Carmen Sánchez Álvarez

Un roce al paso

-Primera parte-


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           Naciste en

muy lejos en el tiempo.

Apareciste un día cualquiera

tan lleno de tacto, tan rotundo,

que cayeron mis filtros

más intensos

y llenaste de temblores

mi renovado cuerpo.

 

Para que no me aleje

del borde de tu almohada,

me baño cada noche

                             en tu deseo.

Para que no suceda

que crezcan mis abrazos

lejos de tus brazos,

quiero inventar la osadía,

navegar en tus mares interiores,

perderme libre en tu mirada.

 

Porque naciste en mí

muy lejos en el tiempo,

tal vez para quedarte.

 

 

Un ara en el jardín redime

el tránsito libre por tu cuerpo.

Estrellas, cerezas y luciérnagas

                                                salvajes en su seno,

florecen, esta noche y al alba,

al esconderse el sueño.

 

Luce el abismo al despertar el día.

Tan lejos, tan vacíos, tan atrás

quedan los besos

                         que quisiera

renovar a cada instante

efímeros votos en tu lecho.

 

 

Amanece luz pasión

en los atardeceres del mundo.

Es la hora de silencios gemidos,

es la hora de triunfar lechos,

estandartes y miradas,

es la hora de los guiños.

 

Aunque cárdenas espadas y un bisturí

afilado, adornados en terciopelo,

esperan la despedida.


Un interrogante, una respuesta,

una salida, siempre la vida.

Y vuelves a empezar.

 

 

Urgente llamas a mi puerta,

abro mis deseos.

Ensayamos, acercamos

boca, manos, alas,

piel y deseo,

besos, vuelos,

silencios y miradas.

Tu piel inabarcable

escapa más allá

y callas.

No logro atravesar

el muro interior de tu mirada.

No tengo tiempo

de pasear interrogantes.

Gozamos

boca, manos, alas,

piel y deseo,

besos, vuelos,

silencios y miradas.

 

Ya no sé volar sin ti.

 

 

Nevado paisaje en el alma.

Limpia, suave,

de redondeados bordes

mi casa.

La escena dura un suspiro.

Pisoteadas flores arrastran

los últimos copos caídos

en la noche.

Pesares, arrugas y una nube,

estropean los besos.

Tu tacto parece de otro mundo.

 

Hoy, en el último escalón

de tu piel enmudecida,

finaliza mi universo.

 

 

Los guiños se suceden,

hasta que la noche cubre el horizonte.

 

Qué altas están las nubes en tu casa,

se puede saltar de una a otra

y encontrarse en tu sonrisa.

Qué limpio el horizonte

desde tu ventana.

 

Nube, nube blanca y alas,

algodón nube en tus caderas,

en tus labios,

                   asciendo,

desciendo sonrisas

y me quedo.

 

 

Como Ixión,

aún sin verdugo,

viajo, incansable,

estelas en el tiempo.

Tu voz entre mis ojos

pasea escenas

ya vividas.

Siento el fuego.

 

No se apaga mi sed,

no se muere el deseo de tenerte.

 

 

Ocupas mis íntimos espacios.

Das vuelta a la esquina

y aún te quedas.

Tu piel y mis neuronas

aún unidas

en aquel beso

que abre túneles y cielos.

Deshaces mis vuelos.

 

 

Sé de los abrigos escarpados.

Sé de los puertos no seguros.

Sé de un sueño que refleja

rítmicas figuras en espejos,

imágenes de océano

que, a golpe de viento,

penetran lentamente

entre mil sombras

y lúcidos deseos.

 

 

Una máscara de piel

entre mis dedos

para volar navíos

en horizontes nuevos.

Hoy, pasos vacilantes

se desangran gozosos

mientras oxidados, fríos

y metálicos paisajes

se derrumban cuando,
a oscuras, luce el sol

de madrugada

en tu sonrisa.

