MARÍA TERESA GONZÁLEZ

 

 

Con húmedos lamentos de felino

 

 

VENIMOS de la noche

Hemos saltado tapias,

derribado alambradas

y bidones oscuros,

tras la húmeda aurora

de los sexos noctámbulos.

Somos como los gatos

que pueblan las aceras

de todas las ciudades.

Nos delata el olor

de nuestro celo,

los arqueados cuerpos

erizándose en púas

al acecho.

 

Sin nombre te persigo,

te ofrezco mi cornisa de

blandos algodones,

el hambre que hiere entre las uñas,

el eco estrangulado

y mi grito.

 

 

 

 

GATOS heridos de febrero

se persiguen. Olisquean

sobre oblicuos tejados

los húmedos aromas de los sexos.

 

Nos alcanza su celo

estallando en gemidos

deseos rompiendo las penumbras

que engullen nuestros cuerpos.

 

En un súbito acorde

su lamento y mi grito,

alborotan las lunas de los pechos

de esta noche que quema en los visillos.

 

 

 

 

TE irás hacia las calles

con los oscuros dueños

que maúllan deseo en las

escalinatas.

 

Olerán en tu cuerpo

los íntimos vestigios de habernos

poseído

hasta quedamos rotos,

como el tiempo que enhebran

las agujas.

 

Y sabrán que entre mis uñas

aún se quedan:

pedazos de un desierto insatisfecho.

 

 


 

DE qué suero agridulce

se nutren los abrazos.

Qué gozo pudoroso,

perlándose minúsculo en las vellosidades,

ha domeñado al párpado y lo abate.

 

Qué corriente nacida

de mis pies y mis uñas

ha levantado un puente con mi cuerpo

a la encrespada vela

que viaja de tu océano

a mi encuentro.

 

 

 

 

COMO el valle profundo

por nadie penetrado,

con la humedad intensa

que esponja a los helechos.

Entre el bramido eterno

de la fiera que acecha, solitaria,

te reclamo alanzada por el fuego,

en mis perpetuas hambres

por nadie satisfechas.

 

 

 

 

CÓMO decirle al viento

que se calme

cuando acaricio en penumbras

de cuarto

tus rasgos agitados,

la curva de tus hombros

a merced de mis manos.

Cómo enmudecer la noche

que araña en los cristales,

mientras tiende su celo

en cómplices tejados,

si no puedo apresar en el iris

tu dulce espasmo

de gato dolorido.

 

 

 

 

SOBRE las sábanas

miro tu torso seducido

de un instante que ahora

se hace antiguo.

El gesto complacido de tus labios

manchados por los ocres

de un pitillo. 

 

Pero la noche, amor,

aún no ha partido,

y pasea cornisas, y lame

en los tejados

promiscuos juegos entrelazando

sexos. Un espasmo de cuerpos

doloridos.

 

Y mis manos se vuelven a tus

calles,

a tus ingles ungidas, las lluvias

de mi lengua.

  

 

 

 

RECÓRREME

como a la dura piedra de las plazas vacías

cuando la sombra acude,

involuntariamente, a la brea cansada.

Entre el rojo carmín

que se borra asqueado de los labios,

con el sueño que estalla al borde de la noche.

 

Recórreme

en los pechos caídos

de las viejas estatuas,

en sus ciegos neones

mirando hacia el vacío.

 

Recórreme

con el placer silente

afilado en tus uñas,

y las aguas del celo,

perpetua entre las comisuras.

 

 

 

 

HABRÉ de imaginarte

como sombra de agosto,

quebrantando el valor de mis arenas,

anhelo  súbito

de un pitillo que apenas si me calma,

espuma pasajera a mi cintura rota.

 

Habré de imaginarte

felino y breve,

ocasional viajero copulando

en las cúpulas

de mis desasosiegos.

 

 

 

 

 

TU aliento entrecortado

quema los erizados valles

de mi nuca.

Me persigues,

Paladeas mi lengua y mis encías,

te nutres de todos los gemidos

que resecan los cielos de mi boca

 

Has borrado mi nombre

con las brumas calientes

de tus dedos,

y anido entre tu piel

sin tiempo ni rostro, y sin memoria.

 

 

 

 

HE ofrecido mis sedas

a las uñas,

las fuentes de los pechos

a la carnosa pulpa

de los labios sedientos,

y he tensado las cuerdas

de estos brazos.

