Eva Vaz

 

La ternura de los lobos

 

 

 

 

CARMEN (1916)

 

 

ALZHEIMER

 

En la casa de los vecinos

se escuchan gritos desalmados

y gemidos como agujas.

La vieja tiene alzheimer

y la hija le grita:

guarra y cagona.

La vieja chilla

espantada.

Se ha cagado las bragas.

 

Mi abuela también

se cagaba,

y tiraba la mierda

por la ventana del séptimo,

o nos la dejaba,

como los Reyes Magos,

en el fregadero.

Mi madre le reñía a gritos

y luego lloraba.

Después, la limpiaba

y le ponía polvos de talco.

Mi abuela gemía,

media hora,

como si se le hubiese rallado

la queja.

Y luego volvía a

cagarse.

Mi madre hipando

como un pajarito,

mi padre rugiendo

como una bestia,

y yo,

huyendo horrorizada para no presenciar

el espectáculo,

o para no tener que limpiar

la mierda.

 

 

DONDE HABITA EL OLVIDO

 

El 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzheimer, enfermedad por la que las facultades cerebrales se ven mermadas al extremo de costarle la vida al paciente. Los índices se han elevado de manera notable en los últimos años, y por las estadísticas proyectivas, en el futuro próximo será aun más notable.

 

La abuela se fue muriendo

de olvido.

Se olvidó de sobrevivir.

Y a su corazón se le olvidó

seguir latiendo

después del último latido.

 

A la abuela se le fue olvidando

el significado de las palabras

y hasta su propia voz olvidó

de qué forma salir.

Olvidó qué eran sus lágrimas o

como abrir sus ojos transparentes.

Se le olvidó el dolor que duele

el dolor

o dar un paso tras el último

paso dado.

 

Las cortezas de su cerebro

se hicieron blandas e inútiles.

 

Al principio, cuando aún

se acordaba de andar,

de cagarse encima

o llorar,

la abuela nos hacía mucho

daño sin querer.

En las retinas lo guardo todo.

 

Mi madre, su hija, su madre,

murió antes que ella.

Y nos dejó huérfanos a todos.

Y a ella.

Pero mi madre,

se moría un poco,

cada vez que la reñía

por beberse una botella de lejía

o desnudarse en la calle

como un bebé vagabundo.

 

Y la abuela, la que tanto miedo

le hizo a mi vida,

y tanto añoro,

la de la  vida convulsa de hambres,

niños muertos,

 e hijos enfermos,

la de las palizas del abuelo

que murió de un calambre

por alcohólico, fascista o pobre loco,

Se fue muriendo en aquel sitio

al que nunca tuve el valor de ir.

 

Y sé que la abuela murió

de olvido

pero no olvidada.

Que sus huesos se plegaron

en posición fetal

como un recién nacido famélico

y listo para morir.

 

Hasta que se le olvidó de respirar

después de la última respiración.

 

Y ese día, todos respiramos.

 

Para seguir respirando...

 

 

 

CARMEN (1952)

 

 

PARA GRITAR

 

Mi madre siempre deseó

una parcela en el campo:

"descansar

es invertir en calidad de

vida".

 

Para su último hogar

improvisó un alquiler

de cinco años y flores de

PLÁSTICO.

 

La muerte también tiene

fecha de caducidad.

 

Ha vencido el alquiler

y mi padre le ha comprado

su propia parcela en el campo,

en el pueblo.

 

La muerte también entiende

de clases.

 

Vuelven a encontrarse,

por arte del negocio inmobiliario.

Su última cita,

en el paraíso del cementerio municipal:

mi padre asiste al siniestro desnudo

de huesos desordenados.

Y el anillo de matrimonio.

 

Su esposa, mi madre,

en una paz brutal como nunca tuvo.

Todo en una bolsa de PLÁSTICO.

Sin más mística:

el espanto en una bolsa de BASURA.

 

Mi padre volvió a sentar

a su amante

en el asiento del copiloto.

Con cariño. Con la tragedia

instalada en el volante.

Con arcadas. Con amor.

 

Depositó la bolsa,

como el que regresa del supermercado,

en la propiedad, orgullo familiar,

en una bolsa de BASURA

de PLÁSTICO

de marca.

Tantas bocas viven

de la muerte.

Hasta mi poema vive de la muerte.

Mi ego liba de tu muerte.

 

Perdóname.

mamá,

has tenido una nieta.

