueda fatal de nuestra historia, te libera la simple alegría de ser. Compartes nuestro tiempo, pero tu tiempo es otro: hebra firme en la trenza de lo vivido, de lo por vivir.

 

Te miramos, tú avanzas por tu sueño, en silencio. Te miramos, callados, temerosos del juicio prematuro, del deseo excesivo. Callamos, ignoramos, pensamos lo impensable, y la noche se aquieta, al pairo en este cuarto donde los ojos fulgen.

 

Saber y no saber son uno en nuestro asombro.  

 

 


 

De Otras lunas (1995-1999)

 

 

 

REVÉS DEL ASOMBRO

 

 

No hay tiempo en el instante del asombro,

sino el cruce tal vez de muchos tiempos,

baraja ensimismada en un abismo

con fondo en el imán de lo indecible.

Hacia esa lumbre miran tus palabras.

Hacia esa tea que sostiene, alerta,

el ávido crupier de los sentidos.

 

Desenreda sus hilos el instante:

la ingrávida sorpresa, el resplandor,

la feliz aprensión con que una puerta

invita a completar nuestra existencia…

Ignoras que esa luz no te consiente.

Tiempo palpable en el umbral incierto,

tu afán es un enjambre de palabras

que esculpen en el aire su derrota.

 

 

 

VISITA DEL GRAJO

 

 

El grajo que reposa en esta página

–el mismo que ha graznado en tantas otras,

profetizando noches, carencias, desengaños–

no tiene constancia de su rango:

el frío del norte enciende su instinto

al azar por los caminos del aire,

pendiente de los hitos del insecto y la semilla.

Es grajo sin saberlo. No conoce

las ropas que le cuelga mi superstición,

los temores y equívocos que su vuelo despierta

bajo la terca lividez del cielo.

Vive ajeno de sí,

absuelto por un clima sin clemencia:

yo lo contemplo desde la ventana

de mi vieja inquietud.

 

El pulso punitivo de mi ensueño

construye un nido en esta página.

No sé si el grajo viene o es su sombra

la que ahora mira sin mirar, plegadas las alas,

con ojos que me juzgan transparente,

este grajo que trazo con mis dedos

y en el frío de marzo grazna su indiferencia.

El negro de sus alas rima con la pizarra

cuando de pronto tuerce el cuello

buscando no sé qué, tal vez una salida.

Ignora que fabulo su reposo

a fin de que él encarne mis temores.

 

 

 

VIEJO POETA

 

 

Quien extravió la vida al recrearla

con secreta pasión, al hilo de palabras

que forjaron, tal vez, su limpio emblema,

vuelve a mirarte desde su cansancio,

donde la luz evita esas pupilas

que un antiguo fulgor encaneció.

 

El premio es la ceguera, el abandono.

Creer tocar la luz y que calcine.

No la paz satisfecha

que pudo confundir en otro tiempo

con la sabiduría o su inminencia,

cuando saber es la palabra

que nombra la derrota del deseo,

el temblor de unas manos en el aire.

 

 

 

EL ESPERADO

 

 

El tiempo ayuda al mito de lo que no sucede.

Él vendrá o ha venido, no se sabe a fe cierta,

abundan los rumores mas no hay pruebas,

pudo ser aquel viejo de la capa raída

o el callado extranjero que no salió del cuarto

durante días, ¿quién podría asegurarlo?

Mejor no decir nada, mantener la vigilia,

dar órdenes precisas a guardias y aduaneros,

dibujar en el sueño el rostro de quien nunca

dio señales de vida ni declaró su nombre,

en la espera y deseo de que alguna mañana

se anuncie en una vuelta del camino,

incorpore su rostro a nuestro asombro

tan sólo por hallar a sus creadores,

por saber que fue cierta nuestra imaginación.

 

 

 

PARA VIVIR

 

 

La mano escribe para no morir.

