Gaspar Moisés Gómez

 

 

TEXTOS DE INDAGACIÓN Y 2 CERTEZAS

 

 

                

 

1.- INDAGACIÓN DE LA FORMA 

 

 

 

MASA INFORME

 

Tantea  como ciega la masa informe: llamas

en los dedos adánicos. Amarillos impulsos

de un tiempo en la noche;

vocación de unos labios que prometen

lo que no dan,

cifra y verbo sombrío, magma herida,

¿a quién tendremos ocasión de ver

si los ojos nos faltan y tú eres

la propia oscuridad?

 

Lejanamente nos convoca tu vínculo

para que caigamos a lo hondo, solos,

desnudos, hijos de nadie, porque tu centro es

la extensión del orbe. Y por mucho

que te signes y persignes, no puedes

ni con tu soledad, aunque en ti arde

el perfil de la rosa, y el acariciado

silencio de los astros

allí se curva como una pantera.

Forma sin forma castigada en su

impenetrabilidad. Sombras y nudos

suben a hombros de tu eterna cuaresma

para decir que "nunca más".

                                         Pero tan pronto

como se encoge tu asombrado bulto,

una densa marea

comienza, recorriendo todo abismo,

a buscarse como lo que quiere

volver a nacer, y así alcanzar

la fiel virginidad que duerme al filo

de toda sílaba:

lo que está más allá

de todos los desiertos aún sin nombre.

 

Un pájaro apenas se inicia en el canto,

pues, si un momento encendiera

su garganta de oro, desaparecería   

la oscuridad que reina en el oído. 

 

Mas todo se cuaja de silencio

como si nada quisiera saber de aquel son

que puede abrir las puertas a la propia

soledad.

                 Y, así, de repente,

una chispa penetra en la densa marea,

recorre abismos. y, por fin, alcanza

la fiel virginidad que duerme al lado

de toda forma,  surgiendo, sin saber,

luciente, lo que fuera

tan sólo noche en noche tenebrosa.

 

 

DESDE LA ENTRAÑA TENEBROSA

 

¡Oh,  forma trabajada en los talleres

de la noche! Tu realidad, cantada

por signo y número, ciega a las alondras.

Del lado del sentido ya te caes

por los ojos al tacto, y allí empieza

la grave exploración de aquel sombrío

amanecer. Luz a luz,

pulso a pulso,

bajo líneas desnudas, una música

digital te recorre, y es la huella de Dios

hacia fuera, irradiante, la que te despierta

del sueño oscuro.

                         Todo aquel abismo

se ha lanzado, en un vértigo creador,

hacia el límite donde te defines

cortándote los dedos.

                            Y ya canta

la realidad del pájaro en las frondas

de abril, después de que rompiera

su cuerda en las entrañas tenebrosas.

 

 

EL HOMBRE EN SU TRÁNSITO

 

De la forma en transcurso;

de la vida que llega coronándose

con su cerco de fuego contingente,

sólo este hombre que camina a tientas

y a mi lado, se salvará.

                                 Él busca mis ojos

y los coloca en el mediodía

de mi cara como dos corales

ardientes. Mueve mi mano aún

de aquí hacia el infinito. Hace que la boca

sea huracán para invocar a Dios.

Y los pies, por su impulso, van a descansar

a una ribera transparente.

                                     No se fía mucho

de mi piel y mis huesos.

                                   En la azul penumbra

de su ser centellea. Acaricia toda

la redondez de aquel glorioso niño.

Y un turbado espacio nos separa

del que vamos buscando con mil ojos.

 

Una fiel dulcedumbre hace que los labios

sepan a madre. Y no reconoce

sino las voces que le llaman

en un suspiro. Hasta que, en paridad

profunda, se quema el instante

en su eternidad, sobreponiéndose

al cuerpo triste y sus desolaciones.

 

 

FORMA EVIDENTE

 

Lo primero. Lo último.

Aprehensión de la forma

en el borde mismo

de su lábil marginalidad.

Diamante que ni el pájaro

quiebra en el azul

ahogo del silencio:

voz que quiere ser suya

sin más.

          Se borra el tacto

ante el cuerpo evidente.

Sólo dos lunas siguen

por los altos imperios

de tus hombros, ganando

el leve nácar.

 

La paloma,

de monte a monte,

se orienta hacia tus pechos.

Por tus caderas

un mundo circula

con su fulgor de manos heridas.

Y, bajo tus pies,

la tierra sagrada

hizo crecer el árbol de oro

hasta el cielo inmortal de tu frente.

         

El orbe empieza aquí

y acaba en las auroras

de tus ojos.

 

No son prendas físicas

las que adornan tu geografía,

sino remotas inscripciones

de signos extraños.