 

 

LA BANCA DEFRAUDÓ 236 MILLONES DE EUROS A LA SEGURIDAD SOCIAL

 

Mi madre murió

en el cielo de un quirófano.

Yo sé cuánto frío...

Sé como te lo quitan...

respirando,

respirando...

 

El limbo debe ser eso.

 

Mi madre murió allí.

Tenía las arterias demasiado pequeñas

Mi hija nació allí:

resbaló por la plancha

helada

y la sentí como un abrazo

a mi madre muerta.

 

Mi madre tenía las arterias estrechas.

Ahora sé por qué tenía

el corazón tan frío

y  la mirada glacial

 

Mi madre estuvo esperando

dos años,

con el frío en los ojos

y el corazón aterido.

Con mi incomprensión

implacable.

Dos años esperando una

desembocadura amplia

para su corazón de piedras.

 

Pero no hubo un salario

para un cirujano 

que le quitara la escarcha a mi madre,

que aligerase su turno en una lista

con muchos nombres

y muchos números,

con muchos hombres vivos.

 

Luego me contaron que yo estudié

con ese salario que no se dio.

 

Pero no me sirve la Filosofía

para dilatar

las arterias de mi madre.

No me sirvió ese salario

para comprender la estrechez

congénita

de sus arterias.

La causa de su frío.

 

Mis arterias también son débiles

madre...

Y a veces tengo los ojos nevados

y el corazón de hueso.

 

Y ahora no sé qué hacer

con todo

lo que no te dije.

Podría habértelo confesado

mientras respirabas

tu propia muerte

y perdías el frío.

O en un poema como éste

que me abrigue la conciencia.

 

La cría duerme

madre,

se parece a nosotras.

Se llama Eva.

 

 

EL LABERINTO DE LAS HERENCIAS

 

Las relaciones entre padres e hijos a veces no son fáciles, pero quien piense en amenazar a la «oveja negra» de la familia con un firme  «te desheredo» pierde el tiempo. En España los hijos tienen el derecho a   heredar al menos un tercio de los bienes del padre y de la madre, haya o no haya testamento.

EL MUNDO

Madre, de los cuatro hermanos,

yo heredé el menor número

de centímetros

y la mayor resistencia

para tumbarme, dejar de sonreír,

contener el miedo, estirar los brazos y

mirar dentro del cielo

o del botiquín.

 

Pero ando derecha por el mundo, madre,

y por la izquierda, como el padre.

 

Heredé la misma forma de tu risa

y la misma textura de tus lágrimas.

No heredé tu gusto por el victimismo,

pero sí tu tendencia natural para manipular

de forma invisible.

Heredé un trozo de vuestras casas

de protección oficial,

los balcones, supongo,

y tu entusiasmo por aprender.

 

Y no sé si fueron aquellas tardes

de plancha, con la abuela,

cuando hablabais de "la vida"

como una enfermedad incurable.

El caso es que dejaste para mí la peor

de tus herencias.

Este cortocircuito en el cableado

de mis neurotransmisores,

este nudo en las venas,

esta maraña de nervios

mal ordenados hacia mi cerebro,

estas ganas horrorosas

de llorar

o morir

a cualquier hora.

Esta vida sentida como

un clown ciclotímico.

 

Si no te hubieras muerto, madre,

compartiríamos benzodiacepinas

y platos pequeños para nuestro

fino esqueleto.

Si no te huebieras muerto,

te habría gustado mi vida,

mi hombre y mi hija.

Y habrías llegado a quererme.

Y puede, incluso, que algún neurotransmisor

hubiera recuperado su dirección.

Pero aquel quirófano

hizo realidad tu sueño

de aliviar el peso de tu vida.

Y tuve que heredar, también,

el mismo psiquiatra.

Él me ha enseñado a perdonarte

la herencia,

a emocionarme con lo pequeño,

a ingresar en la vida

con el nudo en las neuronas

y la serotonina inservible.

 

Y no te apures, madre,

si me tocó a mí

tu desarraigo crónico,

la fatiga de mis venas

huérfanas.

Tengo el corazón de hueso

y aprendí a flotar

antes que a nadar.

 

Madre, también he heredado

tu botiquín

y las mismas drogas que

te calmaban

tres veces al día.

 

Todavía tengo fuerza,

madre,

para darte

LAS GRACIAS.

