Elsa López

 

 

La pecera

 

 

 

 

Como pez en el agua. Así nosotros.

Un reducto donde todo se concentra;

una burbuja que cierra y protege.

Como en una pecera. Así nosotros.

                   

   Miguel Ángel Moreno

                       

 

 

NEMATOBRYCOM PALMERI

 

                        A Juan Álvarez-Ude

 

 

 

Era un pez muy extraño. Amistoso y distante.

Le gustaba saltar por encima de las anémonas y los crustáceos.

Le gustaba reírse de los viejos delfines

y hacía burlas continuas de las autoridades marinas o celestes.

Se había inventado un cerebro de color amatista

y creía, fervientemente, en los grandes avances de las ciencias ocultas.

Sentado sobre el borde de la enorme pecera

ocupaba el lugar  siempre exacto que le correspondía

y desde allí observaba

el territorio opaco que había dejado atrás.

Yo le llevaba panes, caramelos de miel y migajas de hojaldre,

y lo miraba hundirse y remontar las olas

y cargar con las penas y el miedo de los otros.

 

 

HEMIGRAMMUS CAUDOVITTATUS

 

                                   A Juan Antonio Baños

 

Era un pez muy solemne.

Hablaba con los ángeles, los santos y las vírgenes

que los barcos piratas habían abandonado

en las criptas sin luz de los océanos.

Y, a pesar de lo oscuro de las profundidades,

le brillaban las escamas y le brillaban los ojos

como dos lentejuelas o dos ónices negros.

Cuando me presentía,

huían sus miradas al ruido de mis pasos

como si le asustasen los cantos y las voces

de esos seres huraños con los que convivía.

Y cuando se nublaba o se escondía el sol,

subía a lo más alto,

y me traía del fondo anillos y collares

para que yo supiera lo mucho que me amaba.

 

 

TETRAODON FLUVIATILIS

 

                                   A Irene Brea

 

 

Vino del río una tarde. Se instaló en la pecera

como si hubiera sido su casa desde siempre.

Tenía un movimiento pendular y armonioso

y era como la seda. Magenta adamascada.

En los días de lluvia,

inclinaba su cabeza hacia el mar de poniente

y detenía su viaje por muy breves momentos.

 

Siempre estaba soñando a través de un espejo.

Soñaba con moluscos, el ciprés de la calle,

las tejas nacaradas con olor a jazmines,

el muro de la iglesia,

y la ausencia infinita de un mar inalcanzable.

 

 

SERRASALMUS NATTERERI

 

                                   A Benjamín Clark

 

Era un pez sigiloso del color de los pinos.

Daba vueltas y vueltas alrededor del cielo

tan cadencioso y suave

que daba casi miedo tocarle las escamas.

Era un pez taciturno que andaba por el agua

componiendo sin cesar versos marinos

que hablaban del amor y de otros peces.

Navegaba en silencio. Siempre solo.

En sus ojos azules se filtraba la luz

y él bajaba las alas

como si un gran destello le cegara los párpados

y lo empujara levemente hacia el suelo.

 

 

HYPHESSOBRYCON FLAMMEUS

 

                                   A Álvaro Díaz-Palacios

 

Nadie sabe de dónde Dios le vino ese color tan raro

que iluminaba siempre sus pestañas

y le daba a su rostro una viveza inusitada y limpia.

Corría, giraba, se enroscaba en las olas,

se golpeaba contra los muros,

y todos los días,

con aquella constancia imperturbable y férrea

que le caracterizaba, deshojaba gorgonias,

lloraba entre las conchas,

y preguntaba a los demás me quieres, no me quieres.

Luego se sumergía con fuertes coletazos

cuando yo me acercaba —poco a poco—

a acariciar su lomo atormentado.

 

 

APHYOSEMION AUSTRALE

 

                        A Juan Carlos Martínez

 

Era alegre y travieso.

De un radiante color verde las aletas y el vientre.

De colores el arco que describía a su paso.