Pálpitos primigenios

de un dios insurgente

que los consagró en su belleza.

 

Resbalando por tu propia forma

tientas al cielo.

Y no tiene límites

el bosque donde el cuco

lleva y trae su voz.

Mas, cegada

por brisas y arboledas,

nadie ha de saber

donde oculta su huevo

el ave misteriosa. 

 

 

EL VIDRIO CON SUS MANOS GÓTICAS

 

El vidrio, con sus manos góticas,

sobre el agua, en oración continua,

se hace todo vuelo transparente

por impulso de su misma esencia.

Su diáfana verdad es dura y frágil.

Corta el perfil de la paloma

que con peso de luz gravita sobre el mundo.

Define la palabra nunca dicha;

y pasa al otro lado

de la belleza en un salto inmortal.

 

Aún antes de que el iris

detrás del párpado tembloroso ardiera,

ya su historia  venía con el alba

a contarse en la sílaba fulgente

que lo desnuda. Verbo liviano y duro

cuyo trabajo es la facilidad

ardua de romper a cada instante

su acongojado núcleo. Hasta que, por fin,

en un rapto de luz cruza el poema,

y Dios lo mira como a su propio sueño,

agotado de divinidad.

 

 

 

2- INDAGACIÓN DE LOS SENTIDOS

 

 

- Visión)

                      

El ojo que me han rayado al alba

los musicales pájaros, por un lado mira

y por otro escucha el universo.

Hay un paisaje que perdí de niño

y que, luego, gané recordándolo;

metido entre las telas íntimas

donde todo puede acontecer.

 

Soy un ciego con evidencias

tan microscópicas, que todo lo que sabe

de la luz se resume en un punto

del alma donde sólo Dios está atento

a la distancia entre las cosas.

 

He visto como en un desgarro.

Y también percibí cómo se abrían

las tinieblas al contemplar

mi cerezo instantáneo en el límite

de la nieve, donde se hacía más tenue

la contingencia sobre el tiempo.

Yo contemplé por detrás lo que sólo

se toca con los dedos que gimen

de amor.

           Allí a la vuelta

me encontré con San Juan de la Cruz

que iba en éxtasis buscando sus ojos

con  el presentimiento de que nunca

quiso tenerlos para siempre buscarlos.

 

Mi compañero entenebrecido

por la luz, ¿nosotros vemos

o es  que alguien, desde el infinito,

nos puso con su ojo aquí

para inquietantemente estar mirándonos?

¿O, acaso, en su cruel bondad,

nos rayó los ojos

para que siempre veamos sus rejas?

 

Esta es la luz de la luz más oculta.

¿O será la luz de la alta noche?

 

 

- Tacto)

 

Atentamente miro la mesa donde escribo.

Tiene incisiones seculares, lagos profundos

que la desbordan. La dureza compacta

del tiempo como cifra. Y la soledad

de la tórtola que picoteó en su centro

 

Los árboles se sienten  aquí tendidos mortalmente.

La superficie es casi lunar: aún retiene

el ojo  aquél de agosto sobre el cielo

en una atenta vigilia como de alma.

 

 

A  2 por 2 sometieron serrucho

y escoplo la libertad

de aquellos bosques, cuando a un simple aliento

su vuelo cósmico se propagaba

hasta el infinito.

                      (¿Por qué la ardilla

tiene su uña aquí petrificándose

ante mis ojos?).

                      La lámpara pone

su reflexión en el silente mundo

de la madera. ¿Cómo hablamos del bosque

y su misterio? Aquí está cada siglo

grabado en sus anillas. Y es definitivo

su estar bajo la luz ceñuda

de esa lámpara cuyos ojos voltaicos

buscan la vena oculta ¿Dónde los límites

en que arde su ser?

                           Y el poema levanta

su mano herida y pide solución,

dentro de sus razones insolubles,

a esta mesa, por si fue arrancada

de cuajo en aquel soto y  aquí sigue quejándose,

en trance vivo,

como una amarilla molécula de tiempo

bajo la sola visión de mi tacto

que ya comprueba dónde no están sus ramas.

 

 

-Circuito del sonido)

                     Para Ildefonso Rodríguez, gran poeta

 

El pájaro en el fondo del bosque.

El bosque tocando el sueño del mar.

La cresta de la ola sonoramente rayando el cielo.

Y el cielo comido por la voz del pájaro.

 

Círculo que se cierra detrás del oído

y su blanca pared silenciosa.

 

Detrás de la guitarra, la madera

con un alucinado ruiseñor agrietándola.

Detrás del ruiseñor, las telas vivas

del rumor en que fuimos envueltos.

 

Y en el horizonte percutido,

los pasos suyos, ay amor, alejándose.