 

 

 

EVA (1972)

 

 

LA HISTORIA DE UNA NIÑA

I

De niña, yo recuerdo

a mi madre,

corriendo despacio 

hacia el balcón

Amenazaba volar desde el séptimo. 

Mi padre corría detrás,

más deprisa, 

para verla planear.

O acompañarla en el 

vuelo.

Para no manchar 

de rojo 

el jardín.

 

II

 

De niña, yo recuerdo

las excursiones de los domingos:

viajábamos a un hospital con vallas y jardines,

íbamos a ver al abuelo 

de segunda categoría.

Me decían que el abuelo

no llevaba mi sangre

y yo me alegraba porque 

estaba malo 

bebía mucho 

y estuvo en la guerra

con los que ganaron.

Un domingo fuimos al parque.

Mi madre me dijo que 

el abuelo se había muerto 

de un calambre. 

No me entraron ganas 

de llorar.

 

III

 

De niña yo recuerdo 

a mi abuela.

Olía a ropa planchada 

y sus ojos miopes eran 

casi blancos de lo claros.

Luego comenzó a repetir 

las mismas preguntas.

Me decía que yo era su 

niño muerto

o su madre.

Preciosa y estética,

la abuela

llegó a olvidarse 

de respirar.

Y yo no pude...

debió ser el cadáver 

más lindo

que nunca hubiese

 

IV

 

De niña yo recuerdo 

a un hombre educado,

me llevó adonde los buzones.

Buscaba a un señor.

Aquel hombre se acercaba

mucho, por detrás.

Parecía que no sabía leer.

Me hizo llorar mucho

y no se lo conté a nadie.

 

V

 

De niña, yo recuerdo

Que mis padres

Me decían 

Que yo era

Una niña 

muy rara.

Que no era una buena

hija,

cada vez que intentaba

abrirme 

las venas.

Y les manchaba 

la alfombra

de sangre

 

VI

 

Ahora, de mujer,

soy capaz de escribir

todo esto.

Y hacerlo bello.

Y hacer de mis tripas

Un corazón precioso

de material sintético.

Y reservar el corazón 

auténtico 

para las grandes 

ocasiones:

para mi niña.

Ahora,

de niña.

 

 

ARENA

 

Yo fui de arena

porque dabas fuerte

y no te dolía.

Y cuando regresaba

la marea

ya no quedaban 

huellas.

 

Yo fui de arena

porque siempre volvía

a mi ser,

pétreo e invertebrado

tras tus pies

pisando mis castillos

mis costillas

mi cuello.

 

Yo era arena virgen

hasta que llegaste 

y lo manchaste todo 

de sangre.

 

Yo fui arena

llorante, mojada y sombría.

Sal.

Mar rojo.

Y un trocito de cielo 

si preguntaban.

 

Yo fui arena rota

porque vulnerabas 

mi naturaleza

intacta

como baldosas de cemento

bajo el mar.

 

Yo fui arena

frágil e indivisible.

Y ahora soy piedra.

Nervio.

Arma de palabras.

Y ahora soy una duna

por la que resbalan

tus hijos,

y rien conmigo,

y río con ellos

cuando estás

lejos.

Y lloran, 

y lloro, 

porque sé

que nuestros hijos,

pueden ser ahora

tus nuevos sacos

de tierra y 

ceniza.

 

 

LAS AMIGAS

 

Compartíamos la misma jaula.

Mis queridas roedoras: 

ratas.

Las amigas.

 

No ratones blancos ni 

rojos siquiera, 

no son inofensivos los adjetivos

que tengo para vosotras,

miserables.

ratas

 

Animales de sangre caliente,

las ratas sobreviven 

las epidemias.

los dientes y 

las garras

mordisquean en las miserias.

Así se alimentan.

Las ratas.

 

De entre todas las ratas

yo era una rata con rabia.

 

Una rata hirsuta y encorvada

puede estar enferma.

No huye si alguien se acerca.

Lo ama.

 

Muere en un rincón

sin lamer a nadie.

 

Y vosotras, ratas

escandalosas e hiperactivas,

perseguíais 

mis drogas

mi pan

o mis hombres.

 

Vosotras,

despistadas y feroces

erais carcomidas 

por mis tildes.

Por la fidelidad a mi

enfermedad.

Por el sexo que oíais

tras las paredes.

 

Yo era rara,

yo estaba enferma.

no era una de ellas,

pero seguía viva.

 

Bulliciosas y fraudulentas,

regurgitabais entre vosotras 

mi basura.