Como un pájaro volaba por la gran superficie,

salpicaba las mesas, empapaba manteles,

y perseguía en las sombras un destello,

una ráfaga, un sonido.

 

Él era la alegría de la enorme pecera.

Cada vez que su lomo, de verdes y esmeraldas,

saltaba por el aire, por el fondo y las rocas,

sorteando el peligro y los afilados dientes

de otros peces mayores,

daba raros reflejos de colores brillantes

a las paredes sin luz de nuestra casa.

 

 

PAPILIOCHROMIS RAMIREZI

 

                                   Guillermo Mora

 

Era un pez sin espinas

y siempre navegaba formando olas celestes.

Doradas las aletas y el dorso azul turquesa,

recorría la pecera en una ceremonia

inexplicable y mágica.

Por el fondo la arena formaba laberintos

y él, tan misterioso y grave,

—casi humano en sus giros—

abría sus aletas como abanicos negros

y dejaba una estela de ternura en el agua.

 

Cuando llegaba el frío, abría sus grandes ojos,

arrimaba su pecho al cristal transparente 

y acariciaba mis dedos al saberme tan triste.

 

 

BRACHYDANIO RERIO

 

                        A Miguel Ángel Moreno

 

Se escapaba por el día

y se iba por el mundo a buscar alfileres

para hacerme una falda del color de las algas.

Los caballos marinos jugaban con él a la pelota

en las verdes praderas que pintaba en el agua.

 

Cuando no lo miraban o se quedaba solo

hacía raros dibujos con las plantas flotantes

formando garabatos en las redes marinas.

Y entre el césped acuático y los musgos de Java

me inventaba una playa de papel amarillo

para verme reír sobre la arena.

 

 

BETTA  SPLENDENS

 

                        A Sara Murado

 

Era un pez luminoso y pacífico.

Como si llevara puesta una luna de bronce.

Como algodón en rama por el fondo del alma.

 

Ni el viento ni la lluvia oscurecían su vientre sonrosado.

Y cuando todos dormían, vigilaba, muy alerta,

el paso de las aves.

 

Elegía las corrientes más rápidas y frías

y se dejaba acunar por los peces espada

y las esponjas ciegas que pueblan el abismo.

 

Se había construido un mapa de colores

con rosas de agua dulce y con cipreas

y pintaba de blanco las anémonas blancas

que crecen en las rocas.

 

 

CARASSIUS AURATUS

                       

                                   A Tania Padilla

 

Era un pececillo rabicorto y callado

buscador de piratas y cofres de marfil

que los peces barbados

depositaban de noche en sus escamas.

 

Conformaban su mundo piedrecillas redondas,

un pequeño jardín alfombrado de erizos,

caballitos de mar y ermitaños cangrejos

que ella misma cuidaba con esmero.

 

Era un pez muy pacífico

capaz de convivir con otra especie

pero muy poco dado a dejarse capturar

o a quedarse cautivo.

 

 

CAPOETA TETRAZONA

 

                                   A Didac Pla

 

Era un pez fluorescente

con aletas ventrales teñidas de naranja

como si cabalgara a lomos de una estrella.

 

Era un pez educado en el difícil arte de las lenguas

y siempre sonreía a pesar de la pena.

Así sus juegos, sus gestos, sus piruetas,

su deslizarse alegre alrededor del mundo.

 

Y yo le agradecía esas muestras de afecto

con que cubría de dones las puertas de la casa.

 

 

POECILIA LATIPINA

 

                        A Pedro Quesada

 

Era un pez sonriente de color verde tierra,

pequeño y algo triste. No dormía ni hacía ruido.

Sus ojillos redondos ardían como lámparas

observando, curiosos, el ritmo irregular de las estrellas.

En las sombras del sueño lo miraba moverse

y yo me preguntaba si su viaje era un canto,

un gozo, o una muerte muy lenta.

 

Los domingos,

al sonar la campana de las diez menos veinte,

levantaba su cola, hacía vibrar las ramas

de los corales negros que nacen en la arena,

y giraba hacia el este buscando el horizonte

que lo llevaba al mar y a las orillas.