 

Un huracán de diafanidad

circula por dentro del vidrio;

y se oye la infinita materia

dulce en su ser, quejándose próxima.

 

Oh, sueño delgado de oír.

Elocuencia que mata si nombra.

 

Aquí se juntarán las más bellas

sílabas que no se dijeron.

Y el oído las cerrará,

por fin, como pétalos durmientes.

 

Y en el cuerpo se oirá la sangre,

sola, como un verbo terrible.

 

 

 - Olor)

 

El piorno aún sigue oliendo en la memoria de la panadería,

y su fragancia inunda el pecho que se alza

como la bóveda del horno.

                                       Duerme el pan

a la sombra de la levadura,

y se oye el rumor de mi padre que pasa acariciándolo

como hace un siglo lo hiciera su abuelo.

 

Desde el alba el olor y por lustros,

entre las rendijas de las tablas,

penetra y puebla el comedor,

los dormitorios...

Y se pone a discutir entre los cántaros

sobre si el que despide el pan cocido es tan acre

gracias al piorno que se arrancó

en plena flor en las cumbres celestes.

 

Confundidos todos hacen como una fuerza

cósmica dentro de la casa.

Tocan los muebles

físicamente. Entran en la alacena

donde, junto al membrillo, sus esencias transpiran.

Y, en un claro desmayo, entre los hilos

de la tela que cosió mi madre,

se callaron tenues como pétalos

en una tierna vaharada memorable.

No me disiparán

sus olores ni el alquitrán,

ni los acongojados ramos de la desdicha,

ni las fábricas a bocanadas miserables.

Porque entre mis desnudeces

tengo el temblor de su ánima fragante.

Y, a cada vuelco que da el corazón,

vuelvo a casa por virtud de su aroma.

 

 

- Gusto )

                

Hay un sabor que está dormido

en el remoto mar de la saliva.

                                                 

Él sólo responde 

del hombre azul que va en el fondo

y que, a tanta dulzura, le trastorna la lengua.

De celo primitivo se siente allí tocada,

y de humedad gloriosa cubiertas sus paredes.

Algo nos sabe a Eva madre

y padre amor,

bajo pétalos, cielos y agua viva,

reconociéndonos en circuito lento

de lesa humanidad.

                          

Todos los frutos volvieron a arder

en el paladar del niño que fue haciéndose

más niño aún,

cuando tuvo, en perfecta comunión,

la posesión del mundo en su lengua.

Y, gustosamente, no quiere curarse,

porque alguien la está favoreciendo

con sus más placenteros impulsos.

 

Oh, sabor tan altísimo

que nos posee suave y cálidamente.

 

En el reino azul de la saliva

gustamos lo más inconcebible:

aquello que nos embriaga

hasta que no podemos ni decir su nombre.

 

 

 

3.- INDAGACIÓN A TIEMPO PERDIDO

 

 

PRIMAVERA Y RAÍZ MORTAL

 

Esta es la patria del corazón

donde se junta el cielo con el sonido estelar de los ríos.

Donde los avellanos dan sombra a unas aguas insólitas.

 

Empezarán a florecer mis cerezos en la linde de la nieve

y no se quemarán sino de belleza,

porque el sol defiende con dedos pacíficos

los tiernos brotes..

 

El potro, en las altas praderas,

relincha como un rayo que viene

oyéndose desde las más remotas edades.

 

Manan las piedras. Y las palomas,

sobrevolando el valle,

beben toda la sed del infinito.

 

No hay otra música que se diga más honda

que la silenciosa del robledal,

cuando, en pura ascensión estremecida,

la savia sube ensoñando el innato

perfil de la hoja

y, un instante después, su aparición produce

tal estruendo, que las raíces

se conmueven como si el mundo

empezase en ellas.

Yo he sentido su tierna violencia,

al subir por cañadas profundas,

entre retamas y álamos, hacia donde la liebre

duerme con el ojo más vivo de la creación.

Y he reconocido mi talla humana

apoyado en aquel aliso,

cuando el sol de mayo fue a condecorarme

como a un pánico dios.

                                  Primavera que llevo

aún como musgo pegado

en la cara del alma.

                            Todo venía

por sus arroyos de fervor inocente

hacia mis manos. Y la primera

golondrina que llegaba del sur cantó:

“A quien no haya hilado la tela en el mes de abril

se le corten los dedos de raíz, de raíz".

 

Este tránsito por la primavera recorre a aquel que fuimos

Oh, dulces nácares. Hijos sin edad. Móviles espejos

al amanecer. Pájaros que se arrojan

como en trance, en su primer vuelo,

con la fe y el ánima de su madre apoyándolos

en el espacio abierto y memorable.