Y os reíais escandalosas

si escuchabais mi tristeza

O mi placer.

 

Actrices veteranas, 

ratas,

envidiabais me resistencia

al veneno.

Mi metabolismo vivo

y sobrevivo

sin morder alimento alguno

ni pelo para mis huesos.

Sin vuestra bisutería,

yo era una rata 

bella.

 

Mis amigas,

finas ratas aristocráticas,

enseñabais el tercer párpado,

ensangrentando vuestras miradas

clavadas en mi frío,

como un juicio implacable.

 

Ratas,

roíais mi conciencia

porque me apetecíais el odio.

pero yo era una rata

enferma.

Una rata rota.

 

Y el tiempo ya desinfectó

vuestras heridas perseverantes.

 

Y no os tengo fobia

ni lástima.

Porque os habréis tenido que 

calmar la hambruna

con vuestras propias

miserias.

Sé que os estáis comiendo

a vuestras crías.

 

Y no quedáis

 

Satisfechas.

 

 

LOS AMANTES INADECUADOS

 

Mis amantes nunca

fueron hermosos.

Delgados, de venas exclamantes, 

esculpidos en hueso,

dramáticos, tiernamente trágicos

hasta la risa.

 

Mis amantes eran difíciles.

Se resistían salvajemente

para luego entregarse,

resignados e imposibles,

con la soberbia domesticada,

la cabeza baja

mirando mi sexo,

destruidos por el deseo,

más poderoso que el espíritu.

Tristes.

 

Ninguno me dobló,

hasta que el mismo demonio

abrió mis hojas débiles

y entró

para no salir.

 

Me hizo fanática 

de su sexo,

me desvió la lujuria

hacia el mismo centro de su boca,

concentró la sorpresa 

en sus pasos arrastrados;

el placer, en el sonido 

de su voz categórica,

en la gravidez de sus ojos.

Me acostumbró a sus costumbres,

me creó la necesidad de necesitarlo,

y por fin se ofreció a suministrarme 

la dosis de sí mismo de la que 

me hizo depender.

 

Luego me instaló 

un tumor benigno

en el útero.

 

Y ahora todo es diferente,

todo es diferente.

Y ya no estoy 

sola.

 

 

LA HISTORIA DE LA CHICA QUE COMÍA SUEÑOS

 

Yo sólo tenía

un cuerpo de

once años.

Y mi entrenadora

me quería niña.

 

Más niña, más.

Más alto.

Más.

Más hueso.

Más cerca del cielo.

Más.

Y yo me fui acercando.

Más y más

a los infiernos.

Y allí ingresé,

tan pronto,

tan escasa y pequeña.

 

Me arrancó de mis

once años.

La entrenadora.

Me reclutó en aquel gimnasio

y allí dejé tres meses

de mis once años.

Entrenando.

Llorando.

Entrenando.

Soñando.

Entrenando.

Entrenando.

 

Custodiaba mis raciones.

La entrenadora.

Abría mi bolsita de alimentos

y la expurgaba

como una madre

despioja a sus crías.

Luego la llenaba

de triunfos inventados:

cada ayuno una medalla.

Más ayuno,

más alto,

más cerca del cielo.

Más.

 

Un día registró,

la Entrenadora,

mi bolsita de sueños,

y halló

chocolate.

Luego me echó

con los ojos llenos de fuego.

Y me devolvió a

la vida,

sin sueños

ni victorias.

Sin entrenadora.

Con la bolsita vacía.

Y el dolor.

 

Con treinta y seis kilos

ingresé en el infierno,

famélica y endeble

como pajaritos

reciénnacidos.

 

Y la bolsita llena de gozo,

como un osario.

Toda hueso,

con once años.

 

No he vuelto a probar

el chocolate.

Me produce arcadas

y un dolor fino

que me hiere el pellejo

y hasta el mismo

alma.

Ahora sólo necesito

extirpar el recuerdo.

Y el chocolate no sirve.

 

El medacepán hace

milagros.

 

Ahora, con treinta años,

en la bolsita de sueños

escondo

psicotrópicos.

 

 

LA MUJER DE LOS HUESOS PEQUEÑOS

 

Médicos gallegos diagnostican la enfermedad en niños de 13 años

La anorexia nerviosa comienza a ser cosa de niños. Los especialistas gallegos perciben que este trastorno de la alimentación  “afecta a niñas cada vez más jóvenes”

ADANER

Miro a Eva

con el vértigo en los huesos

y los ojos llenos de prisa.