 

 

Bucear su cuerpo

de ceniza,

para mis sentidos

feliz hazaña,

controlada pasión

para mis sueños.

Tantear sus piernas,

ascender rojos cielos,

gozar sus interrogantes

hasta encontrarme.

 

Dulce tarea

ser libre

en su pensamiento.

 

 

Buscar el fuego

que nace suspiros.

Encontrar sonrisas

                          en las notas

que esta primavera

pone a mis encuentros.

Acallar cómplices deseos,

seguir la rutina incontestable

en la que ahogar

                       los rumores

del fino arco de luna

que esta noche pesa

como un péndulo.

Nadar libre el océano

que rompe este

                     desfado.

 

 

Tanta llanura se extiende ante mí

que hoy lo puedo todo,

que hoy sobrevuelo todo.

 

A veces, cuando navegas,

contracorriente,

el río cambia su rumbo.

 

Aunque vuela el cernícalo,

fija su presa,

y el olfato de un león

acaricia aromas

para el miedo.

 

La corteza endurece,

instantes y silencio.

 

 

La luz de madrugada

rasga el arpa,

tu mirada se desliza

por un rizo de mi pelo.

 

Aceite bálsamo para mis alas,

diana certera del fuego

                                abriendo

en mil sombras el sueño.

 

 

Vientos en busca

del oasis,

deseo constante.

Talladas huellas en la roca

de instantes no vividos.

 

Venas azules

vierten sus instintos

aunque ya estén

cerrados los caminos.

 

 

Dejar la piel y los abrazos.

 

Los océanos regresan

a su sitio,

las montañas reposan

en el prado,

y aquel río, que caudaloso

dormía

en madrugada,

hoy arrastra meandros,

cristales de agua

y besos gastados.

 

Entrar a menudo

en el cielo,

jugar en terreno

prestado,

marchar presto

cuando los lobos

se acercan

para marcar

lechos alados.

 

 

Abrazar su estrato de mar.

Abrazar su piel de roca.

Sentir el enmascarado

paisaje del atardecer.

Sal, brisa, espuma

cuando aparecen

sus ojos de niño,

sus ojos de lobo,

sus ojos de amante.

 

Dejar los besos

en su cuello de arena

para los días de sombra.

 

 

Aparecer en la gastada vida

como el día, lentamente;

acceder a la esfera inaccesible,

colgar el cartel de lo que quieras;

regalar una vida de cerezas,

detener el tiempo

y temblar,

siempre, nada más,

temblar

cada día.

 

 

Enternecer, provocar,

desordenar,

no dejar títere en pie,

acariciar la mirada

gris de la cotidianeidad.

Abrir un resquicio

de luz sólo para dar

forma al vacío

de la ausencia.

 

 

No eras una incursión casual,

te alojaste

en aquel cajón de los suspiros

que nunca asegura nada,

tan solo el deseo intacto

que siente cada roce,

cada beso.

Abismo incierto,

recrear encuentros para

viajar esta realidad.

 

Vayamos al país de nunca jamás.

 

 

Grande, tranquila,

reposa la luna esta noche,

provoca certera.

Quimera cómplice,

paraíso prestado

para perderme en ti.

 

 

TANGO

 

Arrastra su nostalgia un bandoneón

por las húmedas notas de tus pasos.

El abrazo de tus piernas rivaliza

con la luz de las estrellas,

piano y contrabajo, en las calles,

dejan en cada esquina

un canto corazón envejecido

por un tiempo que ya fue.

 

Desdén, besos y miradas

bailan juntos el apretado tango,

asomados a la luz de aquel farol

trasnochado, ajado y triste

de otro tiempo.

 

 


 

 

 

 

   

 

Un roce al paso (Primera parte)

de CARMEN SÁNCHEZ ÁLVAREZ

ha sido incluida en la Biblioteca del Portal de Poesía

y depositada en la Red

a los  treinta y un días andados

del mes de agisto

de dos mil

diecisés.