 

Pero mirad este otro árbol nacido también hombre

en el primer mantillo de la creación.

Rodeado por infinitud de dones gloriosos,

se siente tierra virgen subiendo hasta el clamor del cielo.

Mas un sordo rumor por la punta de las raíces

le dice que cante aquí y ahora,

porque sólo, quizás, pueda hacer alarde

de sus flores y pámpanos

en esta extensión más que mortal.

Brillamos un instante - hombre y árboles,

cegados por la luz -, más allá de la noche

y el tiempo,

a muy altos impulsos amorosos

por si en el aire y bondad de esta tierra

nos podemos afirmar contra el cielo,

aunque nuestras sienes estén  atravesadas

por el canto mortal de una postrer alondra.

 

 

 EN EL VÉRTICE DEL VERANO

 

Ese pájaro ha puesto su punto más alto en la luz transparente.

Se redobla en la pura evidencia de su ser.

Todo él es visión, como si concebido

por la estricta radiografía del alma.

 

En el vértice del verano, sus agudas plumas

no van más altas porque parten ya

del centro mismo donde Dios lo mira

encelándolo de silencio.

 

Debe de estar en sus sueños el que cantaba

en el rincón del jardín de mis padres,

y aquel otro que, a pecho descubierto,

tanto se reveló, que está para siempre

en la primicia herida del espíritu.

 

Este verano hay cielo sobre cielo,

planos de música

sobre la pausa más templada. No suena el río,

sino la sangre. Y es cierto el pinar

aunque el fantasma de la noche llegue.

La realidad se arranca de las garras

del mundo. Pájaros solos

en la fascinación del aire van,

por la rampa de fuego del verano,

a tumbos locos midiendo su trágica

decadencia, hasta que arriba, exentos,

con las manos cruzadas por amor,

son éxtasis fulgiendo al mediodía.

 

Aquí le tuve al pájaro de plumas

endiosadas, cuando, entre los trigos,

moviendo su cabeza, hizo que el oro

rompiera en caudalosa huida.

                                           Hijo espiritual

de aquel verano, a impulsos de su libre

garganta, subió a tan extrema

libertad, que no se le oye

sino en lo alto de aquel ojo lúcido

del universo.

 

 

EL ÁRBOL DEL OTOÑO

 

Por arriba el techo gris; el árbol difuso.

Caen las hojas como tiempo perdido.

Y el paisaje es llorado

si se desprenden en una pausa eterna

y sentimental.

                   En el suelo se abren

sus pequeñas manos amarillas

con las que se arrancan los pecados

en esta hora de arrepentidos.

 

Todo anda fatal y pavoroso.

                                         Un árbol

es menos que su ceniza en la boca de un muerto;

y la tierra en que se alza

ha perdido la noción de sus raíces.

 

¿Dónde está el último tronco,

el asidero, el dios, algo fijo,

para abrazarme a él, y sea como sea

subir por encima del techo gris?

Pero la tierra se sigue poblando

hasta mi cuello de cosas agraviadas

por los años; de nuestras confusas;

y de viejísimas condecoraciones mortales.

 

No hay tronco ni árbol por el que subamos.

La fuerza está en lo que ya no existe.

Yo empezaré a llorar hojas un día,

y ellas a curvárseme en el tronco

igual que una conciencia estéril,

agarrándoseme para alcanzar mi copa más alta.

Y vuelta a ser lloradas, cuando caen

árbol abajo de mi cuerpo;

rozándome tan íntimo que empiezo a conocerme,

más descarnado, en la raíz del ojo.

 

 

NIEVE SOBRE LOS AÑOS

 

La nieve está asombrando el pueblo.

Con un sonido infinito golpea

los montes que así la reciben

como en párvula comunión.

Ha penetrado su blancor el alma

de oriente a occidente, y desde las copas

de los robles hasta donde el gato

se lame su paciencia en el hogar.

 

En el quicio de la puerta estábamos

esperando a la compañera

que hizo su viaje tembloroso

por todo el cielo, por todo el cielo.

 

Qué gran oboe fue noviembre;

y qué  mágico el lobo que puso

su primera huella indecisa

en el borde más lastimoso

de su lamento.

      En noche sentíamos

pasar los duendes sobre los tejados, 

y mi madre nos arropaba

con un simple “duérmete, hijo mío",

como si fuese un gozo de Dios.

 

Más otra nieve que no vino a vernos

se quedó en la cumbre hecha imagen

de sí misma. Y desde los dientes

de octubre hasta la barba morada

de frío de marzo duró su esplendor,

como si el tiempo no fuera con ella

ni nuestra sangre la derritiese.