Y pienso en todo el daño

que me hice.

En todo el daño que me hicieron.

Y abrazo a mi niña

para arrancar de la retina

tanto hielo

y tanta negación.

 

Recuerdo los pechos vendados

bajo el maillot,

desaparecidos tras las vendas.

Me hubiera roto

las vértebras de asfixia.

 

Recuerdo mi forma

de arrancar el vello

con esparadrapos.

Mis axilas no eran vírgenes

y mi sexo tenía pelusa.

Aquel vello se me clavaba en los ojos.

Aún me queda vello en la retina.

 

Recuerdo mi cintura fina.

Las niñas no tienen

cintura fina.

Mis curvas fueron apretadas

como un puñado de tierra.

Lloré sobre esas curvas

y clamé paz para mis hormonas.

 

Recuerdo la gravedad de mis huesos

mi forma sañuda de lavarlos,

salvaje e iracunda.

 

Recuerdo los platos pequeños.

Las trampas.

La comida volando por la ventana

o escondida en los cajones.

El hospital.

Las sondas como un prolapso

de mis venas.

El suero.

El valor energético cero del suero.

El recuento hipnótico de las gotas de suero.

La botella de suero entre las manos

mientras subía y bajaba las cinco plantas

del hospital.

 

Recuerdo a la vieja chillando.

Se murió a mi lado

Sus estertores aún zarandean

mi cama.

 

Aprendí a mentir

por no aprender cómo se muere

una niña.

 

Recuerdo cómo acariciaba mis costillas

y el lanugo de mi cuerpo.

El color azulado de mi piel.

La fascinación por la hermosura

de las manzanas.

 

Yo buscaba la inexistencia

bajo la cinta o las mazas.

El vuelo infantil bajo el aro y la pelota.

La cuerda en el hueso.

 

Recuerdo que no dolían los murmullos.

 

Recuerdo que quise morir y no supe...

pero quise.

Y yo era una niña.

Y una niña no debe ansiar

la muerte...

 

Todavía me toco los huesos

buscando la calma

de su vehemencia.

 

Era una niña.

 

Y ya quise...

 

Ahora, abigarrada

a mi cría,

no quiero.

 

Hoy no quiero.

 

 

LIMPIEZA

 

Es el momento de hacer

limpieza,

y se me congela el pulso

cuando acaricio mi colcha azul.

Está muy sucia.

Tiene mierda.

Huele bien.

 

Mi colcha azul contiene

los secretos más tibios,

los años más fáciles

y alguna de las horas más largas.

 

Mi colcha azul ha cubierto y descubierto 

muchos cuerpos,

y de casi todos guarda señal.

Mi colcha azul mantiene calientes

sus huellas,

es lo único que queda 

de ellos.

La colcha. 

 

Mi colcha azul ha escuchado

mi voz más obscena,

mi voz más desesperada.

Ha oído el rugido de mi estómago

vacío

tantas noches.

Tantos años.

Mi colcha azul sabe más 

del comportamiento humano

que cualquier manual de Antropología.

 

La colcha azul ya no yace

sobre un colchón en el suelo,

ahora 

forma parte del mobiliario

de la habitación de invitados

donde nunca hay invitados.

 

Y mi colcha azul se muere

asfixiada por el polvo del tiempo,

última señal que mantendrá

mi colcha azul de la India.

El polvo entierra y olvida

los otros polvos, las otras risas,

mi otra vida.

 

Es el momento de hacer limpieza.

Está taladrada de agujeros de petas,

y sobre ella se han derramado

todo tipo de texturas.

Está vieja,

pero no me cabe en el cubo de la

basura.

Eso tiene que significar algo. 

 

 

 

EVA (1999)

 

 

EN ESTE MOMENTO

 

Mi hija crece con el vértigo

en los huesos.

Irreversible e indiferente.

Pero yo no crezco:

cumplo.

 

Mi hija empieza a ser una niña

con toda la entidad e identidad

de sí misma.

Y, mientras ella lo aprende

todo,

yo no comprendo

nada.

 

Y le envidio la alegría 

a mi hija.

Le envidio su limbo

y la risa sin sospecha.

Le envidio los márgenes

pequeños

de su pequeña existencia.

Le envidio los rizos,

las preguntas 

y su pequeño miedo.

 

Le envidio la facilidad 

y la felicidad 

de su cielo sencillo

y exento.