 

Callejeros dragones incendiados

de amarillo silencio entre tus ojos

quietos,

angosta calle que recoge tu paso,

sombría esquina, adoquines brillando

con la húmeda espuma

del placer solitario.

 

 

 

 

AL áspero regazo de los patios,

en las concupiscencias

que envuelven las esquinas,

me enseñan en sus belfos

la miel de la lujuria,

las ternuras que juegan ,

con la urgente calima de los sexos.

 

Hay un lenguaje extraño

mordiendo entre sus bocas,

frenesí desgarrado

estallando en mi cuerpo,

rodando en las almohadas,

golpeando la luna del espejo.

 

 

 

 

PERMANEZCO en la arcilla

que esculpe tus pisadas.

Entre las calles ciegas

que han ungido tu cuerpo

de estelas polvorientas.

En el suave dulzor

que me empuja al espasmo.

Brillo en el voraz deseo

licuándose en tus dientes;

aguijones sedientos

al zumo de mis noches.

 

 

 

 

 

TITILAN como luciérnagas

las llamas de sus ojos.

Hay un ritual de patios

en sus lenguas.

Sobre el pelaje oscuro

gotean traslúcidas escarchas.

 

La noche es un ovillo

rodando entre sus patas,

rozando suavemente las auras

de sus pechos.

Las fauces entreabiertas

sisean diluviadas, del ungüento

del lodo,

del incansable tránsito

de todas las callejas.

 

 

 

 

 

GIRAS

sobre la plana esfera de mi vientre,

en sus poros opacos

donde el tiempo se enhebra

en rítmicos compases agostados.

 

Perezosa envoltura

gozada

lentamente

con el duro placer

que acude en dentellada

 

Aristas entreabiertas de tus dientes.

 

 

 

 

                  BESO

 

FUE cayendo sin piel donde aferrarse,

sin la espesa saliva

donde calmar la sed

Endureciéndose como gotas de escarcha

sobre el atardecer oscuro'

de aquel pubis.

 

Y no fue más locura,

hambre,

fuego,

en la lucha enfrentada al desamor.

 

 

 

 

SI hubieras contemplado

la angora de sus crenchas

ovillándose sobre las claraboyas.

Sus cuerpos acoplados,

en goces indiscretos.

Vendrías a mis ojos cegados

de neblina,

al temblor que transita

mi cuello y mis caderas,

al trote desbocado de mis pechos.

 

 

 

 

 

MUCHAS tardes,

con sigilo de araña,

arranco de la luz

sus nítidas pupilas

y entrego a las penumbras

tus músculos dormidos,

la redondez cansada de tus miembros.

 

Con el placer de labios

y de lengua,

se aparean mis juegos

entre el crespo desorden de mi vello.

 

 

 

 

 

EMIGRO hacia tu encuentro

desde el arco que impulsa mis ocasos

a tus músculos tensos

y a tus huesos.

Me quedo en las heridas,

enclavada en la cumbre de tus gozos, 

en los espasmos lentos

lubricándose al roce de los cuerpos.

 

En el abrasador abrazo de tu hoguera, 

donde el tiempo no tiene

ni dígitos

ni esferas.

 

 

 

 

 

CON el lenguaje mudo

de las calles vacías,

bajo el ocre rojizo del estío

todavía quemándome,

de ti viene la lengua

que me inunda,

el silbido del viento

transitando la piel de mis aceras,

la ciudadela oscura de este vientre

habitado

por el vigía en celo de mi carne.

 

 

 

 

 

DE ti,

del último estallido

de tu cuerpo,

de todos los gemidos

que asaltaron mis labios,

apenas un pliegue entre

la sábana,

segmentando el perfil de mi

costado,

me recuerda la huella de tu paso.

 

 

 

 

CORRES sobre el ocaso de mi piel,

y dejas detenida ,

esta ofrenda de lunas

al templo de tus labios. 

 

Juegas, con la noche que vierten

mis axilas,

en la tierra que quema entre tus manos.

   

Y anidan en tus muslos

los febreros,

en donde me sumerjo

con húmedos lamentos de felino.

 

 

 

 

Hízose esta edición electrónica a partir 

del libro Poesía completa de María Te-

resa González, editado por el Ate-

neo Obrero de Gijón, en 1996, 

en su colección Tiempu 

de cristal, y fue colga-

do en Portal de Poe

sía, a los ocho dí-

as andados del

mes de mayo

del año

2001