 

 

PANTODON BUCHHOLZI

 

                        A Alberto de La Rocha

 

Tan serio. Tan distante.

Tan huidizo y severo.

Tan parco en las miradas.

Tan reservado en la sonrisa y en el gesto.

 

Cuando arreciaban las tormentas,

su cuerpo gris de plomo permanecía impasible

flotando en la penumbra de los quintos infiernos.

 

No había rincón del mundo que él no conociera.

Sabía las costumbres de los peces más raros

y sabía de corrido los nombres tan difíciles

con que algunos se llaman.

 

Yo amaba su costumbre de mirar los planetas

y decir de memoria su rumbo sobre el agua.

 

 

BOTIA MACRACANTHA

 

                        A Estefan Gisbert

 

Le pinté la pecera de color caramelo.

Le compré doce cuerdas de guitarra

y le puse de nombre K 121.                       

Era hermoso y brillante.

Y era capaz, de un salto, de hacer un pentagrama

con huevas de caviar y cintas plateadas.

Y cuando me dormía rendida por la pena,

iba de un lado a otro componiendo preludios

y bellas melodías que convertían el mar

en un cuenco de arpegios y sonatas.                             

 

 

CARNEGIELLA STRIGATA

 

                        A Javier Serena

 

De un verde color verde la cresta y las aletas.

Desde el primer momento que llegó a la pecera

él eligió su espacio, solemne y aquietado.

Me gustaba mirarlo debajo de las rocas,

y lo mismo que un duende, precavido y astuto,

trepar por los corales, descorrer las cortinas,

mirar los cascos viejos de los barcos antiguos

que caminan de noche por encima del agua,

y hundirse, pensativo, debajo de las olas..

 

 

TELMATHERINA LADIGESI

 

                        A Javier Siedlecki

 

Era un pez instruido.

Un pez con cierta clase que buscaba, insaciable,

tesoros escondidos y objetos extraviados.

 

Tenía buenas costumbres:

bailaba siempre tangos con los tordos reales,

llevaba las escamas con elegancia suma,

se alimentaba de esponjas y se comía las flores

que se iban deshojando en las curvas del aire.

 

Yo lo amaba por sacarme a bailar

y dejar boquiabiertas a todas las sirenas

que pasaban el día rondando la pecera

robándome la sal y las dos piernas.

 

 

CORYDORAS PALEATUS

 

                        A María Zaragoza

 

De corales cubiertos el vientre y la cintura,

escribía sin parar sobre el amor y el sexo de los náufragos.

Escribía a borbotones novelas sobre el hombre

y su rara costumbre de echar migas de pan en las peceras.

 

Era como un torbellino.

Como el viento del sur huracanado y tibio.

Así su caminar por el frío y las algas.

Así las trenzas y los vericuetos 

que poblaban el fondo y el olvido oceánico.

Así, sin llegar a dudarlo, que el mundo era un estanque

y los niños humanos se comían las perlas a puñados.

.

 

 

Apéndice

 

A Pryscila, que navega siempre en solitario

 

Pryscila no ve el mar.

Y, si una vez lo hubo, ahora está muy lejos.

Perdida y sin orillas, a veces está triste

y da vueltas y vueltas por el fondo del agua.

Otras veces da un giro, se sumerge,

y se ríe de las nubes que cruzan su ventana.

 

Y su color añil se vuelve tan intenso

que da miedo mirarla.

 

 

 

 

 

 

La pecera, de Elsa López, fue impresa por vez primera en diciembre de 2004,

en edición no venal, limitada y numerada de 20 ejemplares,

con ilustraciones de Guillermo Mora, y realizada en la Fundación

Antonio Gala para Jóvenes Creadores, con motivo de la

llegada de la Navidad, y dedicada a la tercera

promoción de residentes.

 

La presente

edición fue

colgada en la Red, a  los treinta 

días andados del mes de octubre 

del año dos mil 

cinco

.