Pero sé que le atacarán

las preguntas sin respuestas.

Y el miedo pequeño se le hará

terror.

Y sé que el mundo 

se cobrará

su inocencia.

Y ella estará de acuerdo.

Sin pedirme permiso

ni consultarme.

Sin que me dé tiempo

de encontrarle las palabras

adecuadas

para justificar su nacimiento

o el ingreso en la vida.

 

Y sé que mi hija

es más feliz

que su madre,

que sabe y espera

que la niegue más 

de tres veces.

 

Como ella, su madre, 

hizo con la suya.

 

Como hará 

el año que viene

en esta misma 

arena.

 

 

A LOS TRES AÑOS Y MIEDO

 

Eva improvisa un castillo de arena

con una fiambrera.

Ahora todo le vale.

Le prepara viajes a sus muñecos 

en los zapatos monovolumen de su padre

o en el nº 27 que ya le va quedando justo.

 

Yo le ayudo en su arquitectura de flan pétreo

y le traigo conchenitas.

Le incrusto ventanas, ventanitas, 

puertas, balcones, terrazas...

 

Eva, fácil y desbordada, 

me dice: 

Ya, mamá, ya...

que se te va a escapar

la princesa.

 

 

MÁS QUE ARENA MOJADA

 

Me esmeré.

Le puse cuidado:

la arena húmeda,

el molde preciso,

la tortuga preciosa.

Dos conchenitas, los ojos

y exágonos exactos, el caparazón.

 

En cuanto estuvo levantada

le improvisé una fiesta

para enseñársela a la cría.

Con la ilusión aún caliente 

en las manos húmedas.

 

Mi hija no tardó más de un segundo

en pisarla

y destrozárnosla 

a las dos.

 

Fue el instinto.

 

Y lo peor es 

que no será la última vez

que lo haga.

 

 

EL CIRCO

 

Estaba en el colegio

y compramos 

entradas para ir

al circo.

 

Pasaban varias funciones.

Fuimos todos, 

enloquecidos, 

con la merienda y con

la risa puesta.

 

Excepto yo.

 

Me sentaron en 

primera fila.

Desde ese sitio

veía todo lo que ocurría

tras la cortina

 

Primero salió el hombre-pellejo.

Parecía muy muy mayor.

Tiraba y estiraba 

de su carne

y no siempre le volvía 

al mismo sitio.

 

Salió un sólo payaso.

Yo había visto cómo 

tras la cortina,

zarandeaba a una niña:

la trapecista,

su hija.

 

El payaso era muy tonto.

Nos reímos mucho

de él.

 

Luego, salieron las trapecistas.

Una señora muy grande y

la niña,

la hija.

La trapecista niña

lloraba,

pero no se veía 

desde lejos.

Parecía más mayor 

allí arriba.

Los niños aplaudían mucho

y dejó de llorar.

 

Después salió el domador

que era el mismo payaso.

El padre de la trapecista.

 

Una mujer con mucho pelo

y mucho maquillaje y muchos tacones

le planchaba el traje.

Creo que era la otra trapecista

porque no se caía de los tacones.

O la mujer barbuda.

 

Los leones del domador

parecían gatos

grandes

y repetían el mismo movimiento 

siempre.

 

También salió la señora

con barbas y tacones 

disfrazada como los hombres 

en el entierro de la sardina.

Cantaba.

Pero yo veía que sólo

movía la boca.

Los niños se reían mucho.

más que con el

payaso.

 

Después de un descanso

salió un hombre que rompía 

una vajilla de veinticuatro piezas

con la cabeza. 

Y luego se la tragaba.

A los niños nos dio mucho

asco.

 

También salió una niña,

muy delgada,

doblaba sus huesos

sin dolor.

Era la trapecista.

Había dejado de

llorar.

 

Y ya, antes de terminar

salió la taquillera,

disfrazada de princesa. 

Hizo desfilar en

el circo

a muchos animales:

ovejas negras y blancas,

burros, 

zorros ,

camaleones, 

perros,

cigarras 

y hormigas,

pulpos, 

búhos, 

palomas,

ratas 

y buitres.

 

Han pasado décadas. 

Ahora es mi hija 

la que

quiere ir al circo.

 

Irá.

 

 

LA FALDA

 

Era una tela naranja

con florecitas verdes.

Se parecía mucho al paño

de nuestra mesa de camilla.