 

Mas nosotros preferíamos la más gloriosa:

la caída sobre el capote

gris del pastor;

la que sobre el río se desnudaba

instantáneamente; la que sobre los hombros

de los niños era inmensa como el mundo,

aunque de un salto jubiloso

era destituida.

                    Y la otra que recuerdo

hoy, hecha túnel, entre casa y casa,

por donde pasábamos hacia el hogar

de la abuela Ángela, que se aparecía

como virgen atizando el fuego.

 

Pero la extrema que al final de todo

sigue cayendo con su más enérgica

dulzura, arrasando viva

las telas últimas; la que tras el monte

claro de la memoria, a cien años lívidos,

tiembla confusamente con su extenso

blancor, arrecia ya porque mi abuela

no está esperándonos; y un ignorado niño

se despide en el fondo de mis ojos.

 

 

 

4.-. INDAGACIÓN EN LOS LÍMITES

 

 

ESE CERCO DE MUERTE

 

Ese cerco de muerte de las manos cogidas,

ese tacto asombrando al propio cuerpo,

derrumbará mis óseas cavernas

y otros dedos recorrerán llagando

la piel turbada.

                   Como un cinturón

cejijunto delante de mi vientre,

los brazos dan su toque intemporal

al cuerpo triste que cae por los hombros

a los pies asombrados.

                           Pero ya se abren,

luego, y puede que vayan

a la cintura de la amada,

en el jardín de las Hespérides

donde el manzano de los frutos de oro

nos hace estremecer.

                              Oh, mano y brazos

cerrados, mas abiertos, dulcemente

perdidos en la soñada tierra

donde la alondra del tacto que canta

cada segundo levanta su son

ardiente.

            Que ni el aire venga

a injuriarnos la piel. Exenta y libre

por tu geografía hasta el cráter abierto

de la boca, donde la verdad

respira, cierre con llave cierta

tus besos. Y al subir, con más peligro

que aún amor, por tus soñadas prendas,

en tu centro nombrémonos

hasta el punto de que tiemble el pétalo

de tu virginidad.

 

 I

TRILOGÍA SANGRIENTA

 

La santa trinidad de la caza

- la escopeta, el perro, el cazador -

suben al sacrificio de la paloma

y el monte resuena como un templo.

 

Empieza a resquebrajarse la noche por oriente,

y en el cañón empavonado del arma

la luz primera incide

siniestramente.

                   El perro zigzaguea

tras el olfato.

                 Ya se está en el cerco

vibrante de la presa.

                           Y el día rompe

bajo la pólvora, mientras que de plumas

se ciega el sol, volviéndose a la noche

el alma dolorida.

 

 

II

Estabas en el árbol sola,

tensa en la rama, viendo amanecer.

Nada parece que se moviera

sino la gracia de Dios en los álamos.

Ya en una pata; luego cerrando un ojo

para guardar ese renacimiento.

Y la blanca luz que envolvía

tu blanca soledad.

                          Pero tapando

con su huella la de su perro,

arma en la mano, por la cuesta suben

los cazadores. Y uno que contempla

la luz dormida en la rama de abril,

ciego se queda; y con tan adversa

fortuna aprieta el curvo gatillo,

que a ti te alcanza en plena blancura,

cegando el ojo al amanecer.

 

 

III

Vengan los augures sobre tu cuerpo

a decir si los dioses son favorables.

Como bola de fuego

que cayese desde los infinitos

astros, te abres y cierras

sobre la cama gris de los helechos,

en una última palpitación.

No hay otra respuesta que la muerte

a lo que bello fue.

           ¿Qué zureo entonas

penumbra abajo de tu pecho triste,

y con qué agua pasarás en seco

a la otra orilla?

               No te han favorecido

los hados en este dulce abril.

Arrancada al seno armonioso

de la creación, y a tus entrañas

arrancada, rodaste sin órbita;

mientras el sol iluminó la mano

traidora a la vez que tu desastre.

 

 

EN LA LINEA TENEBROSA

 

En la línea tenebrosa donde se juntan el alma con el cuerpo

y el cuerpo con el alma. En ese límite

donde el rayo funde la creación y el poema levanta

su vuelo vacilante en alas de la noche.

En donde se escucha

el barco fantasma que, perdido el rumbo

y, locas, las sirenas

lanzan el último alarido al mar eterno.

(Allí donde se mide la ciudad sin fronteras.

Y dura y frágil es nuestra entidad ).

 

El gusto, el verbo y la dulce paloma

del  tacto, confunden sus paredes instantáneas

con tal desgarramiento, que por un segundo

se oye caer la blancura al oído

como a un bosque donde se sacrifican

todas las bellezas; y, un instante después,

de un hachazo la muerte nos nivela

bajo su resplandor de oscuros ecos.