O cuenta el mundo en sílabas contadas

para decir: aquí termina el mundo,

fuera impera la noche

y el frío de la noche,

el lento gotear de las estrellas

y su terco silencio impenetrable.

 

La mano escribe para no morir.

Semeja su hermana, la lengua,

envuelta en un temblor que no comprende,

ajena a la raíz que la redime.

 

La mano escribe para no morir.

O dice el mundo en sílabas contadas

para decir: aquí termina el mundo,

fuera impera la noche

y el frío de la noche,

quietud de lo que nunca vive o muere

pues nunca tuvo nombre.  

 

 


 

De Una tienda hecha del día (2000–, inédito)

 

 

 

DESIERTO DE LOS MONEGROS

 

 

El coche en sombra bajo el tendejón

y flecos de maleza parda junto a las ruedas.

 

El sol de mediodía percute en el asfalto

y siembra el arenal de transparencias.

Dos muros desdentados,

una señal de tráfico,

restos de chapa y neumáticos rotos

son cuanto evoca

el tiempo de los hombres, su transcurso.

           

La botella de agua y tus gafas veladas.

Estar de paso es de repente

este paisaje alucinado,

esta incredulidad de diez minutos

que es otro modo de distancia

y convierte la vida en memoria precoz.

 

Dejas caer el agua por tu frente

y el pelo se te encrespa, más oscuro.

Has vuelto a abrir los ojos

y una sonrisa rompe el maleficio,

este breve paréntesis de insidia

que tiembla con el aire, como humo.

La mueca de tu alivio es una calma

y sé reconocer su contundencia.

 

Veloz hacia un destino

que nos llama sin conocernos,

el coche arranca y deja surcos en el arcén.

Queda sólo esta luz,

la aguja fiel de agosto

que horada cuanto toca,

más allá de nosotros.

 

 

 

PALOMAS

 

 

Cruzan el patio las palomas.

Se cuelgan del alféizar, gorgotean,

van y vienen por la penumbra

con sus plumas raídas y su insolencia terca.

Palomas de ciudad,

vestidas del hollín que respiran,

sirvientes del tendal y la basura.

Las odio cordialmente desde mi ventana,

busco espantarlas, cuelgo plásticos,

pero es inútil.

Vuelven al poco, o nunca se marcharon,

y de nuevo me llega,

burbuja sobre el limo de las horas,

el émbolo sonoro de sus cuellos.

Algo dice, tal vez, ese discurso de una sílaba,

su gutural monotonía

poblando el patio de impaciencias.

Algo que ignoro y no puedo ignorar,

que insiste en el silencio de la casa

con tonos de reproche y desafío.

Traduzco un par de páginas, preparo café,

se demora la tarde en su grisalla

y allí las veo, necias y abstraídas,

con su grave zureo que me interroga.

Algo dicen, tal vez, que mi sombra comprende,

que mi sombra calló y ahora recuerda,

porque es suyo.

 

 

 

VUELO ANTIGUO

 

 

El vuelo de esta avispa

en el azul del aire, contra un fondo

de cipreses y falsas

columnas medievales, mientras Paula

desanuda con paso

azorado el jardín

y advierte fugazmente cada tronco,

la trama ensimismada

de setos y empedrados,

viene tal vez

de muy lejos, de un tiempo

anterior a los tiempos que recuerdo,

cuando el simple existir

de las cosas

se imprimía en los ojos

con limpieza, y el vuelo recto

y absorto de la avispa

era tan sólo acción y asombro,

humilde acontecer

como este fondo azul

que afirma a los cipreses

de repente crecidos,

igual que ahora Paula

con andar más tranquilo

se acerca hasta sus troncos

y levanta los brazos

(niña avispada)

respondiendo feliz a su saludo.