 

Un metro cuadrado de tela:

hay que hacerle 

una bastilla pequeña

para meter el elástico.

Yo le puse unas bolitas de colores

y unas plumas

que te dije que me había regalado

una de las palomas que 

saludamos cuando abrimos las 

persianas cada mañana.

La que no se comió el mono.

 

A las 13:30 estaba lista

la faldita

y mi proyecto y el presupuesto,

y las inyecciones para el dolor.

Pensé que era larga

pero no estaba muy segura.

Creces muy rápido.

 

A ti te pareció 

la falda de una princesa

y la llevabas así de linda.

 

Cuando te miré por la ventana,

a las 16:30,

y cuando las vi, comencé a 

llorar.

 

Las demás niñas llevaban

la misma tela.

Pero era un vestido,

como el de una reina.

 

Yo lloraba

mientras tú jugabas con

los demás niños.

Y aplaudías cuando

te lo decía la seño.

Y cuando aplaudías, 

yo lloraba.

 

A las 20h. Yo presentaba 

mi libro 

sin presentador.

Y comencé a llorar

ante el abuelo.

 

El abuelo no merecía escuchar 

ese poema.

Ni tú merecías llevar esa falda

tan larga.

 

Pero érais felices

como “cíncipes”

mientras yo seguía 

llorando

mi imperfección.

 

Me ha sobrado un poco 

de tela, 

mi vida.

 

Te haré una falda

preciosa

para el verano.

 

 

LOS MAMÍFEROS

                                                    A Marcos y Eva

 

La naturaleza nunca imaginó 

la unión de estos

animales tan bellos.

Fieramente humanos, 

animales de sangre caliente, 

no templada ni helada.

mamíferos puros,

auténticos

animales en vías de extinción.

 

Sin pertenecer a la misma familia

cruzaron su sangre

hasta hacerla idéntica.

 

Más mamíferos que otros 

mamíferos,

son grandes animales 

grandes.

Animales frágiles como 

trozos de arena.

Animales fuertes como

acantilados.

Como granos de arena pura.

Hermosos ejemplares:

Se Aman.

 

Tiemblan con la misma intensidad

con la que 

lloran, ríen o

gimen su particular

alfabeto emocional. 

 

No los unió la desesperación 

o la desolación de la especie.

 

Los une la frente alta.

 

Su excepcional condición

mamífera

hacen preciosa su 

triada de comportamiento:

 

Crían y cuidan a su prole

como les dicta su sangre ardiente. 

Aman y amamantan 

a sus crías

con palabras nutricias.

 

Se comunican con todo lo

que puede: palabras, risas,

lágrimas,

palabras preciosas y precisas,

palabras que aman

casi mejor que ellos

 

Y juegan: juegan a hacer

literatura del mundo, 

y hacen un mundo más literario.

 

El sistema límbico,

propio de todo mamífero,

fue hermanado y compartido

para soportar un mundo 

en el que los monos

se comen a las palomas.

Su sistema límbico común

extirpa el diablo de sus ojos

y les permite

el amor.

 

Los une la frente alta.

Denominador común de los

Mamíferos buenos

que dominan las funciones 

de planificación, empatía,

y sentimientos altruistas.

La frente alta

de los mamíferos con conciencia

y compromiso en bajito.

 

Es posible, incluso,

que la frente alta,

propia de los mamíferos 

bellos

persiga el sol o la luna,

un cielo bajo el que vivir

y un suelo de arena 

dónde posar 

sus extremidades

apareadas.

Porque nunca pisarán 

sus pies

los castillos y costillas

de la arena virgen.

 

Estos mamíferos hermanos,

amados y amables,

se despojan

y descubren 

la piel fina 

que protege sus órganos más delicados. 

 

Porque cuando están juntos, 

en el mundo hace menos frío.

 

La hembra era un animal 

gravemente herido.

Sobrevivió al hambre y al frío.

Al ataque de otros animales

de la misma jauría. 

 

El macho también 

Ha sido vulnerado,

porque el mundo hiere fuerte

a los nobles. 

 

No es casual que

estos mamíferos 

se amen.

No es casual 

su monogamia y su prole

compartida.

 

No es casual que se amen.

 

Es necesario.

 

La presente edición electrónica de La ternura de los lobos,

de Eva Vaz, realizada por Portal de Poesía,

   ha sido depositada en la Red

a unas pocas horas

de la noche

de San Juan  

del  año 

dos mil 

cinco

.