Por allí pasó el niño revestido

de sombrías luces.

El tigre  haciendo airadas huellas rojas.

Los ídolos tocando las raíces difusas

de la conciencia. Y nietos y padres

fundidos en un germen bajo el raigón del tiempo.

Allí se perdió la razón

o se ganó el infierno o la gloria.

En su cuchilla se cortaron las manos

los que en el saqueo de lo misterioso

ganaron sólo el testigo para su acusación.

Trágica manera de salvarse aunque sea

en aras de la muerte.

 

Un poeta maldito sale de su madriguera;

arranca de cuajo sus árboles, y camina de raíz

sobre sí mismo.  Se dice adiós

en sus trajes. Se tapa la cara

para verse por detrás en lo que tiene de glorioso.

Llama a los sentidos para que sean sus valedores,

mas el tacto se le cae de las manos, y por la saliva

se desconcierta el rumor de unos labios que ya

nunca más vuelven.  

Cierra todas las puertas,

y, hecho un calabozo entre sus dudas,

afirma que es un rey revestido de armiño

al atardecer.

                Todo sucede cuando el alma toca

con el cuerpo y  éste con el alma.

Allá donde se afila el hacha de la muerte

junto al árbol pujante de la vida.  

 

 

A MILENIOS SONOROS

 

Ya estás aquí, cegada contra el pecho,

alondra herida de plumas de abril.

En aquel árbol poniendo tus llagas

dolorosas porque yo me cure.

 

Vuelas y el aire te sostiene en éxtasis.

Esa es la altura en que te ven mis ojos.

En ellos búscame y ocúltate

si viene el gavilán de la otra vida.

Tu cuerpo apenas es cuerpo en el tiempo,

y sí fogosa música llamando

desde el aparte de lo inmemorial.

Puerta sonora del alba en mi aldea

por la que un niño pasa, estando quieto;

pues su sangre y tu sangre están mirándose,

de par en par, ganando muerte y vida.

Trenzas el aire con lazos de oro

y luego los desatas de repente;

y todo el cielo en feliz rendición

baja encendido a vivir en tus plumas.

Ave secreta y evidente. Hoy

a diez de mayo escucho tus milenios

sonoros.

            Cantas como entonces.

                                               Arde

tu lengua en los oscuros límites

del tiempo. Y yo voy resonando

contigo, a cada paso que me alejo.

 

 

 

5.- INDAGACIÓN SOBRE MÍ MISMO.

 

 

PRIMITIVOS HUESOS CONFUSOS

 

Estoy postrado enfrente de vuestros estigmas,

los verticales, horizontales, y los puestos en cruz.

Huesos míos ante los que me quito la piel

para veros más transparentes.

He entrado con una lucecita por los ojos

y me estremecí al ver al “húmero” Vallejo.

 

No sé en qué playas dormís insomnes;

pero tiemblo porque os acostaréis

y ni las trompetas de oro

os levantarán de la tumba.

 

Primitivos, confusos y feroces,

más allá del ronco útero perplejos,

os contáis uno a uno en distancias terribles,

os unís en la guerra que brilla en los dientes:

Calígulas que entre horas os ponéis a matar,

en la espada el último jirón de la tarde.

Hubo un tiempo apacible, sin embargo,

en que Dios os tomaba la forma

bajo su mano de teoría errante,

y conmigo recorristeis el mundo

en hipostática diafanidad.

Íntegros éramos sin los presagios de la muerte

(ya en las muelas cariadas, ya en la sombra

de los padres). La verdad del mundo

era un puño de sol entre vuestros límites.

Mas hoy, ¿dónde el ruiseñor continuo, el árbol pleno,

el lenguaje fundido en letras míticas

de juventud? Vosotros allá,

y yo postrado en esta parte, invoco

el perfil mudo

en que resumís la forma de la noche.

 

Débiles hijos que a través del cuerpo

me ilumináis. Lámparas solitarias

velando el templo. A vuestra gratitud

y asistencia me acojo, ahora que el ayer

llega con su rumor de lento olvido

y os besa la ceniza, el claro engaño.

 

 

EL HUESO MÁS FEROZ

 

El hueso más feroz.

El que nació como diente en el hambre.

El que está sujeto

a su pobreza más deslumbradora.

El hueso que habla si da con el tuyo

y que en la ceremonia de la muerte vive.

El hueso herencia de mi madre,

metido hasta la cueva de este niño

que agoniza de viejo.

                                El hueso extraño

que nos hace tan mudos en la boca

y tan sonoros en el fin del mundo.

El hueso, nieto de mis propios huesos

que se corona en pedernales, y es tan devoto

de la agonía que con él todo acaba.

 

El hueso que me lleva en ese espectro donde va el jinete

de lo que nunca más. 