 

 

 

EN LA DUCHA

 

 

Ya el agua se despliega por tu cuerpo

con sus redes de espuma y su tenue perfume,

que es el perfume de tu piel desnuda,

de tu piel que revive con el agua

más acá de este día. Desde el vano,

a la confusa luz del despertar

(porque al sueño le cuesta irse a dormir),

te veo enjabonarte muy despacio,

con morosidad casi,

serena en el detalle y la inspección.

Has detenido el tiempo al ignorarlo,

y sólo yo lo advierto,

parado en el umbral que te destaca.

 

Contemplo el agua algodonosa

fluir sin pausa por tus muslos:

dos regueros que llegan al esmalte

y forman un arroyo improvisado.

Van también, con el agua, algún cabello,

las íntimas heridas de la piel

y sus fríos rescoldos.

Se van, como el agua, a ningún sitio,

sin duda reprochando mi insolencia,

mi pie junto a la puerta y este silencio fijo,

que te acoge.

           

Amanece,

y es tu cuerpo también el que amanece

bajo el agua lustral de la complicidad.

No sabías que estoy, y ahora lo sabes,

y te gusta saberlo.

En mis ojos sorprendes un refugio,

la imagen de un deseo que te afirma

(porque el sí que no enlaza no es un sí),

y nada falta en ella,

como en la vida.

 

 

 

LECTURA  DE MARGUERITE YOURCENAR

 

 

La tranquila insistencia del agua en mi ventana

es también, esta noche, la calma del lector,

la intriga del que ha entrado en el secreto.

Cartas a sus amigos: el arco de una vida

y su diana invisible, inalcanzable;

los pasos bailarines de la araña

sobre la red que teje y es el tiempo;

el debe y el haber de cada día

en un libro de cómplices y amigos

que acoge al visitante y no se cierra.

 

Conocemos los años que estas cartas

no predijeron:

los libros enlazados, los disturbios

del cuerpo y de la edad,

la compañera muerta y el compañero muerto,

los planes que planean su retraso

y se llaman sosiego, deber, resignación.

Los cartas no sabían el futuro

pero su voz, tan plena, algo avistaba,

segura de su rumbo y de su estela.

 

Mi sonrisa no es tanto de alegría

como un gesto cortés o de benevolencia...

Un arte de la contención, quizá,

entre el orgullo y la elegancia,

o el sesgo con que dice lo que dice,

el hálito tenaz de lo que calla,

no abundan los oídos finos...

El círculo de fuego de los íntimos

era un modo de conversar a solas,

de compartir su soliloquio estricto.

 

Lo que resuena en estas páginas

con un tenue chasquido de hojarasca

–sus pasos al azar sobre la hierba–

es la necesidad de la conciencia

y la conciencia de lo necesario,

el peso de los hechos que nos hacen

y son historia y son fidelidad,

no la ley excluyente de la sangre

sino el tiempo del fruto y de la herencia,

la cadena central de las generaciones.

 

Leer es despertar a otra existencia.

Yo regreso esta noche al invierno de Maine

y sus flores de hielo en las ventanas,

plana vegetación que alienta, prisionera,

sobre la fina nieve del jardín,

imagen del cristal de la memoria

y su rigor indescifrable.

Me guía el eco de un retrato,

el pañuelo que envuelve un rostro inquisitivo

y es un cetro de luz sobre la frente alzada.

 

La pienso en su retiro, en su fluir discreto:

un techo de rutinas, una isla de viento,

soy hijo de la tierra y del cielo estrellado,

la doble dependencia que fue su lema tácito

y puso en equilibrio su vida y sus palabras...

Cierro el libro y mis ojos;

la tinta de la noche se disuelve

y deja al retirarse un gesto, una silueta:

es su sombra que teje nuevas frases,

que palpa sus fetiches y sonríe con Buda.  

 

 


 

 

El libro Antología (1990-2002), de Jordi Doce,

editado electrónicamente por Portal de

Poesía, fue colgado en la Red

a los quince días andados

del mes de julio

del año

2002

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