                              El que ahora me sale

por el dedo, señalando el árbol

y la piedra, indicando que mi cuerpo

se acaba y que todo se acaba.

 

El que al fondo me suena

treinta años después, cuando ya llega

la catástrofe.

                  El que al fin se muere

y ya no suena, ni es feroz, ni puede

sostener a nadie, porque se ha cumplido

fatalmente.

             El hueso que cruzado

con otro dice que no a la muerte,

salvando su miseria

en el beso que da y hasta en la tierra

que le falta.

            El hueso más perpetuo

que se derrumba por el lado donde

no hay Dios, y cae, y se levante, y cava

se tumba en carne viva.

(Que pesos astronómicos soportan

        (……..)

sus tuétanos, y qué cavilaciones

rompen en su seca arcilla).

Tómamelos, madre,

a lo último, en tus brazos serenos,

y allí reposen, siquiera mientras voy

a preguntar si lo verán mis ojos.

 

 

EL ENÉSIMO HUESO

 

El mundo entelerido de mis huesos

rinde su voz. A flor del tacto. Graves,

remotos. En oscuro renombre

bajo la piel.

                Hijos enanísimos

crecidos vertiginosamente

del revés: atentos sólo

al sonido que emite la muerte.

Calláis en una retracción de uña.

Hay un terror de bosques desde oriente

a occidente.

                Bellos sois,

aún más en vuestro imperio negativo,

clamando de uno en otro con las ciegas

noticias.

        Estos son los sueños

que quedarán. Una cal dormida

en ciega confusión. Y un sombrío esqueleto

temblando bajo el gesto de aquel niño.

 

 

FLAUTA LEJANA

 

Es posible que yo me tambalee

por la calle y no vengan en mi ayuda.

Las aceras son escurridizas.

Por las paredes se caen las casas.

Y todos los habitantes salieron

en una zarabanda ridícula y sin freno.

 

No estoy borracho. No he bebido

desde hace siglos que soy hombre.

Seguramente habrá algún gigante debajo de nosotros.

Alguien que lo conmueve todo.

La ley de la gravedad nos la habrán abolido

y nos entrechocamos diciéndonos adiós,

alejándonos siempre cada vez más, cada uno

hacia el vacío de sí mismo.

                                      No hay cuerpo de amor;

nada firme.

                Sabios

en extremo debieron de ser los que murieron.

Velas sonámbulas, no es el aire de Dios

el que nos lleva. Mas, de pronto, hay alguien

que toca la flauta en la sombra,

haciendo una gran calma en medio del tumulto,

y todos corremos

como para ahogarnos en su música.

Pero, si estamos cerca, el ignorado,

el dulce y cruel flautista, se calla de repente,

y no sabemos dónde

podrá sonar de nuevo lo que un instante pudo

sernos la salvación.

                            Ay, noción bella.

La mano es algo inútil. Los pies no te alcanzan.

Solos en la ciudad, con miles de hombres

a la deriva, seguimos andando,

y en espera de que la flauta suene

detrás de cada sombra.

                         No descansaremos,

oh noción bella, flauta lejana;

flauta escondida quizás en el último

pliegue del mundo. Gran cosa de locos.

Romperemos el techo de la nada

como enanos, saltando hasta llorar;

ridículos hasta la impotencia.

Con el pie vacilando en la música,

siempre lejanamente oyendo

el rumor último de la flauta perdida.

Apagados ecos que no me resigno

a que mueran en el oído sordo,

y sigo y sigo más,  preguntando sin orden

dónde está Dios, mi flauta de lamentos,

la mano sonora que acaricia el mundo,

pero que se aparta dejándonos solos.

 

 

   6.- Y 2 CERTEZAS

 

 

HÖLDERLIN EN SU ABISMO

 

                      (Últimos años del poeta Hölderlin en su locura)

 

No. Nunca este poeta llegó a morir en la casa del carpintero.

Ni lo sepultaron en la caja que labró para él el señor Zimmer.

Una música no puede ser vencida

ni estrechada en paredes de muerte.

Allí cayó el Faetón que, de tanto que se aproximó a los dioses,

fue deslumbrado por su pavorosa belleza, viniendo a dar

en cuerpo ciego derrotado.

                                        Pero su espíritu

rompe por encima, a miríadas de ensueño,

sobre su gesto y su recitación,

como una aurora sobre un mundo vacío.

                                          

No pudo morir

quien puso el alma libre

sobre la naturaleza intacta de las cosas.

Quien cantó a Salamina a la sombra de los laureles;

y a Diótima, como a la nostalgia de todo lo perdido.

 

 

Así ocurría el mundo en su corazón

como vino directamente venido de los dioses;

aunque sólo efímeramente los inmortales

lo tuvieran en su memoria,

pues de otro modo azotarían y azotarían,

como a una peña trágica,

¿y quién soportara su látigo estrellado?

Sólo un instante de eternidad y, luego, el recuerdo

de ese instante alargado en la memoria.

 

Hölderlin, ¿es que no hay Grecias anteriores a los persas?

¿Es que no puedes curar tus alas

sino arrancándotelas para subir,

en cuerpo vivo como un meteoro,

y, derribando la luz, entrar en los abismos

de tu propia conciencia?

 

¿Quién es más libre y  más sujeto fatalmente

a su condición mortal?

                                  El poeta que hablaba

sólo en cántico, tuvo que medirlo

todo menestralmente con tablas y números;

y en esto se rompió su espíritu

por el sitio donde más hería.

 

Desde 1807 al 43

se hizo un terrible vacío en el mundo,

como si un pavoroso volcán se hubiera metido

en su propia sima

y se le oyera rugir con el silabario de la muerte.

Como si le faltase la razón a las cosas

y el peso celeste a las almas.

 

Gestos estrábicos y el horror de oír

su propio nombre

es lo que resta del adolescente que mantuvo a los dioses

sobre su espíritu.

Caído ahora donde no hay ya entusiasmo ni dolor,

sino la penumbra en la que un hombre

es la carátula de sí mismo;

encadenado al cuerpo que no vio en vida.

Trágico Empédocles bajando por los escalones

del apoteosis  trágico y final,

donde lo Uno se ha roto y en agonía se siente

tirar a los buitres, de extremo a extremo,

llevándose los pedazos sensibles.

 

Ah, tus Cantos de Noche

que, a fuerza de armonía quebrantada,

tocan ya las raíces insurgentes

de la creación, en donde todo es ritmo

y amenazada forma, hasta que por último

el espacio y el tiempo se interrumpen

y sólo queda la escandalosa entidad de un hombre

que robó la luz a los dioses

y ahora perece, tenebroso.

 

El Hiperión, el Empédocles,

el Hölderlin cegado en el espíritu,

baja, sin encontrar, en adivinaciones,

por la pared oscura

donde los dedos tantean aún la nostalgia del Himno.

Baja, en supremo tránsito, con la razón perdida,

coronando su juventud .

No queda sino

el irremisible lugar del Neckar

para el cuerpo del alma que habló

como un pájaro, amenazadamente,

y, a la mitad de su armonía gloriosa,

la noche por sus venas fue arrojándolo

de sí mismo.

 

Mas el adolescente que vivió en este cuerpo,

no pudo morir en la casa de Zimmer.

Oíd aún su canto

bajo las alas penumbrosas, desatando caudales

de hermosura, todo ritmo cósmico

en su garganta de cristal.

Pues él sigue quejándose

en la página ardiente por Diótima,

mientras el Hado zurce el hueco triste

por donde al alba huyeron los dioses.

 

 

MI TÍA CLEMENTA, CUARTEADOS LOS AÑOS

 

Mi tía Clementa llegó esta tarde

con su silencio pavoroso.

                                    Hablaba altísima

la sangre, temblequeando

en el pecho del niño que tanto recordó

para que aquí todo acabase.

 

Mi tía estaba

tan de cuerpo presente que no le era posible

mover ni un dedo como afirmación,

pues todo lo hablaba quien no decía nada

en la órbita ciega y opresora.

 

El niño aquél aún sigue sentado

en sus rodillas.

                     Bella era la tarde

desde su puerta, cuando los crepúsculos

constituían sólo la verdad presunta

del alba.

          Amanecía en su casa

y en sus mejillas. Y a Dios ni lo nombrábamos

porque era el propio nervio entretejido

de vida.

          Pero ya se ha roto

la tabla y no hay más salvación,

pues se cumplen al fin aquella cita

y estos fracasos.

 

Ahora  sentimos sólo

uno a uno los trágicos siniestros:

el cristal cuarteado de los años,

lo dicho aquí,  pero que nos resuena

en las cavernas. La piedra que tan

gravemente nos turba por el celo

de su mudez.

                  Nos tentamos el cuerpo,

y es el alma la que sale llagada

en ese lance. Sólo queda

un fiero resplandor entre mi ser

y entre tu estar insólito,

oh tía donde apoyo mi huesito

filosófico, ahora que la tarde

ha declinado y fundida está

la razón de mi vida con tu muerte.

                   

 

 

 

Esta edición de Textos de indagación y 2 certezas,

de Gaspar  Moisés Gómez, ha sido

depositada en la Red a los 

cinco días andados 

del mes de octubre

del   año 

dos mil 

trece

.